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EL CÓNSUL GENERAL EN EGIPTO

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 2, Octubre del 2000

 

    En 1884, el servicio diplomático de Costa Rica era diminuto. La República, cuyo presupuesto era bastante exiguo, y que en todo caso nunca había tenido mayor interés en contar con un cuerpo diplomático considerable, consideraba más que suficiente sufragar el costo de una Legación en Washington y otra en Madrid, a cargo respectivamente de los Ministros Plenipotenciarios Don Manuel María de Peralta y Alfaro (el célebre Marqués de Peralta) y Don León Fernández. Éste, cuya presencia en Madrid obedecía a la posibilidad de que el Rey Don Alfonso XII actuase como árbitro en el litigio limítrofe entre Costa Rica y Colombia, estaba acreditado también ante la Gran Bretaña y la República Francesa.

     Además de Peralta y Fernández, Costa Rica tenía otros tres agentes diplomáticos: Don Fernando de Lorenzana y Sánchez, Marqués de Belmonte, Ministro Plenipotenciario ante la Santa Sede; el doctor Don José Agustín de Escudero, Ministro Residente en la República Argentina, y Don Manuel Antonio Campero, Ministro Residente en México. Ninguno de los tres era costarricense, y tenían la virtud de no costarle un centavo al erario público, puesto que prestaban sus servicios en forma honoraria. Alguna vez el Marqués de Belmonte pidió ingenuamente al Gobierno de la República que por lo menos le hiciese llegar alguna pequeña suma para los gastos de correo, y el Canciller en persona le contestó que Costa Rica no era ingrata y retribuiría sus servicios "con largueza"; pero lo cierto es que jamás recibió la más mínima cantidad, a pesar de sus muchos años de competente labor y de la desconsideración con que le trataron las autoridades ticas en varias oportunidades.

     Pero si Costa Rica tenía pocos agentes diplomáticos, no ocurría lo mismo con los agentes consulares. A lo largo de los treinta y cinco años transcurridos desde el primer nombramiento, efectuado en 1849, el cuerpo consular costarricense había ido creciendo hasta alcanzar dimensiones totalmente desproporcionadas para el tamaño y el movimiento comercial y migratorio del país. En España, el país tenía quince funcionarios entre Cónsules Generales, Cónsules y Vicecónsules; en la Gran Bretaña y sus dominios, el número de agentes consulares era menor, pero no mucho, ya que ascendía a trece; en Francia había ocho, en la pequeña Bélgica había siete y así sucesivamente.

     Lo agradable, desde el punto de vista de las autoridades costarricenses, es que ninguno de esos funcionarios cobraba por sus servicios: todos y cada uno de los agentes consulares de la República desempeñaban su cargo en forma honoraria. El gratis tan celebrado en las esferas oficiales les hacía ver con profunda simpatía a todos esos simpáticos personajes que se ofrecían a servir a Costa Rica, y rara vez se hacían investigaciones profundas sobre los sujetos en cuestión. Casi cualquier extranjero estaba en la posibilidad de obtener un nombramiento consular costarricense con sólo pedirlo al Gobierno de la República por la vía epistolar. 

     Algunos de los funcionarios consulares se tomaban el cargo en serio y procuraban servir a Costa Rica en forma eficiente y dedicada; pero otros simplemente veían en el nombramiento consular el medio de abrirse puertas para negocios propios o incluso para el mero figurón social en los países de su residencia. Aunque en muchos círculos europeos y latinoamericanos Costa Rica fuese un país más o menos desconocido y en todo caso insignificante, un Cónsul siempre era un Cónsul, un personaje que era invitado a ceremonias y actos oficiales, que se codeaba con representantes de grandes potencias en recepciones y banquetes, que era tratado de Honorable señor y de Señoría y que podía ver su nombre escrito en letras de molde en las listas de los cuerpos diplomáticos y consulares contenidas en las suspiradas páginas del Almanach de Gotha.

     Sin duda, para los costarricenses, del Presidente para abajo, era también muy agradable pensar que, gracias a aquellas oficinas consulares, el pabellón tricolor de la República ondeaba en lugares tan remotos como Atenas, Copenhague, Sydney y Pernambuco. Tan bello cuadro, sin embargo, tenía sus lunares: efectuar los nombramientos con tal generosidad y despreocupación a veces resultaba contraproducente, ya que no todos los aspirantes a cargos consulares eran tan honorables como pretendían serlo.  De vez en cuando, el escándalo salpicaba el nombre del país, pero la Cancillería costarricense no se tomaba muy a pecho aquellos problemas, y seguía fiel a la ahorrativa práctica de los nombramientos honorarios…

     Allá por el mes de octubre de 1884, durante la administración del General don Próspero Fernández Oreamuno, una curiosa solicitud llegó a las oficinas de la Cancillería costarricense, ubicadas en aquel entonces en el elegante Palacio Nacional.

     Al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores (y de las de Instrucción Pública, Justicia, Gracia, Culto y Beneficencia), se hallaba entonces -por sexta vez en su vida- un cuñado del Presidente Fernández, el ex Presidente don José María Castro Madriz. El doctor Castro, como le llamaba todo el mundo en San José, era un señor de sesenta y seis años, carirredondo y barbado, algo pagado de sí mismo, de maneras suaves y habla queda y un extraordinario gusto por hacer discursos. Durante sus años en la Presidencia de la República y en la Cancillería había visto cartas muy curiosas, pero tal vez le desconcertó un poco leer una misiva en la que se le solicitaba un nombramiento consular en Egipto.

     La carta en cuestión, escrita en italiano y fechada el 26 de agosto de 1884, la firmaba un tal Comendador Gabriele de Rosa. El primer párrafo contenía una afirmación por demás gratuita:

     "Al aumentarse siempre más las relaciones comerciales entre la República de Costa Rica y Egipto, creo ser útil la presencia en Alejandría de un agente consular nombrado por Vuestra Excelencia, por lo que espero que Vuestra Excelencia querrá proveerlo lo más pronto posible."

     El doctor Castro, hombre bastante cultivado, indudablemente comprendió que lo de aquel comercio creciente con el país de los faraones era un mero invento. Costa Rica no le vendía nada a Egipto, ni importaba nada procedente de allá, como no fuese alguna chuchería comprada en Londres o París por algún cafetalero o comerciante con el propósito de darle un toque oriental al salón de su casa o a su oficina. Para la inmensa mayoría de los costarricenses, Egipto era solamente un nombre de la Biblia, tan exótico como podían serlo los de Babilonia y Ur y que a lo sumo les evocaba  la historia de Moisés.

     En 1884, por supuesto, ya no había faraones: el país del Nilo era un territorio vasallo, más o menos autónomo, pero vasallo al fin, del Imperio Turco, y estaba además sometido a un virtual protectorado británico. En nombre de la Sublime Puerta -la Corte califal de Constantinopla- gobernaba Egipto una especie de virrey hereditario de estirpe albanesa, denominado el Jedive. En la época en que el señor de la Rosa escribió su carta, el trono jedival lo ocupaba un joven de tez morena y cabellos negros, llamado

Una calle de Alejandría en el siglo XIX

 Mohamed Tewfik Pachá. Muy bien educado y de agradables maneras, con una vida privada impecable, Tewfik Pachá era un incansable trabajador por el progreso de Egipto, pero sus esfuerzos resultaban bastante infructuosos. La desacertada administración de su padre, Ismail Pachá, un personaje irreflexivo, pródigo y extravagante, que gustaba de lo aparatoso, había llevado al país a la bancarrota y sus enormes deudas habían permitido a la Gran Bretaña adquirir las acciones egipcias del Canal de Suez, vía que el Gobierno de la Reina Victoria consideraba indispensable controlar para garantizar la rapidez de las comunicaciones con la India. Además, los británicos habían desembarcado tropas en el país en 1882 y desde entonces eran los verdaderos gobernantes de Egipto, por mucho que eso les molestase tanto a los turcos como a los egipcios.

     El segundo párrafo de la carta dejaba muy claro que el señor de Rosa, quien quiera que fuese, no era precisamente un dechado de modestia:

     "El inmenso crédito e ilimitada confianza de que gozo en la Corte de Su Alteza Real el Jedive de Egipto, me lleva a solicitarle la autorización para representar a Costa Rica en el territorio egipcio, en calidad de Cónsul General. Mi posición social y los títulos que poseo me hacen esperar que Vuestra Excelencia acogerá favorablemente mi petición."

     Dando ya por descontado su nombramiento, el solicitante se permitía escribir al margen: "La patente consular debe ser dirigida así: Señor Comendador Gabriele de Rosa. Vía Rivoli 9, Génova."

     Y eso era todo.  No se decía quién era el fulano, ni cuál era su posición en Egipto, ni se daba ningún otro detalle sobre su origen, su profesión (si es que tenía alguna) o sus actividades; menos aún se explicaba a cuenta de qué quería ser funcionario consular de Costa Rica.

     En una Cancillería menos rudimentaria que la costarricense, aquella carta impertinente hubiera sido arrojada sin más miramientos al cesto de los papeles inútiles. Pero al doctor Castro, cuya esposa había visitado recientemente Tierra Santa, le debió parecer interesante la perspectiva de que la República contase gratuitamente con un agente consular en el misterioso Egipto, y especialmente en la opulenta Alejandría, la principal ciudad portuaria y comercial del lejano país, porque procedió a tramitar sin más el nombramiento del señor Rosa, en los mismos términos en que éste lo pedía. Ni siquiera se pensó en designarlo para un cargo menos importante, como el de Vicecónsul. El Comendador de Rosa había entrado muy orondo por la puerta principal, y la Cancillería costarricense no se animó a indicarle otra. No parece siquiera que se le hayan pedido informes sobre el enigmático individuo al Cónsul (también honorario) de Costa Rica en Génova, Carlo Balestrino, quien por lo menos tenía bastantes años en el cargo. Quizá al veterano jefe de la diplomacia tica le había impresionado un tanto aquello del inmenso crédito y la ilimitada confianza de que decía gozar el petente en la Corte jedival…

     El Presidente Fernández, que en materia de política exterior y otras consideraba una autoridad a su cuñado, suscribió sin objeciones el documento oficial -las letras patentes, en el vocabulario diplomático- mediante el cual se nombraba a Gabriele de Rosa como Cónsul General honorario de Costa Rica en Egipto, con residencia en Alejandría. El 15 de octubre de 1884, el Canciller Castro remitió la comunicación correspondiente al Ministro de Relaciones Exteriores de Egipto.

     Ya tenía Costa Rica otro Consulado General, o por lo menos eso parece haberse creído en San José. Dada la influencia que decía tener el señor de Rosa en la Corte cairota, las autoridades costarricenses deben haber supuesto que obtener el exequátur de estilo -la autorización oficial del país huésped para que un cónsul extranjero ejerza funciones en su territorio- sería para el Comendador cosa sencillísima.  

     Sin embargo, en febrero de 1885 Don José María Castro recibió una carta de su colega egipcio, Muley Bey, fechada en El Cairo el 29 de diciembre de 1884, que venía a echar por tierra aquellas ilusiones. En impecable francés, el Canciller del Jedive manifestaba lacónicamente al Doctor:

      "Dado que el reconocimiento de los Agentes y Cónsules Generales en Egipto está sujeto a la obtención previa del Exequátur otorgado por la Sublime Puerta, me apresuro a informar a Vuestra Excelencia de las disposiciones que han de tomarse para obtener que el Gobierno Imperial confirme el nombramiento del señor Gabriele de Rosa"

     Efectivamente, por mucho que Su Alteza Jedival Mohammed Tewfik Pachá fuese Jedive de Egipto y Soberano de Nubia, del Sudán, de Kordofán y de Darfur, su país tenía una personalidad internacional jurídicamente limitada y en materias tales como la acreditación de agentes diplomáticos y consulares seguía dependiendo de la Sublime Puerta. Era necesario, pues que recurrir a la Corte de Constantinopla, y dirigir la correspondiente solicitud a Su Majestad Abdul Hamid, Emperador de los Otomanos, Califa de los Musulmanes, Príncipe de los Creyentes, Servidor de las ciudades de La Meca, Medina y Jerusalén, Sultán de las tierras y los mares, que todos esos y muchos otros títulos tenía.

Mohammed Tewfik Pachá

     El 19 de enero de 1885, antes de que llegase a San José la comunicación del Canciller egipcio, el Cónsul General designado le había dirigido al Doctor Castro una segunda carta, en un tono tan grandilocuente como la primera, para pedirle el envío de una lista de los nombres y calidades de los miembros del gabinete de Costa Rica y del Presidente de la República, que le había sido solicitada por el Maestro de Ceremonias de la Corte jedival. Según insinuaba de Rosa, los señores en cuestión podrían eventualmente ser agraciados con condecoraciones "árabe-otomanas".

     Como parecía ser de ritual, el señor de Rosa hablaba de los fuertes vínculos de simpatía y devoción que lo unían con el Gobierno egipcio y de la gran confianza de que gozaba en la Corte de Tewfik Pachá.

     Todos aquellos prolegómenos iban destinados a plantearle otra petición al Gobierno costarricense: nombrar como "Coronel honorario del Estado Mayor de las milicias" de la "Serenísima República de Costa Rica" a un tío suyo de igual nombre, título y apellido. La carta terminaba diciendo:

     "Su Excelencia el Comendador Gabriele de Rosa, mi respetabilísimo tío, en cuanto reciba por mi medio el decreto de nombramiento de Coronel Honorario del Estado Mayor de las milicias de Costa Rica, me enviará los diversos decretos de la Orden Otomano-Árabe para todos los señores Ministros que integran el actual Gabinete de Costa Rica y también el correspondiente a Su Excelencia el Presidente.

 

     En espera de tal envío tengo el honor de suscribirme, de Vuestra Excelencia

 

     Devotísimo servidor

     Gabriele de Rosa, Cónsul General"

     Curiosamente, la firma del señor de Rosa, en esta segunda carta, era ligeramente distinta de la de la primera. Sin embargo, por lo menos en un apéndice a la misiva se aclaraba algo más sobre la identidad del tío: era "Oficial Comandante en la Armada de S. M. el Rey de Italia, actualmente en servicio en Egipto."

     Por más que sonara tentador lo de las "condecoraciones árabe-otomanas", esta vez el Gobierno costarricense no mordió el anzuelo y al parecer se limitó archivar la carta sin siquiera contestarla. El Canciller Castro, a quien Francia había otorgado la Legión de Honor, sin duda debía saber que ningún Gobierno respetable otorgaba ese tipo de distinciones con tanta ligereza, mediante la presentación de una mera lista de nombres, y menos si se trataba de nacionales de un país con el que no se tenía ningún contacto.

El Canciller Castro

     Por lo demás, el nombramiento de Coronel para el "respetabilísimo tío" era definitivamente impensable. El Ejército tenía mucho, muchísimo que decir en la Costa Rica de 1885, y no iba a festejar que se anduviesen repartiendo grados de Coronel, por muy honorarios que fuesen, a sujetos sin ninguna relación con el país. Además, la concesión de esos grados ni siquiera correspondía al Ejecutivo: de acuerdo con el artículo 73 de la Constitución de 1871, entonces vigente, era atribución exclusiva del Congreso Constitucional.

     El 30 de enero de 1885, el Comendador de Rosa dirigió una tercera carta (con una firma parecida a la de su misiva inicial, aunque no idéntica) al Canciller costarricense. En ella le informaba que Tonino Bey, Gran Maestre de Ceremonias de la Corte del Jedive, le había expresado la necesidad de presentar la solicitud de exequátur ante la Sublime Puerta y le había remitido la fórmula de estilo, que debía ser llenada por el Gobierno de Costa Rica. Según explicaba de Rosa, el agente nombrado debía presentar la solicitud personalmente en la Corte del Bósforo. De Rosa anunciaba que pronto viajaría a Nápoles, a su "Casa Central"(no explicaba la naturaleza de ésta) y que desde allí se dirigiría a Constantinopla para efectuar la presentación del documento. Rogaba, por consiguiente, que las nuevas letras patentes se le enviasen a la siguiente dirección: Señor Comendador Gabriel de Rosa (Casa Central), Vico lungo Teatro Novo N° 70, Nápoles (Italia). Aunque esta vez no hablaba de sus grandes contactos en la Corte egipcia, se permitía la impertinencia de decir que quedaba "En espera del pronto envío de la mencionada Patente Consular…", con el pronto bien subrayado.

     Al parecer, el señor de Rosa estaba tomando muy en serio lo de presentarse en Constantinopla, ya que solicitó además que se le enviase el código consular de Costa Rica y el diseño del uniforme consular del país. No sabemos si se los enviaron o no, pero por lo menos ya se contaba con ellos  y no se pasó por la vergüenza de confesar la inexistencia de legislación sobre la materia consular, como alguna vez ocurrió. La República tenía ya una copiosa y detallada normativa consular, contenida en un decreto-ley de 1881, y en ella se describía también el vistoso uniforme que debían utilizar los agentes consulares costarricenses.

     Poco tiempo debe haber tenido el Gobierno costarricense de dedicarle a las nuevas peticiones del señor Rosa, ya que durante el mes de marzo de 1885 el país vivió una situación de emergencia bélica. El General Rufino Barrios y Auyón, Presidente de Guatemala, había anunciado sus propósitos de restablecer por la fuerza la unión centroamericana, con el concurso de Honduras. Costa Rica, El Salvador y Nicaragua formaron una alianza para oponerse a tan megalómanas pretensiones y emprendieron preparativos de defensa y gestiones diplomáticas en los Estados Unidos, México y otros países. Para peores, durante la crisis murió súbitamente el Presidente costarricense Don Próspero Fernández, a quien sucedió el Primer Designado Don Bernardo Soto. Sin embargo, lo que amenazaba convertirse en un conflicto general centroamericano concluyó de una manera igualmente súbita, cuando Barrios pereció en uno de los primeros combates con las tropas salvadoreñas.

     En abril, el Gobierno de Costa Rica envió por fin al Comendador de Rosa las anheladas letras patentes y la nota de estilo para el Ministro de Asuntos Extranjeros del Imperio Turco, y en mayo la memoria de la Cancillería incluyó en la nómina del cuerpo diplomático y consular de Costa Rica acreditado en el extranjero, las correspondientes referencias a Egipto y a "Don Gabriel de Rosa, Cónsul General, residente en Alejandría".

     (Cuando se presentó al Congreso la memoria de 1885, el Doctor Castro ya no estaba al frente de la Cancillería. Sus acciones políticas habían bajado abrumadoramente con el fallecimiento de su presidencial cuñado, y había tenido que presentar la renuncia. Desde el 11 de mayo, el nuevo Secretario de Relaciones Exteriores y carteras anexas era el Licenciado Don Ascensión Esquivel Ibarra, años después Presidente de la República).

     En cuanto recibió las letras patentes, el signor de Rosa partió hacia Constantinopla, para presentar el famoso documento a la consideración del Gobierno turco. Al parecer, éste le concedió, como se acostumbraba entonces y se acostumbra todavía, una autorización o exequátur provisional para que ejerciese funciones, mientras examinaba la conveniencia de concederle el exequátur definitivo. Enseguida, el flamante Cónsul General regresó a Egipto, y el 30 de junio escribió al Canciller costarricense una carta en la que le expresaba:

"Excelencia: 

     Tengo el honor de participarle que el próximo sábado seré recibido por Su Alteza Jedival el Jedive de Egipto, al cual entregaré copia de las credenciales (patente consular y exequátur) para poder funcionar pacíficamente en mi calidad de Cónsul general de Costa Rica en Alejandría.

 

     Espero lo más pronto posible concluir con Egipto un tratado de amistad, comercio y navegación.

 

     Reciba en tanto Excelencia el testimonio de mi devoción y créame de Vuestra Excelencia

     obsecuentísimo servidor 

     Comendador Gabriele de Rosa"

     (De Rosa seguía teniendo problemas con sus firmas: la de esta carta se asemejaba más a la de su primera carta que a las utilizadas en las otras…)

     Según el anuncio contenido en esta carta, el 4 de julio de 1885 el Jedive recibió al Cónsul General honorario de Costa Rica y éste quedó provisionalmente acreditado ante las autoridades egipcias. De Rosa, que tan diligente había sido para solicitar el nombramiento y el envío de las letras patentes corregidas, al parecer no se molestó en remitir a la Cancillería costarricense un informe del acontecimiento, por lo que cabe suponer que la audiencia con el Jedive no fue tan grandiosa como le hubiese gustado, ni correspondió a la confianza con que decía contar en la Corte cairota. Posiblemente, Tewfik Pachá, que debía tener cosas más importantes qué atender, recibió con premura y escaso interés las letras patentes presentadas por el italiano, agente de un paisecito remoto y totalmente desconocido para ambos.

     El anuncio de que de Rosa esperaba negociar un tratado de comercio y navegación entre Costa Rica y Egipto no le debe haber hecho mucha gracia a don Ascensión Esquivel, ya que el Cónsul General se estaba tomando unas atribuciones que nadie le había conferido y al parecer pretendía actuar sin instrucciones.

     Pero más, muchísimo más, le debe haber disgustado al novísimo Canciller otra comunicación que el mismo 30 de junio le dirigió De Rosa, para informarle que había girado en la agencia del banco francés Credit Lyonnais una letra por dos mil francos, que debía pagar la Secretaría de Relaciones Exteriores de Costa Rica y que correspondía a los gastos derivados de la instalación del Consulado General de la República en Alejandría. Como si eso no bastase para alarmar a don Ascensión, el Commendatore preguntaba acto seguido a cargo de quién estarían los gastos de cancillería, y quien debía pagar la guardia de dos jenízaros destinada al Consulado General por las autoridades egipcias.

     El Credit Lyonnais había endosado la letra a la célebre casa bancaria londinense Baring Brothers, que a su vez la había endosado al Banco Anglo-Costarricense. El Anglo, que era el principal banco de Costa Rica y pertenecía a varias prominentes familias de cafetaleros, se topó con la sorpresa de que la Cancillería se negaba a pagar el momento de la letra, y la devolvió al remitente sin cancelar.

     Antes de que el Comendador se enterase de que la letra había sido protestada, su deudo el ex aspirante a Coronel honorario intentó obtener otro nombramiento del Gobierno de Costa Rica. El 6 de octubre de 1885, el tío Don Gabriele dirigió una comunicación estrafalaria al Canciller costarricense, en la que le solicitaba ser nombrado Cónsul General honorario de la República en Constantinopla. En el colmo de la desfachatez, la misiva era un formulario impreso, con varios espacios en blanco, en los que el aspirante se había limitado a escribir "la Turquie", "Consul Géneral (ad honorem) de Costa Rica" y demás. Al parecer, el señor tenía una colección de las tales formulitas para dirigir a gobiernos incautos hasta que alguno accediese a su petición. Haciendo honor a la humildad característica de la familia, el formulario indicaba que el firmante había "consagrado toda su vida a los estudios de Derecho Civil, Constitucional e Internacional", hablaba de "su perfecto conocimiento de los asuntos diplomáticos y consulares" y de su labor personal para confirmar las relaciones amistosas entre Turquía y otros Estados. Luego se hablaba del "renombre universal, semejante a una aureola de gloria, que honra a la… " y después venía el consabido espacio en el que el señor de Rosa escribió diligentemente "République de Costa Rica."

     El respetabilísimo tío parecía haber ascendido vertiginosamente en la escala social. Ya no era un mero Commendatore Gabriele de Rosa: ahora usaba el nombre de Gabriele de Rosa de Maryland y el título de "Marqués de Welington" (con una sola ele, posiblemente para que los auténticos Duques de Wellington no tuviesen motivo de queja). Hasta incluía un escudito de armas…

     Marqués o no, el señor de Rosa de Maryland al parecer ya daba por sentado que el Gobierno costarricense le tramitaría su nombramiento consular con la misma celeridad que había caracterizado la designación de su pariente de Alejandría, pues le manifestó a don Ascensión Esquivel, en una especie de posdata:

     "Excelencia: Os escribo bajo los auspicios de mi sobrino Comendador Gabriel de Rosa Cónsul General de Costa Rica en Alejandría de Egipto, y os ruego, Excelencia, que me hagáis llegar la patente consular por medio de mi mencionado sobrino.

 

      G. de Rosa de Maryland."

     Aquello evidentemente ya pasaba de castaño oscuro. Al parecer, a Don Ascensión no le impresionaron los rimbombantes títulos y apellidos del nuevo aspirante, y le dio la callada por respuesta, puesto que en el expediente no aparece trámite alguno. De todos modos, Costa Rica no necesitaba para nada un Cónsul General en Constantinopla, aunque fuese honorario, y, la verdad, tampoco hacía falta para maldita cosa el de Alejandría…

El Canciller Esquivel

     La plaga en que parecían destinados a convertirse los de Rosa para la Cancillería de Costa Rica concluyó súbitamente cuando el primer Gabriele, el de Alejandría, se enteró de que su letra por dos mil francos había sido rechazada por el Gobierno de la República. Haciendo alarde de lo que parecía considerar gran dignidad, el italiano le escribió al Canciller costarricense:

     "Es la primera vez en mi vida que sufro la afrenta de una letra mía protestada. La firma de un representante de Costa Rica debe ser reconocida por todos y especialmente por el propio gobierno. Por consiguiente me permito girar nuevamente contra el Ministerio de Exteriores una letra de dos mil francos, que es justamente la suma exacta por mí gastada… Y desde este momento por el insulto recibido renuncio, no siendo mi costumbre ser tratado de semejante modo, y mañana parto a Italia, a mi país natal, para restablecer mi salud… Es cierto que fui nombrado Cónsul General de Costa Rica (ad honorem) pero también es cierto que los primeros gastos corren por cuenta del Estado y no del Cónsul aunque sea honorario. En una próxima (carta) mía indicaré el nombre de un sucesor. No teniendo más deseo (después de la ofensa recibida) de participar en la representación consular de la República, soy de Vuestra Excelencia devoto servidor

 

Gabriel de Rosa, Cónsul dimisionario"

     Al parecer los de Rosa eran incorregibles. El efímero Cónsul General, a la vez que ponía el grito en el cielo por el rechazo de su letra, renunciaba a su cargo y adoptaba poses cleopatrinas de estar profundamente herido, anunciaba que giraba otra letra por la misma cantidad, y hasta se permitía advertir que indicaría el nombre de su sucesor…

     Increíblemente, en esta nueva comunicación, el señor que tanto se dolía de que el Gobierno de Costa Rica se hubiese negado a reconocer su firma, utilizaba ahora otra nueva, distinta de las de sus misivas anteriores. Aunque obviamente las autoridades costarricenses no estaban en disposición de reconocerle el menor gasto, aquella fantástica variedad de suscripciones no era para motivo para tenerle mucha confianza al individuo…

     Quizá de Rosa ya se había enterado, por medio de una comunicación formal de las autoridades egipcias, o gracias a aquellos fantásticos contactos que decía tener en la Corte jedival, de la nota que el 24 de setiembre anterior había dirigido el Ministro de Asuntos Extranjeros de la Sublime Puerta su colega de Costa Rica:

"Señor Ministro,

 

     He tenido el honor de recibir la nota que Vuestra Excelencia a tenido a bien dirigirme el 19 de abril último para hacerme partícipe de la designación del señor Gabriel de Rosa en calidad de Cónsul General de Costa Rica en Egipto con residencia en Alejandría.

 

     Por más deseosa que esté de desarrollar las relaciones comerciales con la República de Costa Rica, la Sublime Puerta no podría, en ausencia de todo tratado, reconocer al señor Gabriel de Rosa en la mencionada calidad.

 

     Lamento por consiguiente de no poder dar curso a la solicitud de exequátur que fue el propósito de la nota de Vuestra Excelencia.

 

     Me valgo de esta ocasión para ofreceros, señor Ministro, la seguridad de mi alta consideración."

     La negativa del Canciller turco, cortés pero firme, puso punto final a la comedia del efímero Consulado General de Costa Rica en Alejandría. Ni qué decir que ni se habló de un sucesor.

     Nunca más se volvió a saber en el Palacio Nacional del iracundo Comendador de Rosa, "Cónsul dimisionario", ni de su tío el Comendador "Marqués de Welington". Si creyeron que habían encontrado en el Gobierno de Costa Rica una mina de honores y cargos, bien pronto se desengañaron. Y si esperaban sacarle, no digamos dos mil francos, sino por lo menos dos, quizá hubieran debido consultar al Marqués de Belmonte, el Ministro de Costa Rica ante la Santa Sede, sobre la "esplendidez" con que las autoridades ticas remuneraban a sus funcionarios…. Por lo menos se hubiesen ahorrado los gastos de correo y el viaje a Constantinopla.

FUENTES: Almanach de Gotha. Annuaire génélaogique, diplomatique et statistique 1910, Gotha, Justus Perthes, 1ª. Ed., 1909; Archivo Nacional de Costa Rica, Sección Histórica, Relaciones Exteriores, Caja 82, "Turquía, Cónsules de Costa Rica"; BLANCO RIVEL, Iván Gerardo, Aspectos políticos y jurídicos de las relaciones diplomáticas entre el estado de Israel y la República de Costa Rica: pasado, presente y porvenir, Facultad de Derecho, Universidad de Costa Rica, 1996; BURCHELL, S. C., El Canal de Suez desde sus orígenes hasta hoy, Barcelona, Editorial Timun Mas, S. A., 1ª. Ed., 1968; LORING, William W., A Confederate soldier in Egypt, http://home.earthlink.net/~atomic_rom/soldier/csie1c15.htm;

     SÁENZ CARBONELL, Jorge Francisco y HERNÁNDEZ VIALE, Charles Salvador, Memorias de la Cancillería costarricense (1842-1889), Heredia, Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional, 1ª. Ed, 1998.

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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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