Usted está en: Columnas > Personaje Histórico

 

LA BELLA INGLESA

Jorge Francisco Sáenz Carbonell

lisuarte@tiquicia.com

 Quincena 1, Octubre del 2000

 

            En la lista de las esposas de los Jefes de Estado y Presidentes de la Costa Rica decimonónica llama la atención el nombre muy anglosajón de Doña Sophia Matilda Joy, consorte de Don José María Montealegre Fernández. Esta señora no sólo fue la primera esposa de un gobernante costarricense nacida fuera de Centro América (antes de ella hubo dos  nicaragüenses y una hondureña), sino además la única Primera Dama del siglo XIX que no profesó la religión católica.

            Miss Sophia Matilda Joy, hija de Mister William Joy y Mistress Mary Redman Joy, nació en el distrito londinense de Holborn, ubicado al norte del Támesis, entre el bello puente de arcos de Waterloo y el viejo puente de piedra de Blackfriars. Su familia profesaba la religión anglicana, y ella fue bautizada según los ritos de ese credo en la parroquia de Saint Andrew, el 7 de octubre de 1823.

            Miss Sophia aparentemente fue una de las hijas mayores del matrimonio Joy-Redman, aunque era menor que Edward Alexander, nacido en 1821. Tenemos noticia de otros de sus hermanos: George Frederick, Mariana, Carolina Isabel, Jessie Margarita y Francisca Georgina Joy. De los varones, Edward Alexander contrajo nupcias con una agraciada y bondadosa viuda, Mistress Walsingham, cuyo apellido de soltera era Proctor y que tenía una hija, Rosa Isabel; George Frederick permaneció soltero. De las mujeres, también se quedaron solteras Mariana y Carolina Isabel, quienes  murieron entre 1871 y 1882. Jessie Margarita y Francisca Georgina eran mucho menores que Sophia, puesto que al parecer nacieron en 1852 y 1857 respectivamente. En 1883 todavía estaban solteras.

Doña Sophia Joy de Montealegre

Doña Sophia Joy de Montealegre en su vejez

 
 

            Edward Alexander Joy viajó a Costa Rica alrededor de 1851 o 1852. Es muy probable que haya seguido la ruta más frecuente, que consistía en viajar desde Europa y los puertos ingleses del Caribe a la costa atlántica panameña, cruzar el istmo y embarcarse en la ciudad de Panamá con destino a Puntarenas. Para mediados de 1852 ya estaba residiendo en San José de modo permanente, puesto que el 17 de mayo de ese año Mr. Joy otorgó poder al Licenciado don Lorenzo Montúfar y Rivera para un pleito que tenía con el opulento cafetalero don Saturnino Tinoco sobre el destino de los bienes de otro inglés, Mr. John M. Young.

En la Gran Bretaña, Edward Joy se asoció con un veinteañero noble originario de Sajonia, Ludwig Otto von Schröter, para invertir en Costa Rica. Con un crédito de 12,000 libras esterlinas, obtenido de la firma Frühling & Goschen (que probablemente pertenecía a parientes del joven sajón, ya que su apellido materno era Goschen), la sociedad Joy & von Schröter (formalmente constituida en Londres el 9 de octubre de 1853) adquirió una productiva hacienda de café en Curridabat, una casa en las vecindades de la Plaza Principal de San José y otra propiedad llamada "la Máquina", con sus terrenos y accesorios, a orillas del río Torres. La empresa, dedicada a la exportación de café a la Gran Bretaña y al comercio importador, pronto fue próspera y amplió progresivamente sus operaciones. Con el tiempo llegó a ser dueña de otras valiosas propiedades en San José y sus alrededores, El Tejar y Pacaca, y para 1859 era la principal importadora de licores extranjeros de Costa Rica.

            La esposa de Mr. Joy y dos de los hermanos de éste, George Frederick y Sophia, también llegaron a Costa Rica por esa época, aunque no sabemos si lo hicieron con Edward o posteriormente. George compró una casa en Puntarenas y estableció allí un negocio, en el que vendía efectos de comercio adquiridos a Joy & von Schöter. El primer indicio de la presencia de Sophia Joy en San José data del 1° de setiembre de 1854, fecha en que otorgó un poder general al licenciado don Miguel Macaya.

Los Joy residieron en una casa de dos plantas, ubicada en la esquina sudoeste de la Plaza Principal (hoy Parque Central) de San José, y que al parecer era bastante señorial. El viajero irlandés Thomas Francis Meagher, al relatar su visita a San José, consignó que había pasado más de una noche amenísima en esa "generosa casa inglesa" y elogió la alegría, la bondad y el lujo que reinaban en ella.

Sin embargo, en la diminuta San José de esa época, la vida debió ser bastante aburrida para miss Sophia, ajena al idioma y a las costumbres del país, y que para peores no podía participar en las actividades religiosas, que ocupaban muchas horas de las costarricenses y les daban oportunidades para el trato social. El londinense Anthony Trollope, que visitó Costa Rica en 1859, consignó, con algo de exageración:

"Según parece, no hay entre las gentes de San José nada a lo que pueda darse el nombre de sociedad. No salen para ir a las casas de los demás, ni se reúnen en público; no hay tés, ni comidas, ni bailes, ni reuniones para jugar a los naipes… De vez en cuando, por ejemplo los domingos y días de fiesta, se ponen los trapos de cristianar y se visitan…"

Como en otras partes del mundo, los británicos establecidos en la Costa Rica de aquellos días debieron tender a formar una especie de sociedad "colonial", dedicada a intercambiar visitas, a tomar el té, a quejarse del país, a evocar nostálgicamente la lejana patria y a cantar el God save the Queen cuando se celebraba el onomástico de Su Majestad Victoria.

            Sin embargo, entre los costarricenses había unos cuantos, casi todos cafetaleros o comerciantes ricos, que habían visitado Europa y que incluso viajaban de vez en cuanto a la Gran Bretaña, que para entonces era el principal mercado para el café nacional, y de donde traían para sus tiendas y almacenes toda clase de mercaderías, desde vestidos de señora hasta herramientas de labranza. De esa exclusiva élite, que controlaba la vida económica del país e influía considerablemente en la vida política, formaban parte principalísima los acaudalados hermanos Montealegre Fernández, tres de los cuales -José María, Mariano y Francisco- habían estudiado en la Gran Bretaña. Es muy posible que desde fecha temprana, los Joy y los Montealegre hayan trabado amistad o por lo menos relaciones de negocios, ya que en 1855 la casa Joy & von Schöter aparece haciendo un pago a don Francisco para cancelar la hipoteca que pesaba sobre un cafetal adquirido por la empresa.

            Don José María, cirujano graduado en Aberdeen y conocido habitualmente por sus compatriotas como "el doctor Montealegre", era un hombre rico, dueño de cafetales en las vecindades de La Sabana y en Curridabat, pero que se hacía querer y respetar de las gentes por su afable trato y sus buenas maneras. Se había casado en abril de 1840 con doña Ana María Mora Porras, cuyo hermano don Juanito era Presidente de Costa Rica desde 1849.

Los esposos Montealegre Mora habían tenido nada menos que doce hijos, Juan Gerardo, Ana Benita Filomena, Ana Julia, Ana Sara, Ana María, José Bartolo Ricardo, Rosa, José María Ana, Ana Juliana de la Asunción, Manuel Ana de la Rosa, Manuel Joaquín Mariano y Ana Silveria de Dolores. Algunos de los chicos murieron de corta edad, pero en octubre de 1854 la fecunda señora todavía tuvo una niña más.

Ya fuese por el fatídico número o porque la exhausta esposa del doctor Montealegre ya no daba más, el parto decimotercero le resultó fatal. Doña Ana María murió en San José el 4 de octubre de 1854. La recién nacida, involuntaria causante de la tragedia, fue bautizada el 1° de noviembre con el nombre de Ana Mercedes.

            No faltaban en la familia mujeres que se encargasen de la crianza de los chicos Montealegre-Mora: La venerable abuela doña Gerónima Fernández de Montealegre y las tías María (Mariquita) y Aurelia, quienes con treinta y dos y veinticinco años respectivamente aún permanecían solteras cuando murió su cuñada. Sin embargo, don José María deseaba que sus hijos recibieran una educación adecuada en el sentido británico, y contrató para ello los servicios de Miss Sophia Joy, a la que posiblemente ya denominaran en San José la niña Sofía (en la sociedad costarricense de ese entonces se llamaba niña a cualquier mujer soltera y sin hijos, aunque pasara de los ochenta)

Por consiguiente, la señorita Joy ingresó como institutriz de los muchachos a la casa del doctor Montealegre, una amplia vivienda de dos plantas y techo entejado, situada en la esquina sudoeste de la manzana donde se ubica la iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Cabe conjeturar que aceptó tal posición más por amistad con los Montealegre o por matar el tedio que por necesidad, ya que su hermano Edward gozaba de una posición económica bastante holgada. Suponemos que el doctor y su familia la vieron más como una profesora que acudía a dar lecciones de inglés u otras materias a domicilio, y no como parte del personal de servicio.

            Miss Sophia ya había pasado de los treinta cuando empezó a dar lecciones a la juvenil tropa Montealegre, pero estaba muy lejos de la imagen clásica de las institutrices de novela decimonónica, de nariz ganchuda, gesto torvo y traje perpetuamente negro. Era una mujer muy hermosa, de cabello rubio y rizado y ojos grandes y claros, y con un carácter agradable que pronto le ganó el afecto de los huérfanos.

El doctor Montealegre, a quien algunos de sus contemporáneos consideraban frío, reservado y hasta apático, tampoco pudo sustraerse a los encantos de la bella inglesa. Y como si se tratase de un episodio de La novicia rebelde, el viudo terminó por enamorarse de la institutriz y le propuso matrimonio. Ciertamente, don José María, que cumplió cuarenta y dos años en 1857, no era ningún Adonis, pero su fortuna y la encumbrada posición social de su familia lo hacían uno de los mejores partidos de San José. Así debió entenderlo también la señorita Joy: en aquellos tiempos, por muy bonita que fuese, una mujer de treinta y tres años (y sin bienes propios) rara vez se libraba de la soltería definitiva. Quizá también ella se había enamorado del maduro viudo.

Había, por supuesto, un obstáculo: la religión. Aunque su educación inglesa había hecho del doctor Montealegre un hombre tolerante y de amplio criterio, en la Costa Rica de aquellos tiempos era legalmente imposible que un católico contrajese matrimonio civil, y en todo caso semejante perspectiva hubiese provocado un síncope a su madre y un inenarrable disgusto a sus hermanas, que eran sumamente devotas. Miss Sophia, por su parte, no tenía la más mínima intención de cambiar de religión.

Quedaba, por supuesto, el recurso de las relaciones furtivas y eventualmente el del concubinato. Algunos cafetaleros de San José, independientemente de su estado civil, tenían querida e hijos fuera de matrimonio y se quedaban tan frescos. Pero por lo general la señora del cuento era una mujer de extracción rural, de condición social y económica inferior a la del sujeto y que no iba a pretender casorio o a entrometerse en el que ya tuviese contraído el respetable señor. La señorita Joy, hermana a su vez de un cafetalero rico, era harina de otro costal, y no podía convertirse abiertamente en la amante del doctor Montealegre sin que se suscitase un sonoro escándalo.

Ni el carácter de don José María -auténtico gentleman, y al parecer poco aficionado a los líos amorosos en que anduvieron dos de sus hermanos-, ni la formación religiosa y la probable educación victoriana de la señorita Joy tendían tampoco a que resolviesen el problema por otra vía que no fuese la del matrimonio.

            La Iglesia Católica autorizaba, con ciertas condiciones, la celebración de matrimonios entre católicos y protestantes, previa obtención de una dispensa del Obispo. Claro que a mediados del siglo XIX la cosa no era muy bien vista, y menos aún entre las familias encopetadas. El doctor, sin embargo, estaba enamoradísimo de doña Sophia, y decidió pedir el permiso correspondiente.

A los Joy quizá no les importó gran cosa que su madura hermana estuviese dispuesta a casarse con un "papista", ya que sin duda apreciaban las bien notorias cualidades del rico cirujano. En cambio, a los Montealegre, y sobre todo a las Montealegre, la cosa no debe haberles hecho ninguna gracia. En particular, a Doña Gerónima Fernández de Montealegre le debe haber horrorizado que su primogénito quisiera pasar a segundas nupcias con una "hereje", y es de suponer que le dedicó a la hermosa inglesa algunos comentarios poco caritativos.  No en vano a los protestantes se les llamaba en Costa Rica machos, expresión que después se aplicó hasta con afecto a los rubios, pero que en aquellos tiempos identificaba a los mulos, según consignó el viajero alemán Moritz Wagner:

"El pueblo honra a veces a los protestantes con el mote injurioso de "machos" (mulos) porque los considera, respecto a las creencias religiosas, como animales. Por lo demás no existe en la sociedad ninguna repugnancia contra los protestantes. Pero un disidente que quiera casarse con una hija del país, es bautizado de nuevo y rociado, para despojarlo de toda herejía, con una cantidad considerable de agua bendita."

Que por causa de la macha Joy hubo disgusto entre madre e hijo, y serio, parece denotarlo el hecho de que cuando doña Gerónima testó, el 12 de agosto de 1857, no nombró al doctor como juez árbitro de la sucesión, sino que prefirió designar para esa tarea al segundo de sus vástagos, don Mariano. Como albaceas nombró a su tercer hijo varón, don Francisco, y al benjamín don Leopoldo, a pesar de que éste no había dado muchas muestras de tener cabeza para los negocios.

            Pero contra viento y marea, don José María estaba decidido a unir su destino al de la señorita Joy, y el 1° de diciembre de 1857 dirigió una carta al Obispo de Costa Rica, Monseñor Anselmo Llorente y Lafuente, para pedirle la dispensa. Los primeros párrafos eran algo secos y muy propios del introvertido carácter del solicitante:

"… ciertas circunstancias sumamente imperiosas me han determinado a contraer matrimonio con la señorita Sofía Matilde Joy, natural de Inglaterra, mayor de edad, perteneciente a la secta protestante… soy padre de 10 hijos que estando en su tierna edad necesitan los cuidados de una persona inmediata que se los dispense, sino por amor a ellos al menos por las consideraciones que me deba; es pues mi deber el buscarla y ligarme con ella en matrimonio. Pero en el país no me sería fácil encontrarla por la misma circunstancia que dejo indicada, y me veo compelido a hacerlo, no obstante el pertenecer a una secta diferente a mi religión."

            Sin embargo, el habitualmente poco emotivo doctor no pudo evitar ser muy claro con el Obispo en cuanto a los sentimientos que le inspiraba la guapa rubia:

"Si a esta consideración se agregan otras de bastante peso como la de haber contraído por mi pretendida una pasión vehemente engendrada en nuestro trato íntimo y de la cual no sería fácil prescindir, la de que ella saldrá de la influencia de su familia y entrará en la mía, cuya religiosidad es notoria, no dudo que Vuestra Señoría Ilustrísima me otorgará esta gracia."

            Se abrió el expediente canónico de rigor. A Miss Joy se le tomó declaración en su casa al atardecer del 21 de diciembre, y el 23 don Manuel Carazo Bonilla, Mr. Edward W. Allpress y don Eduardo Béeche rindieron testimonio ante la Curia sobre la libertad de estado de los novios y otros asuntos. El 24 de diciembre, mientras las familias josefinas se preparaban para celebrar la Nochebuena, el doctor Montealegre y la bella señorita Joy comparecieron ante don Julián Volio Llorente, Notario Mayor de la Curia, para efectuar la promesa solemne de que sus hijos serían bautizados y educados en la religión católica y otras que exigía el Derecho canónico.

            El 28 de diciembre, Monseñor Llorente concedió la anhelada dispensa y autorizó la celebración del matrimonio, aunque con ciertas condiciones. La boda debía efectuarse fuera del templo, sin bendición, sin paramentos sagrados y de tal manera que solamente diese fe de la mutua fe aceptación de los esposos. El cura designado para asistir, don Joaquín García, no debía tomar parte activa ni siquiera para recibirles el consentimiento a los contrayentes. Aquello sonaba casi a ser testigo de un pecado mortal.

            Pero en fin, año nuevo, vida nueva. A las ocho y treinta de la mañana del 1° de enero de 1858, en la casa de Mr. Edward Joy, el enamorado doctor se casó con la hermosa inglesa y ésta se convirtió en doña Sofía de Montealegre. Los testigos de aquella peculiar ceremonia fueron George Fredrick Joy y don Leopoldo Montealegre, el menor de los hermanos de don José María. Es de suponer que no hubo viaje de bodas ni nada que se le pareciera, porque eso no se acostumbraba en aquellos tiempos. A lo sumo, el doctor y su esposa se habrán ido a pasar unos días a alguna de las haciendas cafetaleras.

            No sabemos si la nueva señora de Montealegre fue a fin de cuentas aceptada por su venerable suegra o no, pero lo cierto fue que doña Gerónima falleció a escasos dos meses de la boda y fue enterrada el 3 de marzo de 1858. De su considerable fortuna dejó parte para el establecimiento de un hospicio de huérfanos, el primero que existió en Costa Rica y que fue organizado por sus hijas doña María y doña Aurelia Montealegre.

            El 3 de diciembre de 1858 nació el primer hijo en el hogar Montealegre-Joy, un varón al que se dio el nombre de Eduardo José Guillermo. Aunque la costumbre de aquellos tiempos era bautizar a los niños el mismo día de su nacimiento o a más tardar al siguiente, sus progenitores no se dieron mucha prisa en llevarlo a la pila bautismal, a pesar de las promesas de un año atrás.

            El año 1859 estuvo lleno de acontecimientos para la familia Montealegre. En enero, cuando don José María y doña Sophia acababan de cumplir su primer año de vida matrimonial, la menor de los Montealegre Fernández, Aurelia, contrajo nupcias con el joven abogado don Concepción Pinto. Y el 3 de febrero, el pequeño Eduardo Montealegre Joy recibió por fin las aguas sacramentales. Sus padrinos fueron dos de sus medios hermanos, Gerardo y Ana Benita Montealegre Mora. Esto quizá sea otro indicio de cierto distanciamiento entre el doctor y su familia, porque hasta ese momento su hermana Mariquita había sido la madrina de todos sus hijos, y su hermano Mariano el padrino de tres de ellos.

Poco después, una tragedia conmovió a la familia Joy. Edward y su esposa decidieron efectuar un viaje a la Gran Bretaña, y como la señora había considerado pavorosa la ardua jornada de atravesar el istmo de Panamá, tuvieron la peregrina idea de salir al Caribe por la mucho peor ruta del Sarapiquí y el San Juan, que casi había cobrado la vida de don José María y don Mariano Montealegre Fernández cuando su padre los envió a estudiar a Europa. El escritor londinense Anthony Trollope, que se encontraba en San José en aquellos días, relató lo ocurrido a Mr. y Mrs. Joy el 14 de abril de 1859:

"El caballero de que se trata y su mujer llegaron a Sarapiquí, no obstante haber sufrido mucho la señora en el camino; pero al llegar a dicho punto terminaron todas sus tribulaciones, según ella misma dijo. El trabajo fatigante de sostenerse sobre la mula en medio del barro, de las espinas y de espesos matorrales, de trepar por precipicios y de vadear ríos se llevó a efecto; y la señora, que se había sentido muy descorazonada desde antes de emprender el viaje, dijo entonces que esperaba vivir para volver a ver a su madre. Hallábase sentada en la estercha canoa en medio de cobertores y cojines, teniendo a su marido a su lado, y empujaron la embarcación al río. Casi al instante, dos minutos después de salir, a menos de cien yardas del sitio en que ella había pisado el suelo por última vez, la canoa, habiendo chocado contra una raíz o un fragmento de árbol, se volcó. La señora fue arrastrada por la corriente entre las ramas enmarañadas que obstruían el río, y cuando se encontró el cuerpo, la vida se había extinguido en él desde hacía largo rato… El desventurado esposo regresó también a la ciudad, sintiéndose incapaz de seguir el viaje solo…"

            Poco después del trágico deceso de la desventurada señora llegó a San José un anciano y encopetado pariente de los Joy, el baronet Sir William Gore Ouseley, recientemente designado como Ministro Residente de Su Majestad Británica en Costa Rica. El 2 de abril de 1859 presentó sus cartas credenciales al Presidente Mora. No duró mucho tiempo en el cargo, puesto que su salud estaba muy quebrantada, y al cabo de unos meses hubo de regresar a la Gran Bretaña.

            En la madrugada del 14 de agosto de 1859, un golpe militar derrocó a don Juanito Mora, quien ya tenía diez años de estarse eligiendo y reeligiendo. Como Presidente provisorio de la República fue proclamado don José María Montealegre Fernández, y de ese modo doña Sophia se convirtió, a los treinta y seis años de edad, en Primera Dama de Costa Rica, o Presidenta, como se decía entonces en el lenguaje popular. Algunos meses más tarde, en abril de 1860, don José María Montealegre fue elegido popularmente como Presidente para el período 1860-1863.

Dr. José María Montealegre Fernández

            Las cónyuges de los gobernantes costarricenses no pintaban gran cosa en aquellos tiempos. El Presidente vivía en su casa particular, casi nunca salía del país, y a su esposa no le tocaba más que asistir con él, muy de tarde en tarde, a algunas ceremonias y festejos. Por ejemplo, La Gaceta del 13 de agosto de 1860, al referirse a una reciente visita del doctor Montealegre y los suyos a la ciudad de Cartago, con motivo de las fiestas de la Virgen de los Ángeles, indicó que

"El Presidente de la República con su noble y elegante esposa y su linda y numerosa familia, fueron el objeto especial de las atenciones por parte de la escogida sociedad costarricense."

            La circunstancia de no ser doña Sophia católica debe haber hecho que su papel público fuese incluso menos visible que el de las esposas de los gobernantes anteriores, porque no podía asistir a algunos Te Deums y misas que constituían parte de las actividades oficiales del Presidente y a las que también se dedicaban, con suma devoción, sus cuñadas y concuñas. Al parecer, la doble condición de extranjera y protestante de la Primera Dama también se utilizó con miras políticas, puesto que no faltaron rumores, esparcidos por los partidarios de su ex cuñado don Juanito Mora, en el sentido de que el doctor Montealegre se había hecho protestante, de que se había vendido el país a extranjeros y hasta de que el tesoro de la Virgen de los Ángeles había sido transportado a las arcas nacionales. Y como Don José María había ofrecido una donación de trescientos pesos al Seminario durante el trámite de la dispensa, el antiguo abogado de los Joy, don Lorenzo Montúfar, acérrimo morista, se dejó decir que Montealegre le había pagado mil pesos al Obispo para que le permitiera casarse "con Sofía Joy, inglesa del rito luterano" (Por supuesto que doña Sophia no era luterana, pero para la mayoría de los costarricenses, luteranismo y anglicanismo eran variantes igualmente reprobables de la misma cosa).

En setiembre de 1860, don Juanito Mora intentó recuperar el poder por la fuerza y fue fusilado en Puntarenas. En ese mismo año, doña Sophia dio a luz una niña, Josefina Carolina, a quien se llamó en familia Jessie y que no fue bautizada sino hasta el 12 de marzo de 1862, cuando ya estaba bastante crecidita. Sus padrinos fueron don Francisco Montealegre Fernández y doña Ana Benita Montealegre Mora.

            El 24 de noviembre de 1861, doña Sophia dio a luz otra niña, Carolina Sofía, que fue bautizada el 22 de febrero del año siguiente. La criatura, sin embargó, murió en la infancia, y ya no hubo más hijos en el hogar Montealegre-Joy.

            A pesar de los muchos niños que tenía a su cuidado -los hijastros y los propios-, doña Sophia también tuvo oportunidad de participar en las escasas actividades sociales del círculo oficial. Sabemos, por ejemplo, que en julio de 1862, cuando la Legación del Perú celebró con gran pompa en el Palacio Nacional la fiesta nacional de su país, se efectuó un lucido baile que abrieron la Presidenta y el jefe de la misión peruana, don Carlos Ezeta. Posiblemente doña Sophia también había asistido con su esposo al espléndido sarao que días antes había ofrecido su hermano Edward en su casa de habitación y que fue elogiosamente comentado por la prensa josefina.

            El 8 de mayo de 1863 concluyó el período constitucional del doctor y éste entregó pacíficamente el poder a su sucesor don Jesús Jiménez, libremente elegido por los pueblos. El hecho, que hoy nos parece muy natural, era en esa época realmente inusitado para Costa Rica y casi para toda la América hispana.

            En 1866 Edward Joy efectuó un viaje a Europa (y esta vez por supuesto salió por Puntarenas). Al parecer ya no regresó a Costa Rica, aunque la casa Joy & von Schöter continuó funcionando en San José. En 1867, doña Sophia, su marido y dos de los jóvenes Montealegre Mora también se dirigieron al Viejo Mundo, donde permanecieron algunos meses.

            El 26 de julio de 1868 falleció Edward Joy en Middlessex, donde se hallaba con su hermano George. En su testamento, otorgado poco antes de fallecer, dejó la mayor parte de sus bienes a su hijastra Rosa Isabel Walsingham y a sus hermanas, y nombró como albaceas a su cuñado el doctor Montealegre y a su amigo y pariente Edward Redman, quien le siguió a la tumba en marzo de 1869.

            En abril de 1870 un cuartelazo orquestado en parte por los hermanos Montealegre derrocó al Presidente don Jesús Jiménez y llevó a la jefatura suprema de la nación a don Bruno Carranza, cuñado de aquéllos. El golpe se efectuó de modo tan rápido y sencillo que el doctor Montealegre lo calificó de chiripa tirada. Sin embargo, a fin de cuentas todo les salió mal: el militar ejecutor del cuartelazo, don Tomás Guardia, pronto hizo sentir a don Bruno que estaba destinado a servir de mera pantalla, y terminó convirtiéndose en Presidente provisional cuando Carranza, hastiado, presentó la renuncia.

Don José Maria y sus hermanos don Mariano y don Francisco, después de algunos inútiles intentos por librarse de Guardia, decidieron marcharse del país. La misma resolución tomó George Frederick Joy, quien murió algunos años más tarde en la Gran Bretaña, dejando la suma de cinco mil dólares a su sobrina Jessey Carolina Montealegre.

Por alguna circunstancia, los hermanos Montealegre no se trasladaron a la Gran Bretaña, como hubiera parecido natural, sino que decidieron establecerse en San Francisco de California. El ex Presidente se deshizo de la mayor parte de sus valiosas propiedades, y también fueron vendidas las que les habían correspondido a doña Sophia y a sus hermanas en la liquidación de la casa Joy & von Schöter, disuelta en agosto de 1870.  El 1° de abril de 1872, próximos ya a partir, don José María y doña Sophia dieron poder para manejar sus asuntos al joven Ricardo Montealegre Mora, uno de los pocos miembros de la familia que había optado por quedarse en San José.

A las cinco y media de la tarde del 17 de abril de 1872, mientras las sombras de la tarde caían sobre el azul golfo de Nicoya, zarpó de Puntarenas el vapor Alaska, bajo el mando del capitán Parker. En él que viajaban el doctor, doña Sophia y sus hijos, junto con otros muchos miembros del clan Montealegre. A fin de cuentas, en Costa Rica sólo quedaron dos de los hermanos Montealegre Fernández: Gerónima, la esposa de don Bruno Carranza, y Leopoldo, quien se había casado con doña Ermida Quirós.

            En San Francisco, que todavía oscilaba entre aires de gran ciudad y resabios de un pueblo del Far West, don José María Montealegre adquirió una valiosa casa, ubicada en el número 1114 de la calle Bush, en la esquina de ésta con la calle Hyde. Allí se instaló con su familia, mientras otros de sus parientes adquirían propiedades en la cercana avenida van Ness. En el sitio donde estaba la casa del doctor se levantó años más tarde el Saint Francis Hospital.

            Aunque Don José María siguió dedicado a negocios de café, que importaba de Costa Rica, nunca regresó a su tierra natal, ni siquiera en plan de paseo. Es posible, sin embargo, que él y doña Sophia efectuasen algún viaje a Londres, donde se había establecido con su familia don Mariano Montealegre Fernández, al que no le gustó San Francisco. De los demás hermanos del doctor que viajaron a California murieron allí don Francisco y doña Aurelia, y solamente regresó doña Mariquita.

En 1884, doña Sophia tuvo la pena de perder a su único hijo varón, Eduardo, quien halló la muerte en las costas del Caribe, víctima de la fiebre amarilla, a la temprana edad de veinticinco años. La única hija que le quedaba, Jessie, contrajo nupcias en San Francisco el 12 de enero de 1887 con un inmigrante escocés, Mr. William Arthur Wilson. De este matrimonio nacieron dos hijas, Hilda Joy y Jessey Rowena, nacidas el 25 de noviembre de 1888 y el 15 de octubre de 1890 respectivamente.

El 26 de setiembre de 1887, cuando se encontraba en San José de California visitando a una de sus hijas, el doctor Montealegre sufrió un fulminante ataque cardíaco y falleció. Tenía setenta y dos años de edad. Aunque con anterioridad había distribuido la mayor parte de sus bienes entre sus hijos, dejó un patrimonio bastante cuantioso, constituido principalmente por dinero efectivo, acciones del Banco Anglo Costarricense, su casa de California y su antigua casa de San José. Doña Sophia heredó la casa de Bush Street, y su hija Jessey la nada despreciable suma de cuarenta mil dólares. Otros importantes legados en billetes verdes correspondieron a Rosa y Dolores Montealegre Mora y a doña María Montealegre Fernández, la tía Mariquita, quien después de haber vivido un tiempo en California había decidido regresar a San José.

Doña Sophia de Montealegre aún vivió muchos años. Alcanzó a ver convertidas en bellas señoritas a sus dos nietas y a saludar el advenimiento del entonces prometedor siglo XX, el 1° de enero de 1901. Quizá también le tocó experimentar el pavoroso terremoto (seguido de un incendio) que destruyó San Francisco el 18 de abril de 1906 y cuyos efectos fueron particularmente severos en el sector noroeste de la ciudad, donde se encontraba su casa. Nunca volvió a Costa Rica, pero mantuvo contacto con sus hijastros Montealegre-Mora que se habían quedado en San José o que habían regresado de California al cabo de los años.

Doña Sophia Joy de Montealegre murió en Berkeley, California, el 14 de enero de 1908, a los ochenta y cuatro años de edad. Su nieta Hilda Joy casó en 1918 con el ingeniero californiano Warren Charles Perry, con el que tuvo dos hijos, Carolyn Joy y Warren Wilson, y murió en 1978. La segunda nieta, Jessey Rowena, casó en primeras nupcias en 1912 con Theodore Benedict Lyman III, originario de Arkansas, al cual dio tres hijos, Theodore Benedict IV, John Rowen y Rowena Dorothea, y en segundas en 1921 con Milutin Krunich, de quien no tuvo sucesión. Todos los descendientes de estas familias residen actualmente en los Estados Unidos.


FUENTES: Archivo de la Curia Metropolitana de San José, Sección Sacramental, Libros de bautizos, matrimonios y defunciones; Archivo Nacional, Sección Histórica, Protocolos del Juez 1° Civil, 2° Civil y 3° Civil de San José; CHAMBERLAIN GALLEGOS, Eduardo, La familia Montealegre de Costa Rica, inédito; datos suministrados por Mrs. Caroline Greer Mc Lane Hopkins (San Francisco de California); FERNÁNDEZ ALFARO, Joaquín Alberto, y otros, Las Primeras Damas de Costa Rica, inédito; periódico La Nueva Era, 1859-1860; periódico La Gaceta, 1859-1887; FERNÁNDEZ GUARDIA, Ricardo, Costa Rica en el siglo XIX, San José, Imprenta Gutenberg, 1ª. Ed., 1929; MELÉNDEZ, Carlos, Dr. José María Montealegre, San José, Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, 1ª. Ed., 1968; ROBERT LUJÁN, Enrique, Descendencia de las familias costarricenses que emigraron a California en el año 1872, en Revista de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas, N° 23, Noviembre de 1976, pp. 253-273; WAGNER, Moritz, y SCHERZER, Carl, La República de Costa Rica en Centro América, San José, Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1ª. Ed., 1974, 2 vols; Las Primeras Damas de Costa Rica, sitio en Internet, http://www.tiquicia.org/pds.
Columnas Anteriores de este autor:
EL CIUDADANO ESCLARECIDO, quincena 1, enero del 2002
El golpe de estado de Frankfort, quincena 1, octubre del 2001
El tercer jefe de estado, quincena 2, agosto del 2001
La franquicia de Puntarenas, quincena 2, julio del 2001
La primera letra del Himno Nacional, quincena 1, junio del 2001
El Canciller Rodríguez, quincena 2, mayo del 2001
La Estación Naval Prusiana, quincena 2, abril del 2001
Las minas del Tisingal, quincena 2, marzo del 2001
El incendio de la casa del presidente, quincena 1, marzo del 2001
La Boda de la niña Angélica, quincena 2, febrero del 2001
La Iglesia de la Merced, quincena 1, febrero del 2001
El atentado contra mano Pedro, quincena 1, enero del 2001
El Siniestro Meneer Mansvelt, quincena 2, diciembre del 2000
La Candidatura Simpática, quincena 1, diciembre del 2000
LA VILLA DE BRUSELAS, quincena 2, noviembre del 2000
La dieta de Sonsonate, quincena 1, noviembre del 2000
El Cónsul General en Egipto, quincena 2, octubre del 2000
La Bella Inglesa, quincena 1, octubre del 2000
El Obispo que no fue, quincena 2, setiembre del 2000
La Ultima Reina de Costa Rica, quincena 1, setiembre del 2000
 

Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

Copias R & D

Visite a nuestros patrocinadores!

 

Este texto es propiedad de Tiquicia.COM S.A. Se prohibe su reproducción total o parcial; en caso de tomarse datos de él, debe indicarse la fuente. De lo contrario se procederá con las acciones legales pertinentes.

  
   Presione el logo de Tiquicia o Enter para Buscar

[ Tiquicia.COM ] [ Sobre Tiquicia ] [ Comentarios ] [ Agregue su página ] [ Anuncios ]

Info@tiquicia.co.cr
®1999-2008 Tiquicia.COM S.A.
Derechos Reservados

Tiquicia.COM, S.A.

 

Tiquicia.COM, S.A. es mejor vista usando Microsoft Internet Explorer