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LA VILLA DE BRUSELAS
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Jorge Francisco Sáenz
Carbonell
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lisuarte@tiquicia.com
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Quincena 2,
Noviembre del 2000
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En el primer siglo de la dominación castellana en América, la Corona atribuyó una significativa importancia a la fundación de poblaciones. Si bien los viajes de exploración podían ser muy interesantes desde el punto de vista del conocimiento, y el hallazgo de oro todavía más interesante desde el punto de vista de los participantes en tales recorridos, el propósito oficial de controlar política, militar y económicamente los nuevos señoríos de Su Majestad sólo podía cumplirse efectivamente si en ellos surgían ciudades y villas habitadas por los colonizadores y sus descendientes.
En las primeras expediciones que recorrieron, por mar y por tierra, el Pacífico costarricense, faltó ese requisito fundamental. Los primeros visitantes europeos, Juan de Castañeda y Hernán Ponce de León, anduvieron en 1519 por el Golfo Dulce y las costas y las islas del golfo de Nicoya, pero al parecer ni siquiera desembarcaron. En 1522 Gil González Dávila recorrió, en parte por tierra y en parte por mar, toda la costa desde Punta Burica hasta el lago de Nicaragua, y aunque recogió una cantidad considerable de oro y logró que muchos indígenas se bautizasen y aceptasen la autoridad del Rey de Castilla, no fundó ni un mal barrio.
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La expedición de González Dávila suscitó el interés (y la envidia) del Gobernador de Castilla del Oro, poético nombre con el que se designaba entonces a Panamá, Pedro Arias Dávila y Ortiz de Valdivieso, originario de la ciudad de Segovia. Pedrarias, como lo llamaba todo el mundo, había sido en sus años mozos personaje de mucho viso en la Corte de Castilla, donde se le dieron los apodos de El Justador y El Galán, posiblemente por sus habilidades en torneos caballerescos y amatorios. Había combatido en Portugal, Francia y el África del Norte y había participado en la toma de Granada, último bastión musulmán en la península ibérica. Pero ahora era un anciano octogenario, codicioso hasta el extremo |
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Pedrarias Dávila |
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| y de cuyos sentimientos hacían palidecer de envidia a cobras y tiburones. Para este viejo de mala entraña, Panamá había sido una frustración absoluta, ya que por ninguna parte se habían encontrado allí las faraónicas riquezas con que soñaba, y se había tenido que conformar con extorsionar a los españoles sometidos a su autoridad y asesinar y explotar bestialmente a los infelices indígenas. El nombre de Castilla del Oro, acuñado por algún temprano practicante del marketing, terminó por sonar a burla sangrienta. |
Temiendo, con toda la razón, que el anciano Pedrarias intentase apoderarse del tesoro obtenido, Gil González Dávila se dirigió a la isla Española (hoy compartida por Haití y la República Dominicana), con el objetivo de preparar desde allí un nuevo viaje a Nicaragua. Pedrarias pensó que la única manera de ganarle a González Dávila era enviar cuanto antes otra expedición desde Castilla del Oro. Irónicamente, para ello canceló un plan ya adelantado para dirigirse hacia el sur, donde pocos años más tarde Pizarro y sus compañeros toparían con el fabuloso imperio de los Incas.
Pedrarias ya estaba muy viejo y no quiso arriesgar su precioso pellejo en aquella aventura. Prefirió confiar la jefatura de la expedición a uno de sus hombres de confianza, un capitán llamado Francisco Hernández o Fernández, cuyo apellido habitualmente se prolongó con el apelativo "de Córdoba", quizá por ser originario de esa provincia andaluza. Para llevar adelante la empresa, el Gobernador, Hernández de Córdoba y otros cuatro sujetos constituyeron una sociedad en la ciudad de Panamá, el 22 de setiembre de 1523.
La expedición, constituida por unos doscientos hombres distribuidos en tres o cuatro navíos, salió de Panamá a mediados de octubre de 1523 y poco después entró en las aguas del golfo de Nicoya, llamado entonces de Sanlúcar. Hernández de Córdoba y sus compañeros desembarcaron en sus costas y de allí continuaron por tierra hacia el norte.
En términos financieros, la empresa pareció ofrecer resultados satisfactorios, ya que los hombres de Hernández lograron apoderarse de cantidades bastante copiosas de oro en sus recorridos por la península de Nicoya y la vertiente pacífica de Nicaragua. Tuvieron algunos cruentos enfrentamientos con los indígenas nicaragüenses, pero lograron asentar de modo bastante sólido la autoridad de la Corona en esas regiones. Y a ello contribuyó, decisivamente, la fundación, en el segundo semestre de 1524, de dos ciudades de españoles: Santiago de los Caballeros de León, en las vecindades de la costa del Pacífico, y Granada, a orillas del lago de Nicaragua, llamado entonces Mar Dulce. Aunque todavía no se había recorrido el Desaguadero o San Juan en toda su extensión, había buenos motivos para suponer que comunicaba al mar Dulce con el Atlántico y que Granada terminaría por convertirse en una población de extraordinaria importancia comercial.
Había otro elemento que parecía aumentar todavía más la importancia de la naciente colonización española en la zona: la posibilidad de que existiese comunicación fluvial entre el golfo de Sanlúcar o Nicoya y el lago de Nicaragua. Si la suposición resultaba cierta, aquellas tierras serían la llave de la comunicación interoceánica y su importancia se volvería planetaria. No es de extrañar, por consiguiente, que Hernández de Córdoba decidiera completar su cadena de fundaciones estableciendo una tercera población de españoles en las vecindades del golfo de Nicoya, cerca de la boca del río que los indígenas llamaban Zapandí y que hoy conocemos como Tempisque. Esa fundación tendría además mucha importancia como eslabón en la comunicación con Castilla del Oro, donde todavía gobernaba el cada vez más viejo y receloso Pedrarias.
El lugar elegido para erigir la nueva población fue una comarca que los indígenas llamaban Brutina, Gurutina, Orotiña u Orotina, ubicada al fondo del golfo de Nicoya, y que no tiene nada que ver con la actual Orotina. Según un mapa trazado por el célebre cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, Orotiña estaba en la costa oriental del golfo de Nicoya, frente a la isla de Chira. La nueva población, sin embargo, no se fundó propiamente en la costa, sino a alguna distancia tierra adentro, a orillas de un río que el historiador don Carlos Meléndez identificó como el llamado hoy Abangaritos.
Al parecer, el acto de fundación no lo llevó a cabo personalmente Hernández de Córdoba, que estaba bastante ocupado tratando de afianzar el dominio castellano en Nicaragua, sino uno de sus tenientes, el capitán Ruy Díaz.
Como era de rigor en aquellos casos, en el sitio escogido para la nueva población se trazaron calles rectilíneas, se asignaron lugares para plaza, iglesia y cabildo, y se concedieron terrenos a los nuevos vecinos para que edificasen sus casas.
La novísima población recibió el nombre de Villa de Bruselas y fue la primera erigida por los castellanos en lo que hoy es el territorio costarricense.
¿Por qué se escogió el nombre de Bruselas, cuando poblaciones fundadas meses antes llevaban los españolísimos nombres de León y Granada? Hay que recordar que, en aquellos momentos, el Rey de Castilla era Don Carlos I, al que la historia conoce mejor como el Emperador Carlos V (del Sacro Imperio Romano). Don Carlos, nieto de los Reyes Católicos, había nacido en tierras belgas, el 24 de febrero de 1500, y quizá Hernández de Córdoba quiso halagarlo al imponer a la nueva población el de la capital flamenca. Lo problemático de esta versión es que el Emperador no había nacido en Bruselas, sino en Gante. Quizá el fundador más bien estaban pensando en adular a alguno de los codiciosos amigotes flamencos del joven soberano, que en aquellos momentos tenían copados todos los puestos de alguna importancia en la Corte de Castilla. O a lo mejor simplemente supuso que Don Carlos era nacido en Bruselas y pare de
contar.
La villa de Bruselas, fundada al parecer en los últimos días de 1524, tuvo, como todas las poblaciones de españoles, su propio Cabildo o Ayuntamiento. Para el año de 1525, que fue el único estable en la corta existencia de la población, los regidores del cabildo bruselense eran Alonso Quintero, Nicolás de Triana, Martín de la Calle, Juanes de Arbolancho y Luis Dávila. Los demás cargos municipales o de República como se decía entonces, los ostentaban Juan de Barrientos, Alcalde Ordinario; Sebastián de Saavedra, Escribano público; Francisco Díaz, Procurador, y Francisco Flores, Alguacil Mayor.
Todo eso sonaba muy bonito, y el nombre de Bruselas todavía más; pero lo cierto es que allí no había nada que recordase a la opulenta ciudad flamenca, como no fueran los copiosos aguaceros que debieron caer de vez en cuando sobre la incipiente comunidad. Las casas erigidas en la población fueron unos ranchitos, sin duda bastante endebles, y es de suponer que la iglesia y el edificio municipal anduvieran por el estilo. Murallas como la de las ciudades flamencas y españolas, ni hablar: si acaso, la Bruselas del golfo nicoyano contó con una empalizada de troncos para prevenir posibles ataques de los indígenas.
Ruy Díaz hizo una incursión por las vecindades de Bruselas con sesenta soldados, posiblemente en busca de oro, pero tuvo un enfrentamiento con los indígenas y salió derrotado. Como teniente de Díaz en Bruselas actuó otro sujeto, adicto a Pedrarias, que se llamaba Andrés de Garabito y no era precisamente un dechado de cualidades. De origen incierto -hasta hay motivos para suponer que se trataba de un musulmán converso-, Garabito era, según escribió don Juan Rafael Víquez Segreda, un tipo
"… valiente en las luchas de la guerra, aunque taimado y falaz en la amistad, falso de carácter, calculador y mal agradecido con sus bienhechores quizá, cambiando de amo con la misma facilidad que hubiese cambiado de camisa, sin escrúpulo alguno…"
A pesar de los enfrentamientos con los indígenas, el lugar donde se ubicaba Bruselas parecía bastante agradable para la vida humana. Según una carta escrita por Pedrarias, que lo visitó en 1526,
"… es muy buena comarca, tiene buenas aguas y aires e montería e pesquería en cantidad, es la tierra fructífera y de buenas huertas y a propósito de pan de la tierra que lleva en abundancia."
Eso estaba muy bien para folleto turístico, pero la importancia de Bruselas se cifraba no en las condiciones naturales, sino en la proximidad del río Zapandi y la posible comunicación que existiese entre éste y el lago de Nicaragua. Al conjunto formado por el golfo de Nicoya y al del Tempisque se le llamaba ya "el Estrecho dudoso" Todos parecían muy convencidos de aquella zona era la boca del famoso estrecho imaginado por Colón y soñado por muchos otros, que evitaría la espantosa travesía hasta la Patagonia y permitiría navegar cómodamente de océano a océano. Pero, por si las moscas, se agregaba al nuevo Gibraltar el adjetivo de dudoso…
Cabe suponer que los pobladores de Bruselas hicieron algunos fugaces recorrido por las márgenes del Zapandi y quizá llegaron a darse cuenta que allí no había ningún estrecho ni nada que se le pareciera. Por muy caudaloso que fuese el río en algunas partes, no había forma de navegar en él con barcos de cierto calado. Y entre más al norte, peor la cosa. Aquello no era nada más que un río, un río común y silvestre, que ni en la más fecunda de las imaginaciones cabía concebir como una posible vía de comunicación con el lago.
Sin estrecho en las vecindades, no eran muchas las opciones que les quedaban a los vecinos de Bruselas. Claro que podían trabajar la tierra y aprovechar toda esa riqueza de caza y pesca que había en las vecindades, pero eso no era el sueño americano de la mayoría de los conquistadores del siglo XVI. Para sembrar, cazar venados y pescar mejor se hubieran quedado en Castilla. Así las cosas, las únicas dos formas de conseguir riquezas "fáciles" era explotar yacimientos mineros, aprovechar el trabajo de los indígenas o, mejor aún, ambas cosas combinadas.
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En los pueblos indígenas cercanos a Bruselas, González Dávila había recogido una suma relativamente importante de oro: el cacique Gurutina dio 6,053 pesos y 6 tomines del amarillo metal, y en conjunto se obtuvieron 840 pesos y 4 tomines del cacique Corevisi, los caciques de Chira y los principales de Sabandí y Maragua, más 468 pesos y 2 tomines que el capitán Andrés Niño trajo de la isla de Chira. Sin embargo, las cifras resultaban bastante mezquinas cuando se comparaban con los 13,442 pesos del cacique Nicoya y los 18,506 del cacique Niqueragua. Y sin embargo, ya para 1525 parecía bastante claro que ni en Nicoya ni en Nicaragua había oro, por lo menos no en la abundancia por la que suspiraban los castellanos. |
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Gil
González Dávila |
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González Dávila había visitado en la zona oriental del golfo de Nicoya unas minas llamadas de Chira, al parecer en tierra firme y no en la isla de ese nombre, y durante una estadía de tres horas sacó poco más de diez pesos de oro. La cantidad no era muy promisoria. La existencia de yacimientos auríferos en las vecindades de Bruselas aparece confirmada en la misma carta de Pedrarias, al decirse que la villa
"… tiene los llanos por una parte, y por la otra el mar, y por la otra la sierra donde están las minas que serán a tres leguas…"
Efectivamente, Bruselas se hallaba muy próxima a la sierra hoy llamada de Tilarán, en cuyas estribaciones se explotaron desde fines del siglo XIX varios yacimientos de oro muy rentables. Sin embargo, y aunque la distancia mencionada por Pedrarias era corta -tres leguas, es decir, poco más dieciséis kilómetros-, una cosa era oír el cuento del oro y otra irlo a sacar de aquellas peñas, en una región agreste y prácticamente desconocida, sin tecnología ni nada que se le pareciese.
El recurso más a mano, por consiguiente, era simple y sencillamente el trabajo de los indígenas. Conforme al uso inveterado de la época, al fundarse la villa se habían repartido entre sus pobladores, mediante la institución de la encomienda, los pueblos indígenas de las vecindades. La región no estaba muy poblada que digamos: de acuerdo con las cifras de la expedición de Gil González Dávila, en los pueblos de los caciques Gurutina y Corevisi, al parecer los más inmediatos a Bruselas, apenas se había bautizado un total de 923 personas. Otras cifras, de 1529, dan 200 indios de trabajo para Corobeci, otros 200 para Orotina o Gurutina y 400 para la isla de Chira. Sin embargo, se sabe que entre los indígenas repartidos a los bruselenses figuraron también pueblos indígenas mucho más distantes, como el de Nicopasaya y el de Pacaca.
A pesar de algunas correrías que se efectuaron desde la novísima villa hacia tierras situadas mucho más hacia el sur, los indígenas de la comarca no parecen haber ofrecido una gran resistencia a los españoles, fuera del ya mencionado enfrentamiento que tuvieron con Díaz, puesto que según la carta de Pedrarias, "están los indios pacíficos", o tal vez no tuvieron oportunidad suficiente de exasperarse de los abusos de los encomenderos bruselenses, debido a los contratiempos que experimentaron éstos.
Como cabía esperar, la luna de miel entre Pedrarias Dávila y Francisco Hernández de Córdoba llegó muy pronto a su final. Después de la exitosa conquista de México, Hernán Cortés y sus lugartenientes continuaron la empresa en tierras centroamericanas, y en Honduras entraron en contacto con las gentes de Hernández de Córdoba. A fines de 1525, Cortés trató de atraer a su órbita al fundador de León y Granada y le envió algunos obsequios de considerable esplendidez.
Quizá Hernández de Córdoba pensó en aprovechar el respaldo y el considerable prestigio de Cortés para obtener el nombramiento de Gobernador de Nicaragua y la separación de ésta de la distante Castilla del Oro (y de Pedrarias Dávila). Al fin y al cabo, era él quien se había jugado la vida en Nicaragua y pasado todo tipo de trabajos, mientras el ex Galán permanecía muy cómodo en Panamá.
No parece, sin embargo, que Hernández de Córdoba haya llevado a cabo ninguna gestión concreta para asegurarse el apoyo del conquistador de México, por mucho que efectivamente quisiera sacudirse la autoridad de Pedrarias. Sin embargo, los amigos que tenía Pedrarias en León tomaron muy a mal la posibilidad, en particular algunos que eran notorios enemigos de Cortés, como Hernando de Soto. El rumor se esparció, hubo algunos brotes de sedición y Hernández de Córdoba hizo arrestar a Soto en la fortaleza de Granada, de donde poco después se fugó con rumbo a Panamá.
Aun antes de la llegada de Soto ante Pedrarias, no faltó quien le llevase a éste el chisme. En enero de 1526, un comerciante y prestamista llamado Juan Téllez, viajó de Nicaragua a Panamá e informó al Gobernador de Castilla del Oro de lo que estaba ocurriendo o parecía estar ocurriendo. Poco después llegaron también a Panamá Hernando de Soto y otros enemigos de Hernández de Córdoba, a añadir leña a la hoguera.
Pedrarias tenía ya ochenta y dos años de edad, que para el siglo XVI era como tener doscientos, y estaba aquejado por la gota; pero muy acertados andaban los chismosos al suponer que no iba a resignarse fácilmente a renunciar al dominio de Nicaragua y la región del Estrecho dudoso. Iracundo, organizó tropas, preparó cañones y se puso personalmente al frente de una expedición destinada a castigar a quien suponía un traidor.
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Mientras tanto, Hernández de Córdoba supo de las intenciones de Pedrarias y decidió tomar medidas de defensa. En aquellos momentos, al frente del gobierno bruselense se hallaba precisamente Andrés de Garabito, quien detestaba a Cortés y era muy adicto al Gobernador de Castilla del Oro. Como cabía suponer que el primer objetivo de Pedrarias sería tomar Bruselas, la población más cercana a Castilla del Oro, resolvió que los vecinos abandonasen la villa. |
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Francisco
Hernández de Córdoba |
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La población apenas tenía un año y pico de fundada, y posiblemente aún presentaba aspecto de campamento o ranchería, pero parecía tener un futuro prometedor, dada la vecindad del estrecho dudoso y de las soñadas minas. A sus escasos vecinos no les debe haber hecho mucha gracia, tampoco, la perspectiva de un largo viaje por tierra hacia Nicaragua. El capitán Garabito, por supuesto, ofreció alguna resistencia a abandonar el lugar; pero finalmente las órdenes de Hernández de Córdoba se cumplieron: al parecer mandó poner preso a Garabito, y allá por febrero de 1526, los efímeros bruselenses recogieron sus pocos bienes y emprendieron la marcha hacia el norte. El hecho debe haber suscitado considerable alegría entre los indígenas de las vecindades.
Empero, no tardó mucho en volver la presencia española a la zona, esta vez en la temida y por demás temible persona de Pedrarias. Tal y como lo previó Hernández de Córdoba, el octogenario conquistador había decidido iniciar la campaña con la toma de Bruselas, y para prepararla resolvió tomar como base de operaciones la isla de Chira. El 16 de marzo de 1526, con mucho aparato y magnificencia, desembarcó en la isla, acompañado de numerosos soldados y hasta de un sacerdote. Los indios de Chira, posiblemente desconcertados ante las idas y venidas de los españoles, salieron a rendirle obediencia. Al día siguiente, que era sábado, se hizo una solemne procesión, se cantó un Te Déum y se dispuso la construcción de una iglesia.
Si Pedrarias, veterano de la guerra contra los moros, se imaginaba que la toma de Bruselas iba a ser como el sitio de Granada, se quedó con un palmo de narices al saber que en la villa no había ni un alma. Sin embargo, el objetivo de la expedición era castigar a Hernández de Córdoba y en consecuencia había que seguir hacia el norte. El "traidor" se había hecho fuerte en Granada, y Pedrarias despachó a uno de sus hombres, el veedor Martín de Estete, para tratar de prenderlo o al menos de mantenerlo quieto hasta que llegase el Gobernador.
Debido a su mucha edad y enfermedades, Pedrarias no podía viajar con la celeridad que requería su ira, pero aún así pasó de Chira a Nicoya y después emprendió el largo recorrido hacia Granada. De camino recibió cartas de Estete, en las cuales le comunicaba que había apresado sin ninguna dificultad a Hernández de Córdoba. Al parecer, éste había flaqueado a última hora en su decisión de enfrentarse al Gobernador de Castilla del Oro y decidió confiar en su comprensión y misericordia.
(Si había virtudes del todo ausentes en aquella hiena segoviana, eran precisamente la comprensión y la misericordia. Bien habría podido decirlo Vasco Núñez de Balboa, degollado unos años antes por orden de Pedrarias, a pesar de estar prometido en matrimonio a una hija suya y de haber descubierto el océano Pacífico.)
Pedrarias llegó a Granada y fue recibido con todos los honores debidos a su condición. Enseguida dispuso procesar a Hernández de Córdoba, al que condujo aherrojado a la ciudad de León. Como era de esperarse, no faltó quien declarase en contra del infeliz fundador de ambas ciudades, y finalmente fue sentenciado a muerte, debido a su supuesto entendimiento con Cortés.
Un indicio de que las relaciones entre Cortés y Hernández de Córdoba no pasaron de un mero cortejo exploratorio, parece estar en el hecho de que el conquistador de México no se decidió a intervenir en Nicaragua, y más bien abandonó Honduras en abril de 1526. Sin embargo, nada de ello pesó en el ánimo de Pedrarias, cuyo ánimo mezquino y vengativo sin duda se complacía en hacer un escarmiento con su otrora socio y lugarteniente. En junio de 1526, el hacha del verdugo terminó con la vida de Francisco Hernández de Córdoba en León, la primera ciudad fundada por él.
Pedrarias dispuso que se repoblase de inmediato la villa de Bruselas, y encargó de esa tarea a Gonzalo Sánchez de Badajoz, al que caracterizó como "persona antigua en la tierra e de esperiencia e consejo". Sánchez de Badajoz se dispuso a cumplir la orden con gentes de a caballo y de a pie y ballesteros. Los antiguos vecinos, sin duda muy complacidos de poder reasumir su condición de encomenderos, emprendieron la marcha hacia el sur y volvieron a levantar sus ranchos en el paraje. Ahora sí que parecía definitivamente asegurada la vida de la villa: sin duda, el poderoso (y pavoroso) Pedrarias no toleraría que otro tenientito le saliera respondón.
Sin embargo, una circunstancia inesperada interrumpió súbitamente la rutilante carrera del perverso viejo. Durante su jornada a Nicaragua, había llegado a Castilla del Oro un nuevo Gobernador, el Licenciado Pedro Gutiérrez de los Ríos y Gutiérrez de Aguayo, más conocido simplemente como Pedro de los Ríos. Pedrarias, rechinando de rabia, hubo de trasladarse a Panamá a enfrentar el juicio de residencia, es decir, el proceso que debía enfrentar todo funcionario real al término de su gestión. Como Pedrarias llevaba ya catorce años al frente de Castilla del Oro, y sus abusos habían sido incontables, se podía suponer que el juicio le sería muy adverso y que terminaría sus días en prisión o arruinado por fuertes multas.
El Licenciado de los Ríos, temiendo que algún ambicioso intentase alzarse con el mando de la lejana Nicaragua, decidió trasladarse a esa región. Siguiendo el itinerario habitual, viajó por mar al golfo de Sanlúcar o Nicoya y desembarcó en las vecindades de Bruselas. Los vecinos de la diminuta villa, ignorantes de lo que sucedía en el lejano norte, lo recibieron como a su legítimo Gobernador. De allí continuó Ríos su marcha hacia el norte, y en julio de 1526 fue reconocido como Gobernador por los españoles asentados en Nicaragua.
Los temores de Ríos no eran infundados. Diego López de Salcedo y Rodríguez, Gobernador de Honduras, estaba decidido a pescar en río revuelto y emprendió la marcha a León, con un buen grupo de hombres armados. Durante su viaje cometió tantas crueldades y tropelías que se dijo que dejó tras de sí un reguero de sangre.
En abril de 1527, cuando tan angelical personaje llegó a León, el Licenciado de los Ríos ya no se encontraba allí. Ante las fuerzas de que disponía López del Salcedo y lo violento de sus procederes, al atemorizado Cabildo leonés no le quedó más remedio que reconocerlo como Gobernador de Nicaragua, aunque legalmente no tenía allí más autoridad que el Zar de Rusia.
El Gobernador de Castilla del Oro, que no disponía de fuerzas suficientes para hacer frente a aquel brutal intruso, decidió retirarse de Nicaragua. Antes de emprender la travesía hacia Panamá, se detuvo brevemente en la villa de Bruselas, cuyos vecinos lo continuaban reconociendo como legítimo titular de la autoridad.
López de Salcedo reaccionó airadamente ante la actitud de los vecinos de Bruselas. Si Ríos, como era previsible, volvía de Panamá con más gentes y armas, los bruselenses sin duda apoyarían su causa, y la villita se convertiría en una importante base de operaciones contra Nicaragua. Sin más miramientos, el sanguinario Gobernador de Honduras resolvió que se despoblase nuevamente Bruselas, y comisionó a Andrés de Garabito para que ejecutase sus órdenes.
Garabito, ansioso sin duda de quedar bien con el nuevo sátrapa, marchó con 70 jinetes y 80 soldados de a pie a despoblar la villa a principios de 1528. Llegó hasta Nicoya y desde allí transmitió a los bruselenses la orden de López de Salcedo. Los vecinos de Bruselas resistieron el cumplimiento del mandato, porque allí "tenían fechas sus labranzas e bohíos e asiento donde tenían manera de ser aprovechados" y sin duda por la perspectiva de perder sus encomiendas, que por muy modestas que fuesen les ayudaban a llevar una vida más cómoda. Sin embargo, Garabito, que a fin de cuentas hubo de trasladarse a Bruselas, les manifestó que recibirían de López de Salcedo muchas mercedes, entre ellas la de nuevas encomiendas. Los bruselenses no necesitaron más instancias y pronto no quedaron en el paraje más españoles que Garabito y sus compañeros, que rápidamente lo abandonaron también, ante la perspectiva de ser atacados por los indígenas de las vecindades. Éstos posiblemente ya habían llegado al límite de su paciencia y estaban "alterados", según escribió un antiguo compañero de Gil González Dávila.
Lo que nadie podía imaginarse en aquellos momentos, ni en Nicaragua ni en Panamá, era que ni López de Salcedo ni Pedro de los Ríos se quedarían con el pastel. Desde el 26 de marzo de 1527, la Corona había dispuesto separar Nicaragua de la jurisdicción de Castilla del Oro, erigirla en Provincia aparte… y nombrar Gobernador de ella a Pedrarias Dávila.
Aquel viejo parecía tener pacto con el diablo: a los ochenta y cuatro años de edad emprendió nuevamente el viaje a Nicaragua, con todo el respaldo de la autoridad regia. López de Salcedo, demostrando muy poco sentido común, no acató a poner pies en polvorosa. Los regidores de León, presa de pánico ante la inminente llegada de Pedrarias, se lanzaron contra el usurpador y lo encarcelaron. Cuando en marzo de 1528 Pedrarias llegó a León, el otrora prepotente López de Salcedo estaba a buen recaudo. A cargo del gobierno estaba Andrés de Garabito, quien parecía tener muchas dotes para el equilibrismo político.
Pedrarias se contentó con tener preso a López de Salcedo durante siete meses y después le permitió marcharse a Honduras. Por supuesto, no se trataba de un gesto humanitario. El viejo segoviano no era ningún tonto: López de Salcedo, por muy usurpador que fuese en Nicaragua, era legítimo Gobernador de Honduras, y la Corona tal vez no viese con mucha complacencia que terminase en el cadalso.
Con la restauración de Pedrarias, los antiguos vecinos de Bruselas, que por supuesto no habían obtenido nada de López de Salcedo y debían estar rumiando nostalgias en Granada o en León, quizá pensaron que su villa resucitaría como el ave fénix, y con ella sus encomiendas. Sin embargo, las miras de Pedrarias andaban por otros rumbos.
A pesar de todas las disputas por la posesión de Nicaragua, en la recién creada provincia no parecía haber mucho oro, de suerte que el único medio efectivo para enriquecerse parecía cifrarse en la explotación de los indígenas. Éstos no abundaban en las vecindades de Bruselas, pero sí en la vecina península de Nicoya y el pueblo de ese nombre. Pedrarias, que a los ochenta y cinco años seguía tan ávido de dineros como siempre, se adueñó de todas las encomiendas de Nicoya y la zona del golfo. Eso selló la suerte de Bruselas: si se restablecía la villa, sus antiguos pobladores tendrían pleno derecho a exigir que se les devolviesen sus encomiendas. Y por supuesto, aunque los ex bruselenses, con muy poco sentido de la realidad, le pidieron que mandase a poblar nuevamente la villa, Pedrarias puso oídos de mercader.
Bruselas había tenido un papel de cierta importancia como punto de entrada a Nicaragua desde Panamá, pero esa función la podía cumplir perfectamente el pueblo de Nicoya, donde además era más fácil conseguir indígenas que sirviesen como arrieros o cargadores en el viaje por tierra hasta Granada o León. Por consiguiente, Bruselas no le servía a Pedrarias para maldita la cosa, y estando tan lejos de León, más bien podía ser un semillero de disgustos, si a Pedro de los Ríos u otro fulano le daba por repetir desde Panamá las andanzas de López de Salcedo. Además, los indígenas de las serranías vecinas al sitio de Bruselas, se habían levantado contra la autoridad española en cuanto desaparecieron Andrés de Garabito y sus gentes.
Como escribió don Carlos Meléndez,
"Bruselas, en la línea de fricción y frente a intereses personales, sucumbió, pese a las ventajas geográficas en la función de relación entre una vía terrestre y otra marítima."
Con la creación de la Provincia de Nicaragua se había suscitado la duda de si Bruselas debía pertenecer a la nueva circunscripción o permanecer bajo la autoridad de Castilla del Oro. Una Real Cédula de 21 de abril resolvió el conflicto a favor de la Gobernación de Nicaragua, pero por supuesto que Bruselas para esa fecha ya no existía. Tampoco existió mucho tiempo más Pedrarias Dávila, quien murió en León, el 6 de marzo de 1531, cuando andaba por los ochenta y siete u ochenta y ocho años. Le sucedió en la gobernación Francisco de Castañeda, uno de sus hombres de confianza, que resultó ser su digno discípulo y acabó fugándose de Nicaragua en 1535, con todos los dineros que pudo reunir, incluso los bienes de difuntos. Después de él llegó como Gobernador Rodrigo de Contreras, yerno de Pedrarias, que demostró tener iguales o peores condiciones morales que su difunto suegro y tiranizó Nicaragua durante muchos años.
Como las encomiendas de Pedrarias pasaron a la familia de Contreras, de restablecer Bruselas no volvió a hablarse, y hasta se perdió la memoria del lugar exacto donde se encontraba. Siglos más tarde hubo historiadores costarricenses, algunos respetabilísimos, que la ubicaron en la costa occidental del golfo de Nicoya, y otros que la colocaron mucho más al sur, en las vecindades de la actual Puntarenas.
Quizá con base en esas hipótesis, alguien tuvo la idea de imponer el nombre de Bruselas a un caserío del distrito de Macacona, en el cantón de Esparza. Al fin y al cabo, debió pensar el buen señor, Orotina no estaba muy lejos… Ambas poblaciones siguen conservando esos nombres, a pesar de ubicarse a considerable distancia de donde estuvieron asentados, mucho más al noreste, el pueblo del cacique Gurutina y la pasajeramente célebre villa de Bruselas.
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BIBLIOGRAFÍA:
BÁKIT, Óscar, Garavito, nuestra raíz perdida; San José, Jiménez & Tanzi, 1ª. Ed., 1981; CAMACHO ELIZONDO, Rodrigo, Historia de Costa Rica. Cartografía del Descubrimiento, la Conquista, y la Colonia. Para primer año de segunda enseñanza, Heredia, Litográfica Sáenz Lobo; FERNANDEZ GUARDIA, Ricardo, Historia de Costa Rica. El Descubrimiento y la Conquista, San José, Librería Alsina Josef Sauter & Cia, Tercera Edición, 1933; FERNÁNDEZ, León, Colección de Documentos para la historia de Costa Rica, San José, Imprenta Nacional, 2ª. Ed., 1964, vol. I; MELÉNDEZ, Carlos, Hernández de Córdoba, capitán de conquista en Nicaragua, Managua, Banco Nicaragüense, 2ª. Ed., 1993; MOLINA MONTES DE OCA, Carlos Manuel, Garcimuñoz, La Ciudad que nunca murio, San José, EUNED, Primera Edición, 1993; NORIEGA, Felix F, Diccionario Geográfico de Costa Rica, San José, Imprenta Nacional, Segunda Edición, 1923; OBREGON LORIA, Rafael, De Nuestra Historia Patria. Los Gobernadores de la Colonia, San José, Universidad de Costa Rica, Primera Edición, 1979; SIBAJA, Luis Fernando, y ZELAYA, Chester, La anexión de Nicoya, San José, EUNED, 2ª. Ed., 1980.
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EL CIUDADANO ESCLARECIDO, quincena 1, enero del 2002 El golpe de estado de Frankfort, quincena 1, octubre del 2001 El tercer jefe de estado, quincena 2, agosto del 2001 La franquicia de Puntarenas, quincena 2, julio del 2001 La primera letra del Himno Nacional, quincena 1, junio del 2001 El Canciller Rodríguez, quincena 2, mayo del 2001 La Estación Naval Prusiana, quincena 2, abril del 2001 Las minas del Tisingal, quincena 2, marzo del 2001 El incendio de la casa del presidente, quincena 1, marzo del 2001 La Boda de la niña Angélica, quincena 2, febrero del 2001 La Iglesia de la Merced, quincena 1, febrero del 2001 El atentado contra mano Pedro, quincena 1, enero del 2001 El Siniestro Meneer Mansvelt, quincena 2, diciembre del 2000 La Candidatura Simpática, quincena 1, diciembre del 2000 LA VILLA DE BRUSELAS, quincena 2, noviembre del 2000 La dieta de Sonsonate, quincena 1, noviembre del 2000 El Cónsul General en Egipto, quincena 2, octubre del 2000 La Bella Inglesa, quincena 1, octubre del 2000 El Obispo que no fue, quincena 2, setiembre del 2000 La Ultima Reina de Costa Rica, quincena 1, setiembre del 2000
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Perfil del Autor:
Jorge Francisco Sáenz
Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros,
entre los cuales destacan El Despertar Constitucional de Costa
Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y
Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la
Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de
Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910
e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos
sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es
profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la
Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el
Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de
Relaciones Exteriores y Culto. |
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