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LA DIETA DE SONSONATE

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 1, Noviembre del 2000

 

            Entre 1838 y 1839, la República Federal de Centro América, que había arrastrado desde 1824 una historia tan turbulenta como estéril y lamentable, desapareció del mapa. Comenzando por el de Nicaragua, los Estados de la Federación fueron poco a poco abandonando aquel conflictivo redil. La mayoría lo hizo dedicando bonitas frases al ilustre cadáver y expresando su esperanza de que pronto resucitase.

            Poco después, algunos de los Estados empezaron a poner en práctica un rito que no se abandonaría ya en todo el siglo: la conferencia unionista. El guión era sustancialmente el mismo siempre: dos o más de los cinco Estados se ponían de acuerdo, generalmente en un tratado, para celebrar una reunión e invitar a ella a los demás. En la conferencia (a la que rara vez concurrían todos) se firmaba un grandilocuente tratado (el 15 de setiembre solía ser la fecha favorita para el acto), que después se quedaba sin ratificar, o si se ratificaba no se cumplía. Entre tanto, los Estados protagonistas de aquellos fraternales encuentros (por lo general El Salvador, Honduras y Nicaragua, y esporádicamente Guatemala) se dedicaban a hacerse la guerra del modo más sanguinario.

            Uno de aquellos intentos, conocido entre los historiadores como la Dieta de Sonsonate, fue el primero en el que Costa Rica se decidió a participar. Anteriormente, el Estado había expresado algún limitado interés en la llamada Confederación de Chinandega, que funcionó en teoría a partir de 1843, pero la tal Confederación terminó de modo lamentable, cuando estalló una guerra entre sus tres miembros, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Por supuesto la participación costarricense en semejante olla de grillos no pasó del papel.

            La idea de efectuar una conferencia unionista en la villa salvadoreña de la Santísima Trinidad de Sonsonate -que había sido pasajeramente capital de la República Federal de Centro América y en cuyas vecindades se erigía el famoso volcán Izalco- surgió del tratado de paz y amistad firmado entre El Salvador y Guatemala el 4 de abril de 1845. En este convenio, los dos Estados acordaron reunir comisionados en Sonsonate del 1° al 30 de agosto de ese año, y con ese propósito invitaron a Costa Rica, Honduras y Nicaragua a enviar delegados. La conferencia estaría destinada a examinar la convulsa situación del istmo, los medios más adecuados para restablecer la paz y la conveniencia de convocar a un Congreso constituyente para restablecer la República.

Casi enseguida, el 6 de mayo, en un convenio entre El Salvador y Nicaragua, se expresó el común deseo de que se restableciese un gobierno nacional centroamericano, y el 19 de julio se reprodujo una cláusula similar en otro convenio firmado por Honduras y Guatemala.

            En julio de 1845, El Salvador, Guatemala y Nicaragua incluso nombraron sus delegados a la Dieta. El problema fundamental era que en aquellos momentos El Salvador y Honduras estaban en guerra…

            ¿Y Costa Rica? El Ejecutivo costarricense, que desde mayo presidía el Senador Don José Rafael de Gallegos porque el Jefe de Estado titular Don Francisco María Oreamuno estaba suspendido (por negarse a ejercer el cargo), recibió la invitación de El Salvador para que el Estado enviase sus delegados a Sonsonate, y la puso en conocimiento de las Cámaras legislativas, a quienes correspondía decidir si se asistiría a la conferencia, y en caso afirmativo, efectuar el nombramiento de los comisionados.

            El 10 de julio, la Cámara de Representantes, que presidía el joven abogado don José María Castro Madriz, aprobó la participación de Costa Rica en la Dieta de Sonsonate y envió el proyecto de ley aprobado a la Cámara de Senadores, que debía darle la sanción final, porque el Ejecutivo no pinchaba ni cortaba en el asunto.

            Mientras esperaban la decisión de los senadores, los representantes nombraron a los delegados a la conferencia unionista. La designación recayó en el Licenciado Don Manuel Aguilar Chacón y el Doctor Castro Madriz.

            Por muy bonito que sonase de primera entrada, el encargo de representar a Costa Rica en la famosa conferencia tenía visos de pesadilla.             La población de Sonsonate -el nombre derivaba del náhuatl Zenzontlatl, "cuatrocientos ojos de agua"- no ofrecía muchas condiciones para la realización de una conferencia tan importante: era demasiado caliente y llegar a ella hasta podía resultar peligroso para los delegados que viajasen por mar, ya que el único puerto cercano, Acajutla, era una ensenada abierta, sin abrigo alguno y en una costa brava. Para los delegados costarricenses, la honrosa desgracia de representar a su Estado natal conllevaba un viaje prolongado y fastidioso, en embarcaciones inseguras, y un recorrido terrestre por tierras más inseguras todavía, si desembarcaban en otro puerto distinto del pavoroso de Acajutla., y todo ello durante lo peor de la estación lluviosa. El magro tesoro costarricense no estaba en condiciones de pagar frondosos viáticos, y en todo caso, ni en Sonsonate ni en las demás poblaciones del trayecto había ningún lujoso hotel dónde gastarlos. Mientras tanto, los negocios en Costa Rica quedaban en manos ajenas y muchas veces inexpertas.

            El doctor Castro, que estaba iniciando una muy prometedora carrera política, posiblemente reaccionó con horror ante la perspectiva de tener que asistir a la famosa conferencia, ya que el 25 de julio presentó a la consideración de la Cámara de Representantes una nota en la que hacía formal dimisión del cargo. Indicaba que, de acuerdo con la Constitución, los Representantes no podían ser empleados remunerados de nombramiento del Ejecutivo. Con unas frases floridas muy típicas de su estilo verboso y retórico, el doctor manifestaba:

Dr. José María Castro Madriz

"… es la mano inflexible de la ley, quien me detiene: no la amargura de abandonar mis intereses y mi cara familia; no las penalidades de un tránsito en la estación más fuerte del invierno, ni las molestias de un viaje, ni los riesgos de mi propia vida: jamás los cálculos del bien personal, han entrado a la balanza en que peso los intereses de mi patria…"

Castro, quizá con toda la intención, escogió el momento más inoportuno para plantear la renuncia, puesto que ese mismo 25 de julio la Cámara de Representantes cerraba sus sesiones y no sería hasta noviembre, cuando las reanudase, que decidiría sobre si aceptaba o no la dimisión.

El otro favorecido (o perjudicado) con la designación para Sonsonate, don Manuel Aguilar Chacón, era un abogado josefino, que gozaba de mucho y merecido prestigio y había sido Jefe Supremo del Estado de 1837 a 1838. Había sufrido exilio político durante algunos años, y parte de ellos los había pasado precisamente en El Salvador, por lo que el Estado sede de la conferencia le era bien conocido. De momento no externó objeciones a su nombramiento como delegado, tal vez porque deseaba volver a visitar tierra salvadoreña, o más posiblemente con la secreta esperanza de que la conferencia unionista a fin de cuentas no se efectuase.

Manuel Aguilar Chacón

El 1° de agosto de 1845 la Cámara de Senadores aprobó la iniciativa planteada por la de Representantes, y de este modo quedó decidida la participación de Costa Rica en la Dieta de Sonsonate. Exactamente ese día era el acordado por El Salvador y Guatemala para el inicio de la reunión.

            Por supuesto, la conferencia de Sonsonate no se había inaugurado en la fecha prevista, y no ciertamente porque faltasen los delegados de Costa Rica. El conflicto entre El Salvador y Honduras continuaba a más y mejor, y en Nicaragua no tardó en estallar una guerra civil. En tales circunstancias no había conferencia posible. El 16 de agosto de 1845, el semanario Mentor costarricense dedicó un editorial a la proyectada Dieta, y después de referirse en tono lúgubre a lo que ocurría en los Estados del norte, indicó que ante aquella situación bélica casi generalizada,

"… tal es el estupor, que no abrigamos ninguna esperanza halagüeña."

            El 14 de octubre de 1845 el Canciller hondureño Don Francisco Cruz dirigió una nota al Ministro General de Costa Rica, Don Joaquín Bernardo Calvo Rosales, para felicitarle por la decisión costarricense de enviar comisionados a Sonsonate y asegurarle que

"… tan luego como que se verifique el arreglo pacífico que se promueve con El Salvador y obtenga su ratificación por ambas partes, mi Gobierno, que ya tiene iguales compromisos con el de Nicaragua y Guatemala, mandará sus delegados…"

            El 27 de noviembre, la Cámara de Representantes de Costa Rica votó por admitir la renuncia del Doctor Castro Madriz al cargo de delegado a la Dieta de Sonsonate. Para reemplazarlo se designó a Don Rafael Moya Murillo, un conspicuo cafetalero y comerciante de Heredia, que como Presidente del Senado había ejercido interinamente la Jefatura del Estado de diciembre de 1844 a mayo de 1845, en sustitución del reacio titular Oreamuno.

            Moya, persona de muchos méritos y por lo general muy dispuesto a servir al país, no tenía el más remoto interés en asistir a la famosa y hasta aquel momento hipotética conferencia, y no tardó en excusarse, indicando, al estilo del Doctor Castro, aunque sin tanta prolijidad, que según la Constitución vigente no se podía obligar a nadie a asumir cargos públicos, sino hasta que se cumpliesen dos años de haber concluido su último desempeño.  A la Cámara de Representantes no le quedó más remedio que admitirle la dimisión. 

Rafael Moya Murillo

            El 10 de diciembre, cuando Costa Rica y El Salvador firmaron en San José el tratado de amistad y alianza Calvo-Idígoras, consignaron expresamente que los delegados costarricenses acudirían a Sonsonate "tan presto como se haya celebrado la paz entre Honduras y El Salvador". Los firmantes ignoraban que el 27 de noviembre anterior, en el pueblo de Sensentí, se había suscrito por fin el anhelado convenio de paz entre El Salvador y Honduras, en el cual se expresaba, entre otras cosas el deseo de que se restableciese el gobierno nacional centroamericano. En los primeros días de diciembre, ambos Estados habían ratificado el tratado de Sensentí.

Parecían haber desaparecido todos los obstáculos, y las ilusiones unionistas despertaron nuevamente. El 12 de enero de 1846, Honduras y Nicaragua firmaron el tratado de amistad y alianza Ferrera-Escobar, y en él se comprometieron a enviar delegados a Sonsonate. Por esos mismos días, el Gobierno de Guatemala envió una misión encabezada por Don Mariano Padilla a El Salvador, Honduras y Nicaragua, para promover la celebración de la conferencia unionista. Costa Rica, por su parte, envió al Licenciado Aguilar a El Salvador, como delegado único, porque todavía no había sido posible la designación de quien debía reemplazar a los remisos Castro y Moya.

El 17 de febrero de 1846 se encontraron por fin en Sonsonate los delegados de El Salvador y Guatemala y el delegado de Costa Rica. Como no se tenían noticias de los de Honduras y Nicaragua, no tenía sentido iniciar todavía las labores de la conferencia. Los cinco comisionados se limitaron a suscribir un acta en la que se instaba a los gobiernos de esos dos países a enviar cuanto antes sus delegaciones, y acordaron volverse a reunir el 15 de abril.

Los delegados de Guatemala emprendieron enseguida el regreso a su país, y los de El Salvador también abandonaron Sonsonate. En la población sólo quedó el costarricense Aguilar, quien no estaba en posibilidades de volver a su tierra y regresar tranquilamente en abril, debido a la enorme distancia que existía entre Costa Rica y El Salvador y a la irregularidad de las comunicaciones marítimas.

Con optimismo digno de mejor causa, el 20 de ese mismo mes, el Gobierno de Costa Rica, ignorante de que la Dieta todavía estaba en veremos, comunicó a los demás Estados que el Coronel Don Rafael G. Escalante y Nava, antiguo jefe del contingente de Costa Rica en el ejército federal, había sido escogido para completar la delegación costarricense. El 5 de marzo envió aviso de que Escalante solamente esperaba la llegada de un buque a Puntarenas para emprender el viaje. Tres días antes, el Gobierno de Nicaragua había remitido una comunicación en el sentido de que sus delegados llegarían a Sonsonate el 15 de abril. 

Coronel Rafael G. Escalante y Nava

El 21 de febrero asumió la Presidencia de El Salvador el distinguido médico Don Eugenio Aguilar y González, quien había resultado victorioso en los recientes comicios. Aguilar, hombre de mucho prestigio político y profesional, era bien conocido por sus simpatías unionistas, y era de esperarse que bajo su gobierno El Salvador asumiría con mucha responsabilidad su condición de anfitrión de la Dieta.

Sorpresivamente, el Gobierno de Nicaragua, que blasonaba de unionista y había manifestado varias veces su respaldo a la celebración de la conferencia, anunció que no concurriría a ella. Recientemente, se habían producido sangrientos disturbios en Chinandega, provocados por exiliados procedentes de El Salvador. En tales circunstancias, Nicaragua manifestó que

"… a pesar de tener todo listo y dispuesto para la marcha de sus comisionados, ésta no se verificaría sino hasta que el Gobierno del Salvador satisfaciese debidamente los diferentes reclamos que le tenía hechos, los cuales, sin embargo, no habrían sido un obstáculo invencible sin los sucesos ocurridos últimamente en el distrito de Chinandega que hacían temer al Gobierno de Nicaragua que sus comisionados careciesen de garantías en un Estado en donde se dispensaba la mejor acogida a sus encarnizados enemigos y se les prestaba decidida protección."

Honduras, por el contrario, aceptó cálidamente la instancia del 17 de febrero y anunció que pronto enviaría sus delegados.

En vísperas del 15 de abril todavía no había noticias de los delegados de Honduras, no se conocía la decisión final de Nicaragua y tampoco habían regresado a Sonsonate los comisionados de Guatemala. Por supuesto, tampoco en esta oportunidad fue posible inaugurar la conferencia, y se optó por un nuevo aplazamiento. Esta vez al menos se tuvo la prudencia de no fijar fecha…

El mismo 15 de abril, el Canciller salvadoreño Don José María San Martín se dirigió al Ministro General de Costa Rica Don Joaquín Bernardo Calvo para expresarle la satisfacción de su Gobierno por la buena voluntad demostrada por las autoridades costarricenses con respecto a la conferencia. La nota expresaba además que por parte de El Salvador no se retardaría un solo momento el inicio de la trascendental reunión. Se esperaba el oportuno regreso de los delegados de Guatemala, y que éstos, unidos a los de Costa Rica y El Salvador, harían concurrir a los demás.

Sin embargo, por estos mismos días el unionismo de Guatemala empezó a bajar de tono. El veterano, inteligente y por demás intrigantísimo Cónsul General de Su Majestad Británica en Centro América, Frederick Chatfield, que residía en la capital guatemalteca, reanudó su amistad con dos conspicuos adversarios de la unión regional, Don Francisco Pavón y Don Luis Batres. Éstos, que eran personajes de mucho viso en el partido conservador de Guatemala, consideraban que el restablecimiento del gobierno centroamericano sería algo inútil y creían preferible que sólo se organizase un "Consejo de Unión" con un delegado de cada Estado y bajo la dirección del Presidente de Guatemala. El 25 de abril de 1845, el Cónsul General escribió al Canciller británico Lord Aberdeen para manifestarle que el plan de restablecer la unión era impracticable y que los centroamericanos harían mejor en considerar las ideas de Pavón y Batres.

Chatfield tenía mucho peso en el Gobierno de Guatemala, que encabezaba el General Don Rafael Carrera y Turcios, y eso quizá hizo que se demorase considerablemente el retorno de los delegados guatemaltecos al sitio de la conferencia.

El 27 de abril zarpó de Puntarenas la goleta neogranadina Esterlina, con destino al puerto salvadoreño de La Unión. En ella viajaba el Coronel Escalante, cuya llegada a Sonsonate completaría la delegación costarricense en la conferencia unionista. El Licenciado Aguilar, quien ya llevaba varios meses de aburrirse viendo el Izalco, sin duda recibió alborozado a su colega de infortunio.

Por fin llegaron también a la villa de la Santísima Trinidad los delegados de El Salvador, Don José Antonio Jiménez y Don Francisco Dueñas, y los de Honduras, Don Mónico Buezo y un señor Alvarado, y el 15 de junio de 1846 se reunieron con los de Costa Rica. En una repetición de lo actuado en febrero, los seis comisionados resolvieron, como primer paso, instar a los Gobiernos de Guatemala y Nicaragua a enviar su representación a la conferencia.

El 28 de junio, los delegados recibieron una comunicación oficial del Gobierno guatemalteco en la que se daba aviso de la partida para Sonsonate de sus dos delegados, Don José Mariano Rodríguez y Don Alejandro Marure.

Todo parecía ya destinado a marchar sobre ruedas. Sin duda, el Gobierno de Nicaragua, enfrentado con la perspectiva de verse aislado en el istmo, no tardaría en deponer su resistencia y enviaría sus delegados a Sonsonate.

Y entonces ocurrió lo impredecible: los delegados de El Salvador y Honduras anunciaron que abandonarían Sonsonate y se trasladarían a San Salvador. Para justificar tan extraña actitud, alegaron los ardores del clima tórrido imperante, lo insalubre de la villa y las incomodidades que sufrían allí. Los pretextos eran tan ridículos que la delegación costarricense atribuyó la marcha a un plan combinado, que por supuesto no tenía nada que ver con problemas de confort.

Don Manuel Aguilar y Don Rafael Escalante se quedaron en Sonsonante, esperando quizá que con la llegada de los guatemaltecos se lograría convencer a los hondureños y salvadoreños de volver al redil. Pero la famosa Dieta de Sonsonate parecía maldita: el 6 de julio, una pulmonía fulminante segó la vida del Licenciado Aguilar, que hubo de ser enterrado allí.

El 7 de julio, el Gobierno de Nicaragua anunció que había nombrado como delegados a Don José Sacasa, residente en San Salvador, y a Don Francisco Castellón y Sanabria, al que se había instado a ponerse en camino (A Nicaragua tampoco le había sido fácil nombrar a sus delegados: antes de Castellón, la designación había recaído en Don Laureano Pineda, quien la declinó, y en Don Pablo Buitrago, quien alegó estar enfermo y consideró que además no tendría garantías suficientes en El Salvador).

El 10 de julio, llegaron a Sonsonate los comisionados guatemaltecos Rodríguez y Marure, para encontrarse con la sorpresa de que allí solamente les esperaba el Coronel Escalante. Como todavía se encontraban en San Salvador los colegas hondureños y salvadoreños, se apresuraron a escribirles para pedirles que regresasen a Sonsonate.

Al día siguiente de la llegada de la delegación guatemalteca a Sonsonate, estallaron en San Salvador graves disturbios de orden político, derivados del enfrentamiento entre el Presidente Aguilar y Monseñor Jorge Viteri y Ungo, el muy turbulento e incómodo Obispo de El Salvador. El 12 de julio, Aguilar se vio obligado a depositar el mando supremo en uno de los Senadores, el General Don Fermín Palacios. El espíritu conciliador de Palacios no encontró ninguna acogida en el Obispo, y el 13 de julio, como continuaban los desórdenes, el nuevo Gobierno puso en estado de sitio todas las poblaciones del Estado, sin excluir a Sonsonate y sin tomar ninguna medida para garantizar la seguridad de los delegados de Costa Rica y Guatemala que se hallaban allí.  El Gobierno de El Salvador parecía actuar como si el del Tíbet fuese el anfitrión de la conferencia unionista.

El delegado hondureño Alvarado, que simpatizaba con el Obispo, se alarmó ante estos hechos y, temiendo por su propia seguridad, emprendió precipitadamente el regreso a su país.

A pesar de ello, el 14 de julio, los delegados de El Salvador y el delegado Buezo de Honduras se dirigieron a sus colegas guatemaltecos, con mucha frescura, para expresarles que su permanencia en San Salvador era sólo temporal. En su opinión, con la muerte de Aguilar había quedado incompleta la representación de los Estados; pero expresaban su disposición de trasladarse a Sonsonate si los delegados allí reunidos creían que en tales condiciones podía hacerse alguna cosa. De lo contrario, esperarían en San Salvador a los de Nicaragua. Señalaban además que si se formulaba una instancia más a Nicaragua y otra a Costa Rica para reponer a Aguilar, se podía hacerlas a nombre de todos. Indicaban, por último que en la capital salvadoreña estarían mejor y los invitaban a trasladarse allí, como si San Salvador gozase de una paz octaviana.

El 17 de julio, otro balde de agua fría cayó sobre los comisionados que permanecían en Sonsonate. En el vecino puerto de Acajutla fondeó el buque Adolfo, procedente de Puntarenas, y trajo la noticia de que el 7 de junio anterior se había producido en Costa Rica un golpe militar, que había elevado a la Jefatura del Estado a Don José María Alfaro Zamora. Ante tal circunstancia, el Coronel Escalante manifestó a sus colegas de Guatemala que se separaría de la aún nonata Dieta, por no saber si la nueva administración costarricense mantendría la misma política de la derrocada, y que esperaría instrucciones antes de tomar asiento.

Claro que en aquellos momentos no parecía que fuese a haber asiento qué tomar. Los delegados estaban profundamente indignados por la declaratoria del estado de sitio, y el 18 de julio dirigieron una enérgica comunicación a las autoridades salvadoreñas, para protestar por aquella medida y manifestarles que la consideraban como un intento para impedir la reunión de la Dieta. La protesta, como era de esperarse, cayó en saco roto, y el Gobierno salvadoreño dio la callada por respuesta. La administración del General Palacios estaba tambaleándose, y no tenía tiempo ni voluntad para atender los reclamos de los comisionados. A fin de cuentas, el 21 de julio Palacios le devolvió la Presidencia a Don Eugenio Aguilar.

Con motivo de la declaratoria del estado de sitio, el Gobierno de Nicaragua se consideró definitivamente eximido de participar en la conferencia unionista, y sus delegados jamás pusieron un pie en Sonsonate. Mientras tanto, los delegados de El Salvador y el que quedaba de Honduras organizaron en San Salvador una especie de comisión, a modo de apéndice de la Dieta, que se apropiaba de todas las comunicaciones dirigidas a ésta y sólo remitía a Sonsonate una transcripción de las que consideraban oportunas.

Aquello ya pasaba de castaño oscuro. Los delegados guatemaltecos, cuya paciencia había llegado al límite y que de todos modos debían estar conscientes de que su propio Gobierno cada vez se estaba apartando más de las filas unionistas, consideraron que ya no tenían nada qué hacer en Sonsonate. El 3 de agosto de 1846 se despidieron de Don Rafael Escalante e iniciaron el viaje de regreso a su Estado natal, sin duda renegando de todos los unionismos habidos y por haber.

El Coronel Escalante, demostrando más responsabilidad de la que merecía aquella payasada, publicó un extenso manifiesto, fechado el mismo 3 de agosto, en el cual relataba todo lo ocurrido y que concluía con estas palabras:

"De todo lo relacionado se infiere necesariamente que una mayoría de los Estados no quiere unirse de nuevo, en un pacto del todo nacional: que sus tendencias son permanecer en el actual orden de cosas: es decir, en el pleno goce de su independencia y soberanía, en uso del derecho sagrado e imprescriptible que todo pueblo tiene para mirar por su propio bien; y que para conseguir esto, han dado todos los Estados pruebas inequívocas en distintos tiempos y en distintas circunstancias."

 Escalante todavía tuvo la humorada de esperar un poco más en Sonsonate el regreso de alguno de los delegados de los otros Estados. Finalmente comprendió que el Juicio Final llegaría primero que la inauguración formal de la Dieta, y optó por regresar a Costa Rica.

El nuevo Gobierno costarricense, que había tenido noticias del fallecimiento de Don Manuel Aguilar, nombró el 19 de setiembre de 1846 a Don Juan Antonio Alvarado y Oreamuno, antiguo Senador federal por Costa Rica, para que sustituyese al ilustre extinto en la Dieta. Sin embargo, no tardaron en llegar a San José las nuevas del aparatoso fracaso de la conferencia, y Don Juan Antonio no se vio obligado a emprender el viaje a Sonsonate ni a buscar pretextos para eludirlo.

Con muy poco sentido de la oportunidad, al año siguiente los Gobiernos de El Salvador, Honduras y Nicaragua decidieron convocar a otra conferencia unionista, y escogieron para celebrarla la población hondureña de Nacaome. Las autoridades de Honduras invitaron oficialmente a Costa Rica y a Guatemala a participar en aquel nuevo intento.

La ridícula experiencia sonsonateca sin duda había dejado muy escamada a Guatemala, porque ni siquiera se preocupó por guardar las formas y manifestar un apoyo lírico a la conferencia, como lo prescribía el ritual. El General Carrera no tenía el más mínimo interés en la conferencia unionista, y ni qué decir que el Cónsul General Chatfield la veía con el mayor de los recelos. El 8 de julio, el Gobierno de Carrera declinó formalmente la invitación e indicó que Guatemala se había erigido ya (desde el 22 de marzo) en República soberana e independiente y había sido reconocida como tal por los gobiernos extranjeros.

El 22 de julio, los delegados de El Salvador, Honduras y Nicaragua se reunieron en Nacaome, y como queriendo repetir paso por paso la comedia de Sonsonate, instaron a los Gobiernos de Costa Rica y Guatemala a enviar también su representación.

En Costa Rica no se animaron a decir francamente que no. El 30 de julio, el Legislativo costarricense dispuso que el Estado acudiese a la nueva Dieta, e incluso designó como delegados al Ministro Don Joaquín Bernardo Calvo y a Don Juan Antonio Alvarado y Oreamuno. El 5 de agosto, las autoridades costarricenses enviaron una comunicación a Nacaome para indicar que sus delegados no tardarían en llegar.

Sin embargo, el Gobierno de Costa Rica, que desde el 8 de mayo anterior presidía don José María Castro Madriz, le dio largas y más largas al envío de la representación del Estado. Lo cierto era que a la recién estrenada administración de Castro no le interesaba ni poco ni mucho la Dieta de Nacaome ni lo que pudiera salir de ella. Había una formidable razón financiera: un restablecimiento de la Federación conllevaría para Costa Rica el volver a ser copartícipe de la deuda británica de la extinta República, de la que el Estado, con un gran sacrificio pecuniario, se había librado desde tiempos de Carrillo, mediante el pago de su correspondiente cuota. Pero además Castro ya estaba planeando erigir al Estado en República y abrir relaciones con los países europeos, como lo había hecho Guatemala, y revivir la insepulta Federación no se avenía ciertamente con tales propósitos.

En octubre de 1847, en una carta confidencial a su colega guatemalteco, Castro le expresó sin ambages:

"… me vi estrechado a reprimir los deseos que me animaban y tuve que halagar aparentemente el desatinado proyecto de Nacaome. Sin embargo en el fondo de mis alocuciones al Congreso y al través de algunas modestas palabras habrá observado Vuestra Excelencia mi verdadera opinión con el hecho de no haber concurrido los Comisionados de este Estado a la indicada Dieta."

La conferencia de Nacaome enfrentó múltiples contratiempos y no pocas veces pareció destinada a disolverse. Sin embargo, a fin de cuentas resultó un poco menos estéril que la frustrada Dieta de Sonsonate. En el mismo mes de octubre de 1847, después de esperar en vano que llegasen los comisionados costarricenses, los delegados de El Salvador, Honduras y Nicaragua suscribieron un convenio para erigir un Gobierno centroamericano provisional y otro para la convocatoria de una Asamblea Constituyente, e invitaron a Costa Rica y a Guatemala a adherirse a ambos pactos.

Honduras y Nicaragua, ratificaron en su totalidad los tratados de Nacaome, pero El Salvador sólo los aprobó en forma parcial y a fin de cuentas quedaron sin efecto ninguno… En 1849, los tres Estados acordaron celebrar una nueva conferencia unionista, esta vez en la ciudad nicaragüense de León. Allí firmaron un nuevo tratado para crear una Confederación entre los tres Estados, e instaron a Costa Rica… etcétera, etcétera.


BIBLIOGRAFÍA: GÁMEZ, José Dolores, Historia moderna de Nicaragua, Managua, Banco de América, 1ª. Ed., 1975; LEISTENSCHNEIDER, María y Freddy, Gobernantes de El Salvador, San Salvador, Ministerio del Interior, 1ª. Ed., 1980; OBREGÓN QUESADA, Clotilde María, Costa Rica, relaciones exteriores de una República en formación 1847-1849, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1984; SÁENZ CARBONELL, Jorge Francisco, Historia diplomática de Costa Rica 1821-1910, San José, Ediciones Juricentro, 1ª. Ed., 1996;
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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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