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La Boda de la niña Angélica

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 2, Febrero del 2001

 

     La mayoría de los Jefes de Estado y Presidentes de la República que tuvo Costa Rica durante el siglo XIX llegaron al poder cuando sus hijos todavía eran de corta edad. Incluso varias de las Primeras Damas de aquellos tiempos dieron a luz mientras sus maridos regían los destinos del país. Hubo, por supuesto, sus excepciones, y aun ciertos gobernantes que llevaron al menos a una de sus hijas al altar durante su administración, como Don José María Montealegre, Don Tomás Guardia y Don José Rodríguez Zeledón.

     El caso de Doña Angélica Herrera y Gutiérrez, primogénita de Don Vicente Herrera Zeledón, es quizá el menos conocido de los matrimonios de las hijas de los Presidentes decimonónicos, aunque también fue, posiblemente, el más rumboso y elegante de todos.

 

     Don Vicente de las Mercedes Herrera, nacido en San José en 1821, hijo de Don José Anacleto Herrera y Salazar y Doña Antonia Zeledón Masís, descolló desde temprana edad por su talento y fue uno de los más jóvenes profesores con que contó la Universidad de Santo Tomás en sus años iniciales. Más tarde se doctoró en Derecho en Guatemala y a su regreso a Costa Rica participó activamente en la vida pública. Fue Secretario de la Comandancia de Armas durante la Campaña Nacional, Juez, Magistrado, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Senador, Ministro Plenipotenciario en Guatemala y en Nicaragua, constituyente, Rector de la Universidad de Santo Tomás, Gobernador de la Provincia de San José, Designado a la Presidencia y Secretario de Estado en varias oportunidades. Persona de vasta cultura, era también un funcionario diligente y capaz, celebrado por su rápida y pulida redacción y su acrisolada honradez.

Vicente Herrera Zeledón

     Don Vicente era miembro de una familia muy numerosa, ya que era el tercero de diez hijos. Después de que su madre falleció, su progenitor, que ya era sexagenario, contrajo segundas nupcias con la señorita Leonarda Ureña, que tenía alrededor de catorce años. Cuentan que la juvenil Doña Leonarda se subía a los árboles a apear frutas, mientras su otoñal cónyuge, ya de bastón, las recogía del suelo con no poca dificultad. Sin embargo, la pareja tuvo cinco hijos. Los Herrera eran tan prolíficos como los Habsburgo: uno de los hermanos de Don Vicente, tuvo diecisiete vástagos con su esposa Doña Rafaela Nicolasa Paut y Alcázar, hazaña que después repitió su hija Doña Adilia Herrera Paut, esposa de Don Alberto Odio. En contraste, Don Vicente y su esposa Doña Guadalupe Gutiérrez y García, con la que contrajo nupcias en 1853, solamente tuvieron tres frutos de bendición: María Angelina Salomé, Mercedes de Jesús y Juan Vicente Mariano, y para peores este último murió de corta edad.

Guadalupe Gutiérrez de Herrera Zeledón

     A pesar de la muerte del niño, la familia Herrera Gutiérrez fue bastante feliz. Don Vicente y Doña Lupita nunca llegaron a ser ricos, pero vivían con relativa comodidad en una sencilla casa situada a corta distancia de la Plaza Principal y tenían además una hacienda en las vecindades de Barba, a la que dieron el nombre con el que llamaban habitualmente a su primogénita: Angélica.

     El 8 de mayo de 1876 ascendió a la Presidencia de la República el Licenciado Don Aniceto Esquivel Sáenz, escogido por el General Don Tomás Guardia para que fuese su sucesor. Sin embargo, Esquivel trató de librarse de la tutela a que lo sometió Guardia, y el 30 de julio de 1876, mientras Don Tomás se hallaba ausente del país, derrocó al díscolo. Como Presidente Provisorio, los golpistas proclamaron a Don Vicente Herrera, quien había sido uno de los más activos y brillantes Secretarios de Estado durante el gobierno de Guardia. Éste fue nombrado como Primer Designado a la Presidencia, es decir, eventual sustituto en caso de ausencia, muerte o renuncia del titular.

     La administración del Doctor Herrera fue por demás gris y estéril, ya que no podía hacer absolutamente nada sin contar con el beneplácito de Guardia y éste le dejaba muy poco margen para jugar de Presidente. Aunque Don Tomás trataba a Don Vicente con deferencia, no faltaban ocasiones en que sus actitudes o las de sus partidarios recordaban de modo muy claro a los costarricenses quién era el que mandaba de veras. Sin embargo, con el golpe de estado el estilo de vida de los Herrera Gutiérrez sí experimentó un cambio importante, ya que se mudaron al Palacio Presidencial.

      Hasta la época de Don Tomás Guardia, Costa Rica no había contado con una vivienda para el primer mandatario de turno, y éste seguía viviendo en su casa particular. Don Tomás tuvo la idea de destinar a residencia presidencial un hermoso edificio que se había construido durante la segunda administración de Don José María Castro Madriz (1866-1868) para alojar una escuela de artes y oficios que nunca llegó a inaugurarse. Se trataba de una construcción de dos plantas, espaciosa y elegante, con columnas jónicas en su fachada, una soberbia escalinata, salones, galerías y otros elementos que le daban considerable majestad. El edificio fue acondicionado debidamente, amueblado y decorado, y quedó convertido en Palacio Presidencial. En una San José repleta de casonas de adobe y teja, su aspecto exterior era bastante impresionante, y el interior no le iba en zaga: según un profesor alemán que lo visitó en 1875, sus salones admitían comparación con los de los príncipes europeos, y contaba incluso con una elegante capilla, que fue erigida en oratorio perpetuo por Su Santidad Pío IX.

El Palacio Presidencial

     A pesar de su traslado al soberbio edificio, las costumbres de los Herrera Gutiérrez siguieron siendo muy sencillas, y no dejaron de pasar temporadas en su hacienda de Barba. En la noche del 15 de setiembre de 1876, cuando se celebró la fiesta patria con un gran baile popular en la Plaza Principal, Don Vicente asistió con sus dos hijas, y la prensa no dejó de consignar, con cierta satisfacción, que no les acompañaba escolta alguna. Claro que tampoco había nadie interesado en agredir al apacible Doctor Herrera: aunque fuese oficialmente Presidente de la República, con tratamiento de Excelencia, todo el mundo sabía que el verdadero gobernante era Don Tomás Guardia.

     En octubre de 1876 la hija mayor del Presidente, Angélica Herrera cumplió veintidós años, edad más que suficiente para que una señorita contrajese nupcias. Sin embargo, de conformidad con la ley entonces vigente sobre la materia, mientras una joven no llegase a los veintitrés requería indispensablemente del consentimiento paterno para casarse. En caso de no obtenerlo, una señorita en estado de merecer podía solicitarlo del Presidente de la República, erigido así en una especie de padre sustituto para tales efectos. La madre no contaba: la misma ley disponía que la mujer casada debía obediencia al marido, y éste protección a su cónyuge...

     El que obtuvo el beneplácito de Su Excelencia para cortejar a la niña Angélica (en la Costa Rica de entonces se llamaba niñas a todas las solteras, aunque peinasen canas) fue un apuesto muchacho español, Don José Manuel Lorenzo y Barreto, hijo de una familia acomodada de la provincia castellana de Soria. Su hermano Don Juan, oficial de caballería del ejército de la Madre Patria, había sido edecán del Infante Don Enrique de Borbón y Borbón, tío del Rey Don Alfonso XII.

     A mediados de 1877 hubo algunos sucesos tristes. En junio, la langosta invadió el Valle Central, devorando huertas y milpas, y en la madrugada del 29 de julio hubo un intento por tomar el Cuartel Principal de San José y derrocar la administración Herrera. El movimiento fracasó, pero dejó un saldo de varios muertos, entre ellos Don José Antonio Chamorro Mora, un agraciado e inteligente joven que era deudo de la familia presidencial y a quien tiraron por la espalda los militares gobiernistas. Por cierto que su funeral fue el primero en la historia josefina al que asistieron señoritas, porque hasta entonces no se acostumbraba que las mujeres acompañaran el cadáver de un hombre al cementerio.

     A pesar de estos hechos, el noviazgo de José Manuel Lorenzo y Angélica Herrera proseguía, y llegó la hora en que Don Vicente dio su consentimiento para que se casasen. Se fijó el 8 de setiembre de 1877 como fecha del matrimonio. En circunstancias ordinarias, la ceremonia posiblemente se hubiese celebrado en la Catedral de San José, pero este templo se hallaba en reparación y la modesta iglesia que hacía sus veces, la de Nuestra Señora de la Merced, quizá resultaba poco adecuada para servir de escenario a lo que en definitiva sería una boda muy fastuosa. Se decidió en su lugar efectuarla en el oratorio del Palacio Presidencial, y para la recepción subsiguiente se escogió un amplio salón, construido recientemente a la derecha de la principal galería de la lujosa residencia.

     Aquél prometía ser un matrimonio principesco, y tal impresión debe haberse acentuado más todavía cuando se supo que la misa de velaciones sería oficiada por Su Ilustrísima Monseñor Luigi Bruschetti, Obispo titular de Abidos, Delegado Apostólico de Su Santidad y Administrador de la diócesis de Costa Rica. Monseñor Bruschetti, un clérigo italiano de exquisitas maneras, había hecho muy buenas migas con el Presidente, y no era para menos, porque Don Vicente Herrera profesaba y practicaba un catolicismo ortodoxo y siempre había tenido estupendas relaciones con las esferas eclesiásticas. El Jueves Santo de 1877, mientras el Monsignore lavaba en la iglesia de la Merced los pies de doce muchachos que representaban a los Apóstoles, a su lado se hincaba el Presidente para enjugárselos con una toalla. No menos beata y devota que su marido era Doña Lupita, señora muy enemiga de figurar.

Monseñor Luigi Bruschetti

     Como madrina de bodas fue escogida la niña Merceditas Herrera, hermana menor de la novia. Y como para que la ceremonia reflejase adecuadamente las condiciones reales de la situación política, se eligió como padrino al general de División Don Tomás Guardia Gutiérrez, Benemérito de la Patria, Comandante en jefe del ejército nacional, Secretario de Hacienda y Comercio, Primer Designado a la Presidencia y, en gran medida, Presidente del Presidente.

      El sábado 8 de setiembre fue en San José un día gris, de cielo encapotado, y desde la tarde empezó a llover torrencialmente. Sin embargo, ello no detuvo los preparativos en el Palacio Presidencial. A las ocho de la noche, hora fijada para el inicio de la ceremonia religiosa, el oratorio del palacio se encontraba repleto de invitados, vestidos con sus mejores galas: caballeros de levita o de uniforme y señoras y señoritas llenas de alhajas y con los polisones abultando los vestidos de seda. Después del largo rito prescrito por el Concilio de Trento para los matrimonios, el Ego conjugo vos de Monseñor Bruschetti unió los destinos de José Manuel Lorenzo y Angélica Herrera para lo próspero y para lo adverso, bajo la complacida mirada de Don Vicente y Doña Lupita, la niña Mercedes, Don Tomás Guardia, un sinfín de Herreras y cuanto personaje político o militar de alguna importancia residía en San José.

     A pesar del desairado papel de mascarón de proa que le había asignado Don Tomás Guardia, Don Vicente Herrera tenía buenos motivos para sentirse satisfecho: su primogénita se había casado como no lo hacían ni las hijas de los cafetaleros más ricos de San José, y el propio General en jefe se había dignado actuar como padrino de la versallesca ceremonia, creando así un nuevo vínculo entre ambos.

     Después de concluida la misa, los jóvenes esposos y la numerosa concurrencia pasaron al novísimo salón del palacio, donde tuvo lugar un espléndido baile. Por disposición del General Guardia, todas las bandas militares de las provincias estaban presentes allí para amenizar la ocasión con valses, polkas y otras danzas de moda. A medianoche se sirvió una magnífica y abundante cena, y después se reanudó la música. Algunos invitados, posiblemente saturados de alcohol, permanecieron allí hasta las seis de la madrugada del domingo.

     La conducta de Guardia debe haber hecho creer a muchos josefinos que tenían Herrera para rato. Pero al parecer, el General sólo quiso darle al inocuo Don Vicente un último gusto, al permitirle casar a la niña Angélica en la capilla de Palacio con Obispo y todo, antes de prescindir de él por completo y tomar nuevamente las riendas del país de modo directo y personal: el martes 11 de setiembre, el número semanal de La Gaceta anunció al país que en esa misma fecha, el Presidente Herrera, teniendo necesidad de restablecer su salud, se separaba "temporalmente" de las funciones de Jefe de la Nación y llamaba al Primer Designado Don Tomás Guardia al ejercicio del Poder Ejecutivo. El editorial del periódico defendía la "decisión" de Herrera y, por supuesto, dedicaba expresivos elogios al General.

General Tomás Guardia Gutiérrez

     Aquello significaba, ni más ni menos, la caída del Excelentísimo señor Presidente Herrera. El cuento de la salud no se lo debe haber tragado nadie, ya que, paradójicamente, la misma Gaceta daba cuenta, con lujo de detalles, del reciente matrimonio de la joven Angélica. La verdad, si Don Vicente hubiese estado tan enfermo como se pretendía, la boda sin duda se hubiese aplazado.

     Teóricamente, Don Tomás era sólo un Designado en ejercicio, y el Presidente de la República, con facultades "omnímodas", seguía siendo Don Vicente Herrera, quien (también teóricamente) podía reasumir la primera magistratura en el momento que se le antojase. Pero la verdad, desde ese mismo 11 de setiembre nadie pareció acordarse de eso. El 15 de setiembre, cuando apenas se cumplía una semana de la famosa boda, Guardia se adjudicó el papel protagónico en todas las celebraciones de la fiesta patria: asistió como Presidente al Te Deum que ofició Monseñor Bruschetti en la iglesia de la Merced y por la noche ofreció en el Palacio Nacional un espléndido baile, con numerosos invitados y suculenta cena, que no concluyó sino hasta las cinco de la madrugada del 16. Los bailes de Don Tomás solían ser muy animados, como lo recordaba un personaje de los Cuentos Ticos de su sobrino nieto Don Ricardo Fernández Guardia, publicados en 1901:

     "Ya estos bailes de palacio no son lo que fueron. Usted recordará los que daba don Tomás Guardia. Aquellos sí que eran espléndidos. No se me olvida uno en que se bailaba en el Palacio Presidencial con cinco orquestas; y todavía me parece estar viendo al general con su uniforme lleno de entorchados, cortejando a las señoras y sirviéndolas en persona."

     Don Vicente Herrera, aunque todavía era Excelentísimo, brilló por su ausencia en los festejos del 15 de setiembre, y en los días siguientes su nombre prácticamente desapareció de las columnas del periódico oficial. Guardia resolvió consultas, aprobó contratos y hasta emitió una especie de manifiesto para anunciar que Costa Rica estaría bajo la bandera del orden y el progreso, como si Herrera ya no contase para nada y él estuviese inaugurando administración.

     A las doce del día del domingo 23 de setiembre, Don Tomás reunió una especie de junta de notables en el salón de sesiones del antiguo Congreso, ubicado en la planta baja del Palacio Nacional. Los concurrentes (elegidos a dedo por supuesto) eran miembros de las Municipalidades de Alajuela, Cartago, Heredia y San José o figuras prominentes de la vida económica y política del país, aunque por supuesto brillaban por su ausencia los personajes desafectos al régimen. Una vez que los "notables" tomaron asiento, Guardia les expresó:

     "Encargado del poder, en concepto de Primer Designado, no debo hacer más que mantener la situación, tal como la he recibido, sin dar un solo paso trascendental devolviendo el mando, llegada la hora, al mismo que me lo entregó. Pero el Excelentísimo señor Presidente, Doctor Don Vicente Herrera, ha tenido a bien significarme su propósito de no volver a ocupar el sillón presidencial. Desconsolado ante una oposición que, sin respetar sus asiduos y bien intencionados esfuerzos a favor del país, se reveló ostensiblemente en el movimiento revolucionario que fracasó el 29 de julio de éste, me ha llamado al Poder… el propósito manifestado por el Excelentísimo señor Presidente, de no volver al mando, constituye a la República en una especie de acefalía."

     Si eso de que Don Vicente Herrera estaba tan desconsolado y no quería volver al poder hubiese sido cierto, lo más lógico es que él mismo se lo hubiese manifestado así a los notables, o por lo menos hubiese suscrito una carta de renuncia. Por lo demás, lo de la "acefalía" era una pura fábula, porque precisamente los Designados estaban llamados a sustituir al Presidente en sus ausencias temporales o definitivas, y el mejor testimonio de ello estaba en que Guardia llevaba ya doce días de estar encargado del Ejecutivo, sin que se hubiesen visto síntomas ningunos de anarquía. Pero al parecer, Don Vicente no quiso renunciar por las buenas, ni a Don Tomás le pareció agradable continuar en el poder a título de mero Designado, y se le ocurrió legitimar en cierta forma la deposición de aquél mediante la argucia de la junta de notables.

     Después de comunicarles la "decisión" de Herrera, Don Tomás planteó a los concurrentes a la asamblea la posibilidad de que lo eligiesen como presidente, con el fin de legitimarse en el poder y permitirle gobernar (como si necesitase permiso) con las facultades propias del cargo. También les planteó la posibilidad de convocar a elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente. Después, Guardia se retiró del recinto, con el propósito de que los presentes deliberasen y votasen en "libertad".

     Un distinguido médico cartaginés, Don Andrés Sáenz Llorente, famoso por sus desaforadas cóleras, manifestó que no era necesario elegir Presidente, ya que el General Guardia era de por sí Primer Designado con amplias facultades. En el mismo sentido opinaron Don Francisco Echeverría, Don Juan Rafael Mata y Lafuente y Don Carlos Sancho y Alvarado. Sin embargo, las miras del régimen andaban por otro lado, y casi todos los concurrentes, cumpliendo a la perfección con el papel que se les había asignado en aquella comedia, opinaron que debía efectuarse la elección. Aceptada esa tesis, se procedió a votar.

     No había ni para qué contar los votos, si ya se sabía de antemano a quién iban a favorecer los números. En efecto de los cincuenta y cuatro "notables", cincuenta y uno votaron porque Guardia asumiese el poder como Presidente de la República. Otro, Don Francisco Peralta y Alvarado, expresó que se abstenía de votar en razón de que era de nacionalidad española, pero acto seguido, para no quedar mal, indicó que apoyaba la propuesta de que el General quedase como Presidente.

     De los tres sufragios restantes -tímida y por demás inútil voz de protesta-, dos favorecieron al Licenciado Don Juan José Ulloa Solares, un prominente abogado y cafetalero herediano que había sido Secretario de Gobernación y carteras anexas. Y el otro, que equivalía casi a un chiste, fue emitido a favor de Don Aniceto Esquivel Sáenz, el Presidente derrocado en 1876 por haber pretendido oponerse a la todopoderosa voluntad del General en jefe…

     Con aquella votación quedó terminada, después de catorce meses, la administración de Don Vicente Herrera, quien posiblemente para entonces ya había tenido que desocupar el Palacio Presidencial. Que las cosas entre él y Guardia no quedaron nada bien, resultó bastante evidente, no sólo por la ausencia de Herrera a la tal junta de notables, sino también por el hecho de que dejaron de verse durante meses y hasta se empezó a censurar la correspondencia personal del caído. En mayo de 1878, desde la hacienda Angélica, Don Vicente escribió a un primo de su esposa, que desempeñaba un cargo diplomático en Europa:

     "Yo continúo retirado y completamente abstraído de la cosa pública. Ni los hombres de la actual situación, no obstante haber en ella muchos de la anterior, querrán darme intervención en lo que aquí se llama la política, ni yo querría, aunque me invitasen tomarla, mientras subsista el actual orden de cosas... Acaso, pues, alguna vez vuelva yo a tomar parte en los negocios de mi patria en el puesto en que realmente pueda servirla y no a miserables intereses de partido; pero eso será cuando vuelva una situación normal... mi espíritu está sereno y antes bien fortalecido con la experiencia del pasado. Las circunstancias que me condujeron adonde yo no hubiera querido ir, libre, y los acontecimientos que se sucedieron eslabonándose por una fatalidad deplorable, enervaron hasta cierto punto mi espíritu subyugándolo a un sistema que (lo confieso) mi conciencia reprobaba."

     Definitivamente, a Don Vicente le había cogido un poco tarde para darse cuenta del papelón que había hecho durante todo el tiempo que había ocupado la silla presidencial… Poco tiempo después, las cosas se le pusieron más difíciles, e incluso hubo de marcharse a El Salvador, donde participó en 1879 en una fantasmagórica Legión Antiguardista, constituida en ese país por exiliados costarricenses, con el propósito de tumbar a Don Tomás. Ni qué decir que no lograron sus propósitos: Guardia murió tranquilamente en su cama (y en la Presidencia) en julio de 1882.

     La fortuna tampoco sonrió mucho a José Manuel Lorenzo, que apenas pudo disfrutar tres días de su condición de yerno del Presidente de Costa Rica. Su matrimonio con Angélica fue feliz y resultó bendecido con tres niños -Angélica, José Manuel y Juan Vicente-, pero la joven esposa murió a los pocos años, y el desconsolado viudo tuvo que irse a trabajar a la población mexicana de Mazatlán, dejando a los chicos al cuidado de sus abuelos y de su tía Merceditas. Esta, por su parte, se enamoró de un muchacho de Barba, miembro de una humilde familia de agricultores, llamado Bernardo Rodríguez, y se casó con él en una ceremonia de familiar sencillez, sin nada de la pompa que había revestido la boda de su hermana mayor. De este matrimonio nació un único hijo, Pedro, que murió soltero.

     Don Vicente Herrera murió en San José el 10 de noviembre 1888, a la edad de sesenta y siete años y cuando ya tenía dos de haber enviudado de Doña Lupita. Por su condición de ex Presidente de la República, el gobierno de Don Bernardo Soto Alfaro lo hizo sepultar con honores de General de División.

     La mayor de los nietos de Don Vicente y Doña Lupita, Angélica Lorenzo Herrera, contrajo nupcias con el coronel mexicano Don Jesús San Juan, a quien llamaban "el bandido de San Juan". No tuvieron hijos. Doña Angélica alcanzó una avanzada edad y fue célebre en la familia por su inteligencia despierta, su chispa y buen humor y los abrigos, sombreros y estolas que usaba. Su hermano Don José Manuel murió soltero. La tarea de perpetuar la descendencia de Don Vicente correspondió exclusivamente al hermano menor, Juan Vicente, quien casó con Doña Rosalía Brenes Mata y del cual descienden las familias Lorenzo-Brenes, Lorenzo-Ferrat, Lorenzo-González y Lorenzo-Carvajal.


BIBLIOGRAFÍA: 

BIBLIOGRAFIA: FERNÁNDEZ ALFARO, Joaquín Alberto y otros, Las Primeras Damas de Costa Rica, en prensa (EUNED); BLANCO SEGURA, Ricardo, Historia eclesiástica de Costa Rica, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1967; FERNÁNDEZ GUARDIA, Ricardo, Los Cuentos, San José, Antonio Lehmann Librería Imprenta y Litografía Ltda., 1ª. Ed, 1971; La Gaceta, 1876-1877; GUTIERREZ BRAUN, Hernán, Ezequiel Gutiérrez Yglesias a través de su correspondencia, en Anales de la Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, San José, 1974-1976, pp. 89-212; OBREGÓN QUESADA, Clotilde María, Nuestros Gobernantes, San José, Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1ª. Ed., 1999; ODIO, Enrique, Lista clasificada de la familia Herrera, poligrafiado, 1967; SÁENZ CARBONELL, Jorge Francisco, Los meses de Don Aniceto, en prensa, EUNED; SANABRIA M., Víctor, La primera vacante de la Diócesis de San José, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1973; TROYO, Elena, y otros, Historia de la Arquitectura en Costa Rica, San José, Fundación Museos del Banco Central de Costa Rica, 1ª. Ed., 1998; Información suministrada por la señorita Victoria Lorenzo; Las Primeras Damas de Costa Rica, sitio en Internet, http://www.tiquicia.org/pds.

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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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