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LAS MINAS DEL TISINGAL

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 2, Marzo del 2001

 

     Por mucho que resultase tentador y sugerente el nombre de la Provincia de Costa Rica, que al parecer fue puesto a nuestro territorio por la Real Audiencia de Panamá, allá por 1539, lo cierto es que los tesoros minerales con que soñaban los primeros conquistadores españoles que la recorrieron se mostraron bastante reacios a aparecer.

     Algunas de las primeras expediciones que visitaron las costas del Pacífico costarricense o que avanzaron hacia el interior, obtuvieron de los indígenas, de grado o por la fuerza, algunas joyas y figuras de oro, todas de dimensiones muy reducidas. Sin embargo, las esperanzas de encontrarse con una fabulosa cantidad del amarillo metal, que igualase o superase al rescate pagado por el Inca Atahualpa a Francisco Pizarro, se vieron completamente frustradas. Los conquistadores no encontraron minas de oro por ningún lado -los yacimientos de los montes del Aguacate pasaron inadvertidos hasta 1815- y pronto hubieron de percatarse que tampoco las había de plata como en México y el Alto Perú, ni menos de esmeraldas como en la Nueva Granada. En Costa Rica, lo que no era tierra cultivable era montaña o selva.

     Durante el recorrido del Alcalde Mayor Juan Vázquez de Coronado por la región atlántica, en 1564, le llamó la atención que varios de los jefes indígenas que acudieron a visitarlo en el valle del Duy -hoy territorio panameño- portaban joyas de oro. Vázquez de Coronado, caballero y diplomático si los había, no trató de despojar a los caciques de sus alhajas, pero dedujo que en aquellos parajes podía haber ríos que arrastrasen arenas auríferas, y mandó catear las corrientes de agua de las vecindades. Los resultados fueron bastante positivos, ya que en algunos ríos y quebradas se halló "muestra de finísimo oro, que se sacó con jícaras y hojas de bihaos". Como si fuera poco, uno de los lugartenientes del Alcalde Mayor, Diego Caro de Mesa, descubrió lavaderos de oro especialmente ricos en un río al que se dio el nombre de río de la Estrella, ya fuese porque en su boca se veía brillar una muy hermosa o simplemente por su grandeza.

Juan Vázquez de Coronado

     El entusiasmo cundió entre los expedicionarios. Vázquez de Coronado asignó la titularidad de los lavaderos del río de la Estrella a los miembros de su expedición, aunque como fiel súbdito de Don Felipe II le asignó a Su Majestad el mejor de los lavaderos: "la madre y mayor ancón de dicho río, distancia de un quarto de legua en largo". Dicho sea de paso, el río en cuestión no tiene nada que ver con el actual río costarricense de la Estrella, sino que es el panameño Changuinola.

     La expedición continuó su recorrido, y Vázquez de Coronado, que pereció ahogado en el Océano Atlántico en 1565, junto con Diego Caro de Mesa y otros de sus compañeros, cuando regresaban de un viaje a España, nunca volvió a ver los lavaderos del río de la Estrella. En 1570, el casi ochentón conquistador Pero Afán de Ribera visitó nuevamente la zona, pero al llegar al famoso río áureo se encontró con que los indígenas de las vecindades habían quemado sus palenques, destruido sus sembradíos y hasta talado los árboles frutales. Ese recurso de resistencia resultó bastante efectivo, porque ante la carencia de víveres, la expedición hubo de retirarse de allí, sin haber podido extraer del famoso río ni media pepita que valiese la pena. En las lomas de Corotapa, el soldado Francisco Muñoz Chacón recurrió a métodos más expeditos para salir de pobre y saqueó varias sepulturas indígenas. Logró llenar con objetos de oro dos cajones, que enterró al pie de un ceibo, pero codicioso de más, quiso meterse tierra adentro, fue atacado por los indígenas y hubo de poner pies en polvorosa "dexando el corazón al pie de la ceiba donde dexaba sus caxones de oro".

     Lo cierto fue que después de la frustrante visita de Afán de Ribera, los españoles no volvieron a asomar las narices por allí. En 1605, otro conquistador llamado Diego de Sojo fundó a orillas del río Sixaola la ciudad de Santiago de Talamanca (Talamanca se llamaba el pueblito español donde él había nacido), con la obvia mira de extender la colonización al promisorio valle del Duy y a la cuenca del río de la Estrella, situados algo más al sur. La ciudad de Santiago tuvo una vida bastante próspera, pero terminó siendo incendiada por los indígenas en 1610, como reacción ante diversos desmanes y maltratos de que les hicieron víctima Sojo y sus compañeros.

      Después de la destrucción de Santiago, la Corona no autorizó más expediciones de conquista y no volvieron a fundarse nuevas ciudades en la región del sudeste de Costa Rica, que conservó el nombre genérico y españolísimo de Talamanca. Sin embargo, para la imaginación de los pobladores del valle central, obligados a dedicarse a la agricultura y la ganadería, aquellos indómitos y remotos parajes se convirtieron en asiento de riquezas sin cuento, entre otras cosas porque en el resto del territorio todavía no se había encontrado ningún yacimiento rentable. De vez en cuando, alguien se topaba con una vetilla mineral de medio pelo, cuyo producto no daba ni para pagar los gastos de extracción. Algunos yacimientos que se creyeron ser de oro resultaron ser de cobre de baja calidad y además escasos.

     La ventaja de las riquezas de Talamanca era que se podían exagerar cuanto uno quisiera, porque de todos modos era imposible ir a verlas y ya no digamos explotarlas, tanto por la muy natural hostilidad de los indígenas como por las condiciones topográficas y climáticas de la región.

     En otra de las circunscripciones del Reino de Guatemala, la Provincia de Honduras, los españoles tuvieron mejor suerte por lo que a yacimientos minerales se refiere. En un sitio que los indígenas denominaban Tegucigalpa se descubrieron, allá por 1572 unos yacimientos de plata y oro bastante sustanciosos. Los filones resultaron tan ricos, que pronto surgió allí un verdadero campamento minero, el Real de Minas de San Miguel de Tegucigalpa y terminó por convertirse en centro de población permanente. La producción de las minas locales aumentó de modo asombroso, y a fin de cuentas la zona fue erigida en Alcaldía Mayor, con el nombre autóctono de Tegucigalpa.

     Allá por 1687, un grupo de piratas franceses e ingleses, harto de recorrer las aguas del Pacífico, decidió atravesar por tierra el istmo centroamericano para llegar al Caribe. De ese modo era posible evitarse el larguísimo recorrido por el cabo de Hornos, y además daba ocasión de robarse todo cuanto de valor se le pusiera por delante. Efectivamente, aquellos hampones, comandados por un forajido de apellido Picard, desembarcaron en las costas del golfo de Fonseca, y tras saquear algunas poblaciones y cometer en ellas un considerable número de barbaridades, muchos de ellos lograron cruzar por tierras hoy pertenecientes a Honduras hasta encontrar el caudaloso río Segovia, que recorrieron en balsas hasta su desembocadura en el Caribe.

     En la banda del capitán Picard figuraba un compatriota suyo de ilustre linaje, Sieur Ravenau de Lussan, quien deseaba regresar a Francia, y en el cabo Gracias a Dios se embarcó con destino a su país natal. Una vez de vuelta en Europa, el aristocrático ex forajido escribió una relación de sus aventuras, que se publicó en París en 1699 con el nombre de Journal du voyage fait a la mer du Sud avec les filibustiers de l'Amérique ("Diario del viaje hecho al mar del Sur con los filibusteros de América"). 

     Al hablar de sus andanzas por tierras tropicales, Ravenau de Lussan consignó que la vertiente pacífica del Reino de Guatemala era la más poblada y que

      "… hay allí varias famosas y muy ricas ciudades; se hallan allí también más minas de oro que en el Perú, aunque el metal no es tan fino; y las de Tiusigal solas, son más estimadas por los españoles que las minas del Potosí; y por consiguiente no es sin razón que esta costa occidental es llamada Costa-rica, aunque en nuestras cartas geográficas se aplique este nombre solamente a una pequeña parte de esta vasta región."

     Este parrafito, aunque fuese muy breve, contenía una serie de errores y exageraciones muy grandes. Para empezar, sólo un alma angelical hubiese llamado "famosas y muy ricas ciudades" a poblaciones como San Salvador y León, que tenían un aspecto bastante aldeano: la única ciudad de verdad en el Reino de Guatemala era la capital, Santiago de los Caballeros, hoy denominada Antigua, y que de todos modos Ravenau de Lussan nunca conoció. Decir que allí había más minas de oro que en el Perú era una soberana estupidez, como lo sabía cualquier párvulo centroamericano de aquellos y de estos tiempos que hubiese oído hablar del opulento Virreinato sudamericano. Y nunca, hasta donde se sabe, los españoles consideraron que ninguna mina del Reino de Guatemala fuese ni para descalzar a los legendarios yacimientos de Potosí, en la actual Bolivia, cuya riqueza era tan enorme que alguna vez hasta permitió, con motivo de cierta celebración, pavimentar las calles de la ciudad con lingotes de plata.

     Por último, si bien el nombre de "costa rica" se daba en una que otra oportunidad perdida al territorio comprendido desde Panamá hasta México, tal denominación oficialmente sólo identificaba a una circunscripción del Reino de Guatemala, la por demás paupérrima provincia Costa Rica.

     Ahora bien, ¿cuáles eran esas minas centroamericanas de "Tiusigal" que según el bucanero eran más estimadas que las de Potosí? En todo el Reino de Guatemala no existía, que sepamos, un solo paraje con ese nombre. Pero sí que había una considerable y fructífera explotación minera en Tegucigalpa; de hecho, era la única verdaderamente rentable que existía en el istmo. Aunque nunca llegaron a producir tanto como los potosinos, los yacimientos aledaños a esa población dieron rendimientos muy cuantiosos y durante mucho tiempo suministraron alrededor de la mitad del presupuesto total del Reino.

     Por otras referencias de la narración de Ravenau de Lussan, resulta obvio que cuando el pirata hablaba de Tiusigal simplemente se estaba refiriendo a la actual capital hondureña. No es de extrañar que para oídos foráneos, "Tegucigalpa" terminase siendo "Tiusigal". Además de que al afrancesar la pronunciación del nombre Ravenau de Lussan podría haber tendido a hacer desaparecer la "a" final, el ex pirata no andaba muy fuerte en toponimia centroamericana. En sus escritos llamó "Lesparso" a Esparza, "Sansonnat" a Sonsonate, "Ginandega" a Chinandega…

     El Journal du voyage de Ravenau de Lussan fue traducido al inglés, pero al transcribir el párrafo mencionado, el intérprete metió la mata y en vez de escribir Tiusigal puso Tinsigal.

     En el siglo XVIII, un militar español nacido en Quito, Don Antonio Alcedo y Herrera, que había residido varios años en Panamá, dedicó cerca de dos decenios a estudiar la historia y geografía del Nuevo Mundo. Fruto de sus trabajos fue la publicación en Madrid, entre 1786 y 1789, de una voluminosa obra denominada Diccionario Geográfico-Histórico de las Indias Occidentales o América; es a saber, de los reinos del Perú, Nueva España, Tierra Firme, Chile y el Nuevo reyno de Granada.

     Entre los muchos materiales utilizados por Alcedo y Herrera para escribir su Diccionario, figuraba la versión inglesa del diario de viaje de Ravenau de Lussan. Lamentablemente, se produjo entonces otro error de transcripción, quizá consecuencia de una lectura superficial, o una fatal errata de imprenta: en vez de hablar de las minas de Tinsigal, como decía el texto inglés, la obra del quiteño se refirió a las de Tisingal.

     Total que las minas de Tegucigalpa, como el elefante del refrán, de mano en mano se perdieron y terminaron convertidas en las minas de Tisingal. Pero la cosa no paró allí. Alcedo y Herrera, que por sus años de residencia en Panamá podía haber adquirido algún conocimiento mejor fundado sobre la vecina Provincia de Costa Rica, y entre otras cosas saber que no tenía ni media mina rentable, hizo un verdadero arroz con mango al referirse a ella:

     "Diéronle el nombre de Costa-Rica los españoles por el mucho oro y plata que encierra en sus minas; y de la que llaman Tisingal se ha sacado poco menos riqueza que del cerro de Potosí en el Perú…"

Y los costarricenses sin enterarse… 

     Muchos años después, el bachiller nicaragüense Rafael Francisco Osejo, figura principalísima de la vida de Costa Rica en los años de la Independencia, al parecer leyó la obra de Alcedo, y asoció la fabulosa mina de Tisingal con las viejas historias cartaginesas sobre los tesoros del río de la Estrella, posiblemente exageradas de generación en generación. Como nadie sabía gran cosa de la historia de Costa Rica ni había tenido la curiosidad de examinar los documentos del archivo del Ayuntamiento de Cartago (milagrosamente conservados en su mayor parte), Osejo terminó haciendo otra mezcolanza entre los lavaderos de la Estrella, la efímera ciudad de Santiago de Talamanca y la tal mina de Tisingal.

Rafael Francisco Osejo

     En un librito sobre geografía de Costa Rica que publicó en San José en 1833, el bachiller, después de hablar de las minas del Aguacate, que ya estaban en plena producción, consignó que además de ellas

     "… se halla la del Tisingal en las inmediaciones de las reliquias de la antigua ciudad de la Estrella… Algunos creen que la inmensa riqueza de esta mina y la circunstancia de hallarse sobre la costa del Mar Caribe, dio origen al nombre de Costa Rica que conserva nuestro Estado."

     De Osejo en adelante, todos los que escribieron sobre el particular siguieron ubicando a la fantasmagórica mina y sus inenarrables riquezas en la región de Talamanca. El problema era tratar de determinar en qué parte de esa comarca se encontraba el fabuloso lugar. Como después de dos siglos y pico nadie sabía entonces a ciencia cierta dónde había estado la ciudad de Santiago de Talamanca o cuál era con exactitud el río de la Estrella, la cosa se prestaba para las más diversas y gratuitas especulaciones.

     El ingeniero británico Henry Cooper, que recorrió el litoral atlántico costarricense en 1838, por comisión del Gobierno del Estado, supuso que las minas del Tisingal se ubicaban entre Cahuita y Punta Careta y hasta instó a formar expediciones para ir en su busca. El primer agente diplomático de Costa Rica en Europa, Don Felipe Molina y Bedoya, supuso que "la mina de oro llamada el Tisingal, que dio nombre al país" se encontraba en Bocas del Toro, cerca de la frontera con Nueva Granada (Colombia), y hasta dio por sentado que Costa Rica había alcanzado un alto grado de prosperidad entre los años 1560 y 1600, ya fuese "por el laboreo de las minas de Tisingal" o por el desarrollo de la agricultura. Gabriel-Pierre Lafond de Lurcy, marino francés que fue Ministro Plenipotenciario de Costa Rica en París, hasta consignó en su obra Notice sur le Golfo Dulce que la mina de Tisingal "producía anualmente algunos millones de pesos" pero que había tenido que ser abandonada debido a las vejaciones de los españoles y a las invasiones piratas.

     Hasta en algunos mapas publicados en Europa empezó a aparecer el famoso Tisingal, a veces al sur de Cahuita y en otras ocasiones en las vecindades del nacimiento del río Changuinola.

     Y por supuesto, no faltaron algunas personas a las que se les abrió el apetito y se fueron a buscar la riquísima y huidiza mina entre las selvas de Talamanca. El paseíto se las traía. Además de que nadie sabia exactamente dónde empezar a buscar, entre los atractivos del lugar figuraban la ausencia de caminos y de alojamientos, el considerable caudal de ríos sin puentes, la abundancia de culebras e insectos venenosos, el intenso calor, las incesantes lluvias que dificultaban la conservación de víveres y ropas, y la desconfianza de los indígenas que todavía se aferraban a su cultura y tradiciones.

     La primera expedición para encontrar el Tisingal la dirigió en 1843 Don José María Figueroa Oreamuno, un joven cartaginés de aristocrática familia y carácter aventurero. Figueroa recorrió la costa caribeña desde Moín hasta Cahuita, recorrió parte del Sixaola y se fue por tierra desde las orillas de ese río hasta la cumbre del altísimo cerro denominado Kamuk o Pico Blanco. Tardó seis meses pasando trabajos en aquellas remotidades y por supuesto no encontró rastro alguno de la famosa mina del Tisingal, lo cual no era de extrañar si recordamos la distancia que hay de Talamanca a Tegucigalpa.

José María Figueroa Oreamuno

     En 1845 Figueroa, que era bastante obstinado, emprendió otro recorrido por la vertiente atlántica. Esta vez fue de Cahuita hacia el noroeste, hasta encontrar el río hoy denominado de la Estrella, que entonces se conocía como North River y que como se dijo no tiene nada que ver con el original. A orillas de un afluente del Sixaola, el afanoso explorador encontró un pedazo de piedra de moler similar a las usadas en Costa Rica para el laboreo de minas, y consideró que eso era una prueba de que ya en otro tiempo alguien había ido allí en busca de oro. Tal creencia se le reafirmó al encontrar oro lavado en un riachuelo y comprobar que los indígenas de la región tenían algunas alhajitas de oro. Pero del Tisingal, nada.

     Los dos fracasos de Figueroa no desanimaron a otros soñadores. El cuento de hadas siguió viento en popa y hasta con nuevos ingredientes. En 1848, el semanario josefino La Paz y el Progreso publicó un artículo en el que se afirmaba (gratuitamente por supuesto) que el cerro de San Mateo, a orillas del río Chirripó,

     "… es el famosísimo punto en donde está la rica mina nombrada Tisingal, que se ha creído estaba en la Estrella… de la cual los españoles sacaron tantos tesoros, y cortaron en sus inmediaciones siete cerros para dar paso a las mulas que entraban a dicha mina."

     Bueno, fijar la ubicación del Tisingal en el agreste y casi inaccesible cerro de San Mateo por lo menos tenía la ventaja de por lo menos concentrar las búsquedas en un espacio geográfico más reducido. Aquello de siete cerros cortados para facilitar el tránsito de las mulas cargadas de riquezas ya pasaba de castaño oscuro, pero continuaba habiendo gentes dispuestas a tragarse la fábula, y el siguiente en picar el anzuelo fue un distinguido y emprendedor vecino de Cartago, Don Francisco Gutiérrez y La Peña-Monje.

     En 1852, el señor Gutiérrez dirigió una expedición al cerro de San Mateo, que los indígenas de la región conocían con el nombre de Acabá. Tal apelativo debió haber sido suficiente indicación de cómo iba a resultar la cosa… Después de abrir un camino entre la selva para llegar al cerro y de sufrir muchas penurias, Gutiérrez y sus gentes encontraron señales de vetas mineras al pie de la elevación, pero los trabajos efectuados para explotarlas no produjeron ningún rendimiento.

     Tres años después un tal Canuto Picado, del que no se tienen otras noticias, inició trabajos en el mismo paraje, sin más resultado que perder el tiempo, y lo mismo le ocurrió en 1856 a José María Coronel, un antiguo empleado de Don Francisco Gutiérrez. El colmo fue que en ese mismo año de 1856, unos alemanes que residían en el Estado de Texas se dejaron venir desde allá para buscar la fantasmagórica mina en las estribaciones del cerro de San Mateo, con igual suerte que sus predecesores. En 1858 la búsqueda y la consiguiente frustración le correspondieron a Don Pedro Iglesias, financiado por varios cartagineses de recursos, y en 1859 el ya mencionado Coronel hizo otra búsqueda inútil en el mismo lugar.

     Como la geografía de la zona tendía además a las confusiones, otros buscaban el Tisingal en las márgenes del "nuevo" río de la Estrella, pensando erróneamente que se trataba del descubierto por Diego Caro de Mesa. En 1862 las márgenes de ese río fueron recorridas por otro cartaginés de campanillas, Don Manuel Marchena, quien no encontró allí absolutamente nada más que barro y selva. En 1863, el mismo Don Pedro Iglesias que había andado años antes por el cerro de San Mateo decidió probar suerte en las húmedas vecindades del Estrella y duró más de medio año en aquella búsqueda a ciegas. Sólo logró hacerse con algunas pepitas de oro en vetas de cuarzo, pero el rey de los metales se presentaba en cantidades tan diminutas que no valía la pena ponerse a lavarlo.

     También la laguna de Chiriquí, ubicada muchos kilómetros al sudeste del paraje visitado por Vázquez de Coronado en 1565, fue escenario de estúpidos intentos por hallar la soñada mina del Tisingal. Como anticipándose a las búsquedas del tesoro de la isla del Coco, no faltaron en los Estados Unidos algunos aventureros que fletaron buques y viajaron a esa zona para recorrer selva y nadar en fango sin descubrir ni el menor indicio de oro, plata ni nada que se les pareciera.

     La última expedición que se efectuó para tratar de encontrar los tentadores yacimientos la protagonizó en 1870 el abogado Don Eusebio Figueroa Oreamuno, hermano menor del pionero Don José María y distinguido ciudadano, que incluso había ejercido interinamente la Presidencia de la República el año anterior. Don Eusebio quiso hacer las cosas bien, y como primera medida anduvo hurgando en los archivos españoles para recoger datos sobre las minas de Costa Rica en los siglos XVI y XVII. Allí obtuvo considerable información sobre la expedición de Juan Vázquez de Coronado y los lavaderos del río de la Estrella, pero sobre el Tisingal, por supuesto, no pudo encontrar ni una nota de pie de página.

Eusebio Figueroa Oreamuno

     Lamentablemente, como los documentos no fijaban con precisión el lugar exacto del río de la Estrella, la expedición del segundo Figueroa se puso a buscarlo mucho más al sur de donde Vázquez de Coronado había descubierto los lavaderos de oro tres siglos antes. Con entusiasmo digno de mejor causa, el pobre don Eusebio anduvo recorriendo varios ríos que desembocaban en la bahía del Almirante, bastante lejos de la boca del Changuinola. Pero aun en el supuesto de que hubiera identificado al río de la Estrella, probablemente no hubiese encontrado el menor vestigio de los famosos lavaderos, si se tiene en cuenta que en 1570, a sólo seis años de la expedición de Vázquez de Coronado, Pero Afán de Ribera no había logrado hallar en aquel paraje nada metalífero que valiera la pena.

     Sin que Don Eusebio lo supiese, un año antes de su infructuosa búsqueda, la identidad de las minas del Tisingal había sido dilucidada por un médico y naturalista prusiano originario de Danzig, el doctor Alexander von Frantzius.

     Von Frantzius había vivido en Costa Rica durante quince años, dedicado al ejercicio de su profesión y a efectuar variados estudios sobre los volcanes, el clima, la fauna y la flora del país. También encontró tiempo para dedicarlo a labores cartográficas e históricas, y en 1869, el mismo año en que regresó a Europa, escribió (en alemán) un largo, detallado y sobre todo muy bien documentado trabajo que tituló Acerca del verdadero sitio de las minas de oro del Tisingal y Estrella, buscadas sin resultado en Costa Rica. En este estudio analizó cuanta estupidez se había escrito sobre la legendaria mina, hizo picadillo consejas e hipótesis, y expuso con meridiana claridad el origen de la fábula: la deformación del nombre Tegucigalpa en Tiusigal primero y en Tinsigal y Tisingal después, y las confusiones geográficas provocadas involuntariamente por Ravenau de Lussan, al mencionar con el nombre de costa rica al litoral pacífico de Centro América como un todo.

     La sesuda obra del científico prusiano fue traducida al español por Don Enrique Twight, y el abogado e historiador Don León Fernández Bonilla la incluyó en el segundo volumen de su Colección de documentos para la historia de Costa Rica, impreso en San José en 1882. Don León, profundo conocedor de la historia nacional, añadió al ensayo de von Frantzius una copiosa serie de notas, en las que entre otras cosas demostraba de modo contundente la identidad entre el "verdadero" río de la Estrella, el de los lavaderos de oro, y el Changuinola, que para entonces estaba, en toda su extensión, bajo la autoridad de Colombia.

León Fernández Bonilla

     Con la publicación del estudio de von Frantzius y las notas de Don León Fernández, terminaron por fin y para siempre los inútiles esfuerzos por dar con la inexistente mina. Paradójicamente, el destino del señor Fernández se enlazó de modo trágico con el de Don Eusebio Figueroa Oreamuno, el último buscador del Tisingal. En 1883, por motivos bastante fútiles, ambos personajes se enfrentaron en un duelo, que resultó fatal para el señor Figueroa, y cuatro años más tarde un hijo de Don Eusebio dio muerte a Don León.


BIBLIOGRAFÍA: 

BARAHONA, Rubén, Breve historia de Honduras, Tegucigalpa, talleres Tipográficos Nacionales, 1ª. Ed., 1946; Enciclopedia Universal Europeo-Americana, Madrid, Espasa-Calpe, S. A., 1ª. Ed., 1905-1930, vol. IV, p. 266; CAMPOS GONZALEZ, Luz María, León Fernández Bonilla: Un Hombre Singular, 1840-1887, en Instituto del Servicio Exterior Manuel María de Peralta, Antecedentes Históricos y estructura orgánica, San José, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, 1a. Ed., 1988, p. 73; FERNÁNDEZ, León, Colección de Documentos para la historia de Historia de Costa Rica, San José, Imprenta Nacional, 1ª. Ed., 1887; FERNÁNDEZ GUARDIA, Ricardo, El Descubrimiento y la Conquista. Reseña histórica de Talamanca, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1975; FERNÁNDEZ PERALTA, Ricardo, Reinado de Felipe II. Pero Afán de Ribera, Gobernador y Capitán General de Costa Rica, San José, Instituto Geográfico Nacional, 1ª. Ed., 1974; MEJÍA, Medardo, Historia de Honduras. Volumen I, Tegucigalpa, Editorial Universitaria, 1ª. Ed., 1983; MELENDEZ, Carlos, Juan Vázquez de Coronado, San José, Editorial Costa Rica, 2a Ed., 1972, p. 9; VALVERDE RUNNEBAUM, Enrique, Breve historia de la genealogía en Costa Rica, en Revista de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas, San José, Noviembre de 1977, N° 24, pp. 117-137; VON FRANTZIUS, Alejandro, y otros, Viajes por la República de Costa Rica, San José, Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1ª. Ed., 1997; ZELAYA, Chester, Rafael Francisco Osejo, San José, Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1a. Ed., 1973, p. 7.

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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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