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El Siniestro Meneer Mansvelt

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 2, Diciembre del 2000

 

     Episodio bien conocido de nuestra historia es el de la invasión que protagonizó en la vertiente atlántica un grupo de 800 piratas que desembarcó en Portete el 8 de abril de 1666 y que avanzó hacia el interior de la entonces Provincia de Costa Rica. Después de haberse apoderado sin dificultad del poblado indígena de Turrialba, donde cometieron diversas tropelías, los visitantes en cuestión creían que la toma de la ciudad de Cartago iba a ser cosa muy sencilla. Entre carcajadas decían que tomarían allí chocolate con el Gobernador Don Juan López de la Flor y Reinoso y preguntaban si las cartaginesas eran bonitas, sin duda relamiéndose de antemano con el acostumbrado menú de violaciones con que acostumbraban sazonar sus fatídicas jornadas.

     Para los hispanoamericanos del siglo XVII, los piratas no tenían nada de la aureola romántica que les dieron más tarde las novelas de Emilio Salgari y las películas de Hollywood. La verdad pura y simple es que se trataba de hampones de la peor calaña, dedicados a robar, incendiar, violar, asesinar y demás lindezas, con la tolerancia o la complicidad de Su Majestad Británica, del Cristianísimo Rey de Francia o de algún otro de los muchos enemigos, declarados o no, que tenía en Europa Su Majestad Católica el Rey de España y de las Indias.

     El Gobernador López de la Flor, veterano de las guerras de Flandes (eso que un autor llamó el Vietnam español), tuvo noticia de la llegada de los bucaneros gracias a la heroicidad de un indígena de Teotique, Esteban Yapirí, quien bajo un diluvio de balas bucaneras logró escapar de Matina y dar aviso de lo que sucedía. Con más valor del que correspondía a los escasísimos elementos de guerra disponibles, López de la Flor partió de Cartago con el propósito de enfrentar a los pavorosos visitantes.

Don Juan López de la Flor

     A los piratas de 1666 no les fue ni regular en Costa Rica, caso verdaderamente notable en los anales de su amable gremio. En el paraje de Quebrada Honda, una patrullita de cuatro gatos dirigida por el sargento mayor Alonso de Bonilla hizo fuego contra los bucaneros, que se retiraron a toda prisa, quizá pensando que les atacaba una fuerza mucho mayor. Con la escasa tropa de López de la Flor pisándoles los talones, los forajidos prácticamente no detuvieron su carrera sino hasta el Portete, donde habían quedado sus naves. Sin ningún ánimo de imitar a Hernán Cortés, izaron velas, levaron anclas y partieron hacia la bahía del Almirante, al sudeste del río Sixaola. Allí permanecieron con sus barcos permanecieron durante algún tiempo, hasta que emprendieron otra correría para saquear las comarcas de Veragua y Coclé.

 

     La retirada de los corsarios fue tan súbita e inexplicable, que los habitantes de Costa Rica la atribuyeron a un milagro de la Inmaculada Concepción, venerada en uno de los pueblos del valle del Reventazón bajo la advocación de Nuestra Señora de Ujarrás. La gratitud provincial (hoy diríamos nacional) dio como resultado que en el pueblo donde se hallaba la imagen se construyese un templo que para la paupérrima Costa Rica de aquellos tiempos debió parecer de aires catedralicios y en cuya portada se talló, con cierta licencia ortográfica, la inscripción Viva Nuestra Señora del Reskate. Todavía hoy, la Virgen de Ujarrás, declarada Capitana Nacional, es la Patrona de la fuerza pública costarricense.

Virgen de Ujarrás

      Todos los textos que relatan el episodio de 1666 indican que al frente de la invasión pirata venían dos jefes, "Mansfeld y Morgan". Del galés Henry Morgan, que era el segundo de la expedición, se conocen bastantes cosas, y ciertamente nada agradables. Por ejemplo, es legendario el horrible saqueo de que en 1671 hizo víctima a la antigua ciudad de Panamá, cuyo pavoroso incendio no dejó más vestigio que las ruinas hoy llamadas Panamá Viejo y obligó a los sobrevivientes a trasladarse a su actual emplazamiento. Muchas otras bondades similares hizo en su agitada vida ese psicópata asesino con el nada disimulado aplauso de la Corte de Saint James, que le dio la dignidad de caballero y los cargos de Comisario del Almirantazgo y Teniente de Gobernador de Jamaica. Enriquecido y respetado, aunque nada respetable, murió tranquilamente en esa isla, en 1688, y es de suponer que tan fresco como una lechuga.

     Si Morgan, con semejante pedigree, era un lugarteniente en 1666, puede calcularse la clase de angelito que sería su superior. Sin embargo, los diccionarios y enciclopedias, que dedican muchos y largos párrafos a las andanzas de Mister Morgan, guardan silencio sobre la fracasada expedición a Costa Rica, y por consiguiente poco o nada nos dicen sobre su jefe de entonces. Por su parte, los historiadores costarricenses suelen ser muy parcos a la hora de referirse a él. Hasta con el nombre anda la cosa medio revuelta: algún documento costarricense del siglo XVII hace referencia al fulano como el General Mánflet; en textos más modernos se le llama Mansfeld, lo cual suena a alemán, y en otros Mansfield, a la inglesa.

     Lo cierto es que el caudillo del frustrado tour de 1666 no era General (aunque aparentemente los británicos lo hicieron Almirante), y tampoco era alemán, ni inglés. El jefe pirata se llamaba Eduard Mansvelt  y era originario de los Países Bajos. Los holandeses, como consecuencia de los pleitos de religión, se habían sublevado desde el siglo anterior contra Su Majestad Católica, y no pocos de ellos nutrían las filas de los corsarios.

     Desde 1664, el Gobernador de Jamaica era Sir Thomas Modyford, quien había logrado obtener de Londres la autorización para contratar a los piratas como mercenarios de Su Majestad Británica (pagados con el botín que obtuviesen de sus víctimas) y darles patentes de corso, es decir, autorizaciones legales para dedicarse a sus seráficas actividades. Sin embargo, los contratados, en su mayoría franceses y holandeses, no habían resultado ser nada confiables y no pocas veces contrariaban las miras del caballero Modyford. Por ejemplo, solían ser muy reacios a atacar las posesiones de Francia o de los Países Bajos en el Caribe, y preferían optar por el saqueo de las ciudades españolas, a pesar de que en aquellos momentos teóricamente reinaba la paz entre los Estuardos de Londres y los Austrias de Madrid.

     Meneer Eduard Mansvelt, o Mister Edward Mansfield, como posiblemente le llamaron sus patronos de la soberbia Albión, fue uno de los reclutados por Modyford, quien en alguna oportunidad lo comisionó para atacar Curazao. Entre 1665 y 1666 se dedicó a hacer barbaridades por las costas de Cuba y el Reino de Guatemala. Al parecer, cuando Mansvelt visitó Costa Rica era ya todo un experto en las fechorías del oficio, puesto que Don Ricardo Fernández Guardia, en su crónica Los bucaneros retroceden, se refiere a él como "el viejo Mansfelt, cruel azote de las posesiones españolas del mar de las Antillas".

Eduard Mansvelt

     Como indicamos, después de su fracaso ante la magra tropa de Alonso de Bonilla, Mansvelt y sus gentes saquearon Veragua y Coclé; pero el ridículo que habían hecho en Costa Rica, donde todo el mundo sabía que no había ni media fortificación, posiblemente no contribuyó a acreditar al holandés a los ojos de sus colegas ni de las autoridades británicas. Y bien podría haberse dicho que Nuestra Señora de Ujarrás saló a Mansvelt, porque su siguiente proyecto le resultó fatal.

     Algunos años antes de las andanzas de Mansvelt, grupos de piratas se habían asentado en la pequeña isla Tortuga, ubicada frente a la costa septentrional de la isla Española, en la parte hoy correspondiente a la República de Haití. La Tortuga adquirió triste celebridad en el siglo XVII como sede principal de la piratería, que en buen romance quería decir del crimen organizado del Caribe, y su solo nombre era para parar el pelo a cualquiera, dada la clase de gentes que allí buscaban refugio. A Mansvelt, quien debió ser huésped frecuente de la Tortuga, se le ocurrió que podía fundar una comunidad semejante en otra de las islas del mar de las Antillas, otra republiquita de criminales dedicada a darle qué hacer a los odiados españoles.

     Para ubicar la caritativa sucursal, el viejo holandés eligió la rocosa isla de Providencia, ubicada al este de la llamada Costa de Mosquitos, la extensa y selvática región que hoy constituye la costa atlántica de Nicaragua, y decidió apoderarse de ella. En alguna oportunidad, un grupo de puritanos ingleses había ocupado la isla, pero los españoles la habían recuperado en 1641 y desde entonces la conservaban en su poder.

     En Providencia no había oro para robar, ni mujeres para violar, pero el lugarejo resultaba (o podía resultar) una base de operaciones muy conveniente. La isleta estaba situada en las inmediaciones de la ruta marítima muy transitada entonces por las flotas españolas, en un triángulo cuyos vértices eran Cuba, el puerto hondureño de Trujillo y el panameño de Portobelo. Desde Providencia, los bajeles bucaneros podrían hacer viajes cortos para atacar las naves hispanas y apoderarse de sus cargamentos y de las personas a las que se perdonase la vida por alguna razón (por lo general relacionada con la posibilidad de pedir un rescate, si la víctima parecía tener medios, o con el abuso sexual, si era mujer y bonita).

     Al frente de un buen grupo de forajidos, Mansvelt se apoderó por sorpresa de la isla, y decidió partir a Jamaica para dar cuenta de su nueva hazaña y solicitar el respaldo de las autoridades británicas. Quizá pensaba que con la toma de Providencia se reivindicaría ante los demás bucaneros y ante los británicos y quedaría borrado y olvidado el papelón que había hecho en Costa Rica. Al parecer, también tenía la intención de reclutar en Jamaica otro contingente de aventureros para aumentar la población de Providencia y el volumen de sus cristianas operaciones.

     Meneer Eduard hizo que sus gentes levantasen en Providencia algunos asomos de fortificación, sin duda para prevenir un posible ataque de los españoles, y acto seguido partió para Jamaica. En la isleta quedó una guarnición de cien hombres, al mando de un pirata francés llamado Simon.

     La capital de Jamaica, y residencia del Gobernador Modyford, era la bulliciosa ciudad de Port Royal, donde corría el ron a raudales y se podía encontrar a la flor y nata de los más buscados por la justicia española, cuando no andaban trabajando o veraneando en la Tortuga. La llegada de Mansvelt, por consiguiente, no constituía ninguna sensación; pero es posible que el viejo holandés pensase que la noticia de la toma de Providencia y su proyecto de Tortuga II la producirían, y muy orondo se dirigió al Gobernador para solicitar su auxilio o, en otras palabras, el de la Corona británica. Incluso hasta se ha planteado la posibilidad de que Sir Thomas hubiese estado originalmente detrás de todo el plan, ya que según parece uno de sus hermanos, el también caballero James, anduvo metido en Providencia.

     Sin embargo, cuando Mansvelt llegó a Port Royal, se encontró con la sorpresa de que Modyford rechazaba sus peticiones. Ciertamente, las autoridades de Jamaica solían ser más que amigables con los piratas, y se hacían de la vista gorda ante muchas de sus rapiñas. Pero una cosa el saqueo de un galeón por aquí y una ciudad por allá, y otra muy distinta respaldar el establecimiento de una base pirata en tierras ajenas. Su Graciosa Majestad Carlos II  estaba oficialmente en paz con su colega español del mismo nombre y número, y no le complacería que Modyford o sus subalternos originasen dificultades diplomáticas.

     Por mucho que en lo personal detestase a los españoles, y demostrando un celo poco frecuente, el Gobernador no se limitó a rehusar al holandés el auxilio solicitado, sino que además prohibió bajo pena de muerte efectuar cualquier reclutamiento de hombres para el proyecto de Providencia.

     La actitud de Modyford debe haber sacado de sus casillas a Mansvelt, pero por supuesto éste que no estaba en condiciones de desafiar la autoridad de aquél en Port Royal, donde al representante de Su Majestad Británica no le costaría demasiado encontrar voluntarios para acortarle la vida al viejo pirata.

     Despechado, Mansvelt abandonó Jamaica, posiblemente maldiciendo en lengua holandesa y dedicando cariñosos  epítetos a la señora madre del Gobernador. Pero no regresó a Providencia a dar cuenta del fracaso de sus gestiones, sino que puso rumbo a la isla Tortuga. A buen seguro pensaba efectuar allí el reclutamiento que le habían impedido hacer en Port Royal y convertir el proyecto de Providencia en un asunto particular. En la Tortuga, selecto club de la más calificada escoria, no le saldrían con estupideces… Como indican los historiadores Parry y Sherlock, "Para los bucaneros un tratado de paz significaba meramente un cambio del empleo público a la empresa privada."

     La realización del funesto plan de Mansvelt posiblemente hubiese tenido graves y por demás negativas repercusiones para Costa Rica, dada la corta distancia entre ésta y Providencia, la absoluta falta de defensas de la costa atlántica costarricense y los sentimientos que el holandés debía albergar por nuestra tierra. Pero los molinos de Dios no descansaban. Cuando los bajeles del pirata surcaron las aguas caribeñas con rumbo a la Tortuga, tuvieron la mala, malísima pata de encontrarse con naves españolas armadas. Los soldados de Su Majestad Católica lograron capturar a meneer Mansvelt, y con legítimo orgullo, se dirigieron hacia Portobelo, el principal puerto del Reino de Tierra Firme o Panamá.

     Portobelo tenía buenos motivos para detestar a los piratas, que ya la habían hecho víctima de diversos horrores, y ciertamente el curriculum de Mansvelt no era para enternecer a nadie. Como si fuera poco, la isla de Providencia estaba comprendida en la jurisdicción de la Real Audiencia y Chancillería de Panamá, por lo que a las autoridades locales les debe haber parecido doblemente simpática la posibilidad de hacer un escarmiento.

     La justicia española fue, como era previsible, rápida e inexorable. En la plaza mayor de Portobelo, de seguro ante un nutrido y regocijado grupo de espectadores, el hacha del verdugo cortó la cabeza del forajido.

     Don Juan López de la Flor y Reinoso sobrevivió muchos años al pirata con quien nunca se vio ni tomó chocolate. En 1670, cuando se cumplió su período como Gobernador, Don Juan escribió al Rey Don Carlos II (el de Madrid, por supuesto) para indicárselo y decirle que

"… no queda lugar más de obrar más salvo el ocupándome en plaza de guerra de su servicio, donde puede obrar lo que alcanzo para reprimir tan insolentes arrojos de los ingleses y tantos excesos con que manejan las armas, disimulando los robos con apariencia de necesidad y permisión de Su Majestad de la Gran Bretaña, a quien debe Vuestra Majestad dar a entender lo mucho que sus vasallos exceden de los tratados y costumbres de guerra…"

     Después de enviudar de su primera mujer Doña Margarita Watecant y de entregar el mando de Costa Rica a su sucesor Don Juan Francisco Sáenz-Vázquez de Quintanilla (a quien tocó enfrentar una invasión pirata aún más numerosa que la de 1666), López de la Flor partió a España, pero no tardó en volver a las Indias. Se estableció en Panamá, donde en 1684 pasó a segundas nupcias contrajo su segundo matrimonio  con una dama panameña. Testó en el Castillo de Chagre el 29 de abril de 1694 y es de suponer que falleció poco después.

BIBLIOGRAFÍA: CASTRO Y TOSI, Norberto de, Los López de la Flor en Costa Rica, en Revista de los Archivos Nacionales, San José, números 11 y 12, noviembre y diciembre de 1945, pp. 609-624; FERNÁNDEZ, León, Historia de Costa Rica durante la dominación española 1502-1821, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1975; FERNÁNDEZ GUARDIA, Ricardo, Crónicas coloniales de Costa Rica, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1967; MEJÍA, Medardo, Historia de Honduras, Tegucigalpa, Editorial Universitaria, 1ª. Ed., 1983, vol. I; PARRY, J. H., y SHERLOCK, P. M., A short history of the West Indies, London et al., 3ª. reimpr. De la 2ª. ed., 1968. PRADO, Eladio, Novena a Nuestra Señora de la Limpia Concepción del Rescate de Ujarrás, San José, 3ª. Ed., 1952.
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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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