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LA ÚLTIMA REINA DE COSTA RICA

 Quincena 1, Setiembre del 2000

            En muchos textos históricos dedicados a los años de la separación de Costa Rica de la Monarquía española se hace mención -casi siempre negativa- del soberano entonces reinante en Madrid, Don Fernando VII, quien durante su cautiverio a manos de Napoleón recibió de sus súbditos el apelativo de El Deseado y a fin de cuentas dejó bastante ingrata memoria. Sin embargo, rara vez se habla de la mujer que era su esposa en 1821 y que por consiguiente fue la última Reina de Costa Rica: Doña María Josefa Amalia de Sajonia.

            El nombre no le hace mucha justicia, ya que eso de Doña María Josefa Amalia a primera vista puede hacer pensar en una de esas rollizas señoronas alemanas del siglo XVIII, con alta peluca empolvada, voluminosas enaguas y maneras tan atrevidas como su escote. Nada más lejos de la verdad: en 1821 era una muchacha de diecisiete años, con muchos atractivos físicos y una candidez que sobrepasaba los límites de lo imaginable.

            Don Fernando VII se casó con Doña Josefa -abreviemos el nombre- en 1819. El Rey, carilleno y narizón, tenía para entonces treinta y cinco años, pero aparentaba bastantes más, debido a su vida desordenada y a su gusto por la buena mesa y las juergas barriobajeras. Había enterrado ya a dos esposas. La primera fue su prima hermana Doña María Antonia de Nápoles, quien murió tísica en 1806, después de cuatro años de matrimonio y dos embarazos malogrados, y la segunda su sobrina Doña Isabel de Braganza y Barbón, muerta en diciembre de 1818. El Deseado no amó demasiado a ninguna de las dos, y por ello no tardó en decidirse a contraer terceras nupcias. Le interesaba, además, asegurarse un heredero directo, ya que Doña María Antonia no le había dado hijos, y el único fruto de su fugaz matrimonio con la portuguesa Doña Isabel, una niñita llamada María Isabel Luisa, había muerto a los pocos meses de nacida.

     Entre las princesas católicas en estado de merecer, que no abundaban en la Europa de 1819, la Corte española eligió sin pensarlo mucho a Doña María Josefa Amalia de Sajonia. Aunque ese no era ciertamente un gran matrimonio para el poderoso Rey de España y las Indias, tenía la ventaja de que la pequeña Sajonia estaba lejos y no iba a arrastrar a España a comprometedoras alianzas y nuevas guerras. Además, al monarca, que apreciaba la compañía de mujeres hermosas y cuyas dos esposas anteriores eran francamente poco agraciadas, debe haberle gustado mucho el retrato de la muchacha, que era de talle airoso, nariz pequeña, cutis sonrosado y finísimo y grandes ojos azules. Como si eso no fuese suficiente, su familia era famosa por su fertilidad, cualidad apreciadísima entre las dinastías.

            La princesita en cuestión era hija del Duque Maximiliano de Sajonia y de una prima hermana de Don Fernando, Doña Carolina de Borbón-Parma. Había nacido en Dresde el 7 de diciembre de 1804 y como su madre murió tres meses más tarde, la habían enviado a criarse en un convento de religiosas a orillas del río Elba. Quiso profesar allí como novicia, pero su padre se opuso rotundamente y dispuso que aceptase la propuesta matrimonial del monarca hispano.

Todo eso parecía garantizar que la joven sajona sería una reina devota y de costumbres irreprochables. Su edad y su carencia de contacto con asuntos públicos, debido a trece años de reclusión conventual, permitían también suponer que no se inmiscuiría en política y se limitaría a dar muchos hijos al Rey Deseado.

            Como era la costumbre de las familias reales europeas, el desposorio de Doña Josefa y Don Fernando se efectuó por poder. La joven llegó a España el 2 de agosto de 1819, después de un largo y cansado viaje por Alemania y Francia. En cuanto cruzó la frontera hizo detener el carruaje y se arrodilló para entonar una Salve Regina a Nuestra Señora de los Ángeles. Eso sin duda causó muy buena impresión. Por su parte, Don Fernando estaba grandemente ilusionado con su nueva esposa y le escribía afectuosas cartas, en las que le daba el castizo nombre de Pepita. Ella, dando muestras de su carácter dulce y apacible, contestaba sumisamente, prometiendo que le daría gusto en todo.

            La entrada de la nueva soberana en Madrid, el 20 de octubre, fue saludada con fuegos artificiales y corridas de toros, y al día siguiente se efectuó en la iglesia de San Francisco el Grande la solemne misa de velaciones.

Las bodas reales solían ser festejadas también con gran regocijo al otro lado del Atlántico; pero las circunstancias tan críticas que enfrentaban los dominios de Su Majestad Católica, con la guerra de independencia en la América del Sur, quizá mermaron considerablemente el entusiasmo. Por lo menos no hay la menor referencia al acontecimiento en las actas del Ayuntamiento de Cartago, entonces capital de la Provincia de Costa Rica, correspondientes a 1819 y 1820.

     Lo que nunca supieron los costarricenses es que la noche de bodas resultó para Su Majestad el Rey un fiasco pavoroso. Cuando Don Fernando, en la intimidad de la alcoba, quiso ponerse romántico con su linda y virginal mujer, aquello fue Troya. Resultó que la recién casada no tenía la menor idea de cómo venían los niños al mundo. La educación sexual que le habían impartido las monjas del Elba no pasaba de una Teoría General de la Cigüeña y Doña Josefa se horrorizó ante los avances de su marido. El Rey tuvo que abandonar la habitación en paños menores, echando pestes y sin duda maldiciendo la hora en que se había casado con semejante estúpida, aunque tuviese aspecto de porcelana de Dresde.

            El trauma que debe haber sufrido la pobre Doña Josefa no le importó a nadie. Lo que interesaba era que "cumpliera", pero todos los intentos por convencerla de que lo que el monarca pretendía era algo perfectamente normal y lícito resultaron inútiles. Ni los capellanes de la Corte pudieron vencer su resistencia y su pánico. A fin de cuentas, el despechado Don Fernando le escribió al Papa Pío VII, pidiéndole en resumidas cuentas que hiciera ver a la Reina que aquello no era pecado, o que anulase enseguida su matrimonio. La causal, ante el Derecho canónico, era obvia y de facilísima demostración: la ignorancia crasa de la contrayente sobre las implicaciones sexuales de la vida conyugal.

            Cuando la joven Reina recibió la carta de Su Santidad, tuvo que deponer su actitud y admitir resignadamente a Don Fernando al tálamo, aunque es de suponer que de muy mala gana. Finalmente, el matrimonio se consumó y quedó definitivamente consolidado ante Dios y los hombres. Faltaba todavía el ansiado heredero, pero ya habría tiempo: de momento, Don Fernando VII tenía cosas más graves en qué pensar. En 1820, una asonada militar le obligó a jurar la Constitución de 1812 -la famosa Carta de Cádiz- y a dejar, rechinando de rabia, su condición de Rey absoluto; al año siguiente, mientras los liberales españoles llenaban a la Monarquía de leyes anticlericales, las armas españolas fueron derrotadas definitivamente en Colombia, y México y Centro América proclamaron su separación de España, a la que siguieron la de Santo Domingo y la de Panamá. A fin de cuentas, el otrora inmenso Imperio de ultramar terminó reducido a Cuba, Puerto Rico, las Filipinas, las Marianas y las Carolinas.

            Sin embargo, el tiempo pasaba y Doña Pepita no daba señal alguna de embarazo. La pareja regia ya tenía una vida conyugal más o menos normal, aunque con un aditamento que llegó a hacérsele insoportable al monarca: cada vez le insinuaba intimidad a la Reina, ella le salía con un "¿Por qué no rezamos un rosario, Fernandito?" Y Fernandito, que entre otras cosas era Majestad Católica y debía dar el ejemplo, se veía en la necesidad de pasar por los diez padrenuestros, las cincuenta avemarías, la Salve Regina y las letanías de rigor, antes de conducir al lecho a su joven esposa. Y ésta no había cumplido aún los veinte años…

            A la costumbrita de los rosarios, la Reina agregó otra, que no tuvo que padecer solamente Don Fernando, sino toda la Corte: en cuanto Doña Josefa pudo escribir correctamente el castellano, le dio por hacer versos. Lo malo no era eso, sino que los abundantes frutos del ingenio poético de la señora eran francamente muy malos. Escritos en una lengua que no era la suya, los poemas de Doña Josefa podían tener toda la perfección que se quisiera de metro y rima, pero en ellos la Musa de la inspiración ciertamente brillaba por su ausencia y estaban al nivel de un concurso escolar. Pero, por supuesto, la muchacha era la Reina, y los cortesanos del Palacio de Oriente se veían obligados a hacer acopio de toda su paciencia y buenas maneras cada vez que a la joven poetisa le daba por efectuar un recital, a cuya amenidad tampoco contribuía el durísimo acento germánico de Su Majestad.

            Al Rey le encantaban las corridas de toros, pero no logró que su esposa compartiera tal afición: la Reina sufría mucho con el peligro que corrían hombres y animales y el espectáculo de la sangre derramada. Hubo que olvidarse de los toros, a los que la regia pareja sustituyó con el teatro. Aún así, muy mustio debía ser el ánimo de Doña Pepita, ya que en una oportunidad el Rey premió a un cómico por haber logrado que su esposa se riese a carcajadas.

            La Corte española, de todos modos, era muy aburrida, y a ello contribuía no poco la mojigatería y estrechez de miras del Infante Don Carlos, hermano menor del monarca. Mientras que éste era un tipo bohemio, amante de las diversiones populacheras, Don Carlos prefería dedicar su tiempo a las devociones. Quizá hubiese sido el esposo ideal para Doña Josefa, pero desde 1816 estaba casado con una hermana de la difunta Reina Doña Isabel, María Francisca de Braganza, señora fea, ambiciosa y de gesto algo torvo, que cuando no compartía con su marido misas y novenas se dedicaba a la intriga. En el ejercicio de esta última afición solía acompañarla con entusiasmo su avinagrada hermana Doña María Teresa, viuda de un tío del Rey, Don Pedro Carlos, del que le había quedado un hijo llamado Don Sebastián.

Don Fernando se llevaba bien con Don Carlos, pero no compartía sus opiniones y además detestaba a su cuñada portuguesa. El hermano menor, el Infante Don Francisco de Paula, era inteligente y de mentalidad más amplia, pero sus vínculos con los liberales y los masones lo hacían poco grato al beato círculo de Don Carlos y posiblemente tampoco le conquistaban simpatías con sus gazmoñas cuñadas, la sajona y la portuguesa. Don Francisco de Paula estaba casado con Doña Luisa Carlota de Nápoles, italiana de opulentas formas y lenguaje de carretonero, que le dio varios hijos y mucho más disgustos.

            La necesidad de un heredero se hacía cada vez más notoria, no sólo ya por el prurito de que Don Fernando pudiese cumplir con muy lógicos anhelos de paternidad, sino también por el hecho de que si moría sin sucesión, la Corona recaería en el beatísimo Infante Don Carlos y aquello sería el imperio del conservadurismo más recalcitrante y fanático. Al Rey no le agradaban los liberales, pero sin duda comprendía bien que los previsibles excesos de los apostólicos, como se hacían llamar los simpatizantes de Don Carlos, no le traerían nada bueno a la maltrecha Monarquía. Además, debía hacerle muy poca gracia pensar en su aborrecida cuñada -que ya había dado varios hijos a Don Carlos- convertida en Reina o en Reina madre.

            Pero Doña Josefa seguía sin dar muestras de fecundidad. Se presumía que la "culpa" era de ella, puesto que sus dos predecesoras en el tálamo regio habían concebido hijos de Don Fernando VII y eran bien conocidas las "hazañas" de éste en más de una casa non sancta de Madrid.

A los rosarios siguieron las rogativas y las romerías, sin resultados. Muy dentro de los usos de la época, también se efectuaron visitas a lugares cuyas aguas se suponían que contribuían a disipar la esterilidad. Tales desplazamientos suponían un considerable aparato, puesto que el protocolo no permitía que la Reina de España fuese a un balneario en un discreto incógnito, como si se tratase de la esposa de un comerciante o un coronel. Sus Majestades Católicas, él y ella, debían viajar siempre acompañados de una multitud de funcionarios civiles y militares, edecanes, damas de honor y sirvientes de todo género. Los viajes resultaron, además de un fracaso, un verdadero tormento, al extremo de que en alguna oportunidad, mientras los carruajes regios se desplazaban bajo un sol sahariano y entre nubes de polvos y mosquitos, el exasperado Don Fernando exclamó "¡De este viaje salimos todos preñados… menos la Reina!"

            A su modo algo chusco y zafio, el Rey llegó a tomarle mucho cariño a su esposa, pero ésta no llegó nunca a tener influencia sobre él, y menos aún como para intervenir en política, al estilo de otras Reinas de España. La única vez que lo intentó fue con motivo de una rebelión y la Corona debió movilizar tropas para reprimirla. En esa oportunidad, Doña Josefa solicitó a su marido que no se derramase sangre, deseo que fue cumplido literalmente: los cabecillas de la intentona fueron ahorcados.

La creciente hostilidad de la Corte hacia la joven Reina, acentuada por su retraimiento de todo lo que fuesen fiestas mundanas, hizo que Doña Pepita se encerrase aún más en sí misma. Además de la oración y los versos, dedicó tiempo a la caridad: daba a los pobres todo el dinero del que podía disponer y confeccionaba personalmente ropas para los ocupantes de asilos y hospitales.

Doña Pepita, que hizá hubiese sido muy feliz como monja, terminó por ser una figura patética, una anciana veintiañera, sin duda frustrada en sus ilusiones de mujer y de Reina. Como dice el escritor español Martínez Olmedilla, "la pobre señora era más triste que un sauce", y ello es evidente en sus retratos.  Los españoles no llegaron a conocerla mucho y tampoco puede decirse que la amaron, con excepción quizá de los pobres a los que socorría. Los hispanoamericanos, sus fugaces súbditos, apenas se acostumbraban a su nombre cuando la Independencia obligó a olvidarlo definitivamente.

A principios de abril de 1829 unas virulentas fiebres aquejaron a Doña Josefa. A pesar de los cuidados que le prodigaron su marido y los médicos de la Corte, la desventurada soberana falleció el 18 de mayo, en el Real Sitio de Aranjuez, "delirando la quimera de una maternidad imposible", escribe el periodista e historiador español José Antonio Vidal Sales. Apenas tenía veinticinco años de edad y nueve de casada. Fue sepultada en el panteón de los Infantes del monasterio de El Escorial y no en el panteón de los Reyes, donde sólo se admite a las Reinas consortes cuyos hijos hayan ascendido al trono español.

Enterrada la desdichada y devotísima sajona, quedaba pendiente el asunto de la sucesión y el Rey decidió volverse a casar. Algún oficioso, que nunca falta, y menos en los círculos gubernamentales, sugirió a Don Fernando VII contraer nupcias con otra princesa alemana, a lo cual el espantado viudo contestó con un enfático "¡No más rosarios ni versitos!" A fin de cuentas, la elegida fue la bella princesa Doña María Cristina de Nápoles, sobrina del Rey. La boda se efectuó el 11 de diciembre de 1829, cuando ni siquiera se habían cumplido siete meses del fallecimiento de la pobre Doña Josefa. La guapa napolitana, extrovertida y simpática, se ganó rápidamente el afecto de su tío-marido y de los españoles en general. Dio a Don Fernando dos hijas -la Reina Doña Isabel II, tatarabuela del Rey Don Juan Carlos I, y la Infanta Doña Luisa Fernanda, esposa del príncipe francés Antonio de Orléans, Duque de Montpensier- y con ella por fin encontró Don Fernando una atmósfera de felicidad conyugal, en la que murió el otrora Deseado el 29 de setiembre de 1833, a los cuarenta y ocho años de edad.


FUENTES: Actas del Ayuntamiento de Cartago (1819 y 1820), en Archivo Nacional, Sección Histórica, Archivo Municipal, documentos N° 166 y N° 484; BALANSÓ, Juan, La Casa Real de España, Madrid, s. n. e., s. f. e., pp. 136-141 y 154-158; Enciclopedia Universal Europeo-Americana, Madrid, 1ª. Ed., 1905-1930, vol. 33, pp. 47-48; GONZÁLEZ CREMONA, Juan Manuel, Mis amores reales. La Casa de Borbón, Barcelona, Plaza & Janés, 1ª. Ed., 1997, pp. 149-155; GONZÁLEZ-DORIA, Fernando, Las Reinas de España, Madrid, Editorial Cometa, S. A., 5ª. Ed., 1986, pp. 413-443; MARTÍNEZ OLMEDILLA, Augusto, Anecdotario del siglo XIX, Madrid, Aguilar, S. A. de Ediciones, 1ª. Ed., 1957, pp. 163-167; VIDAL SALES, José Antonio, Crónica íntima de las reinas de España, Barcelona, Editorial Planeta, S. A., 2ª. Ed., 1993, pp. 133-147; VOLTES, Pedro, Fernando VII. Vida y reinado, Barcelona, Editorial Juventud, S. A., 1ª. Ed., 1985, pp. 161-163.
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Perfil del Autor:

Jorge Francisco Sáenz Carbonell, obtuvo el título de Licenciado en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales destacan  El Despertar Constitucional de Costa Rica (Premio Cleto González Víquez de la Academia de Historia y Geografía de Costa Rica), Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad (Premio Antonio Machado del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica), Historia Diplomática de Costa Rica 1821-1910 e Historia Diplomática de Costa Rica 1910-1949 y diversos artículos sobre temas históricos y jurídicos en revistas especializadas. Es profesor de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica y de Historia Diplomática de Costa Rica en el Instituto Diplomático Manuel María de Peralta, adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


 

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