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La Candidatura Simpática

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 1, Diciembre del 2000

 
    En la madrugada del 14 de marzo de 1885 murió súbitamente en la villa de Atenas el General don Próspero Fernández Oreamuno, Presidente de la República desde 1882. El inesperado fallecimiento de don Próspero dio lugar a muchos comentarios, e incluso en algunos círculos se dijo que había sido envenenado.

     De conformidad con lo dispuesto por la Constitución de 1871, ascendió al mando supremo el Licenciado don Bernardo Soto, Primer Designado, quien debía dirigir los destinos de la República hasta el 8 de mayo de 1886, fecha final del período para el cual había sido elegido el extinto. El Congreso Constitucional, dominado por un servilismo pasmoso, se apresuró a ascender al nuevo gobernante al grado de General de División y a declararlo Benemérito de la Patria.

General Bernardo Soto Alfaro

     Don Ramón Bernardo Soto Alfaro, que antes de ocupar la presidencia había sido Gobernador de Alajuela y Secretario de Estado, era un hombre muy joven - había cumplido treinta y un años el 12 de febrero de 1885- y por supuesto no podía considerar en absoluto la posibilidad de que su carrera política terminase sin pena ni gloria el 8 de mayo de 1886. Afortunadamente, la Constitución, que vedaba de modo enfático la posibilidad de que un Presidente de la República fuese reelegido para el período inmediato siguiente, no establecía la misma prohibición para quien hubiese ascendido al poder en calidad de Designado… Lógico y natural era pues que don Bernardo, sin pensarlo mucho, decidiese postular su candidatura para las elecciones de 1886, que fueron formalmente convocadas por el Congreso Constitucional el 16 de julio de 1885.

     En la Costa Rica de 1885 no había partidos políticos ni nada que se les pareciese. A pesar de todos los lirismos de la Constitución, lo cierto era que desde 1849 no había habido en el país una elección efectivamente disputada. Después de ese año, todos los Presidentes habían llegado al poder mediante comicios bastante manipulados, en los que la oposición efectiva había brillado por su ausencia. El poder del ejército, sólidamente cimentado en los cuarteles Principal y de Artillería de San José, se había encargado de ayudar a que la democracia costarricense fuese, como escribió don Cleto González Víquez, "una grata ilusión y una dulce mentira". 

     El ejército sin duda apoyaría la reelección de don Bernardo. Su generalato era más formal que otra cosa, ya que no se le conocían proezas militares, pero entre los hombres de uniforme sí que gozaba de fuerte influencia su padre, el también General don Apolinar de Jesús Soto Quesada, veterano de la campaña contra los filibusteros. Don Jesús Soto, como se le llamaba usualmente, era un hombre enérgico, de escasa ilustración y bruscas maneras, a quien sus coterráneos alajuelenses apodaban Tepezcuintle y que en muchos aspectos controlaba la voluntad de su hijo. Desde 1882 era Diputado por Alajuela, y su presencia en el Congreso sin duda contribuía a que la cámara fuese de una docilidad ovejuna y se inclinase ante cualquier gesto del Ejecutivo.

General Jesús Soto Quesada

     Las elecciones presidenciales y legislativas -en 1886 se renovaba la mitad de los Diputados- debían efectuarse según un sistema de dos grados. Los ciudadanos en ejercicio no votaban directamente por los aspirantes a los cargos de elección popular, sino que se limitaban a sufragar por representantes llamados electores. El primer domingo de abril, los electores se congregaban en asambleas electorales en las cabeceras de provincia y comarca, y allí procedían a efectuar la votación definitiva. Por supuesto, para el poder público era cosa bien sencilla controlar o manipular, mediante variados recursos, la voluntad de los electores. La Secretaría de Gobernación solía ser especialmente hábil para este tipo de asuntos, ya que las asambleas electorales se reunían usualmente bajo la mirada vigilante del Gobernador de la respectiva provincia, y como el voto era público, los participantes sabían que cualquier desviación de la línea oficial podía originar ingratas consecuencias durante los siguientes cuatro años.

     Aunque en el gabinete de Soto había gentes muy brillantes, como don Mauro Fernández, don Ascensión Esquivel y don Carlos Durán, no toda la opinión pública veía con simpatía su administración, debido entre otras cosas a la tirante situación existente entre el Gobierno y la Iglesia Católica. En julio de 1884, don Próspero Fernández había expulsado del país al Obispo Monseñor Thiel y a los padres jesuitas, y a nadie se le ocultaba que don Bernardo, entonces Secretario del Interior, había tenido parte principalísima en la proscripción. Además, la inminente entrada en vigencia del Código Civil, aprobado por Soto el 19 de abril de 1885, generaba mucha hostilidad hacia el gobierno por parte de los católicos practicantes, ya que instituía el matrimonio civil y el divorcio vincular, lo que para buena parte de la población era simplemente legalizar el pecado mortal. 

     Soto se deshizo tempranamente de uno de sus posibles adversarios: el General don Fadrique Gutiérrez y Flores, primo del difunto Presidente Guardia y buen amigo del igualmente difunto don Próspero. Al parecer, Gutiérrez barajó la posibilidad de llegar a la primera magistratura; pero a mediados de 1885 se le acusó de estar involucrado en un complot contra el gobierno. Después de un Consejo de Guerra, el General Gutiérrez fue inhabilitado en forma absoluta y perpetua para cargos públicos, se le privó de sus derechos políticos, lo degradó y por último se le expulsó del país. 

     Aquello debió haber dejado bien claro a todo el mundo que Soto se iba a reelegir aunque fuese a la brava, pero aun así había gentes ingenuas que consideraban posible dar la pelea y llevar a otro personaje al Palacio Presidencial.

     Quienquiera que fuese el hombre de la oposición, era previsible que la justa iba a ser de tigre suelto contra burro amarrado. Don Bernardo, por supuesto, no tenía la menor intención de apartarse del poder durante la campaña, ni siquiera por disimular. Tendría a su haber los enormes poderes que le daba la presidencia -que incluían el libre nombramiento y remoción de todos los empleados públicos, desde los Secretarios de Estado hasta los conserjes escolares-, los recursos del erario, los fusiles y cañones de los cuarteles, y las páginas del periódico oficial. La amable normativa electoral, además, prácticamente no establecía prohibiciones en cuanto a la injerencia de los funcionarios públicos en la política electoral.

     A fines de 1885, los círculos antisotistas decidieron postular la candidatura del General don Víctor Guardia para las elecciones del año siguiente. Don Víctor, que tenía cincuenta y cinco años de edad, podía resultar un rival formidable para el joven don Bernardo: era el hermano mayor del difunto Presidente Don Tomás Guardia -que había regido los destinos del país entre 1870 y 1882- y gozaba de un prestigio considerable no sólo entre los militares sino también entre las masas populares. Honesto, capaz y enérgico, no había tenido empacho en enfrentarse con su poderoso hermano cuando lo había creído correcto, y había desempeñado con acierto varios destinos públicos, inclusive la presidencia del Congreso. Además veía con mucho recelo los manejos de los liberales extremistas que rodeaban a Soto, lo que podía atraerle el apoyo del desterrado Obispo Thiel, quien desde Panamá llevaba paso a paso el pulso de los asuntos de Costa Rica.

     Circunstancia bastante incómoda para tirios y troyanos debió ser el parentesco que, por afinidad, ligaba a don Bernardo y a don Víctor, ya que la bella esposa del primero, doña Pacífica Fernández Guardia, llamada en familia Pachica, era sobrina del segundo. Su matrimonio había dado mucho que hablar, y no sin motivo. Al morir don Próspero, el novio de la muchacha era el joven abogado don Ricardo Jiménez Oreamuno, a quien don Bernardo, como nuevo Presidente, se apresuró a exportar a México con una misión diplomática, para acto seguido casarse con doña Pacífica. El matrimonio se efectuó cuando todavía el General Fernández no había cumplido un mes de fallecido y acababa además de fallecer su hermana doña Pacífica de Castro, quien era para peores la madrina de bautismo de la novia.

     Tampoco debieron ser fáciles las cosas para don Carlos Durán Cartín, quien era Secretario de Gobernación y carteras anexas. La cartera de Gobernación era, tradicionalmente, la encargada de hacer que las elecciones costarricenses, se hicieran a gusto y sabor de los círculos oficiales. El problema era que don Carlos estaba casado con doña Lola Quirós Morales, cuya hermana doña Esmeralda era precisamente la esposa de don Víctor Guardia. Sin embargo, también le unían fuertes vínculos de amistad con Soto, y no estaba dispuesto a renunciar a la Secretaría para apoyar a su concuño.

     Los sotistas se organizaron bajo la dirección de un comité formado por don Francisco María Fuentes y Quirós, don Andrés Venegas García, don Manuel Montealegre Mora, don Máximo Fernández Alvarado y don Juan Wenceslao Valenzuela, y adoptaron para su partido la divisa Paz, progreso y libertad. El gobierno de don Bernardo ciertamente había garantizado las dos primeras cosas, pero en materia electoral no parecía muy dispuesto a proteger la tercera, como pronto lo sabrían los guardistas…

     Con el ánimo de evitar que la cuestión religiosa se convirtiese en tema de la campaña electoral, don Bernardo procuró tempranamente neutralizar al proscrito Monseñor Thiel, ofreciéndole veladamente que si apoyaba su candidatura, después de las elecciones le levantaría el destierro. Aquello era, en buen romance, un chantaje. Lo irónico del caso es que en 1884 uno de los pretextos para expulsar al Obispo y a los jesuitas había sido su supuesta intromisión en asuntos políticos, y ahora era el propio gobierno el que pedía al prelado que tomase partido. 

     Muchos sacerdotes, empezando por el Vicario Monseñor Antonio del Carmen Zamora, que gobernaba interinamente la diócesis, se manifestaban reacios a secundar la candidatura de Soto. Otros, como el Canónigo don Francisco Calvo, íntimo amigo del Presidente, cuyo matrimonio había oficiado, empezaron a presionar al Obispo para que respaldase la postulación oficial. Sin embargo, los ataques que la prensa sotista le dirigía al prelado no eran para propiciar las simpatías de éste. 

     Al contrario de lo que había ocurrido en los comicios presidenciales de 1872, 1876 y 1882 -que se desarrollaron sin que hubiera ninguna oposición a las candidaturas oficiales-, la campaña electoral de 1886 despertó gran interés en la prensa costarricense. 

     Era previsible que el diario oficial La Gaceta, obsecuente hasta el cansancio con los gobernantes de turno, apoyase sin reservas la postulación de don Bernardo. Pero además de La Gaceta, la San José de entonces contaba con tres periódicos. El principal era el Diario de Costa Rica, dirigido por el abogado ecuatoriano Víctor Dubarry. El anticlerical escritor don Federico Proaño, también ecuatoriano, y el igualmente anticlerical profesor don Juan Fernández Ferraz, de nacionalidad española, redactaban Otro diario. Y Don José B. Campuzano, quien al parecer era de origen colombiano, tenía a su cargo la redacción de El Nacional (la Constitución tampoco impedía la participación de extranjeros en la política, aunque por supuesto no les permitía votar). Los dos primeros se convirtieron en corifeos de la candidatura de Soto, mientras que el tercero se convirtió en vocero de los guardistas y empezó a publicar artículos virulentos y bien escritos para llevar agua a sus molinos.

     El 5 de enero de 1886, el Diario de Costa Rica incluyó en su primera página un recuadro en el que proclamaba entusiastamente:

"BERNARDO SOTO
ES EL CANDIDATO POPULAR
PARA PRESIDENTE DE
LA REPÚBLICA EN EL
PRÓXIMO PERÍODO
CONSTITUCIONAL."

     De allí en adelante, el periódico no cesó en sus manifestaciones sotistas. Además del recuadro, que se repitió hasta la saciedad, el Diario de Costa Rica dedicó en varias oportunidades su primera página a ensalzar la figura de don Bernardo. La pluma de Dubarry, cáustica y convincente, no tardó en enzarzarse en virulentas polémicas con la de los adversarios de Soto. El Otro Diario se sumó a esos esfuerzos. Adicionalmente, los sotistas empezaron a publicar un Boletín Electoral, en el que incluían manifestaciones del comité del partido, ditirámbicos panegíricos de don Bernardo y listas de adhesiones a su candidatura. Con bastante descaro, uno de los números del Boletín advirtió:

"A nuestros copartidarios hacemos saber que los votos de adhesión que se obtengan deben ser libres y espontáneos.

Rechazaremos todos los que vengan tildados de haber sido obtenidos de otro modo.

El pueblo es libre. El derecho del sufragio es sacratísimo.

Queremos lealtad y que se definan los partidos."

     Por supuesto, La Gaceta también se convirtió en un claro favorecedor de la candidatura oficial. El 28 de enero, el diario oficial reprodujo un manifiesto del comité sotista, titulado A nuestros conciudadanos, en el que se exponían largamente los méritos de don Bernardo, y una larga nómina de partidarios de éste. La lista la encabezaba el Canciller de la República, don Ascensión Esquivel, y en ella figuraban también el ex Presidente don Bruno Carranza, el Presidente de la Corte Suprema de Justicia don Vicente Sáenz Llorente y otros muchos ciudadanos prominentes. 

     Entre aquella ola de parcialidad gubernamental y periodística, El Nacional era el único que mantenía la candidatura del General Guardia y atacaba la oficial, polemizando con los otros periódicos. Soto no hacía campaña propiamente dicha, pero dejaba que sus partidarios la hicieran y no parecía molestarse en absoluto cuando se organizaban manifestaciones "espontáneas" a favor de su candidatura, como la que efectuó un nutridísimo grupo de artesanos de San José frente al Palacio Presidencial el 2 de febrero de 1886, con música y antorchas. El joven gobernante salió complacidamente al balcón principal del edificio, y lanzó vivas al trabajo, la Constitución, la ley y la libertad. El Secretario de Guerra y Marina, don Santiago de la Guardia, dispuso que las bandas militares acompañasen a los artesanos en el desfile que acto seguido efectuaron por las calles de la capital, antes de regresar al Palacio para ser obsequiados con un "animadísimo refresco" por el gobernante.

     Pero los sotistas, a pesar de contar con toda la maquinaria gubernamental a su favor, no las tenían todas consigo. El General Guardia era muy querido por el pueblo, y las páginas de El Nacional se estaban volviendo altamente irritantes. Las autoridades decidieron entonces pasar de la parcialidad a la presión, del modo más desfachatado. Según relató el propio Guardia en sus memorias,

"La aversión de que en esos días fui objeto no tiene ejemplo. Mis amigos políticos eran confinados en Sarapiquí o Talamanca… No parecía sino que los partidarios de mi candidatura hubieran sido grandes criminales."

     Las elecciones de primer grado debían celebrarse a fines de febrero. Para escoger a los electores, los costarricenses tendrían entonces que decidir entre los partidarios del General Guardia y los del General Soto… si es que se les daba oportunidad de escoger.

     El 12 de febrero, el presidente Soto cumplió treinta y dos años, y de todas partes del país le llovieron cartas, tarjetas y telegramas de felicitación. Un considerable número de gentes de San José, Cartago, Heredia y Alajuela, a la luz de antorchas y faroles, efectuó esa noche un desfile por las calles de la capital hasta el Palacio Presidencial, con retratos de don Bernardo y otros personajes, banderas de Costa Rica y estandartes alusivos al natalicio del gobernante y a la recién anunciada firma del arreglo de la deuda externa del país. En los balcones del Palacio esperaban a la multitud don Bernardo, sus Secretarios de Estado y varios amigos y parientes (aunque sin duda no estaba allí el tío Víctor). El Licenciado don Francisco María Fuentes, miembro del comité dirigente del sotismo, pronunció un adulador discurso, que fue contestado por el Presidente en términos muy efusivos. Después, el complaciente mandatario invitó a la concurrencia a ingresar al Palacio Presidencial, como si éste fuese un club político, y tomarse allí una cerveza, que todos bebieron "por la futura grandeza de Costa Rica y por la prosperidad de Su Excelencia", como refirió, sin el menor rubor, la servilísima Gaceta

     En su discurso de esa noche, don Bernardo expresó, con la misma frescura que parecía caracterizar a sus más entusiastas partidarios:

"Protesto asegurar en la evolución eleccionaria la más amplia libertad, cumpliendo de ese modo con mis personales convicciones, y acatando gusto las prescripciones de la ley, porque de esta manera ha de fundarse la escuela práctica de la democracia, y los principios liberales honradamente sustentados darán el fruto apetecido. El pueblo entrará de lleno en el ejercicio de sus derechos, y tendrá la debida intervención en los destinos de la Patria."

     Por esos mismos días, y a pesar de toda la palabrería de su sobrinito político, don Víctor Guardia terminó por comprender que la cruzada oposicionista no tenía futuro, o lo tendría ominosísimo. De nada iba a servir que muchos ciudadanos simpatizasen con su nombre y estuviesen dispuestos a votar por sus partidarios como electores. La candidatura oficial triunfaría, aunque fuese a la brava, y para oponerse al designio de los sotistas no valdrían todos los artículos de la Constitución y la ley electoral juntos. En "la escuela práctica de la democracia" sólo se podía aprobar si se era partidario del General Presidente.

     La gota que derramó el vaso fue, sin duda, la sombría advertencia que le dirigió a don Víctor, muy reservadamente, uno de los Secretarios de Estado:

"Prudente sería que usted renunciase a su candidatura, porque el señor Soto tiene el poder y está decidido a conservarlo sin detenerse a meditar en los medios,.. Me consta que se está siguiendo una información secreta con testigos ad hoc, que dejará probado que usted se halla empeñado en una conspiración; en consecuencia será conducido a un calabozo, de donde saldrá para donde salió Próspero Fernández…"

     Como don Próspero había salido de la Presidencia para el cementerio, la frase final no podía ser más amenazante. Y desde lo ocurrido con el juicio a don Fadrique Gutiérrez, don Víctor ya sabía cómo se las gastaban don Bernardo y, sobre todo, don Apolinar de Jesús…

     El General Guardia, héroe de la batalla de Rivas en 1856, no era ningún cobarde, pero comprendió que la lucha contra la candidatura de Soto era suicida, y decidió renunciar públicamente a su postulación, mediante una carta abierta dirigida al editor de El Nacional:

"Señor don J. B. Campuzano,
Editor de El Nacional
Pte.

Muy estimado señor mío:

General Víctor Guardia Gutiérrez

     El hecho de haberse lanzado mi nombre en su estimable periódico "El Nacional" proclamándome Candidato a la Presidencia en el período próximo, produjo en mí un sentimiento natural de justa satisfacción, porque veía en ello un testimonio de que mis conciudadanos no daban por perdidos mis deseos probados de hacer el bien de la Patria y porque yo mismo he estado constantemente en espera de una ocasión en que poner para el bien de la República mi actividad, mi fuerza y mi vida. Ese sentimiento fue acrecentado y robustecido por las manifestaciones privadas que recibí de mis amigos y de muchos de mis conciudadanos y esa adhesión desinteresada y patriótica es la que me induce a dar a usted y a ellos público testimonio de gratitud.

     Pero dada la situación en que se ha colocado la lucha electoral, no debo pues, aceptar la designación que en mí han hecho para aquel puesto algunos de mis conciudadanos.

     Y el mismo sentimiento de patriotismo que me mueve ahora a no aceptar aquellos votos me impulsa a protestar que recibiré con agrado al ciudadano que el pueblo designe para la Magistratura, esperando, como esperamos los hombres de buena voluntad que en él vendrá encarnada la justicia, y que los hombres que en esta vez se han manifestado lealmente mis amigos, recibirán de él, no la indiferencia con que se mira por lo regular a lo que parecen oposiciones, sino el aprecio y protección que siempre se da por las almas generosas a los que tienen el valor de ostentar su carácter y sus convicciones.

     Yo no lucho, pues, cuando creo que de ello puede resultar alguna herida para la tranquilidad de la Patria, y es por eso por lo que en esta ocasión retiro mi nombre de la política aunque declaro que para ustedes y demás amigos que me han favorecido, tengo tanto reconocimiento como si sus esfuerzos me hubieran conducido al triunfo.

Soy de usted atento servidor,

Víctor Guardia."

     El Diario de Costa Rica se apresuró a colmar de elogios al general Guardia, al que llamó patriota y servidor de la Patria, y censuró a los señores de El Nacional, cuya actitud atentaba, en su criterio, contra la estabilidad política de la República. Y es que, a pesar de la carta de don Víctor, los editores de El Nacional seguían pensando que era posible dar la lucha, y continuaban defendiendo el nombre de Guardia y oponiéndose a la candidatura oficial.

     El 18 de febrero de 1886, don Víctor, quizá temiendo que Soto y compañía pasasen a la ofensiva, envió una carta al redactor del Diario de Costa Rica, en la que le expresaba:

     "Suplico a U. se sirva hacer constar en su estimable periódico que insisto en que no se haga uso de mi nombre como candidato a la Presidencia de la República, y que todos los trabajos que se hayan hecho después de la publicación de mi carta abierta, o se sigan haciendo con este objeto, son completamente desautorizados."

     Como don José Campuzano parecía seguir pensando que la libertad de prensa proclamada en la Constitución era de a de veras y no atendía a razones, el democrático gobierno del General Soto decidió tomar cartas en el asunto. El 20 de febrero, el editorial La Gaceta tronó contra los enemigos del Gobierno, a los que llamó enemigos del orden y también del pueblo,

"… porque comercian con su credulidad y procuran precipitarlo en la pendiente de la anarquía."

     El principal "enemigo del pueblo", por supuesto, era el periodista Campuzano. Según refirió don Víctor Guardia en sus memorias, el desdichado editor de El Nacional:

"… fue puesto en prisión por espacio de un mes, con una barra de grillos e incomunicado, hasta el momento en que salió para la isla de San Lucas. Sus papeles fueron registrados y arrojados a la calle con el fin de averiguar si entre ellos había alguno que pudiese comprometerme."

     Aquello equivalió al certificado de defunción de El Nacional y de la postulación de don Víctor Guardia. Eliminado de modo tan expedito el molesto periódico oposicionista, ya no hubo nada que detuviese el avance de la candidatura oficial y el deseo de Soto de que "el pueblo entrara de lleno en el ejercicio de sus derechos." El domingo 28 de febrero se iniciaron las elecciones de primer grado, que duraban tres días, y los ciudadanos con derecho a votar fueron mansamente a formalizar la designación de los electores simpatizantes de la candidatura oficial, de conformidad con las "recomendaciones" del comité sotista. Según manifestó el Diario de Costa Rica el 2 de marzo, con entusiasmo digno de mejor causa, y en un tono que ya lindaba con el cinismo, los comicios

"… se están verificando con entera tranquilidad. Mientras que en años pasados se abrían registros, por pura fórmula y se cerraban, con pocos hombres, hoy el pueblo que anhela dar pruebas de vitalidad, acude presuroso a expresar su voluntad… esa voluntad, según los resultados hasta ahora recibidos, favorecen completamente la candidatura simpática del General Soto, y resuelve el problema electoral."

     Había, sin embargo, algunas gentes obcecadas que se negaban a aplaudir la "candidatura simpática". En la ciudad de Liberia, cabecera de la Provincia del Guanacaste, donde el General guardia era especialmente querido, dos valerosos (e ingenuos) ciudadanos, el comerciante don Narciso Ruiz y Alvarado y el artesano don Dámaso Centeno y Alvarado, se presentaron a la junta electoral de la provincia para demandar la nulidad de los comicios de primer grado, alegando

"… que se recibió voto a personas extrañas, no calificadas como ciudadanos; por no haberse practicado en las horas señaladas por la ley; por haberse ejercido coacción notoria sobre los sufragantes por militares en servicio; por haberse admitido enmendaturas, raspaduras y borrones en los pliegos de elecciones; por no estar firmados los pliegos por todos los miembros de la Junta; por no haber sido pública la votación el último día; por haber votado menores y militares en servicio..."

     La junta electoral, por supuesto, declaró sin lugar la solicitud y desechó las graves acusaciones. Un vocal suplente, don Luis Y. Urbina, salvó su voto en la resolución, diciendo que él mismo había sido testigo de la coacción con armas sobre varios ciudadanos por los militares en servicio y de cómo sufragaban menores de edad y personas no calificadas en el padrón. Pero la manifestación del señor Urbina era vox clamantis in deserto. El General Presidente estaba decidido a seguirlo siendo, y no le iban a arredrar unos pocos guanacastecos.

     Faltaban las elecciones de segundo grado, que debían efectuarse en el mes de abril. Dado lo ocurrido en la primera vuelta, no se necesitaba ser profeta para asegurar que la candidatura oficial saldría triunfante en la segunda. A esas alturas, lo único que temía el gobierno era que a última hora el Obispo le saliese con un domingo siete y pudiese influir de algún modo en los electores. Don José Durán, padre del Secretario de Gobernación, escribió a Monseñor Thiel para sugerirle que emitiese una carta pastoral recomendando al gobierno de Soto y al que surgiese de las nuevas elecciones. El prelado se excusó. Sin embargo, a fin de cuentas, para evitar más problemas a la Iglesia, y ante el hecho innegable de que la elección de Soto era cosa decidida, el Vicario Zamora, por instrucciones de Thiel, dirigió el 9 de marzo una circular al clero diocesano para pedirles su opinión sobre la candidatura de don Bernardo. El mismo día, Thiel escribió al Vicario Zamora para pedirle que le manifestase al Presidente su adhesión y lo mucho que sentía que los periódicos estuviesen empeñados en que sembrase nuevas desconfianzas. La mayoría de los sacerdotes terminó por dar también su respaldo a la candidatura de Soto, aunque algunos lo hicieron muy a regañadientes y otros se rehusaron del todo, alegando que no querían meterse en política. El 26 de marzo, el Presidente escribió al desterrado prelado, para quejarse de la actitud del clero.

Monseñor Bernardo Augusto Thiel

     Llegó por fin el mes de abril. Para no perder la costumbre, poco antes de los comicios de segundo grado el Otro Diario dirigió un alfombrista elogio al gobernante y expresó que no concebía acontecimiento más grande que el de la elección "libérrima y santa" del General Soto, a quien llamó, entre otros muchos epítetos,

     "Joven y liberal, ilustrado y valiente, demócrata de corazón y de ideas verdaderamente republicanas…"

     Ni los costarricenses que redactaban La Gaceta eran tan sotistas como los ecuatorianos del Otro Diario y del Diario de Costa Rica

     El domingo 4 de abril de 1886 se efectuaron en las cabeceras de provincia y comarca los comicios de segundo grado. Durante el día, el Presidente y candidato único recibió numerosas visitas de felicitación -entre ellas las de los electores de San José y Alajuela- y no menos numerosos telegramas. Los electores, según se esperaba, cumplieron con su papel a la maravilla: don Bernardo obtuvo 168 votos en San José, 140 en Alajuela, 90 en Cartago, 75 en Heredia, 42 en Guanacaste, 21 en Puntarenas y 6 en Limón. No hubo un solo sufragio disidente.

     La prensa gubernamental y la gobiernista también estuvieron a la altura del acontecimiento. La Gaceta corrió a publicar un Alcance en el que afirmaba que la Nación estaba de plácemes, hablaba del reinado "del orden en la libertad" y anunciaba los nombres de los Diputados electos, todos sotistas por supuesto. El Diario de Costa Rica sacó también un número extraordinario, que se refería a los actos de ese día y terminaba con un viva al Presidente electo y a "la popularidad que se funda en el derecho". No faltó tampoco el alcance del Otro Diario, para pintar la elección en color rosa, felicitar a Don Bernardo por aquel unánime triunfo y colmarlo de elogios.

 

     Aquella noche hubo retreta frente al Palacio Presidencial, con música operática de Riche, una overtura de Supée, valses de Schubert y un pasodoble de Francisco Arrillaga y se dispararon fuegos artificiales. Luego hubo un baile en el Mercado, que un grupo de sotistas organizó para festejar a los electores josefinos y al cual se había invitado mediante una hoja en la que se repetían ad nauseam las alabanzas a don Bernardo. El baile, al que concurrieron gentes de todas las clases sociales, resultó un verdadero éxito y se prolongó hasta hora muy avanzada.

El Palacio Presidencial

     El 8 de abril, el jubiloso gobernante dirigió un entusiasta manifiesto al pueblo costarricense, que firmaba como "compatriota y amigo", expresaba su gratitud a sus conciudadanos y les pedía su apoyo. Ciertamente, no se podría quejar de falta de respaldo… en los días siguientes continuaron lloviendo sobre don Bernardo los elogios, las felicitaciones y los homenajes. El Colegio de Abogados, el Club Internacional, la Logia Masónica, los Secretarios de Estado, los militares, los artesanos… nadie quería quedarse atrás. Incluso el Obispo Thiel envió desde su destierro un telegrama de felicitación (al que contestó Soto en forma muy seca). El 11 de abril, el editorial de La Gaceta festejó, en los más expresivos términos, el manifiesto presidencial.

     El 1° de mayo el Congreso Constitucional inauguró sus sesiones ordinarias, y para presidirlo fue elegido el connotado sotista don Aniceto Esquivel, ex Presidente de la República. Unos días más tarde declaró a don Bernardo Presidente de la República, "electo popularmente por unanimidad de votos", y nombró como Designados a la Presidencia a don Jesús Soto Quesada, al Canciller Esquivel y al Secretario de Gobernación Durán, como para que todo quedase entre amigos.

     El 8 de mayo de 1886, cuyo advenimiento fue saludado por las tropas josefinas con música militar y salvas de artillería, don Bernardo, entre sonoros aplausos, fue juramentado por el Congreso Constitucional como Presidente de la República para el período 1886-1890. Posteriormente se cantó un Te Deum en la Catedral, y después el mandatario se dedicó a recibir visitas y felicitaciones en el Palacio Presidencial y dispuso, entre otras cosas, levantar el destierro del Obispo. Por la noche hubo animada retreta frente al Palacio y baile en el Mercado.

     Los sotistas, entre ellos los ecuatorianos Dubarry y Proaño, tenían motivos para exultar de gozo. Pero a ninguno de los dos periodistas le duró mucho la sonrisa. En setiembre de 1886, repitiendo el error de Campuzano en cuanto a lo que el gobierno de Soto entendía por libertad de prensa, Dubarry dedicó algunas críticas sarcásticas al Canciller Esquivel, que llenaron a éste de furor, y que conllevaron la expulsión del periodista del territorio de la República y la desaparición del Diario de Costa Rica. Don Bernardo, que por esos días estaba festejando el bautizo de su unigénito Maximiliano Soto Fernández, a quien llevaron a la pila el doctor Durán y su esposa, no levantó un dedo por su antiguo campeón. Unos meses más tarde le tocó el turno a Proaño, que por desavenencias con el Gobierno también fue extrañado del país.

     Para suceder a don Bernardo Soto-a quien la Constitución le prohibía reelegirse-, los círculos gubernamentales pensaron al principio en su padre don Jesús, y también barajaron el nombre de don Carlos Durán, pero finalmente optaron por la candidatura de don Ascensión Esquivel. Don Bernardo dio a la postulación de Esquivel un apoyo tímido y dubitativo, y el pueblo reaccionó con pasión inusitada. La oposición se organizó alrededor del nombre de don José Rodríguez, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, apodado popularmente Chircagre por el nombre del tabaco que consumía. Rodríguez obtuvo un apoyo masivo y las cosas se pusieron muy cuesta arriba para los esquivelistas. Las elecciones de primer grado, efectuadas a principios de noviembre de 1889, favorecieron ampliamente a los candidatos de la oposición.

     En honor a don Bernardo, hay que reconocer que esta vez se ganó el Benemeritazgo que tan alegremente le había dado el Congreso en 1885, y garantizó lo que tan ausente había estado en 1886: respeto a la libertad del sufragio y a la voluntad popular. Cuando el 7 de noviembre un inmenso grupo de rodriguistas de todo el valle central se congregó en San José para exigir al Gobierno que aceptase los resultados electorales, Soto decidió evitar un baño de sangre, separarse del mando y entregar la presidencia a su compadre don Carlos Durán, Tercer Designado, quien se había mantenido prácticamente al margen de la contienda.

    En aquella noche célebre, entre los esquivelistas presentes en el Palacio se encontraba -ironías de la Historia- el General don Víctor Guardia, a quien su concuño Durán se apresuró a nombrar Comandante de Plaza de San José. Los despechados partidarios de Esquivel -es decir, la plana mayor del sotismo del 86-, demostrando que conocían muy poco a don Víctor, le sugirieron que se proclamase Presidente y le ofrecieron su apoyo, pero el General Guardia rechazó indignado la sugerencia.

     Durante la administración de don José Rodríguez, que tomó posesión sin contratiempos el 8 de mayo de 1890, y la de su yerno y sucesor don Rafael Yglesias, don Víctor desempeñó el cargo de Gobernador del Guanacaste, pero no volvió a participar activamente en la política. Murió en San José el 5 de enero de 1912, a los ochenta y un años de edad. En cuanto a don Bernardo, aunque tuvo pretensiones presidenciales en 1901 y en 1905, su carrera política había quedado de hecho liquidada el 7 de noviembre de 1889, y después de 1906 -año en que su ex Canciller don Ascensión Esquivel lo mandó al destierro junto con otros líderes de la oposición, para asegurar el triunfo electoral de don Cleto González Víquez- dejó atrás toda aspiración política. Murió en San José el 21 de enero de 1931, a los setenta y seis años de edad.


BIBLIOGRAFÍA: Diario de Costa Rica, febrero-marzo de 1886; DOBLES SEGREDA, Luis, Fadrique Gutiérrez, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1975; GRUB, Udo, Diccionario cronológico y genealógico del Poder Ejecutivo de Costa Rica, inédito; La Gaceta, enero-junio de 1886; MONTERO BARRANTES, Francisco, Elementos de Historia de Costa Rica, San José, Tipografía Nacional, 1ª. Ed., 1892-1894, 2 vols.; MORALES, Carlos, El hombre que no quiso la guerra, San José, Editorial Seix Barral Centroamericana, 1ª. Ed., 1981; MORALES CASTRO, Carlos, Diarios costarricenses, San José, Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1ª. Ed., 1971; Otro Diario, abril de 1886; PINAUD, José María, La epopeya del civismo costarricense. El 7 de noviembre de 1889, San José, Imprenta La Tribuna, 1ª. Ed., 1942; SANABRIA M., Víctor, Bernardo Augusto Thiel, segundo Obispo de Costa Rica, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1982.
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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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