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Y la
felicidad,… ¿te dice algo?
Rdo P. Pedro Hernández Lomana
pedroh@expreso.co.cr
Semana 3, Febrero del
2004
Hoy,
es francamente difícil hablar de este tema, a pesar de que fue una
realidad durante siglos, y yo diría que siempre de una manera o de otra
hemos andado persiguiendo este realidad de ser felices, o si queréis de
realizarnos en felicidad. Por cierto que San Francisco de Sales nos
ayudó a buscarla y vivirla, pues eso es, ni más ni menos lo que defendía
al escribir muchas líneas para configurar la teoría de que una vida
devota era una especie de cheque en blanco a la vida eterna. Y sí parece
que, a pesar de todo, eran más felices que ahora lo es la humanidad, y
muchos, qué duda cabe, lo hicieron a través de una practica devota, que
les señaló siempre el camino de una vida para hacer el bien y acostarse
con él, en una especie de amor mutuo, que de hecho posibilitaba una
integración personal constatadamente feliz y una práctica social más
coherente con las tradiciones verdaderamente religiosas y humanas. Yo
ahora hablaría más bien, de la vida feliz a que tenemos derecho los
hombres, y que parece que en todo caso anhelamos, pero que de verdad sea
por lo que sea, y son muchas las razones, no logramos conjuntar los
diversos objetivos que la felicidad comporta, y consecuentemente ella,
también está brillando por su ausencia en nuestros días.
Una
vida feliz es un programa abierto a todo hombre que salta a este mundo
en cualquier familia, pues es claro que, por naturaleza, todos queremos
la felicidad en nuestro pequeño mundo de vida social, al menos, dejadme
que os diga que yo la vivo, y de verdad me siento feliz, por más que hoy
esté bien vilipendiado este tema de la felicidad, tan necesario, por
otra parte, a nuestra existencia humana. Esta debiera ser una realidad,
que nos llevara a hacer sentir a todos los demás que debemos gozarla y,
sobre todo, educar a los nuestros, con la seguridad que nos da el hecho
de saber, que la felicidad es posible y real, y hay que sembrarla, con
los hechos, desde la más tierna infancia en nuestras casas y hogares y
en los centros de formación, para que no nos sintamos con que, al
contrario, es el desasosiego y la inquietud lo que priva en nuestra
sociedad actual, ya que en la mayoría de los matrimonios no se tiene
otra opción que la que nos da el secuestro de los sentimientos humanos,
la deslealtad, y sobre todo la falta de ese compromiso mutuo, que salido
de un convencimiento interior y serio, nos hiciera sentir la felicidad,
por dentro, que salvara esta especie de situación trágica familiar, es
un decir, esta situación en que nos desenvolvemos, y dic que vivimos
para atormentarnos unos a los otros.
Por
otra parte se sufre tanto en este pequeño mundo, hay tanta soledad al
derredor nuestro, tanto joven abandonado a su mundo de impericia, droga,
licor, y desesperación, que no escupen en sus acciones de vida otra cosa
que su propio desprecio, y falta de estilo, y hasta sentir que nada de
lo que hacen tenga sentido, al vivir la vida que el Señor nos ha
regalado. En fin, tanto vacío por dentro, que uno se tiene que
preguntar, pero…¿es posible, hoy, la felicidad?...
Y sí,
es posible, y debemos, en esta seguridad, luchar por hacerla nuestra.
Ahora mismo estaba viendo una película francesa de un joven médico, en
un pueblo, que es todo para todos, dando lo mejor de sí mismo a cada uno
de los que a él acuden profesional y personalmente, y por supuesto, que
todo el mundo va también a contarle su dolor, pues pareciera que por
ninguna parte asoma su rostro, el ser de la felicidad, y aquí y allá una
familia y otra, una joven y otra, solo cuentan en la vida con su
infelicidad, que, claro, va decantándose con las palabras que el médico
da a cada uno, y que saliendo de un corazón bueno parece que de momento
todos se vuelven consolados, hasta la vez siguiente, que no es, por
cierto, muy distanciada de la anterior, y que proyecta un problema de
más hondura psíquica y personal, como puede ser el de una interioridad
abandonada, no tenida en cuenta, y que exige la verdad, para saber a qué
atenernos, y desde ahí, en todo caso, buscar una solución real, es decir
personal. Es claro que la felicidad tiene que ver, al fin y al cabo, con
uno mismo, esto no podemos negarlo, como personas que somos y elegimos
libremente, y es siempre el resultado de un encuentro con la realidad de
cada uno y su manera de responderla en la circunstancia precisa.
Desde
siempre se ha contado con el tema este, y la verdad es que, desde muy
antiguo, lo trataron en principio los filósofos griegos, Sócrates,
Platón y Aristóteles, y podemos decir que nos han dado una definición
realista, que está acabando por imponerse en la filosofía moderna
incluso. Y es bueno que la filosofía se ocupe de este tema ahora, pues
debe ir por delante de la sociedad y de este siglo, esa es su obligación
y objetivo, y hacernos ver la coherencia de nuestra actitud en buscar la
felicidad, porque nos señala que efectivamente la necesitamos, y por
supuesto si ella habla, nosotros debemos poner nuestra parte, para que
en su sintonía demos con los caminos que nos llevan a encontrarla y
hacerla vida nuestra.
En
Sócrates y Platón podemos decir que es el gran tema que provoca la
discusión de cada día. Sócrates es ante todo un crítico de la sociedad
en que vive. No le gustan los mentirosos que engañan a la gente y se
aprovechan de ella. Por eso les ataca en público y les hace ver que la
verdad es lo único que nos merece respeto, si queremos vivir en una
sociedad que nos atienda, como hombres y humanos que somos. Todo esto,
por supuesto, le trajo la enquina y enemistad de todos estos poderosos
falsificadores de la vida, que, como sabemos, al final, se lo llevarían
por delante en un juicio injusto que le suposo la vida. Pero lo
interesante es observar cómo, en aquel tiempo, en el ágora se reúne la
gente, ávida de escuchar esto, que siempre es novedad para el hombre,
¿cómo puede ser el hombre feliz?. Y él con su sistema mayéutico, es
decir, preguntando y esperando la respuesta del sorprendido embustero,
hacía feliz al público, pues de alguna manera se sacaba de dentro la
ponzoña y rencor que esta situación les creaba. Y qué bien hizo a la
sociedad este hombre bueno, Sócrates, que por pensar y hacer pensar, no
mereció otro premio que la muerte.
Platón
con su “banquete” nos da una muestra de cómo hablar de la felicidad, por
más que al final no supiera en este caso darnos solución clara del
camino a ese verdadero encuentro con ella. Es Aristóteles el filósofo
que más influencia está teniendo hoy día en la reintroducción de este
tema en la cultura que hoy vivimos, el que con su obra Ética a Nicómaco,
la define como religada íntimamente a la virtud, de modo que virtud y
felicidad son dos términos muy afines, o muy hermanados a la hora de
pensar en nuestra propia felicidad. Claro, con el pensamiento puesto en
la finalidad del hombre, es decir, demostrándonos que el hombre es un
ser transcendente, idea que Aristóteles reafirma, porque sin esto, la
verdad es que no habría horizonte humano serio. Que esto, ni más ni
menos, les ha ocurrido a algunos pensadores de hoy, y por eso han
llegado a creer, que, para qué el hombre, ahora, necesita estas
martingalas. Ahora bien, si miramos cómo está la feria, diríamos que no
se trata de martingalas, sino de valores que urgentemente necesitamos
poner en su sitio, si hemos de cambiar a mejor, que buena falta nos
hace.
Y esto
es lo que a nosotros nos hace falta hoy. Hasta me imagino que es
cuestión de saber ahora qué es la virtud, pues no hemos vivido con
suerte a la hora de aprenderla en nuestro hogar, bien por la falta de
práctica de nuestros padres, o porque nunca se preocuparon de
enseñarnos, que hoy es lo más normal, es decir abandonaron el tema de la
formación de sus hijos, porque no lo creyeron oportuno, pensando que
ellos se valdrían por su cuenta, o más bien, porque juzgaron que darles
todo lo que ellos les pedían o necesitaban, era lo único necesario a la
hora de la verdad en el hogar. De hecho, ahora escuchamos hablar de
sacrificio y esfuerzo, y me da la impresión de que hay un público, sobre
todo una juventud, y esto es muy grave, que no está por ello, que no
cree en esto tan humano, de sacrificarnos unos por otros, de darnos unos
a otros, de hacernos don para todos a través del amor que Cristo nos
enseña y exige que practiquemos, sino que en seguida nos defendemos
contra el intruso que se atreve a hablarnos de semejante esfuerzo, o
cosa parecida, en un mundo y en circunstancias como la nuestras, en las
que tenemos todo, con la facilidad que la vida le da a cada uno para
hacerse con ello. Y este argumento que parece verdad para algunos,
convence a muchos que no sienten necesidad de interiorizar sus virtudes
o vicios, y no se dan cuenta de que la virtud es cuestión de reflexión y
esfuerzo, de repetir y reiterar la acción que queremos buena, de la
virtud que sea, o de lo que se trate, hasta sentirnos satisfechos con lo
que hacemos. Después, se siente uno, de verdad, feliz.
No me
cabe la menor duda de que tenemos que cambiar, si la felicidad tiene que
representar para nosotros, algo más, que ser un nombre bonito, o una
buena aspiración, y queremos, de verdad, hacernos con ella. Pensar que
un ser divino, deja su cielo particular, para venir a hacerse hombre, y
salvarnos, haciéndonos felices de verdad a través de su entrega
personal, una entrega tan singular que supone su muerte en Cruz,
seguramente ahora nos dice muy poco y nos deja fríos, pero esto de pende
de nuestra particular circunstancia, lo que de verdad siento, y
convengamos, además, en que nadie ha hecho una cosa igual. Y que siendo
Dios, lo hizo, para que aprendiéramos que si queríamos ser hombres,
deberíamos seguir su ejemplo, es decir, aceptar el sacrificio como
camino de maduración, y formación humana, que no es otra cosa que
sabiendo lo que necesitamos como hombres, trabajar con fuerza por ello,
hasta que estemos seguros de haberlo conseguido. ¿Creéis vosotros que
Cristo se hizo hombre, por otra razón diferente? Y si no, cómo, diablos,
pensar en la felicidad, o que, en todo caso, podamos hacernos felices,
de verdad, sin contar con Él.
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