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EL CANCILLER RODRÍGUEZ

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 2, Mayo del 2001

 

     A principios del mes de noviembre de 1886, el Licenciado y General Don Bernardo Soto Alfaro, quien había iniciado su segunda administración el 8 de mayo de ese año, decidió separarse temporalmente de la Presidencia de la República y llamar a ejercerla al Primer Designado, el también General Don Jesús Soto Quesada. A Don Jesús, veterano de la Campaña Nacional, apodado Tepezcuintle por sus coterráneos alajuelenses, se le conocía por ser hombre de carácter enérgico, pero sobre todo por ser el padre del señor Presidente y ejercer en éste notoria influencia.

General Bernardo Soto

     Como era frecuente en aquellos tiempos cuando el Presidente se apartaba del mando, los cuatro Secretarios de Estado en funciones (entre los que figuraba Don Jesús Soto, titular de las carteras de Guerra y Marina) presentaron su dimisión. El 5 de noviembre de 1886, Don Bernardo aceptó las cuatro renuncias y, antes de entregar el poder a su progenitor, procedió a nombrar a los nuevos titulares de las Secretarías de Estado.

     Como nuevo Secretario en los despachos de Relaciones Exteriores, Justicia, Gracia, Culto y Beneficencia, Don Bernardo escogió al Licenciado Don José Rodríguez Zeledón. El 6 de noviembre -día en que Don Jesús Soto se hizo cargo interinamente de la primera magistratura- se le comunicó oficialmente el nombramiento al Licenciado Rodríguez, quien lo aceptó enseguida, asegurando a Don Bernardo

     "… que haré cuanto esté de mi parte en bien de la Nación y en correspondencia de la prueba de confianza con que me ha distinguido."

     El nuevo Canciller de Costa Rica tenía cuarenta y ocho años de edad, ya que había nacido en San José el 6 de enero de 1838, en el hogar de Don Sebastián Rodríguez y Mora y Doña Francisca Zeledón y Aguilar. Aunque se llamaba José Joaquín y él firmaba como José J. Rodríguez, habitualmente se le conoció sólo por su primer nombre. En su juventud inició estudios de Derecho en Guatemala, pero debido a la muerte de su padre hubo de regresar a Costa Rica y se graduó de abogado en la Universidad de Santo Tomás. Había casado en 1872 con Doña Luisa Alvarado Carrillo, sobrina nieta del célebre Jefe de Estado Don Braulio Carrillo Colina.

José Rodríguez

     Hombre de correctas facciones, severa mirada y luenga barba muy fin de siècle, Don José era bien conocido por su carácter enérgico y su catoniana honradez. Aunque había sido Representante suplente por San José alguna vez y miembro de la Asamblea Constituyente de 1880, en términos generales había vivido más a gusto en el foro que en la arena política y había desempeñado con acierto los cargos de Registrador General de Hipotecas, Magistrado de la Corte Suprema de Justicia y Notario Mayor de la Curia Eclesiástica de San José, entre otros. Una de sus debilidades, que le valió el apodo de Chircagre, era su pasión por los tradicionales puros costarricenses conocidos con ese nombre.

     En sus memorias, Don Carlos Gagini caracterizó a Don José Rodríguez como

     "… el tipo genuino del antiguo costarricense: sencillo, campechano, sensato y enérgico, aunque quizá demasiado apegado a la vida tranquila… es el ejemplar más característico de la raza costarricense: ordenado, económico, religioso, conservador y misoneísta, sentía aversión por lo extranjero."

     Ciertamente, alguien que sintiese aversión por lo extranjero no era quizá la persona más adecuada para el desempeño de la Secretaría de Relaciones Exteriores; pero además de las tareas propias de la Cancillería, su titular tenía que ocuparse de las correspondientes a las carteras anexas: Justicia y Gracia (responsable de lo relativo a administración judicial, codificaciones, Ministerio Fiscal, administración penitenciaria y rebajas y conmutaciones de penas), Culto (encargada de las relaciones con la Iglesia Católica y otros asuntos eclesiásticos) y Beneficencia (a la que tocaba lo relativo a hospitales, casas de refugio y maternidad, farmacias, vacunación, baños termales, montes de piedad y de socorros públicos, nombramiento de médicos titulares y fomento de la Facultad de Medicina y Obstetricia, que dicho sea de paso no existía).

     Para cumplir con todas esas labores, la Secretaría tenía en aquella época un personal remunerado muy reducido, ya que además del Secretario de Estado, sólo contaba con un Subsecretario, un Oficial Mayor, un Traductor Oficial, tres escribientes y un portero. Sus oficinas se encontraban ubicadas en el elegante Palacio Nacional, y se atendía al público de 8 a 10 de la mañana y de 11 de la mañana a 4 de la tarde.

     Cuando Don José Rodríguez asumió el cargo de Canciller, el de Subsecretario lo desempeñaba interinamente el célebre escritor Don Pío José Víquez Chinchilla, por licencia concedida al titular Don Cleto González Víquez, y el de Oficial Mayor el joven Don Alberto Brenes Córdoba, futura gloria de nuestras ciencias jurídicas.

     En materia de Relaciones Exteriores, el asunto más importante que ocupó la atención del flamante Canciller fue, para variar, un problema con Nicaragua. Desde el decenio de 1870, el vecino país formulaba serias dudas sobre la validez del tratado Cañas-Jerez de 1858, y los repetidos intentos para resolver el problema mediante la negociación directa habían sido infructuosos. En vísperas de que Don José asumiese la Cancillería, Guatemala había ofrecido su mediación, y tanto Costa Rica como Nicaragua la habían aceptado. Ambos países decidieron acreditar misiones especiales en la capital chapina para un nuevo intento de negociación, pero con la mediación de Guatemala. El 17 de noviembre de 1886, el Primer Designado Don Jesús Soto y el Canciller Rodríguez nombraron a los integrantes de la misión: el ex Canciller Don Ascensión Esquivel, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario; el Vicecanciller titular Don Cleto González Víquez, Secretario de la Legación, y Don Federico Witting como Agregado. El 21 de noviembre, los miembros de la misión salieron de San José a Puntarenas, donde se embarcarían hacia su destino. El 4 de diciembre, el Presidente guatemalteco recibió las credenciales del Ministro Esquivel, y poco después se firmó entre Costa Rica y Nicaragua un tratado para someter su disputa al arbitraje del Presidente de los Estados Unidos.

     Fuera del problema limítrofe con Nicaragua, los asuntos que debió atender Don José como titular de la cartera de Relaciones Exteriores fueron de escaso interés. Se recibió una nota autógrafa del nuevo Presidente de Chile, José María Balmaceda, en la que anunciaba haber asumido la primera magistratura de su país el 18 de setiembre de 1886, y se preparó la contestación de estilo, que con el 15 de noviembre firmaron el Primer Designado Soto y el Canciller. También se recibieron notas autógrafas del Emperador Francisco José I de Austria Hungría, la Reina Regente de España Doña María Cristina y el Presidente argentino Don Julio A. Roca, avisando recibo y agradeciendo las que en mayo les había dirigido Don Bernardo Soto con motivo de su toma de posesión.

     En el ámbito consular, el Canciller Rodríguez suscribió acuerdos relativos a la renuncia del Cónsul honorario de Costa Rica en la ciudad alemana de Mannheim y el nombramiento de su sucesor; la concesión del exequátur de estilo a un nuevo Vicecónsul británico en Limón; el reemplazo del Cónsul honorario en Cataluña, Don Luis Martí Codolar, por Don Manuel Cano Madrazo, comerciante español que había visitado varias veces nuestro país, y la destitución del Cónsul honorario de Costa Rica en California, que no había dado señales de vida en cuatro años.

     Cuando Don José aún no había cumplido un mes en la Cancillería, ocurrió un lamentable y enojoso incidente entre el Presidente Soto y un inmigrante colombiano, Don Miguel Ovidio Marichal.

     Marichal era redactor de un periodiquete (cuasipasquín lo llamó en sus memorias el periodista Don Rafael Carranza Pinto), llamado Las Brujas, en el cual publicó el viernes 3 de diciembre de 1886 un artículo con ficciones mitológicas. Don Bernardo vio o creyó ver en ellas una alusión ofensiva a su joven esposa, Doña Pacífica Fernández Guardia, y dio orden para que el periodista se presentase de inmediato en el Palacio Presidencial, el suntuoso edificio que servía de residencia y de despacho al primer mandatario.

     El General Don Víctor Guardia Gutiérrez - tío de Doña Pacífica Fernández de Soto, aunque adversario político de Don Bernardo-, refirió en sus memorias lo sucedido entonces:

      "…el señor Soto… le mandó llegar al Palacio, y al subir Marichal la escalera, contando con la guardia de honor allí presente, le disparó cinco tiros de revólver sin causarle ninguna herida, porque su intención era hacer comprender que él era capaz de disparar tiros a otro hombre, aunque éste se hallase desarmado."

General Víctor Guardia Gutiérrez

     Para agravar las cosas, el Presidente pro tempore se encargó de aplicar su propia justicia al desdichado colombiano, sin formalidades procesales de ningún tipo. Según relató Don Víctor Guardia,

      "El señor don Jesús Soto, padre de don Bernardo, que siendo Primer Designado ejercía el mando ese día, por licencia del Presidente electo (sic), mandó a la cárcel al periodista y ordenó que le dieran veinticinco palos."

      Independientemente de las responsabilidades en que hubiera podido incurrir Marichal, la orden de Don Jesús Soto representaba un verdadero atropello y una flagrante violación a los derechos consagrados en la Constitución Política. Aunque en la época del presidente Don Tomás Guardia ese tipo de castigos no había sido cosa rara, los tiempos habían cambiado. Se suponía que Costa Rica era un Estado de Derecho y que nadie podía abusar del poder de semejante modo. Don Víctor Guardia calificó el hecho de "atentado tan cobarde como criminal y escandaloso" (claro que no lo hizo públicamente, porque no le hubiera ido ni regular, sino en sus memorias).

General Jesús Soto Quesada

     Los propios miembros del flamante Gabinete de Don Jesús consideraron inadmisible la actitud del Primer Designado. El Canciller Rodríguez, que como antiguo Magistrado se apegaba estrictamente a las normas jurídicas, se llenó de indignación ante semejante conducta, sentimiento que fue compartido por su colega de Gobernación Don Joaquín Lizano Gutiérrez. El mismo 3 de diciembre de 1886, ambos presentaron la renuncia a Don Jesús Soto, mediante una escueta nota en la que le expresaban:

     "Estimando que nuestra presencia en el gabinete en estos momentos puede considerarse como un estorbo en la marcha de la administración pública, presentamos respetuosamente y con calidad de irrevocable nuestra dimisión de los cargos de Secretarios de Estado en los Despachos de Relaciones Exteriores y Gobernación, con que ha poco tiempo fuimos honrados.

     A U. pedimos que se sirva admitir las expresadas renuncias."

     El Secretario de Hacienda y Comercio Don Manuel Aragón y el Subsecretario encargado de las carteras de Guerra y Marina Don Pedro Pérez Zeledón (medio hermano del dimitente Canciller), presentaron también la renuncia ese mismo día, aunque en un tono muy distinto:

     "Convencidos de que ante los sucesos de hoy el Gobierno debe tener absoluta libertad de acción y no sintiéndonos capaces de la energía que en situaciones como éstas han de animar a los Miembros del Gabinete, muy respetuosamente presentamos a U. nuestra dimisión, sin que se entienda que con ella negamos la aprobación de las medidas tomadas por U. para que se guarden al Gobierno los respetos y decoro que son debidos, las cuales aprobamos expresamente.

     Damos a U. las más expresivas gracias por la confianza con que nos ha distinguido, y ofrecemos al Gobierno en la esfera privada a que volvemos, incondicional apoyo."

     El sábado 4 de diciembre, sin duda preocupado ante el hecho de que la arbitrariedad cometida por su padre se había convertido en un escándalo nacional y había provocado una crisis de gabinete, el Presidente Soto reasumió la primera magistratura. Inmediatamente admitió las renuncias de los tres Secretarios de Estado, mediante notas que suscribió el Subsecretario de Gobernación Don José Astúa Aguilar y que dejaban ver el talante de Don Bernardo con respecto a los dimitentes: la dirigida a Don Manuel Aragón era muy efusiva y estaba llena de expresiones de gratitud, mientras que las remitidas a Don Joaquín Lizano y a Don José Rodríguez eran comparativamente muy secas y frías.

     El mismo día, Don Mauro Fernández Acuña fue nombrado como Secretario de Hacienda y Comercio y se le recargó interinamente la Cancillería. Don Jesús Soto volvió a la Secretaría de Guerra y Marina, y además se le recargaron los despachos de Gobernación, Policía y Fomento, como testimonio fehaciente de que su amantísimo hijo no sólo aprobaba sus actuaciones sino que lo recompensaba por ellas.

     Enseguida, el Poder Ejecutivo envió un mensaje a la Comisión Permanente del Congreso Constitucional para solicitarle que suspendiese hasta por sesenta días la vigencia de los derechos y garantías individuales. La intención de Don Bernardo y su padre era, sin lugar a dudas, valerse de ese recurso para deshacerse del incómodo periodista, y de paso de otros huéspedes no menos incómodos que tenía el país en aquellos momentos.

Pacífica Fernández Guardia de Soto

     El Presidente de la Comisión era el Doctor Don Andrés Sáenz Llorente, célebre por tener un genio de los once mil diablos. Pero si alguien pensó que eso lo haría enfrentarse con el Gobierno, estaba muy equivocado. Desde hacía muchos años, la Comisión Permanente se había hecho famosa en Costa Rica por ser el alcahuete de cuanto desmán quisiese cometer el Ejecutivo durante los recesos del Congreso.

     Aunque tuvo que reunirse en sábado para hacerlo, la Comisión otorgó dócilmente la suspensión de garantías el mismo 4 de diciembre, y ya con esa patente de corso, fue cuestión de minutos para el Presidente de la República, en uso de facultades extraordinarias, decretar la expulsión del territorio nacional de Don Miguel Ovidio Marichal y de otros cinco extranjeros, entre ellos el ex Presidente de El Salvador Don Rafael Zaldívar, el general hondureño Don Terencio Sierra y el periodista ecuatoriano Don Federico Proaño.

     El diario oficial La Gaceta, tan obsequioso como la Comisión Permanente, publicó el 8 de diciembre un largo editorial de florida retórica, en el que defendía con apasionados adjetivos la actuación del Gobierno. El periódico se refería de modo muy desfavorable, aunque sin precisar cargos, a diversas actitudes de los expulsados durante su permanencia en Costa Rica, y en una obvia alusión a lo publicado por Marichal en Las Brujas, expresaba que Don Bernardo

     "… mientras se trató de sus actos como gobernante y aun de su persona, vio con impasibilidad ataques injustos y agresiones incalificables, fuerte con sus propia conciencia y con la seguridad del aprecio de los hombres honrados; pero las tendencias desquiciadoras, sin respetar valla alguna, invadieron ciegas y torpes lo más vedado, dejando entrever hasta dónde pueden llegar las faltas audaces de respeto a la moralidad pública y a la santidad de los hogares."

     Como la suspensión de garantías dotaba al primer mandatario de poderes casi absolutos, no cabía efectuar ningún reclamo contra la arbitraria expulsión, y el 14 de diciembre de 1886 el periodista Proaño, el General Sierra y otros de los expulsados se embarcaron en Puntarenas, con destino a Panamá.

     Marichal, causante de la tormenta, tuvo mejor suerte. Al contrario de Proaño y los demás, no era un exiliado político, y anunció sus propósitos de reclamar ante el Gobierno de Colombia por la vejación de que había sido objeto. A las autoridades costarricenses aparentemente les dio canillera la posibilidad de una reacción airada de Bogotá, y según Don Víctor Guardia, prefirieron darle a Marichal

     "…una suma respetable del Erario Público para que callara, como en efecto lo hizo."

     Algunos meses después del caso Marichal, el ex Canciller Rodríguez volvió a convertirse en figura pública, cuando fue elegido como Presidente de la Corte Suprema de Justicia. Su desempeño en ese alto cargo, y sin duda también la digna actitud que había asumido ante las arbitrariedades de Don Jesús Soto, le valieron para convertirse en el candidato oposicionista para las elecciones de 1889. En las esferas gubernamentales se barajó el nombre de Don Jesús como posible candidato oficial, pero a fin de cuentas se optó por el nombre de Don Ascensión Esquivel Ibarra, predecesor inmediato de Don José Rodríguez en la Secretaría de Relaciones Exteriores y carteras anexas.

     El duelo electoral entre los dos ex Cancilleres concluyó con los célebres hechos del 7 de noviembre de 1889 y la abrumadora victoria de Don José Rodríguez, quien tomó posesión de la primera magistratura el 8 de mayo de 1890. Como Presidente de la República, Don José no se anduvo por las ramas: suspendió las garantías individuales, expulsó del país a varios opositores y periodistas, ignoró un fallo de la Corte Suprema de Justicia, disolvió el Congreso, gobernó dos años como dictador, y para cerrar con broche de oro, impuso como sucesor a su yerno y Secretario de Guerra y Marina Don Rafael Yglesias (después de encarcelar al candidato del partido Unión Católica, Don José Gregorio Trejos, que había obtenido la mayoría de votos en las elecciones de primer grado) y fue elegido como Primer Designado a la Presidencia para el período 1894-1898. Murió en San José el 30 de noviembre de 1917, a los ochenta años de edad. En sus funerales, el Presidente del Poder Legislativo Don Leonidas Pacheco expresó que era

     "… para el foro un orgullo, para la magistratura un modelo, para su hogar el venerable patriarca de la luz guiadora, para sus amistades leal, benévolo y sonriente, para Costa Rica una reliquia de aquellos hombres de la vieja tierra que creían en Dios y creían en el honor."


BIBLIOGRAFÍA: 

CARRANZA PINTO, Rafael, Memorias, en Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, Documentos históricos, San José, Imprenta Nacional, 1ª. Ed., 1990; GAGINI, Carlos, Al través de mi vida, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1976; GUARDIA GUTIÉRREZ, Víctor, Memorias del señor Víctor Guardia Gutiérrez, General de División del Ejército de Costa Rica, en Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, Documentos históricos, San José, Imprenta Nacional, 1ª. Ed., 1990; La Gaceta, 1886; SÁENZ CARBONELL, Jorge y ZUÑIGA CAAMAÑO, Arturo, Las Primeras Damas de Costa Rica, sitio en Internet, www.tiquicia.org/pds, San José, Tiquicia.COM, 1999; SOLERA RODRÍGUEZ, Guillermo, Expresidentes de la Corte Suprema de Justicia 1825-1955, San José, s. e., 1967;

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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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