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EL CIUDADANO ESCLARECIDO
Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Quincena 1, Enero del 2002
Uno de los
personajes más conspicuos y discutidos que figuraron en el escenario
costarricense de mediados del siglo XIX fue el General venezolano Don
Juan José Flores, primer Presidente de la República del Ecuador.
Don Juan José
Flores, hijo del amorío del comerciante vizcaíno Juan José Aramburu con
la criolla venezolana Rita Flores, nació en Puerto Cabello en 1800 y
desde su adolescencia abrazó la carrera militar. Alistado inicialmente
en el ejército realista, se unió después a las filas de los insurgentes
bolivarianos, y era apenas quinceañero cuando empezó a distinguirse en
el campo de batalla. En 1816 se le otorgó el grado de alférez y en los
años siguientes continuó ascendiendo rápidamente, hasta llegar al
generalato en 1826. Su don de gentes, sus aptitudes militares y la
confianza que depositó en él Simón Bolívar lo llevaron además a
desempeñar varios cargos de importancia, entre ellos el de Gobernador de
la Provincia de Pasto y el de Comandante General del Departamento del
Sur, nombre éste que se dio al Ecuador dentro de la Gran Colombia.
Radicado definitivamente en suelo ecuatoriano, donde contrajo nupcias en
1824 con una aristocrática jovencita quiteña de trece años de edad, Doña
Mercedes Jijón y Vivanco, se convirtió además en un acaudalado
terrateniente. El 13 de mayo de 1830, cuando lo más granado de los
elementos civiles, militares y eclesiásticos de Quito decidió que el
Ecuador se constituyese en Estado libre e independiente, Flores fue
encargado del mando supremo, y algunos meses más tarde se le designó
como primer Presidente de la naciente República.
La primera
administración de Flores, que se prolongó hasta 1834, fue muy turbulenta
y azarosa, y el autoritarismo del Presidente no contribuyó a su
popularidad, a pesar de haber dictado importantes medidas progresistas.
Sin embargo, después de hacer entrega de la primera magistratura al
General Don Vicente Rocafuerte, tuvo la satisfacción de que la
Convención Constituyente reunida en Ambato en junio de 1834 lo declarase
Fundador, Defensor y Conservador de la República y además Primer
Ciudadano del Ecuador. Durante la administración de Rocafuerte, el
militar venezolano continuó siendo, en muchos sentidos, la personalidad
dominante de la vida política ecuatoriana, aunque también dedicó tiempo
a sus actividades agropecuarias y comerciales y a la poesía. Los versos
que escribió en esta época se publicaron en un volumen titulado Ocios
poéticos del general Flores. En uno de sus poemas exaltaba la tranquila
existencia que decía llevar, alejado del mando supremo:
“... cuán diferente vida es la
que gozo
en el silencio de mi selva umbría
de aquella que en otro tiempo pesaroso
en la silla del mando no dormía,
de aquel infeliz tiempo en que velaba
por el reposo de la patria mía.”
Cierta vocación de
mártir debía tener Flores, porque en 1839 aceptó complacidamente ser
elegido nuevamente como Presidente de la República y revivir el tiempo
“pesaroso” e “infeliz” de sus desvelos. En 1843 se sintió lo
suficientemente fuerte como para promover la emisión de una nueva
Constitución, que prolongó por ocho años su período presidencial. No
pudo disfrutar siquiera dos años de la prórroga, ya que una serie de
disposiciones tan inconsultas como impopulares y un imprudente
enfrentamiento con la Iglesia Católica provocaron el estallido de una
revolución en Guayaquil en marzo de 1845. Tres meses más tarde, tras
fracasar en sus intentos por detener a los insurrectos, Flores hubo de
partir al exilio, tras la firma de un convenio en que se le garantizaban
sus bienes y su cargo de General en jefe y se acordaba pagarle la suma
de veinte mil pesos y abonar a su esposa la mitad del sueldo que le
correspondiese durante los dos años siguientes. Según se dijo entonces,
el derrocado salía del Ecuador “inmensamente rico, dejando al país
inmensamente pobre”. Con su caída concluyó el período histórico de
quince años que se conoce como la época floreana en la historiografía
del Ecuador.
Flores
se dirigió a Europa, y visitó sucesivamente la Gran Bretaña y Francia.
Con el objetivo de regresar al Ecuador y recuperar el poder, aunque
fuese por interpósita mano, trató de convencer a los gobiernos de esos
países de respaldar una expedición para implantar una monarquía en el
Ecuador y ofrecer la Corona a un príncipe europeo. Los ingleses y los
franceses recibieron al expatriado con suma cortesía, y los segundos
hasta le otorgaron la Legión de Honor, pero ni unos ni otros mordieron
el anzuelo.
El
ambicioso exiliado tuvo mejor suerte en España, donde reinaba la
adolescente Doña Isabel II, pero no gracias a ésta, sino a su madre Doña
María Cristina de Borbón, quien había casado en segundas nupcias con Don
Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, Duque de Riánsares. Tanto la augusta
señora como su no tan augusto consorte recibieron con mucho interés la
propuesta de Flores para erigir un trono en Quito, sobre todo porque el
hábil venezolano les planteó la posibilidad de que la hipotética corona
ecuatoriana la ciñese uno de sus hijos, concretamente el niño de nueve
años Don Agustín Muñoz y Borbón. El amor filial hizo perder la cabeza a
Doña María Cristina y a su marido, que ya se veían convertidos en tronco
de una nueva dinastía, y de modo más o menos secreto empezaron a ayudar
a Flores en la financiación y organización de sus fuerzas
expedicionarias, con el concurso del Ministro de Guerra.
Lamentablemente para los designios de la Reina madre y el Duque, la
noticia se filtró, y en agosto de 1846 un diario madrileño, que llevaba
el adecuado y algo amarillista nombre de El Clamor Público, la hizo del
conocimiento general. En España se armó una enconada polémica, y en
muchos países de la América hispana un no menos soberano escándalo.
Plenipotenciarios de Bolivia, Chile, el Ecuador, Nueva Granada y el Perú
se reunieron para condenar la iniciativa, mientras se fortificaban las
costas y se movilizaban los ejércitos. A fin de cuentas el Gobierno
español tuvo que manifestar que no tenía arte ni parte en los planes de
Flores, y la Gran Bretaña también metió cuchara en el asunto. Unos
buques que Flores tenía en el estuario del Támesis para embarcar a sus
soldados fueron embargados por las autoridades británicas, y éstas
también abrieron proceso contra el capitán Richard Wright, a quien se
había comisionado para organizar la pequeña escuadra. A fin de cuentas
el Gabinete español tuvo que dimitir y el prestigio de Doña María
Cristina quedó muy mal parado. El reinado de “Don Agustín I” y la
dinastía Muñoz terminaron antes de empezar, y el niño que no fue Rey
hubo de conformarse con el título de Duque de Tarancón, que le confirió
su media hermana Doña Isabel II en noviembre de 1847. Murió soltero en
París en 1855, a los dieciocho años de edad.
El
General Flores abandonó Europa a mediados de 1847, y después de visitar
los Estados Unidos, Jamaica y su Venezuela natal, llegó a Panamá,
entonces perteneciente a la Nueva Granada. Las autoridades neogranadinas
tomaron muy a mal la presencia de tan incómodo personaje y le instaron a
abandonar el país. A fin de cuentas, Don Juan José optó por dirigirse a
Costa Rica, a donde llegó el 11 de julio de 1848. Le acompañaba un
inteligente y culto periodista francés, Adolphe Marie, quien años más
tarde llegaría a ser el primer Viceministro de Relaciones Exteriores de
Costa Rica.
A
pesar de todo el revuelo provocado por los planes para la expedición al
Ecuador, el General Flores seguía siendo un personaje de mucho fuste, y
la diminuta y aldeana Costa Rica se sintió increíblemente halagada de
recibir a un huésped tan conspicuo. En aquel entonces era Presidente del
Estado el Doctor Don José María Castro Madriz, joven de veintinueve
años, cuyo gobierno había sido muy tormentoso. El bisoño gobernante, a
quien entonces se llamaba habitualmente el General Castro (grado que le
había conferido el obsequioso Congreso, aunque Don José María no hubiese
estado nunca en un campo de batalla), hizo muy buenas migas con Don Juan
José, quien llegó a adquirir sobre él una considerable influencia.
Aún no
se ha estudiado de modo específico el papel, bastante relevante por
cierto, que desempeñó el General Flores en el escenario costarricense.
Sin embargo, algunos historiadores sí han comentado su influencia en
algunas decisiones trascendentales de la administración Castro, tales la
emisión del decreto mediante el cual Costa Rica se declaró República
soberana, en agosto de 1848. El Licenciado Don Lorenzo Montúfar,
apasionado enemigo de esa declaratoria, escribió en su Reseña histórica
de Centro América que
"Este
decreto en que tanta parte tuvieron los agentes del partido servil
aristocrático de Guatemala y el general ecuatoriano Juan José Flores,
quien contribuyó al fraccionamiento de la antigua Colombia, fue recibido
con entusiasmo por los separatistas, y se le vio con pesar, con disgusto
y con indignación por todos los hombres que en la América Central
aspiran a la unidad de su patria.”
De
otros documentos, como cartas de Flores al Cónsul Chatfield y al
Ministro de Gobernación y Relaciones Don Joaquín Bernardo Calvo Rosales,
se deduce que Don Juan José tuvo alguna participación importante en
otros asuntos de política interna, en defensa de la administración de
Castro. Además, el militar venezolano también influyó mucho en el envío
de la primera misión diplomática de Costa Rica a Europa y la solicitud
planteada al Gobierno de la Reina Victoria para que la Gran Bretaña
estableciese un protectorado sobre Costa Rica. Con respecto a este
último proyecto, cabe recordar que dentro del juego geopolítico de las
grandes potencias en aquella época, Guatemala y Costa Rica se hallaban
en la esfera de influencia británica, mientras que El Salvador, Honduras
y sobre todo Nicaragua respondían a los intereses de los Estados Unidos
de América. El apetito de ambas potencias por el control de la
hipotética vía interoceánica a través del río San Juan y el gran lago
había hecho surgir entre ellas una sorda pugna, de la cual eran peones
principales Costa Rica y Nicaragua. El sagaz, experimentado y por demás
intrigantísimo Encargado de Negocios de la Gran Bretaña en Centro
América, Frederick Chatfield, entabló de algún modo una excelente
relación con el General Flores, y fue éste quien sugirió a Don José
María Castro la posibilidad de solicitar al Gobierno de la Reina
Victoria que estableciese un Protectorado sobre Costa Rica, petición que
el Foreign Office denegó cortésmente.
Flores
también se valió de su cercanía con el Presidente Castro para hacer
algunos negocitos de venta de fusiles y de tabaco con el Gobierno de
Costa Rica, que le reportaron al parecer considerables ingresos. Don
Cleto González Víquez escribió al respecto:
"Esta
privanza de un extranjero que hacía poco intentara restablecer en su
patria una nueva monarquía española para darla a un hijo de Muñoz y
María Cristina, no caía bien a todos los costarricense, por más que se
tratase de un hombre eminente y de grandes atractivos personales."
El
Gobierno de Castro, para peores, no gozaba ya de muchas simpatías. A
pesar de muchas realizaciones progresistas de su administración, el
Doctor había enfrentado un sinfín de dificultades y para mediados de
1849 su situación era muy difícil, a pesar de que todavía faltaban
cuatro años para que concluyese el período presidencial, que era de
seis. Una tremenda crisis económica, provocada por el súbito descenso de
los precios del café en Europa, y una serie de desaciertos y disgustos
originados en mucho en la índole temperamental, inmadura y vanidosa del
joven gobernante, habían minado considerablemente el respaldo con que
contaba Castro, y constantemente surgían conspiraciones e intentonas
golpistas en su contra, especialmente en la ciudad de Alajuela. La
influencia que sobre el Presidente ejercía el General Flores, a quien
algunos juzgaban un personaje muy peligroso, tampoco ayudaba a aumentar
las acciones políticas de aquél.
En
tales circunstancias, y al parecer con el ánimo de ganarse algunas
voluntades, el Gobierno decidió promover un proyecto para declarar
Benemérito de la Patria a Don José Rafael de Gallegos y Alvarado, quien
había sido personaje de mucho viso en la época de la independencia,
Presidente de la Junta Superior Gubernativa de 1822, Jefe de Estado de
1833 a 1835 y encargado del poder de 1844 a 1845. Don José Rafael era un
señor de edad y estaba alejado de toda participación en la política;
además, sus administraciones habían sido en conjunto poco exitosas: su
época como Jefe de Estado había terminado con la renuncia del gobernante
y la anulación de su elección por una Asamblea Legislativa rencorosa, y
su posterior interinato había sido violentamente interrumpido por un
golpe militar. Sin embargo, el señor Gallegos, cuyas virtudes y honradez
eran reconocidas por todo el mundo, disfrutaba de mucho prestigio entre
sus conciudadanos y era además suegro de Don Mariano Montealegre
Fernández, uno de los más opulentos cafetaleros del país. En
consecuencia, la administración Castro podía obtener algunos dividendos
políticos si le tributaba un homenaje.
Sin
embargo, como parecía típico, el Presidente demostró muy poco olfato
político, ya que simultáneamente a la propuesta del Benemeritzago para
Gallegos decidió promover otra para que el Congreso confiriese la
condición de costarricense al polémico General Flores y lo declarase
Ciudadano esclarecido de la República.
Con
anterioridad a esta iniciativa, el Legislativo costarricense había
otorgado un solo Benemeritazgo: el conferido precisamente al doctor
Castro, a escasos meses de haber ascendido al poder... Pero al menos
había un precedente. Lo que no tenía ninguno era eso de la Ciudadanía
esclarecida, palabreja esta última que suena mucho a la florida retórica
del joven Presidente, famoso por sus discursos largos y verbosos.
El 14
de junio de 1849, el titular de la cartera de Gobernación y Relaciones
Don Joaquín Bernardo Calvo Rosales, quien había sido también Ministro de
Don José Rafael de Gallegos, presentó a la consideración del Congreso
dos proyecto de ley, uno destinado al Benemeritzago del ex Jefe y otro a
la Ciudadanía esclarecida del militar venezolano.
Con
respecto a Gallegos, el Ministro manifestaba a los Diputados:
"Este
distinguido ciudadano que supo desempeñar con honor varios empleos en
tiempos de la dominación española es uno de los próceres de nuestra
Independencia y uno de los que posteriormente ha ejercido más destinos
en el país. Así sus dilatados y antiguos servicios a la patria y sus
virtudes sociales de que ha dado tantas pruebas le recomienda a la
gratitud de la nación..."
El
lenguaje del Ministro era elogioso, pero muy parco en comparación con el
alfombrismo patente en la propuesta de la Ciudadanía esclarecida para
Flores:
"Conoce Vuestra Excelencia cuán obligada está la República a su ilustre
huésped el General Don Juan José Flores. El mérito de este héroe que la
culta Europa ha honrado con eminentes distinciones, es otra cosa que
todo Costa Rica palpa y admira y que no es preciso demostrar. hay hechos
que hablan muy alto y que confundirían mi voz. Esos hechos han impuesto
un deber a la Nación. El Ejecutivo desea que Vuestra Excelencia le
cumpla..."
(El
Vuestra Excelencia de estos textos era el Congreso, que mediante una ley
aprobada en 1848 se había autoconferido el tratamiento de Excelentísimo
y se lo había otorgado también al Presidente de la República y a la
Corte Suprema).
Las
dos iniciativas presentadas por el Poder Ejecutivo pasaron el 15 de
junio a conocimiento y dictamen de la Comisión de Justicia del Congreso,
integrada por los Representantes (denominación oficial de los Diputados
de aquellos tiempos) Don Rafael Barroeta y Baca, Don Modesto Guevara
Láscarez, Don Manuel Zamora y Don Nazario Toledo. Este último,
guatemalteco de origen y médico de profesión, era considerado uno de los
legisladores más adictos al Presidente, y también era persona muy
cercana al General Flores, por lo que cabía esperar que en la Comisión
de Justicia respaldase con calor la propuesta de la Ciudadanía
esclarecida.
Una
semana más tarde, el 22 de junio, los cuatro miembros de la Comisión de
Justicia rindieron su dictamen, que como era de suponer resultó
unánimemente favorable a las iniciativas del Ejecutivo. El texto del
dictamen, obra posiblemente del Doctor Toledo, no escatimaba elogios a
la hora de referirse al General Flores y lo pintaba con caracteres casi
mesiánicos:
"El
ilustre general Flores como defensor antiguo de los derechos políticos
de los Americanos como uno de los distinguidos próceres de la
independencia, como uno de los sabios americanos y por último como el
más activo promovedor de las mejoras públicas en muchos puntos del
continente Americano hace tiempo que es acreedor a la gratitud de sus
connacionales y de todos los pueblos de América. Públicos son los buenos
oficios que practicó en esta República desde que ingresó a ella y cuando
la crisis política que se sufría hubiera tal vez terminado en un
trastorno de funestas consecuencias. Considerando pues sus méritos
personales, su alta posición social y los bienes que ha hecho al país
con su intervención amistosa y sus luces justo es que se le obsequie si
él tiene a bien aceptarlo, el derecho de costarricense declarándole
ciudadano esclarecido de Costa Rica."
Al
lado de tan enjundioso y por demás exagerado cúmulo de alabanzas, el
dictamen referido al Benemeritazgo de Gallegos resultaba parco y
desvaído:
"...
no sólo es consistente que los pueblos vean premiados los servicios
importantes que se les hacen, sin que los hijos de Costa Rica que se
distinguen en sus servicios sean considerados, remunerados sus afanes y
acatada su persona. Este es el ejemplo que las naciones de la antigüedad
dieron a la Edad media y que los países civilizados nos han dado a
nosotros, es el estímulo del patriotismo y el galardón del civismo más
esclarecido. En tal concepto la Comisión opina de acuerdo con el Supremo
Poder Ejecutivo..."
De
conformidad con la reglamentación interna del Congreso, los dictámenes
de las Comisiones legislativas debían ser leídos y discutidos tres veces
en el plenario, y posteriormente ponerse en votación junto con el
proyecto respectivo. El Gobierno de Castro estaba al parecer muy
interesado en el homenaje a Flores y por carambola en el de Gallegos, y
dado que el Congreso se había caracterizado por ser su dócil
instrumento, nada hacía suponer que las iniciativas enfrentarían
contratiempos de ningún género.
El 25
de junio se leyeron y se discutieron por primera vez en el plenario los
dictámenes de la Comisión de Justicia, sin que suscitasen oposición.
Todo parecía encaminado para que al día siguiente, el 26 de junio, se
les diese segundo debate, y el 27 se procediese con el tercero y último.
Sin
embargo, el 26 de junio, al discutirse por segunda vez los famosos
dictámenes, un Representante -cuyo nombre no se consignó en el acta de
esa sesión- propuso, posiblemente con el ánimo de fastidiar, que el
Congreso aprovechase la oportunidad para resolver sobre otra iniciativa
presentada por el Ejecutivo el año anterior, y que se dirigía a
reconocer los méritos del ex Vicepresidente Don Juan Rafael Mora Porras.
Don
Juan Rafael Mora, más conocido familiar y popularmente con el apelativo
de Don Juanito, había sido Vicepresidente de la República de 1847 a
1849, y le había correspondido encargarse interinamente de la primera
magistratura de febrero a abril de 1848, mientras el Doctor Castro
efectuaba una visita a Puntarenas. Durante ese interinazgo de Mora se
había producido en Alajuela una de las más peligrosas intentonas
golpistas contra la administración, que fue aplastada por Mora con mucho
celo y energía. Sin embargo, a su regreso a San José el Doctor Castro no
demostró mayor reconocimiento por la conducta de su Vicepresidente, y al
otorgar honores a quienes habían defendido al Gobierno omitió toda
referencia a Don Juanito. Éste, posiblemente muy resentido por la
actitud del Presidente y además distanciado de él por desacuerdos en
cuanto a la marcha de la administración, presentó en junio siguiente su
renuncia, que le fue aceptada casi de inmediato. Algunos meses más
tarde, el 15 de diciembre de 1848, el Ejecutivo, casi que por
compromiso, envió al Congreso un proyecto para que se declarasen los
servicios de Mora importantes y dignos de la gratitud pública. La
iniciativa, falta del impulso presidencial, se quedó durmiendo el sueño
de los justos en alguna gaveta congresil.
Ante
tal panorama, la idea de exhumar el proyecto de homenaje a Don Juanito
Mora resultaba en junio de 1849 inoportuna y extemporánea, por lo que
cabe conjeturar que el oficioso proponente lo que pretendía en realidad
era torpedear la esclarecida ciudadanía del General Flores y molestar al
Doctor Castro. Sin embargo, el Gobierno no estaba ya en condiciones de
imponer inexorablemente su voluntad al Congreso, y éste acordó suspender
la discusión de las iniciativas referentes a Flores y Gallegos para que
se rindiese dictamen sobre el proyecto relativo a Mora, que se
encontraba sometido a la consideración de la Comisión de Hacienda.
La
Comisión de Hacienda no se tomó mucha prisa para opinar sobre el
proyecto, ya que no fue sino hasta el 5 de julio que se leyó en el
plenario su dictamen, que era favorable a la iniciativa. Al parecer eso
hizo posible que al día siguiente se pudiese iniciar el tercer debate
sobre la Ciudadanía esclarecida de Flores y el Benemeritazgo de
Gallegos. Sin embargo, la discusión hubo de ser suspendida, para que el
Congreso pudiese dar primer debate ese mismo día al dictamen de la
Comisión de Hacienda sobre el proyecto de gratitud a Mora y todas las
iniciativas pudiesen aprobarse juntas.
El 10
de julio se discutió por segunda vez el dictamen referido a los
servicios de Mora, con lo cual quedaba en el mismo pie que los proyectos
para homenajear a Flores y Gallegos. Finalmente, el 11 de julio las tres
iniciativas sufrieron el tercer debate. Los dictámenes de las Comisiones
de Hacienda y de Justicia fueron aprobados en su totalidad, y al mismo
tiempo el Congreso votó favorablemente los respectivos proyectos de ley:
el que declaraba "importantes a la Patria y dignos de la gratitud
pública" los servicios prestados por Mora a la Nación durante su
interinato y le consagraba una expresión de gracias, el que confería a
Gallegos el título de Benemérito de la Patria, y el que otorgaba al
General Flores el de Ciudadano esclarecido de la República. Este último
decía literalmente:
"El
Excelentísimo Congreso Constitucional de la República de Costa Rica,
deseando dar al ilustre General Don Juan José Flores un testimonio de
gratitud nacional por los importantes servicios que ha hecho a la
República y que pertenezca a la familia costarricense el que tanto ha
sabido apreciarla, decreta:
Art.
único. Se declara al Señor General Don Juan José Flores ciudadano
esclarecido de la República.- Al Poder Ejecutivo. - Dado en el Palacio
de los Supremos Poderes, en San José a las once días del mes de julio de
mil ochocientos cuarenta y nueve.- Manuel José Carazo, Presidente.-
Modesto Guevara, Secretario.- Agapito Jiménez, Secretario."
Al
Doctor Castro, quien estaba muy distanciado de Don Juanito, no le debe
haber hecho ni pizca de gracia que el caluroso homenaje que deseaba
rendir al General Flores terminase asociado con un tributo a su antiguo
Vicepresidente. Además, a esas alturas, la expresión de reconocimiento a
Mora, personaje inmensamente popular, sólo iba a servir para que la
gente criticase al Gobierno por tardío y malagradecido. Lo cierto fue
que el Presidente se tardó lo suyo en dar el Ejecútese a los tres
proyectos: no fue sino hasta el 17 de julio, casi una semana después de
aprobados, cuando Castro y el Ministro Calvo les pusieron sus firmas y
los convirtieron en leyes.
Como
quiera que fuese, con la emisión de esta ley, el Fundador, Defensor y
Conservador de la República y Primer Ciudadano del Ecuador quedó también
declarado el 17 de julio de 1849 Ciudadano esclarecido de la República
de Costa Rica y adquirió así una tercera nacionalidad, todo por obra y
gracia del Doctor Castro y su obsequioso Congreso.
El 30
de julio, después de que el flamante Ciudadano esclarecido recibió del
Ministro Calvo el texto del decreto que le confería tal calidad, remitió
a Don Joaquín Bernardo la siguiente nota:
“San José, 30 de Julio de 1849.
Al Señor Ministro de Estado
en el despacho de Gobernación
He
tenido el honor de recibir el decreto en que el Congreso de la Nación se
ha dignado favorecerme con el honroso título de CIUDADANO ESCLARECIDO; y
me complazco en manifestar mi profundo reconocimiento por tan señalada
muestra de generosidad y benevolencia. Mas siento al mismo tiempo no
poder aceptarla, ya por ser incompatible con los derechos que me
corresponden de Ciudadano Ecuatoriano, ya porque no me considero
acreedor a recompensa tan espléndida, que la Patria reserva para premiar
los grandes servicios de sus hijos. Si alguna vez he contribuido con mi
débil influjo a promover una razonable avenencia entre los buenos
ciudadanos, y a encarecer la obediencia a las leyes y al Gobierno
constitucional, apenas he cumplido con lo que me prescriben mis
principios y con la gratitud que debo al país por la generosa
hospitalidad que me ha dispensado y por las consideraciones personales
que me ha prodigado su ilustre Presidente. Mas aun suponiendo que mis
buenos oficios hubiesen sido de alguna utilidad, y por esto dignos de
recomendación, perderían todo su mérito si no fuesen desinteresados y
además se desvirtuarían los que pudiera ofrecer en lo sucesivo, como
sospechosos de alguna mira personal. Por estas consideraciones parece
que sólo debo aceptar la estimación a que me hiciere acreedor por mi
comportamiento, vivir como extranjero muy agradecido y ser el primero en
dar ejemplo de respeto a las leyes y a las autoridades constitucionales.
Pido a
Vuestra Señoría, por tanto, transmita estos sentimientos a Su Excelencia
el Presidente, a quien ruego se sirva elevarlos al Congreso,
asegurándole que mi gratitud será tan duradera, como es grande la
generosidad que la produce y que en todas las situaciones de mi vida
seré un celoso defensor de Costa rica y de su filantrópico gobierno.
Con mi
distinguida consideración ofrezco a Vuestra Señoría la seguridad de mis
respetos con que me suscribo de Vuestra Señoría.
Obediente servidor
Juan José Flores”
Dejando aparte todos los lirismos de la carta, muy de la época y del
medio, posiblemente la razón principal de que Flores declinara el
homenaje era la que señalaba al principio: que la concesión de ese honor
podía menoscabar sus derechos como ciudadano del Ecuador. En la visión
nacionalista predominante en la mayoría de los ordenamientos jurídicos
de aquellos tiempos solía perderse la nacionalidad por adopción de otra
y estaba prohibido tener varias a la vez. Por consiguiente, la
circunstancia de que Don Juan José aceptase la ciudadanía costarricense,
aunque fuese a título honorífico, podía ser un magnífico pretexto para
despojarle de la ecuatoriana y vedarle definitivamente la posibilidad de
volver a la primera magistratura del país sudamericano, que era su sueño
dorado.
De la
carta podía deducirse que ni a Don José María Castro ni a nadie se le
había ocurrido preguntarle al "ilustre huésped" si estaba dispuesto a
aceptar el homenaje y a incorporarse a "la familia costarricense".
Semejante omisión no tenía excusa, porque el asunto tenía casi un mes de
estarse discutiendo. En todo caso, posiblemente Flores estaba más que
enterado de lo que se planeaba, porque el debate no era confidencial y
de todos modos había pocos secretos en la San José de 1849; pero si así
fue, Don Juan José no se tomó la molestia de externar su opinión al
Presidente o a su acólito Toledo durante el trámite del proyecto, o si
lo hizo, eso no alteró el curso de los acontecimientos.
El 4
de agosto de 1849, el semanario oficial El Costarricense publicó la
carta del General, aplaudió sus razones patrióticas, y como para
disimular o al menos paliar el ridículo del Gobierno, indicó, en tono
compungido, que el Congreso no pretendía afectar los derechos y deberes
de Flores, sino manifestarle su gratitud por los importantes servicios
brindados.
Después del palmo de narices con que se quedó el Gobierno de Castro,
durante muchos decenios no se volvió a hablar en Costa Rica de declarar
Ciudadano esclarecido a nadie, ni de aumentar con miembros forzosos la
familia costarricense. No fue sino hasta junio de 1920, setenta años
después, que en el llamado Congreso Restaurador se decidió premiar con
la dignidad de Ciudadano de Honor de Costa Rica los servicios prestados
por el médico francés Antonio Giustiniani y Casabianca en la lucha
contra el autoritario régimen del General Don Federico Tinoco. El Doctor
Giustiniani, quien residía desde hacía muchos años en Costa Rica y
estaba casado con Doña María Luisa Millet Alvarado, aceptó
emocionadamente el homenaje.
A
pesar de haber declinado la famosa Ciudadanía esclarecida, el General
Flores permaneció en Costa Rica y continuó teniendo una importante
influencia sobre Don José María Castro. Sin embargo, los días de la
administración del Doctor estaban contados: ante la inminencia de un
golpe militar, Castro se vio obligado a separarse del poder el 15 de
noviembre de 1849, y al día siguiente firmó su renuncia. Ésta fue
admitida con fingidas muestras de pesar por el Congreso, quien además le
confirió al dimitente el título de Fundador de la República. Es posible
que esta decisión legislativa haya sido inspirada en la circunstancia de
que el Ecuador le hubiese otorgado el mismo título a Flores.
Como
en aquellos momentos no había Vicepresidente de la República, la primera
magistratura recayó en el Diputado Don Miguel Mora Porras, hermano de
Don Juanito. Éste, sin embargo, había salido triunfante en los comicios
efectuados para elegir nuevo Vicepresidente, y en esa calidad ascendió
al poder el 26 de noviembre de 1849. Poco después fue elegido para
terminar el período de Castro, que expiraba en 1853.
Durante los primeros años de gobierno de Don Juanito, el General Flores
tuvo algunos disgustos serios, debido a la amistad que seguía
manteniendo con el ex Presidente Castro, considerado por aquel como su
principal adversario en potencia, y alguna vez estuvo a punto de ser
expulsado del país. En todo caso, el horizonte político costarricense
era demasiado estrecho para sus miras, y en 1851 Flores abandonó el país
y se dirigió a Chile y después al Perú. Desde este último país dirigió
en 1852 una expedición para recuperar el poder en el Ecuador, que
fracasó aparatosamente. No fue sino hasta 1860 cuando, por invitación
del Presidente ecuatoriano Don Gabriel García Moreno, pudo regresar a su
patria adoptiva, después de quince años de exilio.
El
General Flores fue calurosamente recibido en Quito y le fueron devueltos
sus bienes y honores. En los años siguientes, el Primer Ciudadano del
Ecuador volvió a participar activamente en la vida política y militar
del país, e incluso presidió la Asamblea Constituyente de 1861 aunque no
manifestó intenciones de volver a la primera magistratura. Murió el 1°
de octubre de 1864, a bordo del buque Sinyrk, en una travesía de la isla
de Puná a Guayaquil, a los sesenta y cuatro años de edad. El gobierno de
García Moreno declaró tres días de luto nacional, hizo sepultar su
cuerpo en la Catedral de Quito e inscribir en su tumba el epitafio AL
PADRE DE LA PATRIA, EL PUEBLO, AGRADECIDO.
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