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EL TERCER JEFE DE ESTADO

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 2, Agosto del 2001

 

     En la mayoría de los textos de historia patria, cuando se hace referencia a los Jefes de Estado de Costa Rica, suele dejarse de lado a Don Manuel Fernández Chacón, el tercero que ocupó ese cargo. A lo sumo se le incluye entre las personas que ejercieron el poder interinamente. Su retrato tampoco figura en las galerías de retratos de los gobernantes que hay en la Asamblea Legislativa y el Museo Nacional.

     Sin embargo, Don Manuel Fernández no fue un mero encargado del poder. Si bien su paso por la primera magistratura fue muy corto, no la ejerció reemplazando a nadie: el Jefe de Estado anterior, Don José Rafael de Gallegos, había renunciado, y aún no se había elegido a su sucesor. Por consiguiente, en nuestra opinión, Don Manuel fue un Jefe de Estado en propiedad, por muy breve que fuese su gobierno. Además, según veremos, durante su administración se emitieron ciertas medidas muy importantes, como la ley de supresión de los diezmos, que algunos historiadores han atribuido erróneamente a su sucesor en la Jefatura, Don Braulio Carrillo Colina.

     ¿A qué se debe ese olvido? Creemos que hay dos factores que lo explican, aunque de ningún modo lo justifican. En primer lugar, según veremos, la situación jurídica y política que se generó al renunciar Gallegos terminó por ser extremadamente confusa. Y en segundo lugar, al parecer Fernández no buscó ascender a la Jefatura del Estado ni pretendió permanecer en ella más tiempo del estrictamente necesario.

     A pesar de ello, la vida de Don Manuel Fernández merece ser mejor conocida y apreciada por los costarricenses, ya que este ignorado Jefe Supremo dedicó muchos y vigorosos esfuerzos al progreso y al bienestar del país.

     Don Manuel José Fernández y Chacón, hijo primogénito de Don Félix José Fernández y Tenorio y de Doña Petronila Chacón y Aguilar, nació el 26 de marzo de 1786 en el entonces pueblo de San José de Vallehermoso -llamado popularmente Villa Nueva o La Villita- y se le bautizó al día siguiente en la iglesia parroquial de esa localidad. Sus padrinos fueron Don Mateo de Mora y Valverde y Doña Lucía de la Encarnación Fernández y Umaña, padres de los también Jefes de Estado Don Juan y Don Joaquín Mora Fernández.

     Después del nacimiento de Manuel José, los esposos Fernández Chacón tuvieron dos hijas: Ana Tiburcia, fallecida de tierna edad, y Gerónima de los Ángeles, quien casó en primeras nupcias con Don Félix Fernández y Carranza y en segundas con Don Mariano Montealegre Bustamante, guatemalteco que fue el primer diplomático y el primer Vicejefe de Estado de Costa Rica, y a quien su actividad en la agricultura llevó a convertirse en el verdadero primer "rey" del café.

     Don Félix José Fernández fue uno de los personajes más conspicuos de Costa Rica en los últimos años borbónicos. Hidalgo, rico, de elegante presencia, aficionado a la carpintería en sus ratos de ocio, llegó a ser persona muy querida por su carácter amable y recto. En enero de 1787 fue designado como Alcalde Primero de Cartago y a poco le correspondió encargarse interinamente del mando político y militar de la Provincia de Costa Rica, durante una ausencia del Gobernador Don José Perié y Barrios. En San José fue Alcalde Segundo en 1809 y Primero en 1817. 

     Alrededor de 1806, cuando Don Manuel Fernández tenía unos veinte años, falleció su madre Doña Petronila. Su padre no tardó en buscar nueva consorte, y el 21 de junio de 1807 contrajo segundas nupcias con Doña Josefa Evarista Hidalgo y Oreamuno, señorita de muy encopetada familia cartaginesa (Doña Evarista tenía en aquel entonces veinte años de edad, o sea que era apenas unos meses menor que el mayor de sus dos hijastros. Don Félix ya había pasado de los cincuenta).

     Del matrimonio de Don Félix y su segunda mujer nacieron diez hijos: Joaquín Crisanto, que casó con Doña Gertrudis de Oreamuno y Jiménez; Joaquín Hipólito, quien casó con Doña Mercedes Bonilla e Hidalgo; Juan de la Cruz, muerto a los pocos días de nacido; Policarpo Joaquín, casado en primeras nupcias con doña María de Jesús García y Oreamuno y en segundas con Doña Ramona Joaquina García Carrillo; Joaquín Santiago, opulento cafetalero, quien casó con Doña Guadalupe Salazar y Aguado; Joaquín Nicolás, sacerdote; Ana Prudencia, quien casó con Don Manuel Borbón y Alpízar; Pío Joaquín, quien casó con Doña Carmen Salazar y Aguado; Ana del Rosario, quien casó con Don Gordiano Fernández y Ramírez y protagonizó con él uno de los pocos divorcios eclesiásticos que hubo en la Costa Rica del siglo XIX, y Ana Guadalupe, quien murió soltera. Al parecer, los esposos Fernández Hidalgo (o más posiblemente Doña Evarista, cuyo abuelo materno fue Don Joaquín de Oreamuno) eran devotos de San Joaquín, pero la muestra de devoción no pasó de las partidas bautismales, ya que a ninguno de los cinco chicos se le conoció con ese nombre en su vida adulta.

     Don Manuel Fernández no cursó más estudios que los elementales. En la Costa Rica de principios del siglo XIX no había más que algunas mediocres escuelitas de primeras letras, y sólo familias de ciertas posibilidades podían enviar a uno o dos de sus hijos a León o a Guatemala, a seguir la carrera eclesiástica o, cosa mucho menos frecuente, a cursar estudios de Derecho. A pesar de que su padre era un hombre bastante acomodado, Don Manuel debió conformarse con las famosas primeras letras y lo que pudiese aprender por sí solo, posiblemente porque debió ayudar a su padre en la administración del patrimonio familiar. Así parece confirmarlo el hecho de que en diciembre de 1811, cuando Don Manuel tenía 25 años, fue legalmente emancipado por su padre Don Félix, con aprobación del Gobernador Don Juan de Dios de Ayala y Gudiño.

     Un tío paterno de don Manuel, el presbítero Don José de la Encarnación Fernández y Tenorio, compró en 1808 a otro clérigo, don Rafael Arnesto de Troya, la valiosa hacienda Miravalles, situada en la jurisdicción de Bagaces. La propiedad, valorada en más de quince mil pesos (suma enorme en aquellos tiempos), tenía alrededor de dos mil cabezas de ganado, y era una de las más importantes de esa región. Desde fecha temprana, don Manuel se vinculó con las actividades pecuarias de su tío cura y esto lo hizo trasladarse con frecuencia a Bagaces durante largas temporadas.

     En 1817, por designación de Don Juan de Dios de Ayala, Don Manuel asumió el cargo de Teniente de Gobernador de Bagaces, que conllevaba, además de la administración del lugar, el ejercicio de funciones judiciales y notariales. En 1819 adquirió de su tío la hacienda Miravalles, que amplió con terrenos comprados a Don Félix de Bonilla y Pacheco.

     El distinguido historiador don Rafael Obregón Loría refiere que en Bagaces, don Manuel fue "respetado y muy querido, y alternaba allí con todas las gentes, desde los vecinos más respetables hasta los más humildes". En 1820 fue Teniente de Gobernador de Las Cañas, otro de los pueblos de esa región.

     Al momento de la Independencia de España, don Manuel era un hombre hecho y derecho (ya había cumplido los treinta y cinco años), pero por estar soterrado en Bagaces tuvo poca participación en los sucesos de 1821. Quien estuvo a punto de jugar un papel protagónico en la política costarricense de la época fue su padre Don Félix, quien en el momento de la separación de la Monarquía española era el militar de más alta graduación (Teniente Coronel) del Batallón de Costa Rica, y por ello fue designado por el Jefe Político Superior de Guatemala, Don Gabino Gaínza y Fernández de Medrano, para que se hiciese cargo del gobierno cuando dimitió el Jefe Político subalterno Don Juan Manuel de Cañas-Trujillo. Sin embargo, esta designación no llegó a tener efecto, en primer lugar porque en Costa Rica ya estaba funcionando una Junta Gubernativa y en segundo porque Gaínza no tenía ningún derecho a hacer ese tipo de nombramientos, ya que desde 1820 Costa Rica estaba separada de Guatemala en lo político. La villa de Heredia, con el ánimo de llevarle la contraria a la Junta Gubernativa, se manifestó dispuesta a reconocer a Don Félix como Jefe Político subalterno, pero esa posibilidad tampoco llegó a concretarse.

     En 1824 Don Manuel Fernández decidió poner fin a su prolongada soltería y contraer matrimonio con una prima de su madrastra, la señorita María Dolores Oreamuno y Muñoz de la Trinidad, hija del Teniente Coronel don Gregorio de Oreamuno y Alvarado y doña Juana de Jesús Muñoz de la Trinidad y Gómez. Nacida en Cartago en 1800, la joven era considerada una de las mujeres más hermosas de su ciudad. El historiador Obregón Loría dice además que era "de relevante personalidad y celebrada por su inteligencia y su interesante conversación".

     La familia Oreamuno, una de las más encopetadas de Cartago, había sido la principal adalid de la unión de Costa Rica al caído Imperio Mexicano, y uno de los hermanos de la joven Dolores, Don Rafael Oreamuno y Carazo, había tenido que huir de su casa para escapar de la prisión en la que los republicanos metieron a varios de sus parientes. Sin embargo, Don Manuel Fernández, cuyas convicciones políticas lo inclinaban al bando liberal y republicano, no había tenido nada que ver en esos sucesos, y sin duda eso contribuyó a hacerlo más grato a los ojos de su familia política en ciernes.

     Don Manuel y Doña Dolores contrajeron nupcias en Cartago el 13 de setiembre de 1824, cuando él tenía ya treinta y ocho años y ella veinticuatro. La ceremonia fue oficiada por el padre Rafael del Carmen Calvo y Rosales, y como padrino de bodas figuró el joven Don Francisco María Oreamuno Bonilla, primo hermano de la contrayente y años más tarde Jefe Supremo del Estado.

     En el hogar de don Manuel y doña Dolores nacieron nueve hijos: Juana Virgita de Jesús, Juan Federico de los Ángeles, Juana Pacífica Luisa de los Ángeles, Juan Manuel de la Trinidad, Juana Emerenciana, Juan Manuel Faustino Martín, Juan Manuel y Juan Primitivo Próspero. Sin duda, los Fernández eran muy devotos de San Juan, sin que sepamos si del Bautista o del Evangelista. Sin embargo, de los nueve niños sólo cuatro alcanzaron la edad adulta, y como para repetir la historia de sus tíos Fernández Hidalgo, ninguno de ellos usó el nombre de Juan o Juana, sino que se les conoció como Federico, Pacífica, Manuel y Próspero Fernández Oreamuno.

     Poco antes de su matrimonio, Don Manuel había sido elegido como Diputado propietario al Congreso Constituyente que inició sesiones el 6 de setiembre de 1824 y que nombró como primer Jefe de Estado a su amigo y pariente Don Juan Mora Fernández y como primer Vicejefe a su cuñado Don Mariano Montealegre. Como constituyente, Don Manuel fue bastante activo y presentó algunos proyectos interesantes. También tuvo a su cargo durante un tiempo la Secretaría del Congreso.

     Con su matrimonio y su elección como constituyente, Don Manuel decidió fijar su residencia definitiva en la ciudad de San José, que recién se había estrenado como capital de Costa Rica. La casa de los Fernández Oreamuno, una de las más amplias y elegantes de la población (si es que algo había de elegante en la San José de entonces), estaba ubicada una cuadra al norte de la esquina noreste de la Plaza Principal, sobre la calle real o del comercio, que en el siglo XX recibió el nombre de Avenida Fernández Güell en homenaje a un nieto de don Manuel.

     En 1825, cuando concluyeron las sesiones de la Constituyente, el Jefe de Estado Don Juan Mora designó a Don Manuel Fernández para el cargo de Intendente General, cuyas funciones equivalían a las de un Ministro de Hacienda.

     Además de desempeñar la Intendencia y administrar Miravalles, para lo cual seguía desplazándose con frecuencia a Bagaces, Don Manuel se ocupó durante los primeros años de matrimonio en actuar como apoderado judicial de su familia política en un litigio que sostenía desde 1792 con la Municipalidad de Cartago, por la propiedad de una considerable extensión de tierras en el paraje denominado Sabana Grande, en las vecindades de El Tejar. Don Manuel demostró mucha diligencia en su cometido, presentó numerosos escritos, ofreció testigos y solicitó inspecciones oculares. Sin embargo, la Municipalidad cartaginesa no se avenía a perder terrenos tan valiosos, sobre los que creía tener legítimo derecho, y el litigio se enmarañaba cada vez más.

     En 1831 Don Manuel fue elegido como Diputado suplente por San José, y al año siguiente como Diputado propietario, lo cual lo obligó a renunciar a la Intendencia General.

     El año 1832 fue trágico para la familia, ya que el 17 de mayo, durante uno de los copiosos aguaceros que cayeron sobre Cartago, un rayo fulminó en un potrero al suegro de don Manuel, Don Gregorio de Oreamuno, quien murió sin ver el final del pleito de los suyos con la Municipalidad de Cartago. Este juicio, quizá el más largo de la historia de Costa Rica, concluyó el 4 de junio de 1833, cuando el Intendente General Don Joaquín Rivas y Ramírez, fundamentándose en un dictamen de su asesor jurídico Don Braulio Carrillo, dictó sentencia en favor de los Oreamuno.

     El período de Don Manuel como Diputado expiraba en 1834; sin embargo, quedó interrumpido por las elecciones de 1833, en las que los grupos liberales de San José y Alajuela lo postularon para la Vicejefatura del Estado. Como candidato para Jefe llevaban a su primo hermano Don Manuel Aguilar Chacón. La fórmula de los Manueles era adversada principalmente por Cartago y Heredia, que postulaban a Don Nicolás Ulloa Soto para la Jefatura y cuyas simpatías para la Vicejefatura se repartían entre Don Juan y Don Joaquín Mora Fernández.

     Las fuerzas estaban muy parejas y la Ley Fundamental del Estado exigía que el triunfador obtuviese la mitad más uno de los sufragios para ser elegido. A fin de cuentas, tirios y troyanos se quedaron con un palmo de narices, porque aunque Aguilar tuvo veintiuno de los cuarenta y un votos emitidos, la Asamblea legislativa, llamada a declarar el resultado oficial, concluyó que la mitad de cuarenta y uno eran veinte y medio, y que a Aguilar le había faltado medio voto para la mayoría absoluta. Ante tal circunstancia, los padres de la patria optaron por llamar a la primera magistratura a Don José Rafael de Gallegos y Alvarado, quien solamente había tenido el voto de los poblados indígenas de Térraba y Boruca (Quizá por error de un sufragante del partido de Santa Cruz que no entendió bien las consignas liberales o que decidió aplicar su propio criterio, Don Manuel Fernández también obtuvo un voto en la elección para Jefe).

     En la elección de Vicejefe tampoco hubo mayoría por el famoso asunto del medio voto, pero la Asamblea, al parecer con ánimo conciliatorio, optó por designar para ese cargo a Don Manuel Fernández, quien había tenido veintiuno de los cuarenta y un sufragios emitidos.

     A pesar de que Gallegos resistió cuanto pudo aceptar un destino para el que no se sentía capacitado y una elección tan cuestionable, ruegos y alabanzas vencieron sus objeciones, y tomó posesión de la primera magistratura el 9 de marzo de 1833. El mismo día Don Manuel Fernández fue juramentado para la Vicejefatura.

     El cargo de Vicejefe no tenía gran importancia, ya que los Jefes rara vez salían de la capital y no digamos ya del Estado. Sin embargo, conllevaba la presidencia de un órgano llamado el Consejo Representativo, una especie de Senado y Sala Constitucional. Como Vicejefe de Estado, Don Manuel Fernández presidió el Consejo en algunas oportunidades, aunque sus ausencias de San José seguían siendo frecuentes y prolongadas.

     Don José Rafael de Gallegos, que había llegado al poder sin ningún apoyo popular, enfrentó mucha oposición, y de feria su mandato coincidió con el florecimiento de los dos primeros periódicos independientes que hubo en Costa Rica, el Noticioso Universal y La Tertulia. Este último, en particular, se dedicó a hacerle la vida imposible y a ridiculizarlo.

     En 1834, como consecuencia de la emisión de la polémica y por demás estúpida ley de la Ambulancia, que disponía la rotación cuatrienal de las supremas autoridades entre las cuatro principales ciudades del valle central, la capital del Estado fue trasladada a Alajuela, donde debía permanecer hasta 1838. Aunque Alajuela se hallaba más cerca de Bagaces que San José, Don Manuel siguió ausentándose con frecuencia: en junio de 1834 el Consejo le concedió permiso por dos meses. Debido a esta licencia, cuando a fines de ese mes enfermó Gallegos, la Jefatura hubo de ser asumida interinamente por el Consejero Don Agustín Gutiérrez y Lizaurzábal. Don Manuel regresó poco después a Alajuela, pero no manifestó interés alguno por desplazar al señor Gutiérrez, quien desempeñó la Jefatura hasta el 18 de agosto de 1834, fecha en que la reasumió Gallegos.

     En diciembre de 1834 la familia de Don Manuel tuvo que enlutarse, debido a que el 20 de ese mes falleció en San José Don Félix Fernández y Tenorio, a la edad de setenta años.

     El 1° de marzo de 1835, al iniciarse las tareas de la nueva Asamblea legislativa, Don José Rafael de Gallegos presentó la renuncia a su cargo. Una comisión de cuatro diputados, entre los que figuraba Don Manuel Aguilar, recomendó admitir la dimisión y se refirió al Jefe en términos venenosos e hirientes. El 4 de marzo, la cámara aprobó el dictamen y aceptó la renuncia de Gallegos.

     La Ley Fundamental disponía que en caso de muerte o dimisión del Jefe, el Vicejefe debía concluir el período para el que aquél había sido elegido. Por consiguiente, al ser aceptada la renuncia de Gallegos, Don Manuel Fernández se convirtió en el nuevo Jefe Supremo del Estado de Costa Rica, cuyo período debía expirar el 9 de marzo de 1837.

     El problema era que -para variar- Don Manuel estaba ausente de la capital: se hallaba, una vez más, en Bagaces. La Asamblea dispuso que mientras se presentaba en Alajuela a ejercer el mando supremo, éste fuese ejercido (obviamente a título de interinazgo) por el Diputado Don Juan José Lara Arias.

     Sin embargo, el 6 de marzo, mientras continuaba la ausencia del nuevo Jefe de Estado, los legisladores, henchidos de injustificados rencores contra el caído Gallegos, tomaron una decisión que alteró sustancialmente el rumbo de los acontecimientos: declararon que la elección de don José Rafael había sido nula y que por consiguiente debía volverse a escoger entre los candidatos de 1833. Enseguida, la Asamblea eligió a Don Nicolás Ulloa Soto como nuevo Jefe de Estado y lo llamó a juramentarse.

     A Ulloa no le interesaba ya la primera magistratura, y como tenía minas en los montes del Aguacate, alegó alguna ley que eximía del desempeño de cargos públicos a quienes se dedicaban a esa actividad. La Asamblea optó entonces por elegir a Don Manuel Aguilar, pero la designación de éste no llegó siquiera a formalizarse, ya que el antiguo candidato liberal, presente en la sesión como Diputado, también anunció que rechazaría la Jefatura.

     Quedaba en los papeles eleccionarios de 1833 el nombre de Don Manuel Fernández, favorecido por el aislado voto emitido en el partido de Santa Cruz; sin embargo, la Asamblea ni siquiera lo consideró. Posiblemente, los diputados comprendieron que Don Manuel, cuyos intereses personales lo mantenían continuamente en Bagaces, no estaría dispuesto a permanecer todo el tiempo en Alajuela y declinaría también la elección (En esa época, el Jefe Supremo requería permiso legislativo para salir de la capital, y siempre costaba un mundo que hubiese quórum). Finalmente, los Diputados optaron por convocar a nuevas elecciones.

     Don Manuel Fernández, a quien de seguro se avisó de lo que estaba ocurriendo, regresó a Alajuela, aunque hay que reconocer que no parece haberse dado mucha prisa, ya que no tomó posesión de la Jefatura del Estado sino hasta la mañana del 18 de marzo de 1835. El 26 de ese mes cumplió cuarenta y nueve años de edad.

     Como nuevo Jefe Supremo, Don Manuel estaba en una situación muy curiosa, ya que si bien tenía todas las prerrogativas y deberes del cargo, su período había quedado reducido a un mínimo debido a la actuación de la Asamblea. Esa circunstancia no parece haberle molestado en absoluto: es obvio que la Jefatura del Estado, carente de poderes efectivos y semiarrestada en Alajuela, no le interesaba en lo más mínimo. Ni siquiera se postuló su nombre para los comicios de abril de 1835, como hubiera sido lo lógico en caso de que ambicionase continuar en el mando. Sólo le dio su voto un aislado elector de Heredia.

     Durante la corta administración Fernández Chacón se emitieron varias leyes importantes, entre las que cabe destacar la creación del Departamento de Guanacaste (hasta eso momento Costa Rica había estado dividida en sólo dos Departamentos, el Occidental y el Oriental, cuyas cabeceras eran Alajuela y Cartago respectivamente), dos reformas constitucionales relativas a elecciones, la creación de un Tribunal Superior de Cuentas (antecedente de la actual Contraloría), la supresión del diezmo y su sustitución por un impuesto territorial, y la prohibición de efectuar procesiones fuera de los templos. Estas dos últimas medidas concitaron una fuerte reacción popular, y habrían de servir, algunos meses más tarde, como uno de los principales pretextos para la insurrección de la Liga.

     En las elecciones de abril de 1835 triunfó el Licenciado Don Braulio Carrillo, quien tomó posesión de la primera magistratura en Alajuela el 5 de mayo de ese año. En esta fecha concluyó, por consiguiente, la breve administración de Don Manuel Fernández. Éste, sin duda con un suspiro de alivio, volvió al cargo de Vicejefe y a la presidencia del Consejo Representativo. Sin embargo, casi enseguida Don Braulio obtuvo una licencia de la Asamblea para ausentarse de Alajuela, y el 5 de junio Don Manuel Fernández hubo de reasumir la Jefatura, aunque lógicamente esta vez a título de mero interinazgo. La ausencia de Carrillo se prolongó hasta el 27 de julio, fecha en que Don Manuel le hizo entrega del mando supremo.

     La administración de Carrillo fue muy combatida, debido sobre todo a la derogatoria de la ley de la Ambulancia, efectuada en setiembre de 1835. En octubre de 1835 hubo de hacer frente a la insurrección de la Liga, en la que Cartago, Heredia y Alajuela se enfrentaron militarmente con San José y que fue finalmente dominada. Durante uno de los enfrentamientos pereció el joven Don Crisanto Fernández Hidalgo, medio hermano de don Manuel.

     Al término de la administración de Carrillo, que concluyó el 28 de febrero de 1837, Don Manuel se retiró de la vida política y se dedicó fundamentalmente a la atención de su considerable patrimonio. Sin embargo, en diciembre de ese año se deshizo de dos valiosas propiedades. El 11 de diciembre vendió a Don Félix Mora un valioso potrero de treinta manzanas en La Uruca, por 1860 pesos, y al día siguiente vendió Miravalles al panameño Don Francisco de la Guardia y Robles. El precio de la venta de la hacienda fue de 18,780 pesos. El comprador se comprometió a pagar a plazos esa elevadísima suma, y para garantizar su obligación hipotecó Miravalles en favor de don Manuel.

     A pesar de la venta de su querida hacienda, don Manuel conservó otras importantes propiedades en el Departamento del Guanacaste y siguió teniendo que trasladarse con frecuencia a esa región. No es de extrañar, por consiguiente, que en 1841 aceptase la petición de Don Braulio Carrillo, quien desempeñaba nuevamente la primera magistratura (ahora como dictador), para que elaborase los planos del nuevo edificio de la aduana de Puntarenas y dirigiese su construcción.

     El ex Jefe se trasladó al puerto y bajo su mando empezaron los trabajos, que avanzaron con suma rapidez. Hombre activo y minucioso, don Manuel se dedicó con entusiasmo a la dirección y supervisión de la obra. Empero, una fatalidad hizo que ese mismo espíritu de responsabilidad terminase con su vida. Para inspeccionar los trabajos subió a un elevado andamio, dio allí un paso en falso y se precipitó a tierra. Sufrió un violento golpe en la cabeza y quedó en estado tan grave que poco después falleció. Era el 31 de julio de 1841.

     El cuerpo de Don Manuel, quien contaba cincuenta y cinco años a su fallecimiento, fue conducido a la vecina ciudad de Esparza. En la iglesia parroquial de esta población se celebraron sus funerales, y se le sepultó en el cementerio local.

     Cuando Don Manuel murió, su viuda doña Dolores quedó con varios hijos de corta edad y el problema de que Don Francisco de la Guardia no se mostraba muy puntual en los pagos de la venta de Miravalles. A fin de cuentas, se llegó a una transacción y la hacienda volvió a poder de los Fernández.

     En 1843, Doña Dolores tuvo la satisfacción de ver a su hija Pacífica contraer nupcias con el Doctor José María Castro Madriz, Ministro General del Estado y uno de los muchachos más cultos y prometedores de la San José de aquellos tiempos. Las cualidades del novio sin duda hicieron que la viuda de don Manuel no parase muchas mientes en las diferencias de edad: en el momento de la boda, Don José María tenía veintidós años y Doña Pacífica catorce.

     A pesar de sus nueve partos y andar por los cuarenta y pico de edad, la viuda de Don Manuel Fernández era todavía una mujer muy guapa, y su cuantioso capital sin duda le daba todavía mayores atractivos. No es de extrañar, por consiguiente, que atrajese la atención de Don José Antonio Ramírez Hidalgo, joven de carácter alegre e insinuante. Ramírez era primo cuarto de la hermosa viuda, y quizá por tal circunstancia Doña Dolores había aceptado ser madrina de un hijo extramatrimonial suyo. Nada de raro tenía tampoco que una viuda pensase en volverse a casar, y doña Dolores aceptó entusiasmada los requiebros de su compadre.

     Lo que sí resultaba muy chocante era que el pretendiente tenía veintiún años menos que la viuda de don Manuel, puesto que había nacido en San Fernando de Nicaragua (hoy Masaya) en 1821, en el hogar de Don Miguel Ramírez de Zaragoza y Doña Antonina Hidalgo y Muñoz de la Trinidad. Los hijos de doña Dolores tomaron muy a mal el asunto, desde el primogénito Federico, que era sólo seis años menor que su padrastro en ciernes, hasta el pequeño Próspero, que contaba apenas once. Sin embargo, contra la voluntad de los chicos, y haciendo caso omiso de quienes le auguraban un desastre, la señora metió cabeza y contrajo segundas nupcias con Don José Antonio el 25 de febrero de 1845. Para el matrimonio hubo necesidad de dispensa episcopal, tanto por el parentesco que unía a los novios como por la circunstancia de ser compadres.

     Poco antes de que se efectuase la boda, los tres hijos de doña Dolores abandonaron el hogar y se fueron a vivir con su hermana Pacífica y su cuñado Castro, quien terminó convirtiéndose en una especie de padre adoptivo de los muchachos.

     A fin de cuentas, todos los pronósticos resultaron ciertos: una vez extinguidos los entusiasmos de los primeros días, el matrimonio Ramírez-Oreamuno empezó a hacer aguas, y los cónyuges terminaron separándose, después de muchos y ruidosos pleitos y sin haber tenido sucesión. Las relaciones de doña Dolores con sus hijos volvieron gradualmente a ser afectuosas.

     El 17 de abril de 1853, Doña Dolores tuvo la pena de perder a su hijo Don Manuel, quien había estudiado en la Gran Bretaña y en cuya inteligencia y buenas cualidades se depositaban grandes esperanzas. El 9 de enero de 1858 murió también Don José Antonio Ramírez a la edad de treinta y un años. Casi exactamente dos años después, el 8 de enero de 1860, falleció en San José Doña Dolores, a la edad de cincuenta y nueve años. Sus restos fueron sepultados junto a los de su primer marido, en la tumba de la familia Castro.

     Los tres hijos sobrevivientes del hogar Fernández-Oreamuno tuvieron una destacada actuación en la vida nacional. Don Federico fue militar, combatió en la guerra contra los filibusteros y años más tarde llegó a alcanzar el grado de General de Brigada. Fue además Gobernador de Puntarenas y de San José y le correspondió ser el fundador de Puerto Limón. Contrajo nupcias con Doña Carmen Güell y Pérez, originaria de Cuba. Doña Pacífica fue Primera Dama de Costa Rica de 1847 a 1849 y de 1866 a 1868, y diseñó la actual bandera nacional, adoptada en 1848. El benjamín Don Próspero, militar como su hermano Don Federico, también participó en la Campaña Nacional y llegó al Generalato. Después de desempeñar varios cargos públicos, en 1882 fue elegido Presidente de la República, cargo en cuyo ejercicio falleció en 1885. De su matrimonio con Doña Cristina Guardia Gutiérrez, hermana de don Tomás, tuvo dos hijos, entre ellos Doña Pacífica Fernández, quien después de haber sido novia de Don Ricardo Jiménez Oreamuno contrajo nupcias con don Bernardo Soto Alfaro y fue Primera Dama de Costa Rica de 1885 a 1890. Foto: Próspero Fernández Oreamuno


BIBLIOGRAFÍA: 

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La Ultima Reina de Costa Rica, quincena 1, setiembre del 2000
 

Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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