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¿Todos los caminos llevan a Roma?
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 2, Mayo del 2002

     En una crónica anterior, estuve abonándole a la parcelita querida del cosmopolitismo bajo el título de “Roma es amor”. Constatamos que no es como para echar por la borda una rica herencia, generalmente positiva, de términos y estructuras que nos conviene refrescar y adaptar a la realidad, esta vez, en serio que universal: ¿recuerden? “vuelto, orientado hacia un mismo fin”. Porque si ya hemos definido ese bicho de la ciudadanía del mundo por varios costados, conviene ahora simplemente subrayar que el para qué, la función de aquello: es ni más ni menos la felicidad, el progreso de la especie humana como un todo. Quiero ahora redondear esa meta de la mano de tres figuras destacadas en la historia romana: son Cicerón, César y Séneca, gente que no coincidió en época pero son realmente figuras de proa en la configuración de sus respectivas épocas y que, cada uno desde su ángulo, el derecho, lo militar y lo filosófico, colorearon notoriamente lo que, todavía ahora, conviene tomar en cuenta a la hora de construir entre razas y credos el cosmopolitismo del siglo XXI.

Marco Tulio Cicerón

     ¿Cómo no mencionar aquí a Marcus Tullius Cicero (106-43 antes de Cristo), no solo por su peso en sí, como escritor, orador y hombre de estado, sino por el aporte imperecedero que le dio a una palabrita que nos tiene que seguir picando, de orgullo y de rabia, al mismo tiempo. Nuevamente encontramos por de pronto en Cicerón una constancia, que ya hemos subrayado en otros, a raíz de los elementos griegos en el cosmopolitismo: sus diversos viajes a Grecia y a Asia, en el año 77 antes de Cristo donde se empapó de otras culturas, otros idiomas, otras maneras de ver el mundo: ¡así son los grandes!, no los prepotentes que ni salieron de su aldea ni estudiaron más allá de sus narices y todo lo confunden o lo miden desde esta vara...

     A causa de sus desplazamientos físicos (los viajes) y mentales (su estudio comparativo), Cicerón llegó a fabricar un equivalente latino del cosmo-polités, el ciudadano del mundo-uno que ya habíamos detectado en Alejandro el Grande: esa preocupación por la tribu global, en sentido colectivo de todos, desde Cicerón precisamente lleva un nombrecito: es la Humanitas, el humanismo que tantos predican (predicamos) y no practican. No es entonces nuestro amigo el inventor de la humanidad, cosa que sería ridículo postular, sino el que ahondó en su idea, su abstracción conceptual: con él volvió a surgir de sus propias cenizas, en las mentes y en el vocabulario, ese ideal, ese anhelo que todavía perseguimos.  ¿Verdad que, por un lado, nos enorgullece pertenecer a una raza única, superior, pese a tener un tronco animal escondido en nuestras venas; y por otro lado, justamente, desde Nerón (otro romano de peso, pero por lo funesto), a veces duda uno si realmente estamos avanzando: como que a más de uno le sale lo bestia, pese a siglos de acumulación y de búsqueda de la superación de la especie.

     Para Cicerón, no basta entonces adquirir la sabiduría, es preciso usarla: en nuestra secundaria europea, hace décadas y supongo que todavía ahora, por algo se llama “humaniora”, en el sentido de lograr a través del conocimiento y su práctica un mejor hombre, en el sentido genérico de la palabra: varones y mujeres conscientes de que el mundo no está compuesto solo de objetos a consumir, sino también se compone de valores, de anhelos y metas para lograr la constante mejora de la especie.  Es este quizá uno de los dramas profundos de nuestra educación por acá: no solo es chata y egocéntrica, para no decir ególatra, además es esencialmente falsa: se estudia para adquirir un título, como trampolín en el ascenso social, pero no existe preocupación ni individual ni colectiva por la superación de la comunidad, esa ciudadanía de la que uno forma parte: es la humanidad de algún lugar concreto en tiempo y en lugar, organizando de manera creativa la “cosa pública” (la res publica, de allí la república, como vimos).

     Cicerón nos tiene que interesar por esta profunda y sincera veta de humanismo: justamente por ser valioso, llegó a ser un estorbo para los bribones: lo desterraron, lo mataron. Guardemos, sin embargo de él, aunque sea esa frase que nos viene como anillo al dedo: “soy ciudadano del mundo y conmigo llevo mis pertenencias”. (La frase aparece en su ParadoxaeEgo civis mundi sum … mecum mea porto). ¡Gran lección, en vez de pensar que hasta la tumba y más allá nos llevamos  lo material, deberíamos preocuparnos por una mochila ligera de chunches y valores monetarios, para llenarla de valores humanísticos. ¡Andaríamos más ligero! Otra frase en relación con la “civitas máxima”, el mundo, de parte de Cicerón fue: “la sociedad de los pueblos une a todos los hombres en una sola familia”. Hagamos nuestra esa pretensión de una gran integración humana, del colorcito que sea, y no precisamente en el sentido de la pandilla mafiosa, la cosa nostra: ¡la causa nuestra es de otra índole!

Julio César

     Una segunda figura que me interesa destacar, quizá precisamente por lo negativo, es la de Gaius Julius Caesar (101 – 44 antes de Cristo), mejor conocido mundialmente como Julio César. Debo confesar cierto repudio al personaje en cuestión, porque no era muy amigo del humanista Cicerón y tampoco era muy demócrata que digamos: no me simpatiza su énfasis en lo militar, que no se debe excluir en la búsqueda del cosmopolitismo (¿un ejercito dependiendo de las Naciones Unidas, como los existentes, pero desacreditados “cascos azules”?). Si bien tampoco menosprecio el ejercicio de la memoria, cosa ahora totalmente en desuso en la chiquillada, lamentablemente y allá ellos, era tremendo para nosotros. En la supuesta humaniora aludida, que nos obligaban a traducir del latín y memorizar páginas enteras de las memorias de ese generalote: De Bello Galico, Sobre la guerra en Galia, es un libro que con más provecho recomiendo  conocer a partir de “Asterix en Bélgica”, ¿recuerdan ese volumen? Forma parte de una famosa serie, bien dibujadita y mejor servida con una salsa de humor que también, por cierto, como no, es patrimonio de la humanidad y del humanismo que a su vez son ingredientes del cosmopolitismo.

     Lo peor es que no nos enseñaron a leer ese libro entre líneas, como corresponde más allá de la alfabetización de primaria que demasiado se confunde con “ser culto”, como si alfabetización y culturización fueran sinónimos. Pero al grano: ahora me doy cuenta que en realidad, a través de ese libraco nos metieron un tipo funesto de nacionalismo y una perspectiva belicista, ambos grandes lacras en contra del cosmopolitismo que defiendo y propugno desde esas páginas. Respecto de lo último, Julio César se imponía a puro sable y de hecho puede vérsele como el enterrador de la república, con su senado y demás instituciones democráticas de entonces (que tampoco podemos de todos modos tomar como modelo a fotocopiar para el momento actual). Nos quedan unas muestras de aquello en el vocabulario, si no universal, en todo caso muy occidental: “cruzar el Rubicon” no se refiere simplemente a la pasada de un río en el norte de Italia, por César y sus tropas, sino a que allí tomó un paso decisivo... casualmente de dictador, hacia un régimen imperial bajo un “César”, lo cual en alemán se llama todavía Kaiser y en ruso Zar.... La expresión tiene validez, en varios idiomas, pero claro, gente hay (en todas partes) que confunde el Rubicon con el Virilla, en nuestro caso, y se ahoga en el localismo... (Por cierto, en muchas lenguas queda todavía también aquello de la cesárea, porque supuestamente el militarote en cuestión nació con ese método.)

     Respecto del falso nacionalismo, confío haber superado esa lacra, pese a lo que nos metieron a presión: en la primera página de su proclama política, César suelta la frase “de todas esas tribus, los más valiosos eran los belgas”, que nos hacían repetir como loros, como si el gentilicio de entonces fuera un antecedente nítido del que se usa ahora, y sobre todo, ¡horror! Sacando la frase de contexto. En efecto, unos renglones más abajo César señala claramente el por qué: ¡porque eran los menos civilizados, en otras palabras, los más bárbaros! (todavía me suena en la oreja: propter ea quodque a culto etque humanitate longísimo absunt). De esa manera nos metían ese burdo nacionalismo guerrero (que llevó entre otros a dos guerras nada menos que mundiales, es decir en todo el planeta), a causa de ese estúpido nacionalismo mal entendido, egocéntrico. Ya señalé en crónicas anteriores que el amor al terruño (el “paese” le llama Ernesto Sábato en su magnífico testamento La resistencia) no se opone al cosmopolitismo, sino que ambos se complementan... ¡pese a ese absurdo nacionalismo de avestruz que también en Costa Rica metieron a todo dar!

Séneca

     Con gusto dedico también un párrafo a mi amigo Séneca (55 antes de Cristo  - 39 después de Cristo). Gran romano, gran cosmopolita. Al igual que en el caso de  Cicerón, vemos a un viajero (Séneca era español de origen) y de alguien que con base en estudio y confrontación llega a un pensamiento superior. Esta vez, es a partir de los estoicos griegos él desarrolla su propia mentalidad “global”, si se puede llamar así, pero bien entendido. Recalca: “¡qué ridículas las fronteras humanas por las que la gente se defiende a capa y espada”.  Otra frase suya era: “Este mundo que ves y que encierra las cosas divinas y humanas, es uno. Nosotros somos los miembros de un gran cuerpo. En ninguna parte es extranjero el hombre. Su verdadera patria es el universo”. El pensamiento y la personalidad de este gran filósofo resultan tan importantes que habrá que retomarlo, dentro del contexto del cristianismo primitivo. Mientras tanto y a modo de cierre, he aquí otra frase de antología del mismo: “Para nada sirve el viento favorable si no se sabe adónde ir: no es la veleta la que mueve y actúa, sino el viento.” ¿No es una frase a aplicar a la hora actual?  Hasta aquí, tres caminos cosmopolitas, que llevan a Roma y provienen de allí. Es importante rastrear el pensamiento de los clásicos: no hacerlo resulta tan pretencioso como suponer que los que nos precedieron no pensaron. Respecto del cosmopolitismo, justamente se trata de rescatar una vieja idea, amoldándola a los tiempos que corren. Vale la pena.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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