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LA PRIMERA LETRA DEL HIMNO NACIONAL

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 1, Junio del 2001

 

     Durante más de veinte años, el Himno Nacional de Costa Rica, cuya partitura fue compuesta en 1852 por el célebre maestro Don Manuel María Gutiérrez, careció de letra. El hecho, aunque curioso, no es del todo extraordinario, y se produjo también con los himnos nacionales de otros países de más larga historia y tradición: por ejemplo, los intentos que alguna vez se hicieron para darle letra a la hermosa Marcha Real española terminaron en el fracaso, y todavía hoy ese himno simplemente se ejecuta y no se canta.

Manuel María Gutiérrez

      A principios de 1873, mientras por segunda vez regía los destinos de Colombia el célebre abogado tolimense Don Manuel Murillo Toro, llegó a Costa Rica un joven humanista bogotano, Don José Manuel Lleras, cuya familia, oriunda de Cataluña, dio más tarde al país sudamericano notables literatos y estadistas, entre ellos los Presidentes Alberto Lleras Camargo y Carlos Lleras Restrepo.

     Don José Manuel, nacido en la capital colombiana en 1843, era hijo del literato y político Don Lorenzo María Lleras, quien además de diputado fue director del Teatro de Bogotá, fundador del Colegio del Espíritu Santo, colaborador de varios periódicos y autor de varias obras líricas y ensayos. Las inquietudes intelectuales y las dotes literarias de Don Lorenzo María se reprodujeron en su hijo, quien tuvo a su haber una vasta cultura, despierta inteligencia y notoria soltura de pluma.

     En su país de origen, el joven Lleras fue redactor de varios periódicos, entre ellos La voz del Sur, El Liceo y El Cauca. En San José también se dedicó a esas tareas, y laboró como editor y redactor del periódico El Costarricense. Además impartió lecciones de Literatura, Filosofía y Matemáticas.

     Lleras hacía gala de gran facilidad para versificar, y en alguna ocasión publicó una ingeniosa sátira para tratar de corregir el abuso que se hacía de los vocablos autóctonos -los que Gagini llamó costarriqueñismos- en perjuicio del correcto castellano. Sin embargo, la obra más importante del poeta colombiano no fue esta sátira, sino la primera letra del Himno Nacional de Costa Rica.

     Gobernaba nuestro país en aquellos tiempos (y lo siguió gobernando durante muchos años más), el General Don Tomás Guardia Gutiérrez, quien después de ser Presidente de facto durante dos años había sido elegido constitucionalmente para el período 1872-1876, con casi el 100% de los votos emitidos. Por supuesto, tal resultado no respondía del todo a la efectiva popularidad de Guardia, ya que el General tenía muchos y muy poderosos enemigos.

     Sin embargo, la principal preocupación en torno a la supervivencia del régimen guardista no derivaba en 1873 de cuestiones internas, sino de la actitud del gobierno de Guatemala. El General Rufino Barrios y Auyón, que a fuetazo limpio dirigía los destinos de aquel país, sentía un odio enfermizo y lunático por la Compañía de Jesús, y consideraba que expulsarla de la América Central era fundamental e importantísimo para el bienestar y el progreso del istmo. La cosa no parecía demasiado difícil, ya que el único país centroamericano donde había jesuitas era Nicaragua.

General Tomás Guardia Gutiérrez

      El Gobierno de Guatemala envió una misión diplomática a Costa Rica, encabezada por el presbítero Don Martín Mérida, con el fin de obtener el respaldo costarricense para hacer la guerra a Nicaragua y lograr así la expulsión de los jesuitas de ese país. Mérida debía además investigar las actividades de ciertos guatemaltecos, hondureños y salvadoreños asilados en costa Rica, de los que se sospechaba que saldrían de Limón en el vapor americano Sherman para atacar Honduras. La misión de Mérida fue un fracaso, ya que Costa Rica se negó a secundar los planes para atacar a Nicaragua y el Sherman abandonó Limón con los exiliados, a pesar de que el Gobierno costarricense había prohibido su salida. La partida del buque fue atribuida por Guatemala a complicidad o tolerancia de las autoridades de Costa Rica, y ello, unido al fracaso de la misión de Mérida, decidió al General Barrios a concertar una alianza con El Salvador para tratar de derrocar a Guardia. En agosto de 1873, Nicaragua, cuyas relaciones con Costa Rica dejaban mucho que desear, se unió a regañadientes a ese concierto, que pasó a ser conocido como la Triple Alianza. El pacto de los tres países constituía oficialmente una alianza defensiva contra el gobierno de Don Tomás, por considerarlo "hostil a la paz centroamericana". Honduras, cuyo Presidente Don Céleo Arias debía el puesto a las bayonetas guatemaltecas, no tardó en adherirse al convenio, que se convirtió entonces en la Cuádruple Alianza.

      Tal y como había ocurrido en 1842 por el ascenso al poder del General Morazán y en 1865 por el asilo concedido al ex Presidente salvadoreño Don Gerardo Barrios Espinoza, Costa Rica se encontró enfrentada con todos los demás países centroamericanos. Sin embargo, a pesar de su rimbombante nombre, la Cuádruple Alianza no las tenía todas consigo, ya que el ejército de Costa Rica contaba con buenos elementos de guerra, y además era previsible que en caso de una invasión serían muy pocos los costarricenses que la respaldarían, independientemente de que les cayese bien Guardia o no.

     Por otra parte, Don Tomás si que podría contar con el apoyo de muchos emigrados de los otros países, que habían encontrado en Costa Rica asilo político o simplemente un lugar donde vivir en paz. También contaba con la simpatía de otros inmigrantes, entre ellos un reducido pero destacado grupo de colombianos. Aunque Costa Rica tenía pendiente un pleito limítrofe con Colombia, Guardia había dispensado notorio favor a los hijos de ese país, y no faltaba quien recordase que la familia paterna del Presidente era oriunda de Panamá, perteneciente entonces a la República sudamericana. En setiembre de 1873, a propósito de una bien intencionada pero algo ingenua iniciativa de los Estados Unidos para promover la unión de Centro América, el Ministro de ese país en el istmo, George Williamson, manifestó al Departamento de Estado que los intereses de Costa Rica tendían al aislamiento o a la incorporación a Colombia.

     Entre los colombianos guardistas de San José figuraba Don José Manuel Lleras, quien a fines de agosto de 1873 empezó a editar un semanario de dos páginas con el nombre de El Mercado. El objeto nada disimulado del periodiquito, que se repartía gratuitamente cada sábado, era hacer mofa de la Cuádruple Alianza, y en él se publicaban, entre otras cosas, estrofas burlescas para dar cuenta de las noticias recibidas de los otros países centroamericanos.

      Sin embargo, Lleras no se limitó a hacer versos festivos. Con el evidente propósito de levantar el espíritu patriótico de los costarricenses, el joven inmigrante escribió una letra para el Himno Nacional de la República, que al parecer fue dada a conocer por primera vez el 15 de setiembre de 1873, con motivo de la celebración de la Independencia.

     Aunque el editor de El Mercado fuese buen versificador, como lo demostraba semanalmente en su periódico, debió componer el Himno con algo de premura, ya que eludió las partes más complejas de la música del maestro Gutiérrez y se limitó a ponerle letra a la primera parte, cuyos acordes debían ser ejecutados una y otra vez.

     Como era frecuente en los cantos patrios latinoamericanos de antaño y hogaño, la letra de Lleras tenía un coro de cuatro versos, con el que se iniciaba el himno y que debía repetirse después de cada estrofa:

¡Ciudadanos! El sol de los libres
ha subido radiante al cenit:
su esplendor nos infunda el aliento
De vencer por la patria o morir.

     La primera estrofa propiamente dicha se refería a la separación de Costa Rica de la Monarquía española en 1821 y a sus primeros decenios de vida independiente, que habían sido mucho más tranquilos y prósperos que los de los demás países del vecindario:

I
Costa Rica rompió las cadenas
que la ataban a extraño poder
soltó al viento su propia bandera
y el imperio fundó de la ley.
Libertad proclamó entusiasmada,
Libertad en el orden y el bien;
del progreso ciñó la guirnalda
en su virgen y cándida sien!

     La segunda estrofa evocaba la gloriosa campaña que los costarricenses habían protagonizado en 1856 y 1857 contra los filibusteros que al mando del Coronel americano William Walker se habían apoderado de Nicaragua y pretendían sojuzgar a Centro América:

II
La ambición de un oscuro extranjero
someterla a su yugo intentó.
Indignados se alzaron los pueblos,
y gritaron: "¡atrás invasor!".
Y de Walker las huestes rabiosas
escucharon temblando esa voz,
pues sobre ellas, tras lides heroicas,
Costa Rica clavó su pendón.

      Hasta ahí todo estaba muy bien, y sin duda resultaba muy hábil la idea de exaltar el patriotismo ante la posible invasión de las tropas de la Cuádruple Alianza recordándole a los costarricenses la Campaña Nacional de dieciséis años atrás, de la que muchos de ellos habían sido héroes y protagonistas. Tampoco estaban mal los primeros seis versos de la siguiente estrofa, dedicados a evocar el bienestar reinante durante esos dieciséis años de paz. Pero al llegar a los versos sétimo y octavo, los cantores del himno (si es que había quien lo cantara hasta allí) podían sentirse un tanto molestos de que se quisieran atribuir dieciséis años de bienestar a un señor que sólo llevaba tres gobernando, y para peores que se le llamase "guardián del derecho del pueblo", aunque su régimen fuese bastante autoritario:

III
Largos años entonces el cielo
quiso darnos de dicha y de paz,
y a su sombra benigna, el Progreso
la riqueza fundó nacional.
El trabajo constante y activo
daba al pueblo, munífico, el pan,
y era Guardia, al deber circunscrito,
del derecho del pueblo el guardián.

     Dejando aparte la aduladora referencia a Guardia, hasta esa tercera estrofa el texto tenía vocación de himno nacional, de canto dirigido a repetirse a lo largo de las edades y de transmitirse de generación en generación. Sin embargo, la letra de Lleras había sido escrita con un propósito muy bien definido: enardecer los ánimos ante la muy tangible y cercana amenaza de la Cuádruple Alianza. Por ese motivo, las siguientes tres estrofas resultaban puramente coyunturales, y le daban al texto en su conjunto el carácter de un himno contra los eventuales invasores:

IV
La codicia de hermanos celosos
agitada en constante inquietud,
no consiente vivamos nosotros
en la paz, el progreso y la luz.
Y nos retan a lid fratricida
preparando el traidor arcabuz:
vengan pues, que jamás la injusticia
vencerá nuestra noble actitud!

¡Ciudadanos! El sol de los libres, etc.

V
El cañón que en San Juan y San Jorge
hizo el polvo otro tiempo morder
al intruso bandido del Norte,
su estampido prepara esta vez;
si el clarín sanguinario resuena,
Costa Rica, con noble altivez,
"Guerra, guerra!" dirá en sus cornetas,
"Ciudadanos, morir o vencer!"

¡Ciudadanos! El sol de los libres, etc.

VI
Y del mar y del prado y del bosque,
del desierto y poblado, la voz
la ha escuchado el lejano horizonte
repitiendo: "Jamás! invasor!"
"Nuestro suelo no huella la planta
de una alianza cobarde y feroz,
mientras brille la chispa sagrada
en el pueblo, de bélico ardor!"

     La referencia de la quinta estrofa al combate de San Jorge, uno de los episodios de la guerra contra los filibusteros, resultaba algo curiosa si se tiene en cuenta que no se mencionaban para nada la gloriosa batalla de Santa Rosa y la muy cruenta de Rivas, mucho más celebrados que aquél. Sin embargo, no había misterio: Don Tomás Guardia, entonces Mayor del ejército costarricense, había sido uno de los combatientes de San Jorge y había quedado gravemente herido como consecuencia de esa batalla.

     Pero la mención de San Jorge resultaba de un guardismo insignificante al lado de la sétima estrofa, donde Lleras llegó a las cumbres (o las simas) del alfombrismo. Setenta años más tarde, los versitos del colombiano hubieran parecido muy convenientes en la Rusia de Stalin o en Dominicana del Generalísimo Trujillo, pero resultaban harto chocantes en la Costa Rica de 1873, poco acostumbrada al culto a la personalidad de los Presidentes de la República:

Mientras Guardia, el soldado aguerrido,
trace al pueblo del pueblo el deber,
aunque se halle la patria en peligro,
guardar puede su honor y su fe:
Salve oh Guardia, valiente y patriota!
Salve oh Guardia, de heroica altivez!
Salve oh Guardia! su honor y sus glorias
son de un pueblo de libres, sostén.

     Aquí sí que la cosa pasaba de castaño oscuro, y ciertamente no resultaba muy congruente eso de que el honor y las glorias del Presidente fuesen el sostén de "un pueblo de libres". Con excepción de Su Alteza Serenísima Don Antonio López de Santa Anna y Pérez de Lebrón en México, cuyas hazañas recuerdan todavía algunos versos del Himno Nacional de México (adoptado durante su última y desastrosa administración), casi no había habido en América Latina ningún gobernante de turno celebrado en el canto patrio.

     Sin embargo, la estrofa octava de Lleras volvía sobre el objetivo principal de la letra, que era entusiasmar a los costarricenses para defender su suelo ante la posible invasión de sus vecinos del istmo:

A la lid volaremos unidos
Inspirados por bélico ardor
Defendemos el suelo que vimos
Al abrir nuestros ojos al sol;
"Guerra, guerra!" dirá en las fronteras 
el clarín del injusto invasor;
"Guerra, guerra!" repitan las selvas,
al estruendo del ronco cañón.

     Después de esta bélica estrofa, la flamante letra del himno nacional de Costa Rica se cerraba con el tantas veces repetido coro de ¡Ciudadanos! El sol de los libres…

     Al General Guardia, que aunque despreciaba bastante a los adulones no despreciaba tanto las lisonjas, le debe haber caído simpática la letra de Lleras, que lo exaltaba de modo tan evidente y que resultaba tan oportuna ante las críticas circunstancias internacionales que atravesaba el país. A los costarricenses en general no les debe haber gustado tanto, no sólo por sus desfachatados elogios al Presidente sino además por lo larga… De todos modos, la letra no llegó a ser adoptada oficialmente, y no hay indicios que llegase a enseñarse en las escuelas. Posiblemente sólo se la aprendieron los militares y los más obsequiosos corifeos del régimen, e incluso resulta difícil pensar que pasaran de recitar con soltura el tantas veces repetido coro…

     En la noche del 23 de octubre de 1873, mientras la Cuádruple Alianza seguía sin resolverse a emprender acciones bélicas contra Costa Rica, algunos amigos del General Guardia le obsequiaron con una serenata sorpresa. Muchas personas acudieron a las vecindades del lujoso Palacio Presidencial de San José para festejar al gobernante y escuchar las interpretaciones de los integrantes de la compañía zarzuelera de Villalonga, que actuaba entonces con mucho éxito en el diminuto, modesto y por demás incómodo Teatro Municipal, único de la capital costarricense (a los josefinos de aquellos tiempos, poco amigos de las tragedias e incapaces de apreciar la ópera italiana, les gustaban con delirio las zarzuelas).

     Durante la serenata, que resultó muy alegre, los zarzueleros cantaron el Himno Nacional compuesto por Lleras y otras composiciones, y aquello se convirtió en una humorística soirée que se prolongó hasta las dos de la madrugada.

     Gracias a las gestiones del Ministro americano Williamson y de su colega de la Gran Bretaña, y sobre todo a los recelos que empezaron a surgir entre los propios integrantes de la cacareada Cuádruple Alianza, a principios de 1874 se logró poco a poco restablecer la armonía entre Costa Rica y El Salvador, Guatemala y Honduras. Sólo subsistieron algunas dificultades con Nicaragua, atizadas por las objeciones que planteaban las autoridades de Managua en torno a la validez del tratado de límites Cañas-Jerez de 1858.

     Actuaba entonces en el Teatro Municipal de San José la compañía de drama de Broganza, en combinación con un cuerpo coreográfico. La compañía en cuestión originó un escándalo, porque presentó unas danzas en forma tan inconveniente, que las autoridades prohibieron el espectáculo. Se armó una acalorada polémica en la prensa entre los adversarios y los defensores del espectáculo, y como era de esperarse, gracias a la invocación de la moral y las buenas costumbres terminaron por imponerse los primeros.

     Con buena intención, pero quizá escaso sentido de las conveniencias del momento, Don José Manuel Lleras escogió precisamente ese para que la discutida compañía pusiera en escena una zarzuela histórico-fantástica que había escrito con el título de La Guarda del Campamento, y que explicó como un "ligero episodio de la Guerra Nacional de Centro América". En el transcurso de la obra debía ejecutarse dos veces el Himno Nacional de Costa Rica, y aunque ello no coincidía con la realidad histórica de la Campaña contra los filibusteros, en esas dos interpretaciones el texto de la zarzuela incluía la letra recién escrita por el joven bogotano.

     A pesar de su título y argumento, la obra de Lleras, más que recordar episodios de la Campaña Nacional, se dirigía, como la letra del Himno, a enardecer los sentimientos patrióticos del auditorio ante la actitud hostil de los otros Estados centroamericanos contra Costa Rica. Sin embargo, esa hostilidad había bajado francamente de tono y la Cuádruple Alianza se había disuelto de hecho. La zarzuela, que pudo haber tenido gran éxito unos meses atrás, resultaba ahora bastante inoportuna y, si se quiere, hasta incómoda para el gobierno.

     Lamentablemente para su autor y para los intérpretes, La Guarda del Campamento resultó un fracaso total. El público la acogió fríamente, las representaciones se interrumpieron casi enseguida, y la crítica se cebó sobre el desventurado Lleras, quien incluso fue calificado en algún periódico josefino como "atrevido detractor del sentimiento unionista centroamericano". Leyendo tales cosas, cualquiera hubiera pensado que los ticos estaban clamando por la unión… 

     Con semejante reacción, bien podía preverse que el Himno Nacional escrito por Lleras tampoco lograría arraigar, y de hecho no arraigó. A pesar de los ditirámbicos elogios del texto al General Presidente, el régimen guardista pareció olvidarse de él, y libró a los escolares costarricenses de la perspectiva de aprenderse el coro y los restantes sesenta y cuatro versos contenidos en las ocho estrofas.

     Don José Manuel Lleras, cuyas producciones líricas y dramáticas (también escribió un juguete cómico llamado El espíritu del siglo) parecían augurarle un brillante lugar en los anales literarios, murió en 1879, a la temprana edad de treinta y seis años. Muchas de sus poesías, y La Guarda del Campamento, su obra más voluminosa, fueron publicadas póstumamente en Bogotá en ese mismo año, bajo el título de Variedades literarias.

     Para entonces, por supuesto, ya prácticamente nadie se acordaba en Costa Rica de La Guarda del Campamento ni de la Cuádruple Alianza, aunque de nuevo el país enfrentaba dificultades con los demás del istmo, pues estaban rotas sus relaciones con El Salvador, Guatemala y Honduras y las existentes con Nicaragua no eran demasiado cordiales que digamos.

     También se había olvidado por completo la larga y bella letra del Himno Nacional escrita por el malogrado Lleras. Precisamente en ese año de 1879, el 24 de junio, durante un homenaje al Presbítero Jean-Baptiste Malesyeux, Rector del Seminario de San José, con motivo del día de su santo, se entonó por primera vez la segunda letra del canto patrio, obra del joven seminarista cartaginés Juan Garita Guillén.


BIBLIOGRAFÍA: 

BLEN, Adolfo, Historia del periodismo, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1983; BORGES, Fernando, Teatros de Costa Rica, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1980; Enciclopedia Universal Europeo-Americana, Madrid, Espasa-Calpe, S. A., 1ª. Ed., 1905-1930, vol. XXXI, p. 1039; SÁENZ CARBONELL, Jorge Francisco, Historia diplomática de Costa Rica (1821-1910), San José, Editorial Juricentro, 1ª. Ed., 1996; SERRANO B., Carlos A., Aporte humano y cultural de Colombia a Costa Rica, San José, Imprenta y Litografía Vargas, S. A., 1ª. Ed., s. f. e.; SOLERA RODRÍGUEZ, Guillermo, Símbolos Nacionales, San José, Librería e Imprenta Atenea, S. en C., 1ª. Ed., 1955.

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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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