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LA
IGLESIA DE LA MERCED
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Jorge Francisco Sáenz
Carbonell
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lisuarte@tiquicia.com
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Quincena 1, Febrero del
2001
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La división clásica del cantón central de la provincia de San José entre distritos "urbanos" y "rurales", desaparecida a fines de los años 70 del siglo XX debido al crecimiento de la capital, contenía cuatro circunscripciones en la primera categoría, cuyos nombres aprendían fácilmente los escolares gracias a la rima: Carmen, Catedral, Merced y Hospital. Estas denominaciones, señaladas por un decreto de 1868, derivaban de edificios claramente identificables, que sobresalían entre la monotonía arquitectónica de la San José de casas de un solo piso: la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, la Catedral, la iglesia de Nuestra Señora de la Merced y el Hospital San Juan de Dios.
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La vieja división de los distritos del casco metropolitano, cuyos ejes son la avenida y la calle central, se mantiene hasta nuestros días, aunque sin dar a aquéllos el adjetivo de urbanos. Pero resulta que si bien la iglesia del Carmen está en el distrito Carmen, la Catedral en el distrito Catedral y el San Juan de Dios en el de Hospital, el neogótico templo de la Merced se encuentra en la jurisdicción de este último. Y en el distrito restante, el noroeste, no hay ningún edificio notable que lleve el nombre de Merced. |
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La Iglesia de la Merced en 1908 |
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La explicación es muy sencilla. La iglesia de la Merced que hoy conocemos no es la original, sino la sucesora de otro templo del mismo nombre, que se ubicaba precisamente en el distrito de ese nombre, en el sector sudoeste de la manzana donde hoy se erige el edificio del Banco Central de Costa Rica, en cuya esquina confluyen la avenida central y la calle cuarta de la capital.
Cuando surgió la población de San José, a mediados del siglo XVIII, en esa manzana se ubicaba la plaza, sin duda con visos de potrero o de charral, y al este, en la manzana contigua, se erigía la humildísima ermita dedicada al santo patrono (descrita por un Obispo de la época como la iglesia "más estrecha, humilde e indecente" de cuantas vio en Costa Rica). Más tarde ese templo se abandonó y fue reemplazado por otro, construido de adobes en la manzana donde hoy se encuentra la Catedral. Aunque era mejor que el anterior, tampoco resultaba muy elegante y frecuentemente hubo de ser objeto de reparaciones y remodelaciones. Aun así quedó bastante mal acondicionado y no tardó en ser muy pequeño para atender las necesidades espirituales de la población.
Las autoridades destinaron tres cuartas partes de la manzana de la antigua plaza para edificar allí, a fines del siglo XVIII, el edificio de la Factoría de Tabacos y sus almacenes, para su época el mejor de San José (lo cual ciertamente no significaba gran cosa). Sin embargo, el sector sudoeste de esa manzana aparentemente permaneció sin construcciones durante largo tiempo, ya que en 1816 un grupo de vecinos decidió utilizar parte de él para levantar un oratorio y dedicarlo a la devoción de Nuestra Señora de la Merced o de las Mercedes, patrona de Barcelona y otras poblaciones de España y América y una de las advocaciones marianas más populares de aquellos tiempos.
En una junta de vecinos celebrada el 6 de agosto de 1816 se acordó llevar a cabo la construcción del oratorio. El edificio, según los planes aprobados, tendría siete varas de altura, diecisiete varas y media de ancho, y media cuadra de longitud, con excepción de dos varas reservadas para el atrio y de tres que quedarían libres entre su parte posterior y el edificio de la Factoría. Llevaría "dos puertas de perdón y una principal" y dos ventanas grandes en la portada y otras seis en cada uno de los costados.
Sufragando todos los gastos de su propio bolsillo, a excepción del terreno -que debió ser suministrado por las autoridades- varios conspicuos devotos de la Virgen de la Merced empezaron las obras. Como ecónomo o director de los trabajos fue designado Don Miguel Carranza Fernández, que años más tarde trajo a Costa Rica la primera imprenta y fue Vicejefe de Estado de 1838 a 1841. Para principios de 1817 ya se estaba levantando la capilla, y a mediados de 1819 el templo estaba casi terminado.
El edificio que se levantó entonces era solamente un oratorio, es decir, un lugar de culto erigido primariamente para uso de un grupo determinado de personas (los devotos de la Virgen mercedaria en este caso), aunque los demás fieles podían también asistir a él. Canónicamente tenía una condición bastante inferior, y desde abril de 1819 los vecinos que habían financiado su construcción decidieron hacer gestiones para tratar de que por lo menos se le diese el carácter de ayuda de parroquia, es decir de iglesia auxiliar a la matriz o parroquial. Alegaron para ello que la población de la ciudad, a pesar de ser "tan numerosa y extensa", sólo disponía de la iglesia parroquial.
(Lo de la extensión podía ser cierto, porque la jurisdicción de la parroquia josefina comprendía una superficie bastante considerable; pero había que ser muy optimista para calificar de "numerosa" la población de San José: con todos sus barrios y suburbios y cuanta casa y finquita había perdida entre los potreros, cerros y bosques aledaños, apenas se llegaba si acaso a contar unos catorce mil habitantes, de los cuales muchos no debían ser especialmente puntuales en el cumplimiento del precepto dominical y la recepción de los Sacramentos).
Entre los vecinos que gestionaron la conversión del oratorio en ayuda de parroquia, y que también solicitaron autorización para crear una cofradía dedicada a la Virgen de la Merced, hubo varios que desempeñaron altos cargos públicos en los primeros años de vida independiente: la nómina de firmantes incluyó a Don José Rafael de Gallegos y Alvarado y Don Antonio Pinto Soares, Jefes de Estado; Don Manuel de Alvarado e Hidalgo y Don Eusebio Rodríguez y Castro, Presidentes sucesivos de la tercera Junta Superior Gubernativa; Don Mariano Montealegre Bustamante, primer diplomático, primer Vicejefe de Estado y uno de los primeros grandes cafetaleros, y Don Juan de los Santos Madriz y Cervantes, primer Rector de la Universidad de Santo Tomás. Aunque no lograron su propósito de que el oratorio fuese erigido en ayuda de parroquia, sí se obtuvo la autorización para establecer la cofradía de las Mercedes, que durante el siglo XIX fue una de las principales de la ciudad.
A pesar de la buena voluntad de los devotos y de sus siete varas de alto, el primer templo de la Merced resultó ser un edificio bastante insignificante y por demás endeble. Aparte de que los costarricenses de aquel tiempo tenían merecida fama de tacaños y por consiguiente los aportes no deben haber sido excesivamente generosos, lo cierto es que tampoco en Costa Rica había nadie con formación académica en cuestiones de arquitectura e ingeniería. Las paredes del oratorio eran de adobes, y sus puertas y los marcos y barrotes de sus ventanas deben haber permanecido en su color natural, ya que según escribió John Hale, un británico que vivió en Costa Rica a mediados del decenio de 1820, en San José ninguna puerta ni ventana había recibido nunca el adorno de una capa de pintura, "porque en el país no hay pintura, ni aguarrás ni aceite".
El oratorio, o ermita de la Merced como también se le llamó entonces, estaba solamente a tres cuadras de distancia de la parroquia de San José, pero no compitieron por el favor de los fieles, entre otras cosas porque el terremoto de 7 de mayo de 1822 rajó de arriba a bajo la fachada de la iglesia matriz y le causó otros serios daños. La parroquia tuvo que ser clausurada para proceder con las indispensables reparaciones y en el ínterin se decidió que la Merced hiciera sus veces. Las imágenes de San José y de Nuestro Amo, que eran casi las únicas existentes en la iglesia parroquial, fueron trasladadas también a la Merced, como damnificadas del sismo.
Esa circunstancia hizo que, a pesar de su humildísima apariencia, la iglesia de la Merced adquiriera cierto protagonismo histórico durante los años comprendidos entre 1822 y 1827, es decir, los primeros de vida independiente. Por ejemplo, el 6 de setiembre de 1824, en su recinto se reunieron para juramentarse los miembros del primer Congreso Constituyente del Estado Libre de Costa Rica, y después de una misa solemne celebrada por el párroco Don Cecilio Umaña y Fallas, prometieron por Dios y los Santos Evangelios cumplir fiel y legalmente el encargo que los pueblos sus comitentes habían puesto a su cuidado, mirando en todo por el bien y la prosperidad del Estado.
La parroquia tardó cinco años en ser reconstruida, término bastante considerable si se recuerda que era un edificio de muy pocas pretensiones. Lo malo fue que durante ese período la Merced, que también había sido seriamente afectada por el terremoto de 1822, terminó de echarse a perder, sin duda por falta de mantenimiento: en 1826, debido al pésimo estado del templo, los miembros de los Supremos Poderes -que despachaban en la llamada Casa de Gobierno, ubicada en la parte sur de las oficinas de la Factoría de Tabacos- se vieron imposibilitados para asistir a los oficios de Semana Santa, como era costumbre y lo mandaba además una ley recién emitida.
Por fin se terminaron los trabajos en la parroquia -salvo los de la fachada, que quedaron para mejor oportunidad-, y el 6 de mayo de 1827 se llevó a cabo la bendición de lo que a fin de cuentas había resultado prácticamente ser iglesia nueva. Ese mismo día, en solemne procesión, San José y Nuestro Amo fueron trasladados de la Merced a su nueva residencia.
Pudo entonces emprenderse la reconstrucción de la iglesia de la Merced. El edificio original desapareció a fines del decenio para dar lugar a un nuevo templo, construido de calicanto. Tampoco esta vez se demostró mucho refinamiento. Según puede verse en un dibujo de la primera mitad del siglo XIX, esta segunda iglesia de la Merced era poco menos que un galerón entejado de puerta única, sin torres, con un atrio que parecía corredor de pulpería de pueblo y de cuyo cielorraso pendían dos campanas.
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La Iglesia de la Merced en la primera mitad del S. XIX
(Dibujo de Don Adán Montes de Oca) |
Pocos años después, la modesta iglesita de Merced tuvo que recibir a una distinguida huésped. Con motivo de la guerra civil de 1835, más conocida como la
Guerra de la Liga, los cartagineses, al dirigirse hacia San José, llevaron consigo una imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, aunque todavía no está muy claro si se trataba de la
Negrita original, la del hallazgo y los milagros, o de una réplica llamada
la Peregrina, y la instalaron en la iglesia de Curridabat, pueblo en el que instalaron su cuartel general. Allí se quedó olvidada cuando los josefinos derrotaron a los cartagineses y los obligaron a retirarse hacia su ciudad. La Virgen de los Ángeles fue llevada a San José como trofeo de guerra, y Don Braulio Carrillo, entonces Jefe de Estado, dispuso alojarla en la parroquia, el templo de mayor jerarquía. Sin embargo, poco después dispuso que fuese llevada en solemne procesión a la iglesia de la Merced, al parecer con el propósito de hacer una demostración externa y bien visible del respeto que los asuntos de fe inspiraban a su administración, tildada gratuitamente de irreligiosa por cartagineses, alajuelenses y heredianos. A fin de cuentas, la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles estuvo siete años en la Merced, como una especie de prisionera política. No fue sino hasta 1842 cuando fue devuelta a Cartago, por órdenes del General Morazán.
Fue también Don Braulio Carrillo quien en 1841 estableció la primera división administrativa de la ciudad de San José, en dos barrios (que corresponderían a nuestros actuales distritos) y diez
cuarteles (parecidos a los barrios de hoy). Los dos barrios eran los del Carmen y el de la Merced. Éste comprendía los cuarteles de la Laguna, del Cabildo, del Ballestero, de la Factoría y del Paso de la Vaca, es decir, prácticamente toda la mitad norte de la población. La mitad sur correspondía al barrio llamado del Carmen, dado que el primer oratorio de este nombre estuvo originalmente situado en la manzana situada al este de la actual Catedral; el actual emplazamiento de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen data de 1845 y su traslado allí fue posible gracias a la donación de un terreno por las señoritas Jerónima y María de la Concepción Quirós Castro, apodadas en San José
los dos ciriales porque eran altas, pálidas y muy delgadas.
Aunque su nombre designase a una parte tan considerable de San José, la iglesia de la Merced no había mejorado gran cosa desde su construcción. Según John Lloyd Stephens, un americano que visitó Costa Rica en 1840,
"Todos los edificios de San José son republicanos; no hay ninguno que tenga alguna grandeza o belleza arquitectónica, y las iglesias son inferiores a muchas de las que los españoles edificaron en las más mínimas aldeas."
Otro visitante, el escocés Robert Glasgow Dunlop, quien estuvo en San José en 1844, no parece siquiera haber advertido la existencia de más templo que el parroquial, puesto que escribió:
"Tan sólo hay en ella una iglesia y ningún edificio digno de notar."
Los templos josefinos no empezaron a cambiar un poquito de aspecto sino hasta la segunda mitad del siglo XIX. Para entonces, las exportaciones de café habían dotado al país de una base económica bastante sólida y de cierto desarrollo en los más variados órdenes. Además, en 1850 se creó la diócesis de Costa Rica y la iglesia parroquial de San José se convirtió en Catedral, lo cual obligó a introducirle algunas mejoras. Sin embargo, la opinión de los extranjeros sobre los templos capitalinos seguía siendo invariablemente despectiva. El sabio alemán Moritz Wagner, quien estuvo en Costa Rica en 1853, escribió:
"Hasta las iglesias de San José son más pequeñas y pobres que las de cualquier otro país católico. Las iglesias del Carmen y de la Merced no merecen ninguna descripción. La catedral sólo tiene a su favor la ventajosa situación en el costado Este de la gran plaza principal… Es por lo demás, un edificio completamente insignificante, sin estilo arquitectónico alguno."
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Sin embargo, poco a poco la iglesia de la Merced experimentó algunas mejoras. En lugar del pueblerino corredor que había hecho las veces de atrio, se le dotó de una fachada más coqueta, con dos grandes ventanas de arco de medio punto y puerta doble con montante de abanico, flanqueada por columnas adosadas. Se le edificaron torres, y entre ellas se levantó un frontón simple, cuyo remate estaba adornado con un almenado. Las verdes plazuelas que tenía enfrente y en su costado norte contribuían a realzarla. Aunque todavía era un edificio pequeño en comparación con los templos de otras poblaciones, ya había dejado atrás, definitivamente, el aspecto de cuasi bodega de sus primeros tiempos, y no hacía tan mal papel al lado del contiguo Palacio Nacional, elegante construcción que en 1855 reemplazó a la antigua Casa de Gobierno, considerada insegura e indecente. |
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La Iglesia de la Merced en 1871 |
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Costado sur de la iglesia de La Merced en 1871 |
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Claro que para los forasteros, el templo, continuaba resultando tan insignificante como los demás de la capital, por muy remodelado que hubiese sido. El irlandés Thomas Francis Meagher, quien estuvo en San José en 1858, escribió:
"Además de la Catedral hay en San José otras dos iglesias: la de Nuestra Señora de la Merced y la de Nuestra Señora del Carmen. Ambas son penitentes de la arquitectura. Ningún edificio podría tener un aspecto más modesto, más tristemente casto, más humilde. Paredes de adobes, techos de tejas coloradas y ordinarias, pisos de tierra apisonada, llenas de grietas y cascajo, torres que sólo parecen esqueletos de campanarios; nada podría ser más pobre."
A pesar de esas deprimentes características, Meagher no dejó de advertir que ambas iglesias
"… en la Semana Santa ofrecen un aspecto brillante. Toda su pobreza y frialdad, toda su sencillez e insípida tristeza, todas sus miserias silenciosas se diría que se desvanecen. Ambas se hacen calurosas, aromáticas, floridas. La desnudez de las paredes desaparece detrás de los encajes, las sedas y los follajes. Palmeras suplantan, por decirlo así, los troncos estériles que sostienen los techos."
El irlandés se refirió al interior de la Catedral josefina como "notable y hermoso", pero no tuvo elogios para su apariencia general y calificó su campana como monstruosa y poco musical. Lo cierto es que el templo diocesano seguía siendo tan horroroso que en 1862 el Gobernador de San José la describió como "el sarcasmo de nuestra religiosidad y el baldón de la República". Después de muchos retrasos, discusiones y conciliábulos, y debido a que el techo de la Catedral parecía próximo a hundirse, en 1871 el Obispo Monseñor Anselmo Llorente y Lafuente resolvió emprender una reconstrucción a fondo. El 1° de agosto de ese año, por disposición de Su Ilustrísima, la iglesia de la Merced asumió temporalmente la condición de Catedral de San José. Con la dignidad catedralicia también pasaron a la Merced el tabernáculo, algunas reliquias y los altares dedicados a San José y San Pedro, mientras que los demás se distribuían entre otras iglesias de la capital y sus vecindades.
Durante varios años, la Merced funcionó como Catedral, aunque siempre a título de interinazgo. En ella se efectuaron las honras fúnebres de Monseñor Llorente, en setiembre de 1872, y muchas solemnidades religiosas en las que participó Don Tomás Guardia como Presidente de la República. También tuvo lugar en sus inmediaciones la balacera del 30 de julio de 1876, ocurrida con motivo de la caída del efímero gobierno de Don Aniceto Esquivel. La señorita Ambrosia Escalante, que se dirigía a misa en la Merced, fue alcanzada por dos disparos, el primero en la nariz y el segundo en el cuello. Un médico que la atendió manifestó que la segunda herida era mortal, aunque acto seguido indicó "que por la incertidumbre de los daños se necesitan por lo menos veinte días para determinar con certeza el resultado."
A principios de 1878 se concluyeron por fin los trabajos de la nueva Catedral, y ésta fue solemnemente bendecida el 17 de abril de ese año por el Administrador de la diócesis y Delegado Apostólico, Monseñor Luigi Bruschetti. En una solemne procesión a la que asistieron el Presidente Don Tomás Guardia, los Secretarios y Consejeros de Estado, los Magistrados de la Corte y la plana mayor del ejército, la imagen de San José y demás inquilinos de la Merced fueron trasladados a su nuevo domicilio.
La iglesia de la Merced volvió, a sus fines canónicos habituales, que eran los de la cofradía de Nuestra Señora de las Mercedes y de la Orden Tercera de San Francisco. Sin embargo, poco después el templo obtuvo una considerable elevación de categoría: el 12 de diciembre de 1881, el Obispo Monseñor Bernardo Augusto Thiel y Hoffmann dividió la antigua jurisdicción matriz de San José en dos parroquias: la de Nuestra Señora del Carmen y la de Nuestra Señora de la Merced. Ésta comprendía prácticamente toda la mitad occidental de la capital y gran parte de sus alrededores, extendiéndose por el oeste hasta el paraje de los Anonos, linero de la parroquia de Escazú. Aunque eso sonaba muy impresionante, la verdad es que las nuevas parroquias, según los cálculos estadísticos que se tuvieron a la vista, apenas tenían en su conjunto unos doce mil quinientos habitantes.
Motivo de hondo pesar para los fieles de la Merced y para los católicos costarricenses en general fue el sacrilegio que tuvo lugar en la noche del 14 de enero de 1883, cuando era párroco el Presbítero Don Luis Hidalgo. Alguien se introdujo en el templo, rompió el sagrario, extrajo el copón y derramó las hostias consagradas. Más tarde se encontraron tirados en los alrededores del edificio algunos cálices y copones, lo cual dejó bien claro que el móvil del hecho no fue el robo. El Obispo Thiel, sinceramente consternado, ordenó celebrar oficios de desagravio en todas las parroquias, y muchísimas personas acudieron de todas partes a la iglesia profanada, en devota peregrinación. Sin embargo, como se vivían momentos de tensión entre las autoridades civiles y eclesiásticas, el sacrilegio de la Merced exacerbó considerablemente los ánimos, y la cosa se puso peor cuando circuló la especie de que el autor del hecho había sido un hijo del ex Presidente Don José María Castro Madriz, que era a la sazón Secretario de Relaciones Exteriores, Justicia, Gracia, Beneficencia y Culto, y por consiguiente tenía que entenderse con las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Esto generó hondos resentimientos en Castro Madriz, quien atribuyó gratuitamente la paternidad del rumor al Obispo y al párroco Hidalgo. Con gran frescura, Castro se dejó decir, en un memorándum para la Legación de Costa Rica en Roma, que el clero había "fingido" el sacrilegio para que "la indignación de la plebe" estallase "contra los jóvenes de las primeras familias". Pasaron bastantes años antes de que retornase la armonía entre la potestad civil y la eclesiástica, aunque no sin que el Obispo tuviese que sufrir un año de destierro, se confiscasen los cementerios y quedasen proscritas del territorio nacional las comunidades religiosas, empezando por la de los jesuitas.
No fueron los hombres, sino la naturaleza quien súbita y brutalmente puso fin a los días de la iglesia de la Merced, en una época en que los josefinos se hallaban inmersos en la algazara de las fiestas cívicas y se preparaban para recibir el año nuevo. A las cuatro y doce minutos de la madrugada del 30 de diciembre de 1888, un violento sismo sacudió la capital de la República y todo el sector oeste del valle central.
El terremoto dejó solamente seis víctimas, pero los daños materiales fueron copiosos. En San José se derrumbaron algunas viviendas y muchas otras quedaron inutilizadas. El Teatro Municipal quedó inservible y hubo daños muy serios en el Palacio Presidencial, el Cuartel de Artillería, la Catedral, iglesia del Carmen y otros edificios. En la iglesia de la Merced, que ya en 1882 había sido gravemente afectada por temblores,
"… las torres sufrieron bastante y las paredes también, habiendo daños de bastante consideración."
Una vez que se pudo examinar con detenimiento la extensión de los efectos del sismo, se llegó a la conclusión de que era difícil reparar adecuadamente el templo de la Merced. De todos modos, la iglesia resultaba ya algo pequeña e incómoda. A fin de cuentas, se decidió reconstruirla, pero en otro sitio. Mediante un contrato entre el Gobierno y la Iglesia, concluido el 11 de enero de 1893, la primera cedió a la segunda el terreno donde había estado el Teatro Municipal y otras propiedades adyacentes, a cambio del sitio donde se encontraba la arruinada iglesia. Las autoridades además ofrecieron ocho mil libras esterlinas para contribuir a la edificación del nuevo templo de la Merced.
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De las propiedades entregadas por el Gobierno, se escogió para ubicar la nueva iglesia la manzana situada al este del Mesón de Mora, un edificio grande y algo lóbrego que estaba en las vecindades del Hospital San Juan de Dios y en cuyas vecindades cundían chinchorros, guaridas de maleantes y casas de dudosa reputación. Allí se empezó a construir un airoso y elegante templo neogótico, diseñado por del ingeniero Don Lesmes Jiménez Bonnefil. En 1902, por disposición del Secretario de Fomento Don Cleto González Víquez, el Mesón fue demolido para dar sitio a una plaza ajardinada y cercada por muros de piedra, que recibió el nombre de Parque Carrillo, en homenaje a Don Braulio. |
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La nueva Iglesia de la Merced en construcción; al fondo El Mesón de Mora, alrededor de 1900 |
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Durante varios años, las ruinas de la antigua iglesia de la Merced quedaron como mudo y lúgubre recuerdo del terremoto de 1888, hasta que finalmente se dispuso limpiar el terreno y agregarlo a la plazuela situada al norte de la manzana, que se conocía con el nombre de Plaza de la Artillería. Así aumentada, esta plaza contribuyó a dar majestad al edificio del Palacio Nacional, donde se encontraban la sede del Poder Legislativo y los Ministerios. De la antigua iglesia sólo quedó el nombre del distrito de la Merced.
El pésimo gusto arquitectónico de los costarricenses de mediados del siglo XX, y su aparente afán de demoler cuanto tuviera más de cien años de existencia, por mucha que hubiese sido su importancia en la historia patria, hicieron que en 1957 desaparecieran tanto el Palacio como la Plaza de la Artillería. En la manzana se levantó el edificio del Banco Central de Costa Rica, que muchas personas de la época parecieron considerar el
summum de la modernidad y la elegancia y una fehaciente prueba de que San José había empezado a progresar.
Afortunadamente, a nadie se le ha ocurrido todavía cambiar el nombre de distrito de La Merced por el de distrito del Banco…
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BIBLIOGRAFÍA:
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Perfil del Autor:
Jorge Francisco Sáenz
Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros,
entre los cuales destacan El Despertar Constitucional de Costa
Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y
Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la
Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de
Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910
e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos
sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es
profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la
Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el
Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de
Relaciones Exteriores y Culto. |
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