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Servicio y molestadera al inicio de siglo
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 2, Junio del 2002

El péndulo, no de Foucault (demasiado complicado para almas sencillas), sino de esta columna de servicio público, ha estado bloqueado de un lado: he recibido serias llamadas de atención sobre lo injusto en lo distributivo prometido. Prometía alternancia entre el enfoque ponderado y cosmopolita, por un lado, y por otro, lo ameno, la cosmo-polada pues. Promesa es deuda:  me apresuro a darle un empujón del lado de la chanza, tan importante para soportar la vida seria. Abordaremos la idea de servicio desde la perspectiva de la polada... para que algo quede, desde la perspectiva mundial bien entendida.

Siempre ha habido vendedores ambulantes y oferentes que promocionan de viva voz su mercancía en la calle. Me imagino la idea proverbial de un “mercado persa”, exactamente como una gritería a todo dar. Recuerdo, con agrado, el domingo en el mercado de Chichicastenango, Guatemala: cuánta belleza de colores, variedad de ofrecimiento artesanal, qué coro de voces. En tierra costarricense, Emilia Prieto recogió poéticamente esas voces del acerbo cultural. Se me viene a la mente también una musicalización linda de esos vendedores, en la voz de Cantares, grupo local de rescate de identidad: escoooooobas, palooooo èèè piiiiiiiso, escooooobas...  Claro que a la hora de la siesta, dan ganas de lanzarle un zapatazo, con buena puntería...  pero sigue siendo una voz humana, hasta con algo de melodía, interfiriendo entre el canto de los pájaros.

Con la cantidad, de gente y de miseria, por doquier ahora se ofrecen servicios: en los buses, en la parada, frente al semáforo, a cualquier hora.  Una embarazada promociona tiliches, sacando provecho comercial de su panza; ese otro vende lapiceros y pese a que uno tiene la ventana del carro cerrada, tamborilea en ella, a ver si acaso. Necio que es uno, pues no se fija, que él “con mucho gusto” le está ofreciendo su “servicio”, si no a domicilio, pues en el drive inn de la calle pública. Últimamente surgió la plaga de los guachimán del vecindario, el “selocuido” que ¡cuidado usted!, si no accede, porque se lo raya...  No son “tres tristes tigres”, pero igual montón de casos de cómo faltan fuentes de trabajo, con los mortales, ingeniándose para llevar el sustento al hogar.

Pero aquí pienso más bien en el factor tecnología en ese campo. Tengo en la oreja el megáfono de ese ciego, por la catedral, dando lástima con su voz cansina. Hermano en el planeta tierra, le conviene leer algunos capítulos del Principito de Saint Exupery, contra el conformismo: un ciego no es un inválido absoluto. Recuerdo la labor de la ONCE (“Organización Nacional de Ciegos Españoles”) de mis estudios universitarios. Lindo también el cuido de la oreja cosmopolita, como en ciertos “malls” norteamericanos o europeos, precioso, porque no prevalece ese ruido ensordecedor como en los “equivalentes” locales. Recuerdo también ese logro arquitectónico, en Montevideo, de una cárcel transformada en funcional “shopping center”. Pero por polada y pachuquismo, aquí y ahora, por todas partes, surgieron esos anuncios y música por cada tienda, no solo en sectores del mercado, sino por la Avenida Central y en mi barrio, aquella discoteca karaokis que se da a conocer a todo dar, ese “tumbacocos” de la ferretería, cerca: ofreciendo su mercadería, empujando su mercancía, no gracias, su  merced, por favor, déjeme en paz. Mucho ruido y pocas nueces... En realidad, esos comercios prolongan ese uso indiscriminado del volumen, por parte del vecino que cree “tener derecho”, porque son las tres de la tarde, y no piensa con un mínimo de civilismo que a los pocos metros sufre una viejita muy enferma, que en frente, otro,  joven como él, quizá tiene necesidad de estudiar, de concentrarse en una lectura o de disfrutar de otro tipo de música: no, gracias, no me ofrezca sus decibeles con tanta insolencia.

En realidad, esa abundancia de ruido-a-todo-dar, nada tiene de democracia organizada, sino de libertinaje, usurpación y puro egoísmo. Esa hipertrofia acústica dizque postmoderna, es una prolongación de lo visual que se fue imponiendo también por doquier, para ofrecer lo que sea. Yo sé, no crea, que los letreros a neón incluso son  símbolos de la libertad, de la gran urbe nocturna llena de esas luces intermitentes: encanta pasar por ciertos sectores de Nueva York, maravilla ver la skyline de ciertas metrópolis; es una delicia leer y releer las poesías de Ernesto Cardenal: “somos como latas de cerveza desechables”. Aquí da lástima ver por las carreteras que pomposamente se llaman autopistas, las vallas, en nuestras ciudades de cajetilla, los letreros casi encima de la rotonda, en Guadalupe, en Heredia, la calle principal, de por si liliputense, asfixiada por completo por anuncios, con luces y hasta giratorios, allí donde cierta legislación no permite pasar de la vereda.

Todo ello implica un abuso flagrante de la tecnología al servicio..., ¿cómo le digo?, no precisamente del servicio (¡del baño, sí!), sino de la imposición, de la alienación, simplemente del volvernos locos a todos. Por desgracia, en cantidad de aspectos, la tecnología ha jugado un papel grande, deshumanizante, con su ruido, ahora estridente, y sus efectos de luz, enceguecedores. Claro que no le echo la culpa a la tecnología en sí. ¡Viva el progreso! y aguantemos la ley de oferta y demanda, a todo dar, pero, suplico, dejen vivir. Ahora a cada rato nos empujan con lo que sea: todo de manera impositiva... Está uno preso, en esa ratonera de lo no solicitado. En los países cultos, donde no solo existen leyes sino medios para hacerlas respetar, imperan restricciones. Dos ejemplos. Allí donde vive mi hermano, “en los Estados”, como le llaman por acá, no se les ocurra poner un letrero de la Coca Cola en la corona de Miss Liberty; donde mi hermana, en Europa, basta con que ella ponga en su buzón un letrero “no se permite publicidad no solicitada”, para que al que se atreva le pongan una severa multa. Pero aquí, en pololandia, es la selva, y no precisamente la del Mato Groso, que todavía prefiero, a esta jungla de avisos bajo el manto de “servicio” al consumidor.

Otra batería de ejemplos, no solo del ruido o de lo visual chocante en sí, sino de esos elementos multiplicados ahora por la tecnología y “ofrecitis”. Ayer me llamaron por teléfono, dizque para regalarme un viaje (“favorecido” que he sido”); hoy, de un banco, (poniendo a disposición su “plataforma de servicios”). Perdonen, yo entiendo por servicio cuando YO decido acudir a él, llamando a tal empresa, por ejemplo con su teléfono 800-etc. que me sale gratis, para orientarme. El premio a la polada le corresponde últimamente al ICE con aquello de “Estimado abonado, el ICE le informa que ya está al cobro... por un monto de...” POR FAVOR, SEÑORES, peor resulta si eso se hace en el fin de semana o a cualquier hora imposible. No me recuerden gentilmente lo que es mi elemental obligación: pagar lo que por mi voluntad contraté. No traten a los usuarios decentes y adultos como chiquillos inválidos, de kinder. Señores del ICE, les suplico, dejen ese concepto tan pobre de ayuda no solicitada: imaginémonos también a Recope, recomendando echar gasolina, con pancartas en las bombas; AyA, con megáfono en los buses, que recuerde pagar el agua...., el dentista que conviene hacer un “chequeo” periódico... como en  el cuento de Fernando Durán: ¡apaga y vámonos!

Otra plaga es la cantidad de correos no solicitados que le llegan a uno. Últimamente mi maquinita, fiel instrumento de trabajo, se ve invadida de cada mail no pedido, como esa venta de lotes, o esa lavandería que cada dos meses me vuelve a poner en lista, pese a que uno dio clara señal de que ¡NO!, no me interesa su oferta, ¡no! por favor quítenme, “desinscríbanme”, unsuscribe, etc. etc. Muchos, ilegalmente, ponen legalmente ese letrero que si es por única vez, es legal, pero inventan direcciones fantasmas a las que uno avisa. Implica una real pérdida de tiempo, (¿y ese servicio de “tiempo”, por favor, dónde lo consigo, aunque sea a plazo?). Decadente, eso de ofrecimiento de servicios amorosos (¡Hola, soy Cristina,...!), de pornografía, de vulgaridades. Por Dios, ¿quién me puso en tanto banco de direcciones de empresas argentinas?   ¿Privacidad, dónde estás?

De repente, en esos casos abundantes, la información se volvió asalto al ciudadano; la tecnología, en vez de una ayuda, se transformó carga y de la pesada. Hoy, el desarrollo fenomenal de las tecnologías de la teleinformación, no en sí, sino mal orientadas, asedia la misma idea de conocimiento. Es un problema mundial, de acuerdo, pero en nuestros países pobres (hasta de espíritu, eso sí, irremediable) ese alud de “cosas” que le tiran a la cabeza, con la mejor sonrisa, con una voz sibilina envidiable, se torna mucho más caricaturesco, esperpéntico, como le llamaría mi amigo Valle-Inclán. No me vengan con el cuento de que estamos “en vías de desarrollo” (¿a cuál desarrollo se refieren, por favor?), porque la estupidez también se desarrolla y la mediocridad es más contagiosa que el sida, si da en el blanco de un no tan inocente.

Con esa mentalidad de aldea chica, ¿cómo estaremos preparados para la aldea global de Mac Luhan?  Digerir inteligentemente, de manera selectiva, esas informaciones y servicios requiere procesos de aprendizaje adecuados, allí donde esos ahora se dispersan y debilitan. No está mejor informado el que vio siete noticieros y leyó tres periódicos, sino el que sabe escuchar o leer un solo medio que sea, y hasta entre líneas, distinguiendo texto y contexto, entre tanta imagen (¡puro shampoo!, como le llama un colega), dónde está el mini-bit de verdadera novedad. Aquella información formal que recibíamos de niño y adolescente, antes de la chupeta electrónica, de manera dirigista de nuestros padres y educadores, hoy se ha convertido en un castillo de fuegos fatuos. Nos lanzan noticias y datos dispersos donde la mayoría de la gente no es capaz de distinguir de manera elemental qué es información y que es puritica publicidad. ¿Qué es servicio y qué es imposición?  Los gringos inventaron hasta una palabra compuesta de información y entretenimiento, es el info-tainment.

El cosmopolita de verdad exige entonces un manejo y un respeto entre usuario y “empresa de servicio”, público o privado esa misma idea de libertad no en el sentido de lo que me da la gana, sino de lo que me conviene porque yo lo decido y además con ello no molesto al vecino. La idea de servicio va dirigida desde la perspectiva del usuario o interesado, no desde la imposición mercantil. La pobre princesa Diana fue víctima mortal de los paparazzi; nosotros todos, a diario, sufrimos el asedio de tanto oferente metiéndose en lo nuestro. En definitiva, que lo que me sirve, el servicio, lo defino yo (no me ayude, compadre). Por favor, señores de la “polada”, no me pongan delante hasta servicios funerarios. Servicio e imposición son como agua y fuego, sobre todo si, con toda una batería de tecnología mal empleada, corremos el riesgo de volver a la barbarie, en vez de llegar a formas cosmopolitas de convivencia.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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