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EL OBISPO QUE NO FUE

 Quincena 2, Setiembre del 2000

 

     A la muerte de Monseñor Anselmo Llorente y Lafuente, ocurrida en 1871, se inició la más larga vacante episcopal de nuestra historia. Ésta se debió, fundamentalmente, al empecinamiento del General don Tomás Guardia en que la mitra recayese en el presbítero don Ramón Isidro Cabezas y Alfaro, y la igualmente pertinaz resistencia de la Santa Sede a darle gusto al General.

     Puede resultar de interés conocer algo de la vida del padre Cabezas, aunque sólo sea por haber sido el causante, más o menos involuntario, de semejante embrollo.
Don Ramón Isidro Cabezas y Alfaro vino al mundo en la entonces villa de Alajuela, y fue bautizado en la parroquia de San Juan Nepomuceno el 15 de mayo de 1823, posiblemente el mismo día de su nacimiento, como era la costumbre en aquellos tiempos. Fue el quinto de los ocho hijos de don Ramón Cabezas y Arias y su esposa doña Josefa Alfaro y Zamora. 
     Los hermanos de don Isidro, nacidos todos en Alajuela entre 1813 y 1830, fueron Isidro Bonifacio de la Concepción (casado con doña María Josefa Carrillo Saborío), María Bernarda (casada con don José Hilario Cruz Jiménez), Juana María (casada con don Ildefonso Herra), Juan María (casado con don Leocadia Porras Sánchez), Paulino de Jesús (soltero), Jesús de la Inmaculada (fallecido en la infancia) y Jesús de la Trinidad (casado con doña Josefa Núñez Solano). 

     A pesar de que en 1825 obtuvo el título de ciudad, la Alajuela en la que nació y creció el futuro padre Cabezas era un pueblito muy pequeño, al extremo de que por las noches se podía oír allí el aullido de los coyotes que rondaban los campos circundantes. Sin embargo, de 1834 a 1835 fue capital de Costa Rica, en virtud de la célebre y estúpida ley de la Ambulancia, que quiso poner a rotar la sede de las supremas autoridades entre las cuatro poblaciones principales del valle central.

     Don Ramón Cabezas y Arias fue persona de alguna importancia en Alajuela, ya que en 1823 fue elegido para formar parte del Congreso Constituyente de la provincia de Costa Rica, pero murió el 10 de diciembre de 1830. No obstante, su viuda debe haber quedado en una posición relativamente acomodada, ya que años más tarde le fue posible enviar al joven Isidro a estudiar al exterior. Quizá hayan contribuido a ello, también, alguno de los tíos Alfaro Zamora, que llegaron a ser personajes muy influyentes en Alajuela y en el país. Uno de ellos, don José María, fue Jefe de Estado de 1842 a 1844 y de 1846 a 1847 y Presidente del Estado en 1847. Otro, don Florentino, llegó a alcanzar el grado de General y fue uno de los héroes de la Campaña Nacional contra los filibusteros, aunque la mitología oficial casi haya terminado hoy en día por dejar como únicos protagonistas conocidos de la epopeya a Juan Santamaría, el Presidente Mora y los generales Mora y Cañas.

     Cabezas se ordenó como sacerdote antes de 1850, posiblemente en Guatemala, donde se formaba la mayoría de los clérigos costarricenses de esa época. Quizá allí trató de cerca al sacerdote cartaginés Anselmo Llorente, quien residía en la capital guatemalteca y en ese año fue nombrado primer Obispo de Costa Rica.

     El primer curato que sirvió el padre Cabezas fue el de Esparza. Años más tarde se dijo que en ese lugar había participado en actividades de contrabando y con ello había acumulado un cierto capital. Sin embargo, algún aprecio debe haber tenido Monseñor Llorente por las cualidades del presbítero Cabezas, puesto que en 1852, cuando se creó la Vicaría Foránea de Puntarenas, lo designó como su titular, a pesar de que aún no había cumplido los treinta años de edad y su preparación académica no era de lo mejor. Claro que la Vicaría del puerto, en aquellos tiempos, no era ciertamente un gran destino para un sacerdote y las condiciones espirituales del lugar tampoco andaban muy bien que digamos. Por ejemplo, en 1853, de cincuenta y seis niños bautizados, solamente catorce eran hijos de matrimonio, y en todo el año apenas hubo dos parejas que contrajeron nupcias.

     Después del curato de Esparza y la Vicaría de Puntarenas, don Isidro pasó a la parroquia de Barba de Heredia, en la que ejerció su ministerio muchos años. Se recuerda que durante la peste del cólera -que se llevó, entre muchos otros, a su hermano menor Paulino de Jesús, a su tío el ex Presidente Alfaro y a la esposa de éste, doña María Josefa Sandoval- efectuó con sus feligreses barbeños el voto de celebrar el primer domingo de cada mes una misa solemne dedicada al Divino Corazón, para rogarle que hiciese cesar el flagelo. 

     El padre Isidro era un hombre llano y sencillo, al que le gustaba jugar al billar y que algunas veces fue objeto de críticas por andar vestido de seglar. Tuvo renombre de ser caritativo, y en los curatos que desempeñó se aplicó con buena intención a la tarea pastoral, aunque su deficiente preparación no le permitiese pensar, parecía entonces, en más altos destinos.

     El 22 de setiembre de 1871 murió en San José Monseñor Llorente, víctima de una neumonía. De conformidad con el Concordato Lorenzana-Antonelli, vigente desde 1852, el Gobierno de Costa Rica tenía derecho a proponer a la Santa Sede el nombre de su posible sucesor. Desde 1870 era Presidente provisorio de la República, con facultades omnímodas, el General don Tomás Guardia y en consecuencia, de su voluntad dependía la identidad del candidato que se sometiese a la consideración de la Corte vaticana.

     En esos momentos, el sucesor natural de Monseñor Llorente parecía ser Monseñor Domingo Rivas y Salvatierra, Deán del Venerable Cabildo Eclesiástico y Vicario General del difunto prelado. El Cabildo Eclesiástico pareció entenderlo así, puesto que el 27 de setiembre nombró a Rivas como Vicario Capitular, es decir, encargado de gobernar la diócesis mientras se efectuaba el nombramiento del nuevo Obispo. 

     El padre Cabezas, que tenía estrecha amistad con el Presidente Guardia y de una de cuyas hijas fue padrino, le recomendó que presentase a Roma el nombre de Rivas, pero don Tomás contestó que esa cuestión era muy delicada y que como él solamente era Presidente provisional, sería mejor que la decisión la tomase quien le sucediera en la primera magistratura como Presidente constitucional. Tales escrúpulos, lógicos y encomiables en otras circunstancias, posiblemente eran pura retórica, porque era muy previsible que el sucesor de Guardia sería Guardia, quien efectivamente fue elegido para el período 1872-1876 con un 99% de los votos.

     En los mismos comicios en los que triunfó don Tomás, el padre Cabezas fue elegido como Diputado propietario por la provincia de Heredia para el período 1872-1876. Entonces era cosa corriente que los sacerdotes participasen activamente en la política, y no pocos de ellos llegaron a la presidencia del Poder Legislativo. Como Diputado -y sin duda Diputado gobiernista-, don Isidro tuvo una actuación bastante gris (A pesar de ello, y quizá por su notoria filiación gobiernista, fue reelegido para el cuatrienio siguiente, que no pudo concluir debido al golpe militar del 30 de julio de 1876).
     Inaugurado el régimen constitucional el 8 de mayo de 1872, nada parecía oponerse ya a la presentación de la candidatura episcopal de Monseñor Rivas. Este era, según expresó Monseñor Sanabria, "varón de extraordinario talento y adornado de todas aquellas prendas que la Santa Iglesia requiere en los que llama al difícil cargo de gobernar las diócesis". Sin embargo, no todos simpatizaban con él: no faltaba quien lo creyese demasiado joven ni quien lo acusase de tener un carácter imperioso y adusto, de ser vanidoso y de tener más ambición de la conveniente. Pero además de eso, nunca había sido partidario entusiasta del General Guardia… Cuando en 1872 el padre Cabezas volvió a insistir con don Tomás para que presentase la candidatura del Vicario, el gobernante se hizo el sordo.

     Uno de los más enconados adversarios de la postulación de Rivas era el Canciller y también Secretario de Culto don Lorenzo Montúfar. Hombre ilustrado y talentoso, Montúfar era sin embargo un anticlerical maniático y bilioso, que en más de una oportunidad tuvo polémicas con el Vicario y no salió muy bien librado de ellas. A pesar de que le fuese muy antipático, Montúfar sin duda alguna comprendía que Rivas, como Vicario o como Obispo, no permitiría que el Gobierno metiese las narices en la Iglesia y defendería enérgicamente los derechos de ésta frente a la marejada anticlerical y no pocas veces anticatólica que desde Guatemala -regida desde 1871 por el liberalismo extremista- parecía querer extenderse a toda la América Central. No es de extrañar que el Canciller prefiriese a alguien más manejable al frente de la diócesis. Y bastante dócil parecía serlo el padre Cabezas, quien a pesar de ser sacerdote, en 1873 apoyó como Diputado la decisión tomada por el primer Designado Don José Antonio Pinto y Castro de negar el ingreso a Costa Rica a varios clérigos y religiosos expulsados de Guatemala. 

     A fin de cuentas, en 1873, cuando se acercaba a su fin el término que tenía el Gobierno de Costa Rica para presentar la candidatura episcopal a la Santa Sede, el General Guardia se decidió por el nombre del cura de Barba. No sabemos a ciencia cierta de quién fue la idea. Es posible que la iniciativa haya provenido de Montúfar o, más probablemente, del Canónigo Don Francisco Calvo, enemigo jurado del Vicario, persona muy cercana a Guardia y sin duda amigo también de Cabezas. Calvo había sido uno de los fundadores de la Masonería costarricense, y uno de los reproches que más adelante se hicieron al padre Isidro fue su amistad con personas vinculadas a "sociedades secretas".

     Como quiera que fuese, la candidatura de don Isidro fue oficialmente puesta en conocimiento de la Santa Sede por el Marqués de Belmonte, representante diplomático de la República en la Corte pontificia. Ya desde la presentación las cosas estuvieron mal hechas, porque no se acompañó al nombre de Cabezas el testimonio canónico sobre la vida y costumbres del postulado, como lo exigían las normas vigentes al seno de la Iglesia Católica, sino meras declaraciones de particulares, bastante genéricas y ambiguas. La razón de la omisión era obvia: no se quería que el asunto pasara por las manos de Monseñor Rivas.

     El Gobierno no tuvo ni la cortesía de consultar al padre Isidro, quien se enteró de la presentación cuando ya estaba hecha, por comentarios de su tío el General don Florentino Alfaro. Cabezas, sin duda muy azorado ante la perspectiva de tamaña responsabilidad, se reunió con su compadre el Presidente, y cuando éste le confirmó la noticia, le expresó que no se consideraba con las capacidades requeridas para tan alto cargo e incluso advirtió que si la Santa Sede optaba por su designación él no la aceptaría.

     En Roma las cosas no marchaban tan rápido como hubiera querido Guardia, porque lo que llegó del Vaticano, a fines de 1873, no fue la confirmación del nombre de Cabezas, sino la petición de que se enviasen las testimoniales canónicas. A regañadientes, el Gobierno tuvo que solicitarlas al Vicario Rivas, quien después de dar muchas largas al asunto expresó en febrero de 1874 al Secretario de Culto don Luis Diego Sáenz -ya había renunciado Montúfar- que no le era posible acceder a lo pedido.

     En la opinión pública corrían todo tipo de rumores -que después resultaron ser falsos-, según los cuales la presentación de Cabezas no había podido tener efecto porque se habían enviado a Roma informes "siniestros" contra el padre Isidro, que lo acusaban de inepto, poco instruido y de condiciones nada recomendables. El Gobierno de Guardia, ya muy disgustado con el Vicario, le dirigió a éste una seca comunicación en junio de 1874, en la que le solicitaba levantar una información sobre una serie de aspectos en relación con la provisión de la mitra. Entre otras cosas, los declarantes debían dar testimonio de las buenas costumbres del presbítero Cabezas, a quien las autoridades consideraban "uno de los clérigos de más respetabilidad de la Diócesis" y que según ellas "aunque no es de instrucción notable en las ciencias eclesiásticas, tiene bastante capacidad y conocimientos adquiridos en el largo espacio que ha desempeñado el cargo pastoral".

     El padre Cabezas fue llamado a declarar por el Vicario, y reiteró que no deseaba la mitra. Sin embargo, el Gobierno seguía emperrado en su candidatura, y pareció favorecer su posición un mandato de Roma a Monseñor Rivas para que levantase una información canónica sobre el postulado. 

     De la indagatoria, concluida a principios de 1875, se pudo concluir que ni los clérigos ni el pueblo costarricense simpatizaban mucho con el padre Isidro. Aunque el procedimiento se había efectuado confidencialmente, algo llegó a saberse de sus resultados. Sorpresivamente, el presbítero Cabezas, que un año antes declinaba la mitra, pidió que se efectuase una nueva información, y ante la negativa del Gobierno diocesano, insistió en su solicitud, y terminó recibiendo una reprimenda del Vicario por irrespetuoso.

     El Gobierno de Guardia, pensando que las objeciones contra Cabezas venían de Rivas y de nadie más que de Rivas, pensó alegremente que todo se arreglaría enviando una misión diplomática especial a Roma, y escogió para tan delicado cometido al Licenciado don Rafael Machado y Jáuregui, quien a principios de 1876 presentó credenciales al Papa Pío IX como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Costa Rica. 

     Muy confusa idea debían tener Guardia y sus allegados de los procederes de la Corte pontificia, si pensaban que con una misión especial se iba a convencer a la Santa Sede de poner la mitra de Costa Rica en manos de un cura de pueblo, simplemente porque era persona grata al Presidente de la República. Las gestiones de Machado para que se aceptase la postulación del padre Isidro toparon una y otra vez con la negativa cortés, pero firme, de la Secretaría de Estado pontificia. Incluso se dijo que el Papa, quien hablaba bien el español, había manifestado que "mientras Pío sea cabeza de la Iglesia Católica, Cabezas no será cabeza de la Iglesia de Costa Rica."

     A fin de cuentas, de las conversaciones entre Machado y el Cardenal Giacomo Antonelli, Secretario de Estado pontificio, se llegó a una solución a medias: se nombraría un Vicario Apostólico que se hiciese cargo del Gobierno de la diócesis por un término prudencial. El elegido fue Monseñor Luigi Bruschetti, Obispo titular de Abidos, quien llegó a Costa Rica a fines de 1876 y reemplazó al Vicario Rivas en la jefatura interina del gobierno diocesano a principios de 1877. 

     En setiembre de 1877, después de las fugaces administraciones de don Aniceto Esquivel y don Vicente Herrera, el General Guardia volvió a la Presidencia de la República. Con el ánimo de alejar un poco las apariencias de dictadura, el 10 de octubre de ese año se creó una especie de órgano legislativo comparsa, al que se dio el pomposo nombre de Gran Consejo Nacional. El padre Cabezas fue uno de los designados por Guardia para figurar en representación del Gobierno en la nueva entidad, aunque ésta, por supuesto, no estaba destinada más que a obsequiar los deseos del gobernante. 

     Con la llegada de Monseñor Bruschetti se aquietaron las cosas, al menos de momento. Sin embargo, el 7 de febrero de 1878 murió el Papa Pío IX, y la terquedad del General Guardia creyó que había llegado la hora del padre Cabezas, como si el rechazo de éste hubiese sido puro capricho del extinto Pontífice. A poco de la consagración de León XIII, el Presidente le envió una nota autógrafa para solicitar que se reconsiderase la candidatura del cura párroco de Barba.

     Demostrando más paciencia de la que merecía el Gobierno de Costa Rica, la Santa Sede aceptó reconsiderar la postulación, y a principios de 1879 el Secretario de Culto don José María Castro Madriz (tan anticlerical como Montúfar, aunque más inclinado a guardar las formas), pidió a Monseñor Bruschetti que levantase una nueva información canónica sobre la vida y costumbres del presbítero Cabezas. 

     La solicitud de Castro, escrita en un lenguaje verboso pero muy poco diplomático, dejaba por el suelo al ex Vicario Rivas y atribuía el pobre resultado de las informaciones anteriores a cuestiones de orden político. Para peores, con el pretexto de que Bruschetti no era costarricense, el Gobierno emitió un decreto señalando que además del Cabildo Eclesiástico, las Municipalidades -hechura del régimen- designarían a las personas que debían declarar en la información.

     La presión gubernamental era descarada y enorme. El presbítero Cabezas, quien de seguro ya se veía convertido en Su Ilustrísima y Monseñor, manifestó que aceptaba "jubiloso" la realización de las diligencias, que le permitirían reivindicar su buen nombre.

     Como era de esperarse, la información resultó favorabilísima al padre Isidro, y el Gobierno hasta pretendió, sin éxito, que Bruschetti levantase otra contra el ex Vicario Rivas, quien se disponía a viajar a Roma y de quien temía que pudiese intrigar en los círculos vaticanos contra la candidatura de Cabezas. 
     Inesperadamente, la voluntad omnipotente del General Guardia puso fin a aquella comedia que ya llevaba ocho años. Ya fuese porque se hubiese convencido de que la Santa Sede no aceptaría jamás la postulación de su compadre, ya porque temiese que el ex Vicario Rivas hablase más de la cuenta en Roma, o peor aún, que el Vaticano lo considerase como el candidato más adecuado, don Tomás decidió presentar otro nombre, y así lo comunicó a Monseñor Bruschetti en octubre de 1879. El favorecido fue el padre Bernardo Augusto Thiel Hoffmann, un joven paulino alemán a quien Guardia había conocido unos meses atrás durante una visita al Seminario y que le había causado una impresión muy favorable.

     Monseñor Thiel fue consagrado por Monseñor Bruschetti como segundo Obispo de Costa Rica el 5 de setiembre de 1880, casi nueve años después de la muerte de su predecesor Llorente. El padre Cabezas se mostró sumiso súbdito del nuevo prelado, e incluso con el tiempo le dio claras muestras de afecto. 

     También las acciones políticas del padre Isidro parecían ir en descenso. Aunque desde 1878 venía siendo confirmado anualmente como miembro del Gran Consejo Nacional, en representación de la provincia de Alajuela, en 1881 fue reemplazado por el General don Jesús Soto Quesada. El Gran Consejo todavía funcionó durante unos diez meses más, durante los cuales falleció el General Guardia, ascendió y cayó de la Presidencia su yerno don Saturnino Lizano y fue elegido constitucionalmente don Próspero Fernández Oreamuno.

     Quizá por razones de edad y salud, el padre Cabezas había dejado el curato de Barba y en julio de 1882, cuando murió Guardia, se encontraba viviendo en su nativa Alajuela, donde fijó su residencia definitiva. Como reconocimiento a sus virtudes, el 18 de noviembre de 1887 el Cabildo Eclesiástico de San José, con plena anuencia de Monseñor Thiel, le confirió la dignidad de Canónigo honorario.

     El padre Isidro Cabezas falleció en Alajuela el 13 de noviembre de 1893, a la edad de setenta años, y su muerte fue general y sinceramente lamentada. Como concluyó filosóficamente Monseñor Sanabria, "las virtudes del P. Cabezas habrían llamado más la atención del público que sus defectos, sin aquella malhadada testarudez del general Guardia de querer hacerlo Obispo de Costa Rica".

FUENTES: BLANCO SEGURA, Ricardo, 1884. El Estado, la Iglesia y las reformas liberales, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1984, p. 140; FERNÁNDEZ GUARDIA, Ricardo, La Independencia, San José, Departamento de Publicaciones de la Universidad de Costa Rica, 1ª. Ed., 1971, p. 111; OBREGÓN LORÍA, Rafael, Familias alajuelenses, Alajuela, Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 1ª. Ed., 1993-1999, vol. I, pp. 87-88, y vol. II, p. 200; OBREGÓN LORÍA, Rafael, El Poder Legislativo en Costa Rica, San José, Asamblea Legislativa, 1ª. Ed., 1966, p. 373 y 533-534; SANABRIA M., Víctor, Bernardo Augusto Thiel, segundo Obispo de Costa Rica, San José, Editorial Costa Rica, 1ª. Ed., 1982, pp. 54 y 637; SANABRIA M., Víctor, Anselmo Llorente y Lafuente, primer Obispo de Costa Rica, San José, Editorial Costa Rica, 2ª. Ed., 1972, pp. 107 y 195; SANABRIA M., Víctor, La primera vacante de la diócesis de San José, San José, Editorial Costa Rica, 2ª. Ed., 1973, pp. 14, 78, 93-134, 170, 193 y 258.
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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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