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Lectura "cosmopolita" de un clásico universal
Víctor Valembois
valembois@tiquicia.com
Quincena 1, Agosto del 2002
He ocupado dos
columnas, ya, para el componente romano en la construcción del
cosmopolitismo. A manera de divertimento, ma non troppo, propongo ahora
una aplicación de lo anterior, con base en un clásico. Propongo una
relectura de las Memorias de Adriano, una de las creaciones de Margarita
Yourcenar (1903-1987), desde la perspectiva del actual afán cosmopolita.
Publicadas en 1951,
implican unas cartas a un nieto, futuro gobernante. El emisor es Publius
Aelius Hadrianus, nacido en el año 76 de nuestra era, emperador romano
del 117 hasta su fallecimiento en el 138. La novelista recrea de una
manera muy linda la empresa pacificadora y moralizante de un culto
varón, estadista para más señas, y logra la re-creación de un espíritu,
la disección de un alma. Se presenta como una especie de testamento,
ficticiamente redactado para el heredero del trono. A la hora de la
globalización, constituye un excelente método observar la historia de la
humanidad por el retrovisor.
Como en el
Carpentier latinoamericano, en la novela de Margarita Yourcenar
observamos constantemente un tremendo contraste entre un "allá" y un
"acá", que sin duda fuerza al receptor contemporáneo a pensar. De la
mano de Adriano, contemplamos Roma y los romanos como:
...(un) pueblo
casi rústico, provincianamente aferrado a sus siete colinas, pero en el
cual la ambición, el cebo del lucro, los azares de la conquista y de la
servidumbre envuelven poco a poco todas las razas del mundo. (p. 90)
Pero al mismo
tiempo existe el llamado a la totalidad universal, leitmotiv en las
Memorias de Adriano. Se refiere, claro, al área reducida del "mare
nostrum", el Mediterráneo y los territorios conquistados. Existe en el
protagonista una clara conciencia planetaria. De los mercaderes en un
oasis del reino señala:
cada mañana, al
cargar sus mercaderías para transportarlas a países desconocidos,
cargaban también cierto número de ideas, de palabras, de costumbres bien
nuestras, que poco a poco se apoderarían del globo con mayor seguridad
que las legiones en marcha. (p. 83)
En aplicación: ¿no
vivimos cada uno de nosotros, en un pequeño oasis, a saber nuestro
entorno? y esa reflexión del emperador, ¿no pareciera anticipar el
comercio "global" (el de mercancías y de ideas), como ocurre en la
actualidad?
El emperador no
entiende, al principio (pese a que, o precisamente porque nació también
en un ambiente reducido y rural, en el sur de España), la poca apertura
de la capital del imperio hacia el resto. Por eso confiesa
(no) soportar
los juegos (p. 90) y (...) detestar esa matanza donde las fieras no
tienen ninguna probabilidad a su favor (ibidem).
Son prácticas que
le costó ver como necesidad plebeya de afirmación:
poco a poco, sin
embargo, percibía su valor ritual, sus efectos de purificación trágica
en la inculta multitud" (p. 90).
Que me perdonen,
como lector que re-crea, en función de la actual globalización, pero
vivida dentro de una comunidad que se aferra a lo propio-estrecho-local,
comparo involuntariamente lo anterior con la excitación que produce por
acá el fútbol como tal, especialmente entre equipos de dos ciudades
rivales.
Toda la novela
resulta en una insistencia en salir de ese localismo, en función de "la
misión de Roma sobre los pueblos" (p. 44), cosa que Adriano asume desde
un modelo utópico:
Entreveía la
posibilidad de helenizar a los bárbaros, de "atenizar" a Roma, de
imponer poco a poco al mundo la única cultura que ha sabido separarse de
lo monstruoso, de lo informe, de lo inmóvil, que ha inventado una
definición de método, una teoría de la política y de la belleza. (p. 65)
Ahora bien, este
postulado ejemplarizante de la antigua Grecia, especialmente la ciudad
del viejo Perìcles, desde la lectura atenta en función de lo nuestro, no
ha de interpretarse como proclama de una homogenización
(coca-colonización le llaman algunos hoy), cosa que demasiado resiente
la vivencia del paradigma actual. Muy al contrario, como veremos. Lo
cierto es que el aldeano está perdido:
Roma ya no está
en Roma: tendrá que perecer o igualarse en adelante a la mitad del mundo
(...) Las virtudes que bastaban (...) tendrían que diversificarse, ganar
en flexibilidad, para convenir a la tierra entera. (p. 94)
Notamos, en
aplicación, este afán universalizante, en el sentido de lo definido, la
ampliación en el sentido horizontal, lo mismo "para la pequeña ciudad de
las siete colinas" (p. 94) que para cuatro ciudades en un estrecho valle
intermontano costarricense... Ciertos rasgos conviene, sin embargo,
uniformarlos, extenderlos como tales, de manera pareja en todas partes.
Así lo proclama el emperador:
... a las
exigencias dispares de los dioses o los antepasados, superpondríamos
para siempre, y sin destruir nada, la unidad de una conducta humana
(...) Humanitas, Felicitas, Libertas: no he inventado estas bellas
palabras que aparecen en las monedas de mi reinado. Cualquier filósofo
griego, casi todos los romanos cultivados, se proponen la misma imagen
del mundo. (p. 95)
En términos
postmodernos veríamos en ello, anticipada, la proclama de la Revolución
Francesa, que sin embargo traicionó sus propios ideales, aplicando una
triade paralela de principios solo a cierta clase, la burguesía; también
podemos ver detrás de todo aquello el advenimiento de nuestros
contemporáneos derechos humanos, empezando con la necesidad de respetar
en todas partes el derecho a la vida, la justicia y la educación.
Allí, lo mismo que
en la misión futura del emperador Carlos V (el otro emperador, esta vez
en la mundialización llamada "encuentro de dos mundos", del siglo XVI),
Adriano asume su papel: "una función, un temperamento, un mundo" (p.
105). ¿No somos nosotros, aquí y ahora, también pasajeros, hombres y
mujeres todos en un mismo bote, el planeta tierra?
En contraposición
complementaria de lo centralizante anterior, en el espíritu del
Emperador Adriano (y por contagio, en nosotros), a cada rato percibimos
también la necesidad de vivir y proclamar la apertura al otro:
... todas las
razas aportan al ejército sus virtudes y sus armas particulares (...)
Volvía a encontrar en estado bruto aquella diversidad dentro de la
unidad que constituía mi propósito imperial. Permití a los soldados
(...) que las órdenes se dieran en su propio idioma. (p. 102)
Empezando por las
mismas lenguas y las culturas, he aquí una proclama tan moderna
(posmoderna le dicen los cultos) que convendría tomar en serio ahora,
con modestia, con tolerancia. Pero además, en múltiples elementos vemos
la constante voluntad del Emperador por salir apurado de lo
pueblerino-encerrado. Allí va su propio ejemplo, por la conducta:
...yo tendía a
no tener ningún prejuicio y el mínimo de hábitos. Gustaba (...) las
desigualdades de cada segmento de la circunferencia del mundo. Estaba
habituado a la variedad en los alimentos, pasta de cereales británica o
sandía africana. (p. 104)
Esta conveniencia
de vivir con la ventana abierta confirma en Adriano (en términos no
anticipados sino que ya existían desde tiempos de los antiguos griegos y
romanos) la idea de cierto cosmopolitismo al que conviene dar de nuevo
cuerpo, frente al Macmundo CNN-izado que tiende a imponerse.
Jamás tuve la
sensación de pertenecer por completo a algún lugar, ni siquiera a mi
Atenas amada, ni siquiera a Roma. Extranjero en todas partes, en ninguna
me sentía especialmente aislado. (p. 105)
Para que haya
extrañamiento esclarecedor, esa distancia reflexiva e iluminadora, ¿será
oportuno que nos volvamos extraños a nosotros mismos y a nuestra propia
tierra? Si se trata de un alejamiento físico, señalaremos que no
obligatoriamente; si se busca una capacidad de análisis sicológico e
intelectual, allí sí, estamos con el método correcto.
En Adriano, la
geopolítica del momento se transformaba en una filosofía de vida muy
universalista y, por qué negarlo, muy de actualidad en los albores del
siglo XXI:
En un mundo
donde todo es torbellino de fuerzas (...), donde todo está arriba y
abajo a la vez, en la periferia y en el centro, me costaba imaginar la
existencia de un globo inmóvil, de un punto fijo que al mismo tiempo no
fuera moviente. (p. 123)
En cantidad de
ejemplos más se podría ver entonces ese paralelismo antitético: por un
lado, lo local-regional y lo universal, por otro, simplemente lo
humano-general de la especie. Vale la pena subrayar en este contexto el
papel especial que Adriano le asigna, primero a mantener activamente la
paz (la histórica "pax romana" armada, pp. 115-119, entre otros). En sus
palabras:
Quería que a
todos llegara la inmensa majestad de la paz romana, insensible y
presente como la música del cielo en marcha; que el viajero más humilde
pudiera viajar de un país, de un continente al otro. (p. 113)
De ese modelo surge
una opción de paz, con aplicación en Costa Rica. Varios estadistas
locales recorrieron esa senda: Figueres, con el desarme, Carazo con la
creación de la Universidad para la Paz y Monge con la "Neutralidad
ideológica". En seguida, lo más sorprendente -y quizá aprovechable en
términos contemporáneos- es la funcionalidad que se da al arte. Al
respecto, veamos primero la experiencia del emperador:
Me sentía
responsable de la belleza del mundo (...) quería que en un mundo bien
ordenado, los filósofos tuvieran su lugar y también lo tuvieran los
bailarines. (p. 113)
En el mismo sentido
va su lema, en trípode, hasta con un último elemento, sorprendente:
La Fuerza, la
Justicia, las Musas. (p. 114)
Recordemos al
respecto el papel práctico, casi de estadista que el filosofar
conllevaba entonces; pero lo más sorprendente es que esa afirmación,
también de fomento a la diversidad profesional, por anticipación evoca
aquel "¿para qué tractores si no hay violines?", lema histórico del
viejo José Figueres.
Por último, es útil
observar cómo se llama específicamente una división del conjunto
novelesco: "varius multiplex multiformis" es una afirmación en latín
que, reconociendo la unidad imperial, desde la perspectiva del género
humano, insiste en la diversidad que la complementa. Poniendo un "módem"
(especie de traductor electrónico) del siglo XXI, pensemos en un
equivalente, donde cada uno, en una misma especie, sea "variado, diverso
y multiforme": en secuencia, con énfasis en la cantidad, lo distinto en
fondo, y por último, refiriéndose a las opciones, más bien de
presentación. ¿Será el paradigma de imperio romano buscado por Adriano
una propuesta en la que nos podamos inspirar en la actualidad de otro
imperio? Esta vez la cosa ha de armarse realmente a escala planetaria y
bajo ojalá con aportes no solo unilateralmente norteamericanos y
comerciales, como se vive, desgraciadamente, demasiado por esos lares.
Salvaguardemos ahora también la polifonía en un verdadero concierto
planetario. Que aquello de "e pluribus unum" no sea solo un lema en el
escudo norteamericano, sino un postulado para todos los humanos.
A la postre, en
efecto, esa novela sobre un gobernante de hace veinte siglos, bien nos
puede guiar todavía igual, para gobernar, cada uno de los lectores,
nuestros propios destinos, como seres humanos y ciudadanos, en Costa
Rica y el mundo, en este planeta único. Apliquemos la lección de nuestro
precursor:
Quince años en
el ejército duraron menos que una mañana de Atenas; sé de gentes a
quienes he frecuentado toda mi vida y que no reconoceré en los
infiernos. También los planos del espacio se superponen: Egipto y el
Valle del Tempe se hallan muy próximos, y no siempre estoy en Tibur
cuando estoy aquí. (p. 26)
Independientemente
si el Adriano re-creado resulta totalmente fiel al original, hagamos
nuestro su enfoque vital. Por eso, a la hora de la globalización,
observemos también la pertinente reflexión de la misma autora, en el
mismo conjunto del que se sacó el epígrafe del presente estudio:
El tiempo no
cuenta. Siempre me sorprende que mis contemporáneos, que creen haber
conquistado y transformado el espacio, ignoren que la distancia de los
siglos puede reducirse a nuestro antojo. (p. 248, en el mismo "Cuaderno
de notas a las Memorias de Adriano")
Esa es la
formidable lección de universalidad y de lo clásico que con su pluma
artística ofrece Margarita Yourcenar: su arte, dado a la luz pública
hace medio siglo, trasciende hacia el lugar y el momento en que vivimos
y será válido en el allá y entonces del futuro.
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