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EL ATENTADO CONTRA MANO PEDRO

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 1, Enero del 2001

 

Presidente Aniceto Esquivel Sáenz

     El 30 de julio de 1876, el Gobierno de Don Aniceto Esquivel Sáenz, iniciado el 8 de mayo anterior, fue derrocado por un golpe organizado por el General don Pablo de Jesús Quirós y Jiménez, Comandante del Cuartel Principal de San José, y su hermano mayor el también General don Pedro de Jesús, quien estaba al frente del Cuartel de Artillería.

     Como nuevo Presidente de la República fue proclamado el Doctor Don Vicente Herrera Zeledón, jurisconsulto muy conocido por su talento, su cultura y su ortodoxo catolicismo. Pero cualesquiera que fuesen las prendas que lo adornasen, todo el mundo sabía que don Vicente estaba destinado a servir de mera pantalla. El verdadero gobernante del país volvería a ser (como lo había sido hasta que a don Aniceto Esquivel se le ocurrió jugar de independiente) el General Don Tomás Guardia Gutiérrez, verdadero amo del país y Presidente de la República de 1870 a 1876.

General Tomás Guardia Gutiérrez

     Guardia era Comandante en Jefe del Ejército y los hermanos Quirós, llamados familiarmente mano Pedro y mano Pablo, eran incondicionales partidarios suyos. Un versillo popular se refería al castrense trío diciendo:

"Mano Pedro y Mano Pablo
con el señor Presidente
forman la terna viviente
de la trinidad del diablo"

     Tal y como era previsible, el Gobierno de Herrera resultó de lo más insípido y gris y estuvo totalmente dominado por Guardia y sus colegas del ejército. Por supuesto, mucha gente, especialmente entre la bien vestida, adversaba a don Tomás, pero le tenían pavor a éste y sobre todo a los Quiroses, quienes eran famosos por la facilidad con que prodigaban el cepo y el chilillo a los adversarios del régimen. Al parecer, por ahí de setiembre de 1876, en una reunión de opositores celebrada en el Paso Real de La Uruca se ofrecieron miles de pesos a quien asesinase a Guardia, pero nadie se atrevió a correr el riesgo.

     Vivía en aquel entonces en San Juan de Tibás un cafetalero de cincuenta y cuatro años, llamado Ildefonso Soto, a quien en 1875 don Pedro Quirós había hecho encalabozar por corto tiempo y que por consiguiente tenía buenos motivos para detestarlo. En los primeros días de diciembre de 1876, pasó por su casa Justo Barriento, vecino del mismo lugar. Soto alabó el hermoso caballo que montaba Barriento, y éste le manifestó que si quería ganárselo, junto con una gruesa cantidad de dinero -dos mil quinientos pesos-, le pegase un tiro a mano Pedro. Asombrado, Soto preguntó quién ofrecía semejantes cosas, y Barriento le manifestó que don Francisco Brenes y Robles, dueño del animal.

     Don Francisco Brenes y Robles, más conocido con el diminutivo de don Chico, era un rico comerciante josefino de treinta y cinco años, dueño de haciendas en Guadalupe, y cuyo hermano don José María desempeñaba el destino de cura párroco de San Juan de Tibás. En algunos círculos tenía fama de persona incómoda y turbulenta. Antiguo partidario de don Tomás Guardia, se había distanciado del régimen desde hacía mucho tiempo, y en 1871 había tenido un serio disgusto con don Pedro Quirós.

     Mano Pedro había cumplido cincuenta y siete años en agosto de 1876 y no gozaba ciertamente de muchas simpatías. Enjuto y ojisaltón, dueño de relucientes mostachos, larga barba y una tos de trueno que, seguida de múltiples esputos, anunciaba el pésimo estado de sus pulmones, era famoso por la tosquedad de sus maneras y la brutalidad de sus métodos. Uno de sus bisnietos escribió:

General Pedro Quirós y Jiménez

     "Don Pedro… nunca fue un apóstol del bien. El Presidente Guardia, para mantenerse en el poder por tantos años tuvo necesidad de tipos como mi bisabuelo, o sea militares de oficio que si bien eran valientes en los campos de batalla y para dar "cuartelazos", en la vida de paz dejaban traslucir múltiples aspectos trágicamente negativos. El excesivo tiempo libre predisponía a todas sus consecuencias: volverse tahúres, bebedores y mujeriegos. Dicha condición les hacía caer también en el ahogo económico y para mantenerse en sus puestos congraciados con el tirano, se volvían bellacos, porque es bellaquería distribuir azotes a los que piensan con cabeza propia o poner en el cepo a los supuestos enemigos del régimen."

     A Ildefonso Soto, que había tenido la oportunidad de experimentar en carne propia la hospitalidad de tan santo varón, le sonó muy bonita la idea de ganarse el caballo y el dinero, pero al parecer no tenía ánimos para liquidar al terrible General. Después de que Barriento se retiró, recomendándole que guardase silencio sobre lo que habían conversado, decidió buscar a alguien que ejecutase el crimen por su cuenta y ofrecerle una parte -bastante mezquina por cierto- de la suma que ofrecía don Chico Brenes.

     La elección del futuro homicida no pudo ser peor. Demostrando muy poco seso, Soto abordó con ese propósito nada menos que a un sobrino de los temibles manos, llamado Vicente Quirós y González, quien tenía treinta y cinco años de edad, estaba casado con doña Florencia Vargas y vivía también en San Juan de Tibás. Su padre, don Lorenzo Quirós y Jiménez, era Capitán del Ejército, pero gozaba de bastante menos influencia que sus poderosos hermanos menores.

     Rebajando sustancialmente la cantidad indicada por Justo Barriento, Soto le dijo a Vicente que don Francisco Brenes y Robles ofrecía mil pesos por matar a mano Pedro, y que podía ganarse quinientos si se encargaba del asunto.

     Realmente era muy estúpido elegir como autor material del crimen a un pariente tan cercano de la proyectada víctima; pero Vicente era muy pobre y los quinientos pesos representaban para él una verdadera fortuna. Tampoco debía ser persona de muchos escrúpulos, puesto que en vez de indignarse ante la inicua propuesta de Soto, repuso riéndose: "Muy bueno sería ganarse ese dinero." (Al parecer, Quirós tenía tan escasas luces como Soto, porque no se le ocurrió preguntar a éste a cuenta de qué debían dividirse la recompensa si tenía que cometer el asesinato él solo).

     Según relató después Soto, tras su conversación con Vicente Quirós,

     "… se abocó con Don Francisco Brenes, quien le ratificó la misma oferta, y de ello prometió a Vicente Quirós los quinientos pesos… reservando para sí el resto cuando por el hecho debiera percibir la cantidad ofrecida."

     A pesar de que Costa Rica vivía bajo un régimen de dictadura, en aquel soleado mes de diciembre de 1876 todo parecía estar en paz. Los verdes cafetales que cubrían el valle central habían dado fruto y por todas partes se veía a los recolectores haciendo acopio del grano de oro en grandes canastos, en medio de charlas y risas. Los escolares presentaban exámenes finales, y la ciudad de Heredia celebraba las fiestas en honor de la Inmaculada Concepción, mientras los jefes y oficiales veteranos del ejército nacional ofrecían un banquete al Doctor Herrera para expresarle su adhesión y su gratitud. Entre los concurrentes estaba, por supuesto, el General Guardia, quien ofreció un brindis en homenaje al Presidente y agradecerle que en forma espontánea hubiese concedido a la oficialía algunos ascensos (que por supuesto Herrera no hubiese osado efectuar sin su previo y expreso beneplácito).

Antonio Vallerriestra y Albarracín

     Poco después, Guardia abandonó Costa Rica para efectuar una visita privada a Guatemala y dejó a don Pablo Quirós encargado interinamente de la Comandancia General. Y entonces empezaron a ocurrir cosas. A eso de las cuatro de la tarde del martes 12 de diciembre llegó a la casa de don Pedro Quirós el comerciante peruano don Antonio Vallerriestra y Albarracín, héroe de la campaña de 1856 contra los filibusteros. La visita no dejó de sorprender al militar, ya que era la primera vez que Vallerriestra llegaba a su domicilio, y la cosa se puso todavía más espesa cuando el peruano empezó a criticar al Gobierno de Herrera, dijo que se preparaba un golpe contra éste y expresó a mano Pedro que sería proclamado Presidente.

     Vallerriestra no dio mayores detalles ni mencionó nombres, por lo que aquella visita parecía ser de sondeo. A los enemigos de Guardia no debía importarles ni poco ni mucho don Vicente Herrera, pero sabían perfectamente que ningún intento golpista tendría éxito mientras los Quiroses le cuidasen las espaldas a don Tomás. Quizá pensaban que halagando a don Pedro Quirós con el señuelo de la Presidencia podrían lograr que éste se involucrase en los planes golpistas, ya fuese para que efectivamente los ayudase a librarse de Guardia o para que éste lo tuviera por traidor y perdiese con él (y con don Pablo) sus dos principales apoyos en las filas del ejército.

     Como quiera que sea, el ojisaltón y barbudo don Pedro no mordió el anzuelo y se limitó a escuchar a Vallerriestra, quien "se retiró en buena armonía".

     Al día siguiente de su conversación con don Antonio Vallerriestra, Mano Pedro visitó muy temprano los cafetales que poseía su yerno don Justo Quirós y Montero en las vecindades de San Juan de Tibás, y después se dirigió a caballo a San José, ignorante de la amenaza que se cernía sobre su existencia: Ildefonso Soto había escogido esa mañana para que Vicente Quirós lo asesinase.

     Los alrededores de San Juan de Tibás eran de índole claramente rural, con múltiples cafetales, frondosas arboledas y agrestes charrales que fácilmente podrían servir de escondite a un francotirador para emboscar sin riesgo ninguno al desprevenido General. Empero, a Ildefonso Soto no se le había ocurrió mejor lugar para el asesinato que el sector del camino que pasaba frente a su propia hacienda con dirección hacia la capital. O Soto estaba segurísimo de que nadie podría relacionarlo con el crimen, o andaba bien escaso de materia gris, porque a la hora de buscar indicios, para sumar dos y dos son cuatro no se necesitaría ser ningún Sherlock Holmes.

     A eso de las ocho, cuando don Pedro se acercaba a la hacienda, se encontraba cogiendo café allí Vicente Quirós. Al advertir la proximidad del General, Soto tomó apresuradamente un fusil cargado y se lo entregó a Vicente para que disparase contra su tío.

     Con los quinientos pesos en el pensamiento, Vicente se apostó en las cercas de la hacienda, apuntó y tiró del gatillo. La bala apenas rozó el cuerpo del General, pero Vicente, presa del pánico, no atinó a disparar de nuevo, sino que se retiró rápidamente de la cerca, escondió el fusil entre unas matas de café y siguió cogiendo el grano de oro como si tal cosa. Mano Pedro no se quedó a esperar una nueva descarga, ni contestó el fuego: temiendo que se hubiese producido la intentona golpista anunciada por Vallerriestra y que el disparo en su contra tuviese algo que ver con los planes revolucionarios, picó espuelas y a galope tendido se dirigió a la capital.

     En San José todo parecía tranquilo; sin embargo, don Pedro se apresuró a informar de lo ocurrido a su hermano don Pablo, quien de momento no tomó ninguna medida. También refirió el hecho a su esposa, doña Dolores Aguilar Castro. La señora se tomó la cosa con menos calma que el Comandante General, ya que cuando don Pedro llegó horas más tarde a casa de Justo Quirós, se encontró a doña Dolores dando al hijo político todos los detalles del suceso y pidiéndole que averiguara la identidad del frustrado asesino.

General Pablo Quirós y Jiménez

     Justo Quirós al parecer tenía un olfato detectivesco que se hubiera deseado Scotland Yard. Indagó con algunas personas que vivían cerca del lugar de los hechos, y como dos horas después de la visita de su suegra, al comentar el atentado con su primo Vicente, advirtió que éste estaba muy nervioso y trataba de eludir la conversación. En ese momento se acercó a Vicente una de sus hijitas y le comunicó que quería hablarle Ildefonso Soto. Vicente se dirigió entonces a su casa, que distaba unas trescientas varas del sitio donde se encontraba Justo y habló allí con Soto. A Justo le pareció que la entrevista era "sospechosa". 

     Soto le preguntó a Vicente de qué estaba hablando con su pariente, pero el frustrado asesino, que obviamente no brillaba por su inteligencia, le respondió que era "de asuntos de una escritura", y ambos se quedaron tan tranquilos. Sin embargo, mejor hubieran hecho en poner pies en polvorosa: aquella misma tarde, Justo Quirós se reunió con su suegro y le informó que barruntaba que el autor del atentado había sido el primo Vicente. 

     Mano Pedro no era de dar largas a las cosas, aunque se tratase de un asunto de familia. Al día siguiente, un destacamento policial llegó a casa del sospechoso, lo detuvo y lo condujo al Cuartel de Artillería, donde fue encarcelado (y es de suponer que recibido por el aterrador tío Pedro con furia digna de Júpiter tonante y una buena dosis de palo). Ni siquiera esa circunstancia hizo que al baboso de Ildefonso Soto se le ocurriese emprender la fuga. Pensó que lo más práctico sería echarle las culpas a Justo Barriento, y anduvo contándole a quien lo quisiera oír que, según le había referido Vicente Quirós, Barriento había sido el autor del disparo. También envió varias veces a su mujer, María Jiménez, a hablar con las hijas de don Lorenzo Quirós y Jiménez, para sugerirles que éste

     "… aconsejase a su hijo Vicente Quirós que no confesase nada y que dijera que el del tiro había sido Justo Barriento, a fin de que el dicho de él resultase conforme con el de su esposo Ildefonso, a nombre de quien hacía esa recomendación."

     Los célebres Generales y su numerosa parentela consanguínea y política, incluyendo al arrestado sobrino, eran gentes muy conocidas en San Juan de Tibás, y por supuesto que las indagatorias de Justo Quirós, la detención de Vicente y las idas y venidas de Soto y su mujer convirtieron a la localidad en un hervidero de rumores. Sin embargo, los intentos de Soto por ocultar su participación en el frustrado homicidio fueron inútiles, ya que poco después fue detenido y se le encarceló en el Cuartel Principal de San José. En su pueblo corrió la especie de que ya había confesado su participación en el atentado. Sin embargo, el que había cantado como un pajarito había sido Vicente (sin duda después de cariñosos varillazos propinados por los arcángeles de la Artillería), y debido a sus declaraciones también fue arrestado también don Francisco Brenes y Robles.

     A mediodía del 24 de diciembre, mientras las familias josefinas se preparaban para celebrar la Nochebuena, don Antonio Vallerriestra efectuó una nueva visita a don Pedro Quirós. Según declaró éste más tarde, el peruano

     "…le manifestó el disgusto y descontento general que existía en el país con la actual administración, y que no ofreciendo garantías a los pueblos era necesario a todo trance cambiar la actual administración, poniendo al declarante al frente de la nueva que se creara como Presidente de la República, por reunir el asentimiento y beneplácito de todos los ciudadanos notables de la República… "

     Mano Pedro intentó defender al inocuo Doctor Herrera, diciendo que ningún daño había causado y estaba lleno de los mejores deseos, pero Vallerriestra insistió en sus argumentos. Quirós, no se sabe si jugueteando de veras con la posibilidad de alcanzar el mando supremo o de sonsacar al visitante, empezó a discutir con éste sobre quiénes, en la eventualidad de un cambio de gobierno, podrían formar parte del eventual nuevo gabinete. Vallerriestra mencionó los nombres del ex Presidente don José María Castro Madriz y del ex Canciller don Luis Sáenz Carazo, a los que Quirós agregó los de otros dos ex Secretarios de Estado, don Ramón Aguilar Cubero y don Salvador Jiménez Blanco. Según Vallerriestra, Don Pedro, además de Presidente, sería Comandante en jefe del ejército, lo cual, por supuesto, quería decir au revoir al General Guardia. A éste podría enviársele con una misión diplomática a Europa, "porque no convenía que estuviera en el país."

     Los hermanos Quirós deben haber tenido largas conversaciones durante aquellas extrañas Navidades del 76, preguntándose si habría alguna conexión entre el atentado cometido por su sobrino y la conspiración contra Guardia (y Herrera) que diplomáticamente auguraba Vallerriestra. A fin de cuentas, por la razón que fuese, decidieron poner oídos sordos a la tentación de librarse del ausente Amo, y abrir una investigación sobre todo lo sucedido.

     En la mañana del 27 de diciembre, don Pablo puso oficialmente en autos del atentado contra su hermano a don Pedro Acosta, Juez del Crimen y Auditor de Guerra, a fin de que iniciara la indagatoria correspondiente. Acosta se dirigió enseguida al Cuartel de Artillería, donde tomó declaración a mano Pedro. Interrogó también a Justo y a Vicente Quirós y a Ildefonso Soto. Vicente refirió todo lo sucedido, con lujo de detalles, pero Soto negó enfáticamente los cargos e insistió en su versión de que el autor del hecho había sido Justo Barriento. Al día siguiente rindieron testimonio dos cogedoras de café de la hacienda de Soto, que no aportaron nada nuevo, y el 29 de diciembre el juez llamó a declarar a don Lorenzo Quirós y Jiménez y a otros vecinos de San Juan. El pobre don Lorenzo, que se veía incómodamente colocado entre el afecto a su hijo y la barbaridad cometida por éste en perjuicio de su hermano, fue parco en sus manifestaciones y casi que solamente se refirió a las instancias hechas a sus hijas por la mujer de Soto en los días posteriores al atentado.

     El juez también tomó declaración a don Chico Brenes, quien dijo no saber absolutamente nada de lo sucedido y manifestó que creía estar detenido por el disgusto que en 1871 lo había enfrentado con mano Pedro. Agregó que no tenía relaciones con Ildefonso Soto y que no lo había visto desde hacía como un año.

     Pocos josefinos estaban enterados de los avatares de la investigación. La prensa, amordazada por un draconiano decreto desde los días iniciales del gobierno de Herrera, no había dedicado una sola línea al atentado contra don Pedro Quirós, y en todo caso la atención de las gentes se concentraba en la llegada a San José, el 29 de diciembre, del Obispo titular de Abidos Luigi Bruschetti, primer representante papal que pisaba suelo costarricense. Monseñor Bruschetti, hombre de maneras finas y agradables, prudente e ilustrado, no venía solamente en calidad de Delegado Apostólico, sino que también debía hacerse cargo del gobierno de la diócesis de Costa Rica, vacante desde el fallecimiento del Obispo Llorente en 1871. La Gaceta informó que

     "En la Estación de esta Capital fue recibido por el Gobernador y muchas personas particulares, estando presente un gran concurso de gente ansiosa de conocer a su Pastor. La comitiva se dirigió de allí a la Iglesia de la Merced, que actualmente desempeña el servicio de Catedral, en donde se cantó otro solemne Te Deum. Enseguida fue conducido Su Señoría Ilustrísima, con su numerosa y escogida comitiva y seguido del pueblo, a la parte del Palacio Presidencial que se le había preparado provisionalmente para su residencia. Allí fue recibido por Su Excelencia el Presidente de la República, quien estaba acompañado de algunos miembros del Consejo de Estado, de los Jefes Militares y de otras personas caracterizadas de esta Capital…"

     Mientras los Quiroses acompañaban al beato Presidente Herrera en la recepción del prelado, el agobiado juez Acosta continuaba recogiendo testimonios. En esa tarea tuvo que pasar los últimos días del año, domingo 31 inclusive. No había nuevos indicios, pero, por si las moscas, el 2 de enero de 1877 el Gobierno dispuso el confinamiento, en lugares bien alejados, de dos connotados adversarios del régimen. Don León Fernández Bonilla, distinguido abogado alajuelense y viudo de una hermana del General Guardia, fue enviado al remoto pueblo de Tucurrique, y su coterráneo don Jesús Soto Quesada, veterano de la Campaña del 56, al todavía más remoto de Nicoya. Como no había Constitución vigente ni garantías individuales, todo se podía hacer a la brava, sin juicio ni cosa que se le pareciera.

     El mismo 2 de enero, el Juez Acosta llamó a declarar a don Antonio Vallerriestra y le preguntó sobre sus visitas al General Quirós. Vallerriestra admitió haber hablado con mano Pedro sobre la situación política del país y haberse lamentado de que en la revolución de julio del 76 no hubiesen proclamado Presidente a su interlocutor en lugar del Doctor Herrera, contra el que tenía algunos resentimientos. Reconoció haber expresado a Quirós su deseo de verlo en el poder si ocurría otro golpe, pero quizá temiendo correr la suerte de los confinados Fernández y Soto, negó haberse referido específicamente a una conspiración en marcha y "aclaró" que

     "… al tocar el particular de establecerse un Gobierno estable y definido, como se lo dijo al Señor General Quirós, no debía ser por medios violentos sino en el concepto de que, conociendo el señor Herrera esa necesidad, designara la persona que debía encabezar el nuevo gobierno, haciendo uso de la autorización que tiene al efecto y que era probable que fuera el General Quirós la persona elegida por su elevado carácter, por su buena reputación sobre todo en lo militar y por ser una persona generalmente respetada y estimada."

      Por supuesto que nadie se iba a tragar semejante cuento. Todo el mundo sabía que lo de las facultades omnímodas de Herrera era una fábula, y que el despintado Presidente jamás se hubiese atrevido a dar un paso de tal magnitud sin una orden específica de don Tomás Guardia. En cuanto a las flores para el General Quirós, de poco le iban a servir al peruano, si Guardia, a su regreso, decidía sacarse el clavo por la insinuación de que debía irse a Europa en misión diplomática.

     En la tarde del 2 de enero, no habiendo más personas a las que interrogar, el Juez Acosta pasó el expediente al Comandante General pro tempore, y al día siguiente mano Pablo la remitió a la Secretaría de Guerra y Marina, para lo que su titular tuviese a bien resolver. Sin embargo, antes de que la Secretaría tomase cartas en el asunto, don Pablo dispuso que el Juez Acosta recibiese nuevamente declaración a Ildefonso Soto.

     Quizá los tratamientos a la Quirós que habitualmente se ofrecían en los cuarteles a los conspiradores habían rendido fruto, porque esta vez, Soto no se anduvo por las ramas. Declaró que anteriormente había ocultado la verdad

     "… por consideraciones al Cura de su barrio Presbítero Don José María Brenes, y por temor de que éste con su carácter sacerdotal le echase alguna maldición; y también por temor de sus hermanos que son Abogados, no dijo la verdad cuando debía descubrir a Don Francisco Brenes Robles…"

     Sin duda, el muy tangible chilillo de roble de mano Pablo era más convincente que el miedo a las hipotéticas maldiciones clericales, porque Soto refirió con todo detalle su conversación con Justo Barriento y explicó cómo había propuesto a Vicente Quirós que cometiese el asesinato por la suma de quinientos pesos. Barriento, que debía estar maldiciendo el momento en que se le ocurrió abrir la boca, fue llamado a declarar y por supuesto negó los hechos. En términos jurídicos, alguna responsabilidad podía caberle, por haber participado, aunque fuese indirectamente, en la preparación del delito, pero fue dejado en libertad.

     A las dos de la tarde del 5 de enero, Acosta confrontó a Ildefonso Soto y a don Chico Brenes. Ambos se aferraron a lo declarado, y por más que se instaron recíprocamente a decir la verdad, no variaron sus versiones de lo ocurrido. A lo más que llegó Brenes fue a aceptar que se había equivocado al decir que hacía más de un año que no se veían y a reconocer que en agosto del 76 había enviado a Soto a llevar a Justo Barriento un caballo suyo para pedirle que lo vendiese.

     El 9 de enero, don Pablo Quirós pasó el expediente a la Secretaría de Guerra y Marina, que estaba a cargo de don Saturnino Lizano Gutiérrez, yerno y primo del General Guardia. Con una celeridad pasmosa, Lizano emitió ese mismo día una resolución en los términos siguientes:

     "Despacho de la Guerra. Palacio Nacional. San José, Enero nueve de mil ochocientos setenta y siete.

     Tomadas en consideración las presentes diligencias, instruidas para averiguar los autores del delito de tentativa de homicidio en la persona del Señor General Don Pedro Quirós; apareciendo confeso Vicente Quirós de haber disparado un arma de fuego sobre dicho General así como también las vacilaciones y contradicciones de Ildefonso Soto y demás resultancias contra él, producen convicción moral de que tuvo participación principal en aquel inicuo atentado: que en cuanto a Don Francisco Brenes Robles, no hay mérito bastante para formar una plena convicción de ninguna especie. Atendiendo a las circunstancias de las personas citadas; de acuerdo con el unánime dictamen del Consejo de Estado, y a virtud de las amplias facultades de que el Presidente se halla investido, gubernativamente dispone: confinar a Vicente Quirós al Limón y a Ildefonso Soto a San Lucas, y en cuanto a Don Francisco Brenes, que quede en libertad bajo caución de diez mil pesos; todo sin perjuicio de quedar la causa abierta para continuarla si en lo adelante se presentaren nuevas pruebas. Comuníquese. Lizano."

     La sentencia no se fundaba en más ley que las "amplias facultades" del Doctor Herrera, a quien a lo mejor ni se le pidió criterio. Lo del "unánime dictamen" del Consejo de Estado parece haber sido pura mitología, porque el tal Consejo, nombrado con bombos y platillos en setiembre de 1876, no había tenido más reunión que la inaugural y pintaba todavía menos que el Presidente. De más está decir que su supuesta opinión "unánime" no se adjuntó al expediente…

     La ley vigente en materia criminal -el vetusto Código General de Carrillo- penales castigaba el delito de Vicente con pena de cuatro a ocho años de presidio y extrañamiento perpetuo del territorio nacional; pero al parecer don Saturnino ni se tomó la molestia de consultarla, puesto que al frustrado homicida se le impuso la mucho más leve pena de confinamiento en Limón. Quizá se quiso guardar alguna consideración a don Lorenzo Quirós. Ciertamente el Limón de 1877 no se parecía ni de lejos a la Costa Azul, pero resultaba un lugar bastante menos desagradable que el presidio de San Lucas, donde al parecer fue parar Ildefonso Soto. Lo curioso es que en ninguno de los dos casos se fijó término al confinamiento.

      Al parecer, los Quiroses no quedaron muy contentos con la virtual exculpación de Brenes Robles, a quien cabía considerar como el verdadero instigador de la tentativa de homicidio. El 11 de enero de 1877, mano Pablo, al parecer decidido a que se procesase a don Chico a como hubiera lugar, dio instrucciones al Juez Acosta para que ampliase la causa con unos testimonios nuevos, pero éstos no aportaron ningún indicio en contra del acaudalado comerciante.

     Don Pablo exhumó también algunos viejos expedientes judiciales de 1870, relativos a desórdenes ocurridos en Guadalupe. En ellos se hacían referencia a las lesiones de que había sido víctima un vecino de ese pueblo, Francisco Castro, al parecer por instigación de los hermanos Brenes, con quienes estaba enemistado. El mismo 11 de enero se presentó ante el Juez Acosta un militar llamado Francisco Zeledón y declaró que en 1870 don Chico Brenes le había ofrecido una cuantiosa recompensa si mataba a Castro, pero que a fin de cuentas él no se había decidido a cometer el crimen. Había un evidente paralelismo entre esa oferta y la hecha o transmitida a Ildefonso Soto, pero el Juez, con mucha lógica, parece haber considerado que eso nada probaba contra Brenes, puesto que éste continuó en libertad y el expediente de la tentativa de homicidio contra mano Pedro, debidamente foliado y rotulado, fue a dormir el sueño de los justos a los archivos judiciales.

     En setiembre de 1877 don Tomás Guardia se aburrió de tener al dócil doctor Herrera jugando de Presidente, y lo mandó para su casa sin muchos miramientos. Poco después convocó a una especie de junta de notables, que "recomendó" que don Tomás asumiese la primera magistratura. Algunos días después, Guardia emitió un decreto mediante el cual se permitía 

     "Pueden volver libremente a sus hogares y al pleno goce de sus derechos, todos los costarricenses que por acontecimientos políticos anteriores se encuentren fuera de aquéllos..."

     Posiblemente Vicente Quirós e Ildefonso Soto, al igual que don León Fernández Bonilla y don Jesús Soto Quesada, pudieron volver a sus casas gracias a esta amnistía. Aparentemente aprendieron la lección, porque no hay indicios de que volviesen a meterse en planes criminales. El que sí los concibió en mayo de 1881, y nada menos que contra el mismísimo Guardia, fue mano Pedro, a quien a fin de cuentas se le despertó el apetito por la silla presidencial. Sin embargo, don Tomás se enteró del asunto y tomó medidas para prevenir el atentado, entre ellas la de informarle al General Quirós que conocía perfectamente sus intenciones y que el Coronel Don Raimundo Jiménez, Comandante del Palacio Presidencial,

     "… tenía orden mía de fusilarlo a usted, arrimado a esa pared, inmediatamente que supiese que yo había sido asesinado."

     Don Víctor Guardia, hermano mayor de don Tomás, consignó en sus memorias que mano Pedro se puso mustio y no atinó a pronunciar palabra. Quizá esa fue la única vez en su vida que el brusco militar sintió miedo; pero Guardia no tenía madera de homicida y se contentó con asustarlo. Ni siquiera lo destituyó de su cargo de Comandante de Plaza de San José.

Coronel Raimundo Jiménez

     La magnanimidad del Presidente fue fatal para don Raimundo Jiménez. En la mañana del día siguiente, cuando el Comandante de la Guardia Presidencial cabalgaba con rumbo a su hacienda El Raicero, situada a unos once kilómetros de distancia de San José, un sujeto se le acercó y le descargó dos machetazos. Las heridas no eran mortales, pero se le infectaron y el desventurado militar murió tres días después. El homicida fue aprehendido, pero sólo dijo que le habían encargado dar muerte al Coronel Jiménez "porque estorbaba" y nunca quiso confesar los nombres de los instigadores del crimen. Según escribió Don Víctor Guardia, el único que sabía que Jiménez pasaría por allí esa mañana era el General Quirós…

     Si don Pedro Quirós y Jiménez tuvo algo que ver en la muerte del desdichado Coronel Jiménez -ocurrido en circunstancias parecidas a las del atentado ocurrido en su contra en 1876-, demostró más habilidad que su sobrino Vicente e Ildefonso Soto, porque no se probó nada en su contra y ningún tribunal terreno lo procesó. Sin embargo, apenas sobrevivió un par de años a Jiménez: aquejado por una tisis crónica, falleció en San José a las dos de la madrugada del 1° de mayo de 1883. Ya para entonces había muerto también el General Guardia y ocupaba la primera magistratura uno de sus cuñados, don Próspero Fernández. Éste envió al Coronel don Matías Brenes a casa de la familia Quirós, para ofrecer que las exequias de mano Pedro revistiesen las solemnidades de un entierro oficial, pero los parientes, en cumplimiento de los deseos del difunto, declinaron el homenaje.

     Dos bisnietos de mano Pedro, don José Joaquín Trejos Fernández y don Daniel Oduber Quirós, fueron Presidentes de la República, y un tercero, don Carlos Humberto Rodríguez Quirós, fue Arzobispo de San José.


BIBLIOGRAFÍA: 

ARCHIVO NACIONAL DE COSTA RICA, Sección Histórica, Archivo de Guerra, documento N° 5534; Colección de las leyes, decretos y órdenes expedidos por los Supremos Poderes Legislativo y Ejecutivo de Costa-Rica en el año de 1877, San José, Imprenta de la Paz, 1ª. Ed., 1878;  DE LA GOUBLAYE DE MENORVAL Y RODRÍGUEZ-QUIRÓS, YVES, La antigua e ilustre casa noble de la Goublaye (1350-1982), San José, Trejos Hnos. Sucs., S. A., 1982; GUARDIA GUTIÉRREZ, Víctor, Memorias del señor Víctor Guardia Gutiérrez, General de División del Ejército de Costa Rica, en Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, Documentos históricos, San José, Imprenta Nacional, 1ª. Ed., 1990; JIMÉNEZ QUIRÓS, Otto, Árbol criollo, Cartago, Editorial Irazú, 1ª. Ed., 1964; La Gaceta, 1876-1877; OBREGÓN QUESADA, Clotilde María, Nuestros Gobernantes, San José, Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1ª. Ed., 1999; QUIRÓS AGUILAR, Ernesto, Los Quirós en Costa Rica, San José, Imp. Trejos Hermanos, 1ª. Ed., 1948; SÁENZ CARBONELL, Jorge Francisco, Los días del Presidente Lizano, San José, EUNED, 1ª. Ed., 1997; SANABRIA M., Víctor, La primera vacante de la Diócesis de San José, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1973.

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LA VILLA DE BRUSELAS, quincena 2, noviembre del 2000
La dieta de Sonsonate, quincena 1, noviembre del 2000
El Cónsul General en Egipto, quincena 2, octubre del 2000
La Bella Inglesa, quincena 1, octubre del 2000
El Obispo que no fue, quincena 2, setiembre del 2000
La Ultima Reina de Costa Rica, quincena 1, setiembre del 2000
 

Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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