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Memorias de un Cosmopolita II: En la cúspide, el factor
“H” (de “hábitos”)
Víctor Valembois
valembois@tiquicia.com
Quincena 2, Abril del 2002
La
vida no se hace en borrador, lo que indudablemente le da su
trascendencia pero no impide, dolorosamente, reparar nuestras
equivocaciones y abandonos.
Ernesto Sábato, La resistencia.
A: Ingerman Montenegro, centroamericano, ejemplo de superación.
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Entrada en materia
Existe desde luego una opción muy personal, nada
respetable, pero tristemente real y frecuente: la de simplemente dejarse
(sobre-)vivir, como pueda, en las ondas del momento, mecido por la
publicidad omnipresente en el paraíso consumista. Eso lo considero una
forma de alienación, consciente o no. Con o sin definición religiosa,
postulo que nosotros los universitarios, sector de por sí privilegiado
en cualquier sociedad, por eso mismo tenemos también mínimo la
obligación del ejemplo. Con algún atrevimiento (por las referencias a mi
caso), en otro escrito, titulado “andadura de (mi) vida”,
he plasmado una serie de aspectos que considero esenciales para recorrer
con sentido el camino de la vida. El primer aporte se centraba en una
jerarquía de valores, cualquiera que sea, pero determinada, asumida, en
la cual la herencia combinada del molde familiar y de la educación
(formal y no formal) recibidos, aunque sea por la vía del rechazo,
encarrillan hacia un compromiso personal con una vida que lo llegó a
uno, “echado al mundo”.
En este segundo aporte, complementario, agruparé una
serie elementos adicionales. Que se me disculpe que, un tanto
involuntario, vuelvan ciertos ribetes autobiográficos. Mi vida no
resulta materia potencial para una novela ejemplar, pero fiel a aquella
sabiduría popular según la cual uno sabe más por viejo que por diablo,
aquí va otra carga de reflexiones propias (y si a otros les sirven,
tanto mejor). De ningún modo redacto bajo la forma de latosos “consejos”
que se permite el profesor, en la tercera edad (en el entendido que hay
una cuarta y una quinta...). Declaro de entrada, además, que este
aprendiz de literato se dejó cautivar en más de un aspecto por la
“literatura” norteamericana tan abundante del “self help”. Me refiero,
por ejemplo a casetes “didácticos” de Wyan Dyer,
Gianpolski
y otros adictos a los recetarios de vida. En esos, por un indudable
factor de moda, últimamente suele figurar algo sobre “inteligencia”:
anzuelo publicitario, ¡como no!, si a nadie le gusta que lo consideren
tonto ni fracasado.. Se usa y abusa de esa materia prima, en un entorno
que también mucho tiene que ver con una guerra de semantización al gusto
del escritor. Este vocablo constituye también palabra clave, mágica, en
los trabajos recientes de Goleman y de Gardner. Del primero, he leído y
re-pensado con ávido interés su ensayo Inteligencia emocional,
por concordar en mucho con sus tesis, además porque enmarca de manera
sumamente creadora esa capacidad (¿la llamaré hábito también?) dentro de
un conjunto social, la ciudadanía, lo cual me sirvió mucho en un andamio
crítico al respecto.
Del segundo, desde luego, en el presente contexto no podía faltar huella
de su trabajo Inteligencias múltiples que, aunque sea para
discrepar en varios aspectos, recomiendo por sugerente. Mi desarrollo
apunta la posibilidad de una teoría complementaria a esas inteligencias,
valorando en última instancia el aspecto de los hábitos.
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El no tan nuevo, pero confuso
factor “conocimiento”
Abunda la bibliografía sobre la creciente importancia
que conviene dar a la adquisición de conocimiento. Es el factor clave de
poder, en lo individual, más allá de la fuerza bruta del machista; en lo
colectivo, nacional o más allá, es lo que determina, ya no la extensión
territorial, ni la cantidad de habitantes, ni los recursos naturales.
Tambalea la misma terminología dicotómica de desarrollo versus
subdesarrollo. No es que nos olvidemos de la geografía, que sigue siendo
un elemento geopolítico importante, pero existe un cuarto mundo en el
“norte” supuestamente desarrollado, como hay gente en el “sur”,
eufemísticamente llamado “en vías de desarrollo”, viviendo a escala de
primer mundo. Una cosa es ver, respecto de los
Estados Unidos de Norteamérica, la clásica imagen publicitaria de
Marilyn Monroe con la faldita levantada por el aire de una boca de
metro, y otra, muy distinta es, ¡lo habré visto
con mis propios ojos, homeless people durmiendo sobre esas
parillas en pleno invierno nórdico, para calentar un tanto los huesos. Y
en la pobre capital de Costa Rica, ver los complejos como Intel, Forum y
otros, tipo Sillicon Valley, hace comprender que también se
encuentra la más alta tecnología de punta.
Por la globalización se debilitan las fronteras: basta
ya de esconderse detrás de cortinas nacionalistas de “identidad”. Tanto
en el plano individual como colectivo, hay personas y países
“inforricos” versus “infopobres”,
mucho más allá de la esquelética alfabetización que recogen las
estadísticas. Pero respecto de este omnímodo
factor “K” (de “knowledge” o conocimiento) corren muchos equívocos.
Cuando uno lee El ser digital del gurú Negroponte, es triste ver
cómo él, en el fondo confunde “bits” con conocimiento, cantidad con
calidad.
Por lo demás, en el aspecto que nos ocupa aquí, el libro resulta también
sugerente, especialmente en la parte “donde vive la inteligencia” (p.
19), que concuerda con ese “potencial biopsicológico”, como lo define
Gardner y que en última instancia subraya lo que yo defino como la
capacidad de “leer”, es decir, etimológicamente, seleccionar signos y
códigos, verbales o no.
Como argumenté en mi otro escrito, constituye otro
colosal error, con fuerte vivencia local, la ideología de la educación
como progreso en sí, además de suponer que saber el bien es actuar en el
mismo sentido. Todo eso redunda en una verdadera plaga nacional: la
“titulitis”. Lo mismo que el hábito, el título no
hace al universitario, pero en el sector
público, cada papel de esos genera un aumento salarial y el Servicio
Civil no establece diferencias entre una maestría obtenida en Yale
University o en una "universidad de garaje" como abundan en el
mercado local.
El problema se vuelve crítico, para no decir simplemente inmoral al
comprobar, que en Costa Rica se ofrecen casi 250
maestrías (académicas y profesionales), cosa que en sí es exorbitante,
pero además, un centenar se imparten sin
control. Se va imponiendo el cartón, rápido, a
como dé lugar, mediante pago y hasta “le hacemos tesis” como rezan
rótulos comerciales. ¡Ojo!, más vale no confundir título con
conocimiento ni con inteligencia. Con razón, para los patronos el punto
medular lo constituye la experiencia, que constituye una forma de
conocimiento profundo.
En definitiva, el factor “K” (o “C”, en español) a
nivel individual y en el plano colectivo, se vuelve cada vez más
importante: a la vieja sabiduría de “los tontos, ni Dios los quiere”,
históricamente se fue imponiendo la perspectiva científica,
renacentista, ilustrada, positivista, en etapas sucesivas, siempre bajo
el lema, todavía muy válido, como el anterior, de que: “la conjetura del
sabio es más sólida que la certeza del ignorante”. Pero en nuestros
días, por pura manipulación bien orquestada, vía la publicidad y los
mismos “informativos”, la duda cartesiana parece ceder ante “la opinión
pública”. En términos más agresivos y globales sigue válido también
aquello de “conocer es competir con ventaja”; otra cosa es que sea único
y cúspide de la pirámide, como veremos.
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El factor “T”: verdad y mito
No se puede obviar: desde la Revolución industrial, el
progreso (y el poder destructivo) de la tecnología (con “T”) ha
aumentado de manera geométrica. Cuando uno cuenta a sus alumnos que es
hijo de la generación de los Beatles, de la guerra de Vietnam y de “mayo
68”, en otros términos que no es un dinosaurio salido del parque
jurásico, les cuesta siquiera imaginar el salto que se ha dado tan solo
en tecnología educativa: recuerdo tajantemente que mis padres compraron
televisor (b/n, de perillas, por supuesto sin control remoto),
en coincidencia con el primer paso del hombre en la
luna: causó un impacto colosal en nosotros.
En los años setenta de mi doctorado, no había lo que para todo
estudiante actual llegó hasta a sustituir la idea libro: la fotocopia.
La computadora lleva casi dos décadas cambiando mis hábitos de escritura
y de tomar notas, pero el mismo vocablo cubre un mundo de diferencia
respecto de lo que hoy se entiende por ello. Los años noventa han visto
la avalancha del mundo digital, con el correo electrónico, el celular e
internet, todos con inmensas repercusiones en las costumbres del
estudiantado.
Respecto de esos progresos tecno-educativos
vertiginosos, se detectan en cantidad de colegas serios problemas de
desfase: uno que defiende con orgullo ancestral su escritura caligráfica
de puño y letra, otro, con miedo patológico frente a una hoja de
cálculo, sigue calculando porcentajes con su calculadora (invento muy
“reciente” por lo demás); este, afortunado dicta o escribe sus mensajes
a la secretaria, para que ella los vuelva a digitar; otro montón se
escuda detrás del problema del costo, esperando que el rector les regale
su machete de trabajo... No: no es que yo sea partidario de la
clase en “powerpoint” porque sí o de tener en cada aula un televisor, o
de preferir “ver” esa novela por la versión cinematográfica... con el
debido y absoluto respeto por la tecnología que me fascina (¡y me
cuesta, en términos de esfuerzo y de plata!, pero es cuestión de
establecer prioridades, que a la larga agilizan sobremanera el trabajo),
en muchos casos vale tanto o más una buena clase “ex catedra” o la
comunicación personal y directa con el alumno.
En cambio en los educandos suelen prevalecer reacciones
diametralmente opuestas: no darse cuenta de lo fácil que se vuelve ahora
escribir “en limpio”, a partir de borradores, cambiar todo tipo de
elementos formales, ordenar listas, poner notas a pie de página, etc. La
idea “ortografía” se esfuma, por exceso de confianza en el corrector
automático, lo formal en refuerzo del contenido coherente se confunde
con toda clase de cambios (de tipo de letra, de tamaño, de colores) sin
respetar un idea de código inherente, destrozando la sintaxis y
confundiendo cada vez más registros del habla (lo escrito frente a lo
oral, estilos internos, distancias protocolarias, etc. Por último, todo
adquiere supuestamente el mismo valor: la fuente periodística, plagada
de “opinionitis” y “encuestitis”, frente a la investigación pausada del
experto. Luego, la plaga del plagio... De acuerdo, Mister Negroponte,
las leyes del copyright reflejan la era de Gutenberg, pero aparte
del inherente robo que ni se siente como tal, no basta con “bajar”
información, sino que también hay que subirla al cerebro: sopesando,
jerarquizando su valor, sabiéndola citar o utilizar.
En definitiva, entre un luddismo de nuevo cuño y una
nueva actitud de fe religiosa, dogmática, en la tecnología, en el caso
particular, valoro al máximo la importancia del factor T. Estoy a favor
del uso generalizado de la tecnología, pero contra el fetichismo: he
visto poner y sacar televisores en todas las aulas; ahora estas y hasta
las oficinas de los profesores están conectadas con fibra óptica pero
los colegas, por miedo, por excusas diversas, no saben sacarle real
provecho selectivo. Le tengo un profundo respeto-miedo que seguramente
se debe a que uno era de los últimos hijos en casa: “¡Dios guarde poner
un disco, usted, en el Telefunken, cuidado con la aguja! Deje eso a su
hermano mayor...” Valoro lo que es un carro, pero más todavía ahora que
puedo ir a pie o en bus a todas partes; veo muy poco televisión, casi
exclusivamente por cable, por higiene mental; mi computadora es mi
machete y mi libreta de apuntes; no busco mucho por internet, pero soy
fanático de las enciclopedias digitales. Tengo celular y quisiera
comprar cámara digital, pero no me volverán esclavo.
La tecnología sola no es nada ni tiene la “culpa” de
nada. Para Costa Rica, gracias a su relativa “ventaja comparativa”, en
el plano tecnológico regional, el factor “T” es una mina por descubrir,
ya encontrada por cantidad de empresarios inescrupulosos, llevando a la
“batistización” del país. Sí, la tecnología también es una mina que
puede minar... No me asusta el modelo
high-tech potencial para el país. Quizá gracias al inmenso potencial
“IT” (tecnología informativa) generará muchos empleos (y otro tanto de
desempleo) pero es ya un herramienta que permitirá poner el diminuto
país en el mapa. Ojalá los jóvenes aprovechen al máximo las inmensas
posibilidades del outsourcing en el sector de servicios. Eso
implicará también prepararse, en serio, saliendo del embelesamiento del
gadget que prevalece en muchos. No me interesa la CNN-ización
totalitarista digna del mejor Orwell. ¡Cuidado con la
ciberamérica cocacolonizada que nos ofrecen en bandeja,
en cómodos plazos! Asusta el
lenguaje profético, místico y redentor que invade
Internet: ¿una nueva religión digital de
escapismo? Esa buena nueva de las ciudades
virtuales en internet, ya tiene sus herejías, la creencia del
'progreso' a ojos ciegos. Para mis hijos y este mi país de adopción,
prefiero la elaboración voluntarista de la ciudad del hombre, el ser
humano integral, conectado a nivel cosmopolita y más allá... eso sí,
empezando por el vecino a quien le doy un fuerte abrazo real y le hablo
de viva voz en una lengua común, construcción heredada pero que
enriquecemos día a día...
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El creciente interés por el
factor “D”
Mi padre nos recalcaba
frecuentemente que “más vale tener varios cuerdas en su arco”: por
ejemplo “sufrí” tres años de conservatorio tocando violonchelo,
simplemente porque él había descubierto que su primogénito había
empezado a tocar intuitivamente guitarra, escuchando a Jacques Brel y
otros cantautores. “Ergo”, para mi vástago era evidente que todos,
tuviéramos o no vocación musical, supiéramos de música. Crear en mi
algún talento musical sería como cultivar trigo en un pedregal, pero
guardo de ello no solo cierta comprensión del pentagrama, pero un
interés (que tan pronto sea pensionado quizá se transforme en uno de mis
pasatiempos) por la música medieval y renacentista, quizá porque los
conjuntos de esa época tenían una sencillez anterior a las sinfonías de
instrumentos múltiples, aparte de una contagiosa alegría de vivir...
Esa “filosofía vital” de mis padres, ahora la comprendo dentro del
contexto de destrezas que conviene cultivar, por “hobby”, pero también
porque quién sabe... eso puede servir, un día. Lo cual implicó, en
realidad su granito de puro machismo, aplicado a las mujeres: obligaron
a mis hermanas a sacar también una carrera universitaria (y que esa sea
“bien femenina” como enfermería o microbiología), como seguro de vida,
por si llegara a faltar el marido como proveedor.... Por eso también es
que mi hermana mayor sabe dactilografía y le dieron clases de piano,
destrezas envidiables por cierto.
Todo eso me pareció un tanto impositivo, pero valoro
ahora el espíritu detrás: el título, universitario si es posible, no lo
es todo y conviene cultivar intereses y habilidades diferentes por si
acaso, un acaso que, por lo demás, no tarda en llegar y no lo encuentra
a uno desamparado, con todo y formación superior. Rescato esa idea en
función de ciudadanos mejor preparados frente a la competencia feroz que
la globalización genera: sí, papá, más vale tener varias cuerdas en el
arco, porque puede que en una, justamente la que se confiaba sería la
más importante, simplemente no hay forma de conseguir empleo, porque
surgió una limitación física u otro obstáculo que dificulta el desempeño
en este sentido. Cada vez más uno ve casos de gente valiosa que en
realidad tiene tal o cual formación, digamos formal, pero en realidad,
por circunstancias diversas, entre otros una habilidad que cultivaron en
su juventud, llegó a combinar esa con su profesión. Incluso esa destreza
si no sustituye, puede que complemente en forma interesante el empleo o
redondea el sueldillo siempre escaso. Pienso en ese biólogo marino, por
puritica vocación, que ahora se gana la vida gracias a su capacidad en
computación, combinada justamente con un aspecto aunque sea marginal de
la biología marina. Cada vez que veo esos hermosos programas tipo
Animal Planet o de reconstrucciones históricas, envidio al fotógrafo
detrás de todo eso, “visiblemente” alguien que combina un ojo clínico
para la ciencia en cuestión, con un manejo envidiable (¡y envidiado!) de
la cámara.
Mi padre, no sé si prolongaba o empezaba su desempeño
como ginecólogo en la cría de canarios y faisanes... y que nadie se
escandalice: vale el mismo amor por la vida, por el “motorcito de la
Madre Naturaleza”. Es la pasión por algo, que no consta en el currículo
vitae, pero que puede resultar determinante a la hora de ser un
profesional realizado. Lo contrario es el autómata con título, amargado
porque “si hubiera sabido” o “si hubiera hecho...”, como abundan. Es lo
que ahora auscultan más que lo seco del papel con su resumen
vital, en la entrevista a la hora de entrevistar con miras a una posible
contratación: ¿es un hombre acartonado, parapetado detrás de una
formación por muy superior que sea?, ¿o será, lo que en realidad
buscamos, un individuo con un espíritu de búsqueda, con flexibilidad y
apertura, que ocupamos en nuestro equipo de profesionales en salud?
“Eso”, que puede ir desde habilidades para escribir a máquina, aparte de
cierto don de redacción, pasando por una pasión por cierto deporte o un
hobby aparentemente inocente, es lo que se esconde muchas veces detrás
de las habilidades o las destrezas (de allí, el factor “D”), que los
gringos, gente competitiva y organizada, valoran como “skills”. Por
cierto, más vale distinguir con claridad
habilidades y hábitos, pero lo primero felizmente puede llevar a lo
segundo.
No puedo dejar este
punto sin subrayar la diferencia enorme, el valor colosal de otro
idioma: cada lengua no solo constituye una ventana diferente, desde un
punto de vista filológico y antropológico, sino que, como dirían los
anglosajones, it´s a plus en su currículo y este, ojalá sea
polifacético como ese famoso arco comentado... Está claro, lo señalan
los encargados de recursos humanos: "los idiomas están abriendo más
oportunidades laborales que las mismas maestrías".
Desde luego, nuevamente y que me perdonen lo prepotente, entiendo eso
desde mi infancia: como europeo originario de un país minúsculo en el
mapa, rodeado de otros idiomas y habiendo sido educado, en casa y en la
escuela, no en una lengua, sino en cuatro, valoro, como no, la “ventaja
comparativa” del políglota. ¡Ah, y otra cosa, queridos latinoamericanos:
ser bilingüe no es necesariamente sinónimo de saber inglés, por si
acaso, siendo esa lengua solo una de las posibilidades, tampoco
necesariamente la más importante. El espectro idiomático del factor “D”,
para muchos, lamentablemente, es tan ancho como ajeno...
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El factor subyacente: “H”
(hábitos)
Entre las frases favoritas de mi padre, recuerdo
también aquella de “eso no come pan”, refiriéndose a que convenía
guardar de todo, porque puede hacer falta después. También mi madre,
víctima de las dos guerras mundiales, nos acostumbró a limpiar bien el
plato, con pancito, a juntar las migas, para los pájaros, especialmente
en invierno y a guardar las cáscaras de huevo: es abono... Eso puede
parecer francamente ridículo el día de hoy en América Latina, empapada
por el consumo no el gringa de verdad, sino de las películas.
Insoportable puede parecer para más de un “desarrollado” del sur,
acostumbrado malamente a tirar todo, no por la clásica ventana, sino
hasta por la calle. Soy de tipo “cachurero” como se dice en buen
chileno, cacharero, en colombiano: puedo asegurar que me cuesta menos
que a otros vivir, momentáneamente que sea, la estrechez. Esa “pobreza”
hasta agudiza la imaginación, como comprobamos por ejemplo, después del
golpe militar, llegando a Costa Rica “con una mano adelante y otra
atrás” y como experimenté después de dejar el “dulce hogar” para empezar
prácticamente en cero frente a años de dificultades, esencialmente
culturales, simplemente irreconciliables. La abundancia no está en
seguir un modelo consumista sino precisamente en el hábito de ahorrar,
de cuidar las cosas, ajenas o propias, empezando por leer el manual
(lástima que no hay manual para la vida, lo señala Sábato). Dicen en mi
tierra que “quien no honra lo pequeño, no merece lo grande”. De allí
también la costumbre de separar tipos de basura, en correcta mentalidad
ecológica, como precisamente se obliga, por ley en los países del norte:
de no plegarse usted a esas normas de poner la basura en su lugar y de
separar lo biodegradable de lo otro, le esperan multas de miles de
dólares. Mis padres no eran ecologistas: esta visión vital apenas se
está generalizando desde hace dos décadas. Pero sí, ellos me inculcaron
un hábito que sirve todavía, como no.
Es también importante entonces el factor “H” que aquí
propongo por “hábitos”. En la mayoría de las lenguas occidentales
se observa la relación original entre el “habitus” latino, por traje o
vestimenta, y las costumbres. La expresión, aludida arriba, respecto del
“hábito que no hace al monje” se origina en la Europa feudal, una
sociedad sin naciones todavía, donde la gente se distinguía por su ropa,
la cual significaba un comportamiento usual, como hombre o mujer,
escudero o caballero, laico o religioso. Surge simultáneamente en varias
regiones, de modo que no deja de implicar corta vista cuando se utiliza
aquí con una frecuente colita “como decimos nosotros”. Tanto en la
lengua de Shakespeare, como en la de Molière y la
de Cervantes, se refiere a uso “positivo”, de buena costumbre o de ley,
como a su opuesto, tipo vicio o práctica nefasta.
Por esa etimología, su tipología es también muy vasta,
al abarcar todo tipo de gente y prácticas socialmente legitimadas. El
uso específico en el vestir iba tradicionalmente asociado con una manera
de comportarse en la mesa, no solo en posturas sino en tipología de
alimento; implicaba además una distinción clasista en el uso de la
lengua, los colores y en todas las maneras de ser, hasta tal punto que
entonces sí, el aparecer equivalía al ser: si uno se comporta como
burgués en una docena de dimensiones, de seguro tiene que serlo.
Quiero recalcar todavía un ámbito vital al respecto. ¿Verdad que la
higiene, en todos sus aspectos distingue individual y colectivamente? En
Colombia, con tino, señalan que “en el baño y en la cocina se conoce la
cultura de la familia”. Contrasta al respecto la misma arquitectura y
ubicación de la cocina: en todo hogar chileno, literalmente el living,
como dirían los ingleses, es por excelencia el lugar de encuentro y de
estar; en cambio, en América Central, con frecuencia representa el lugar
más oscuro, pequeño y pegado a los olores del garaje, destinado a “la de
adentro”, empleada o “reina de la casa” según el eufemismo de la
canción. Pero ¡fantástico! prevalece un uso (hasta abuso, a grifo
abierto) del agua para el aseo personal, en contraste con lo que
hispanos (pese a la proverbial limpieza islámica impuesta secularmente)
y franceses (por eso, inventores del perfume) históricamente estilan,
cosa que por lo demás se presta a peligrosos estereotipos. A mi, como
europeo, siempre me ha llamado la atención el sustrato indígena -a mucha
honra- al respecto, tanto en el norte como en el sur americano.
Confío en explicitar el valor de los (buenos) hábitos al
observar, siempre desde una perspectiva lingüística comparativa, cómo en
varias lenguas y otras tantas culturas se subraya la importancia de la
perseverancia: me gusta, al respecto, en sonoro italiano, “piano, piano,
si va lontano”, por cierto también título, recuerdo, de un manual de
francés que utilizábamos. Es el pasito a pasito, no navideño, sino
simple y llanamente humano, desde aquel constante probar y mejorar en
tantas prácticas sencillas, hasta el programa espacial norteamericano “Endurance”
y cómo no, la tremenda carrera espacial que marcó nuestra juventud,
primero con las hazañas de Laica, y Valentina Terechkova, entre otros,
hasta el tremendo desafío de Neil Armstrong: “es un pequeño paso para el
hombre, pero un paso gigantesco para la humanidad”.
Casi masoquista suena ese refrán, tan francés, de que
“no es necesario esperar para emprender, ni tener garantía de éxito par
perseverar”.
¿Y será casualidad que en el Camino
de Monseñor Escrivá Balaguer, de las 999 citas, casi un 10 % se refiera
a esa misma perseverancia? Tiene colosal importancia ese factor “P”, de
perseverancia, pero en sí, es un hábito.
Resulta perentorio desembocar en un diagnóstico, al
respecto, en Costa Rica. Para mí, casi treinta años de docencia
universitaria fueron una fuente de rejuvenecimiento y de “eterna”
juventud: el aula es como el mar, cada vez vienen nuevas olas de
jóvenes, más bellos y más espontáneos. Pero también, doloroso en extremo
resulta constatarlo, permea cada vez más una doble ideología, la del
“tengo derecho” (mi opinión vale, porque sí, sin lecturas) y una fatal
confusión entre una incontestable alfabetización (ejemplar en el
contexto ístmico), pero que el ejercito de maestros ha inculcado como
equivalente de culturización. En nombre de una manera de ser que se
proclama postmoderna han decaído los más elementales hábitos. Preocupa
ver a tanto estudiante llegar, sin desayuno siquiera, llenarse a lo
largo del día a puros carbohidratos, en una abierta alienación de
cantidad como equivalente de calidad. Angustia la afirmación de un
colega según la cual los alumnos nacieron cansados, lo que no solo se
comprueba en el sainete de los doscientos días que ni resultan de cinco
horas; también se observa ya en posturas corporales: muchos parecieran
venir al mundo, ya sin cordales, perfecto, pero además sin columna
vertebral, cosa que se vuelve patente al ver los modales (o la falta de
ellos) al sentarse, al estar de pie, al estudiar, al tirarse hasta de
cuerpo entero en las gradas y en los pasillos, con el “bulto” de
almohada. Un falso concepto de democracia como sinónimo de igualitarismo
a muchos les ha hecho borrar todo hábito de diferencia y deferencia.
Un escalpelo crítico (atrevimiento y hasta audacia en el
contexto local) revela un portentoso déficit, cada vez mayor en los
mismos hábitos aquí tomados bajo la lupa. Adriana Torres y otros, en un
libro monográfico sobre el tema, identifican una serie de “hábitos de
estudio”. El volumen refiere a cantidad de elementos externos respecto
del estudio, como el lugar, el horario, el entorno acústico etc, pero
con base en Gardner me permito insistir en factores que esos colegas
apuntan, más bien de tipo interno, como la técnica de leer, de tomar
apuntes, de redactar, el mismo hábito de pensar, de sintetizar, de
memorizar, etc. En otras partes, con más detalle he establecido los
síntomas de una verdadera “cultura del más o menos”, con ingredientes no
solo de falta de hábito en cuanto a precisión en tiempo y espacio, sino
además en la riqueza léxica, y el hábito de
leer, desde el periódico, en sentido original de seleccionar, incluyendo
“leer” la TV y “leer” amistades.
Estamos por suerte llegando al punto más bajo de
ese “relajo” de hábitos, hacia la sociedad global y exigente de la que
formará parte dignamente mi nieta.
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El factor “H” en la cúspide
Contrariamente a los tipos de “inteligencia”, que desarrolla Gardner,
que se puede estimular, pero con los que uno nace, los hábitos a que me
refiero son netamente culturales. Se aprenden en la primera infancia,
con ejemplo-osmosis de los padres, no tanto por educación formal, menos
con imposición.
He probado además la existencia de una jerarquía en los factores
estudiados: desde luego, el “C” (conocimiento) es básico, pero se
enriquece gracias entre otros a la “T” de tecnología; aparte de este
binomio, adquiere cada vez más importancia el factor “D”, pero en
realidad, los elementos mencionados suponen el factor “H” de hábitos.
Defiendo entonces una tesis complementaria, casi opuesta a la de
Gardner: nada se saca con una plétora de inteligencias, si por pereza
individual o la misma educación las reprime, como es con frecuencia el
caso en Costa Rica,. En lo particular y en lo colectivo importa el
estímulo de los hábitos, entre otros la mente investigativa, el hábito
de buscar y encontrar información... Si ahora hay información en todas
partes, literalmente al alcance del dedo, conviene fomentar y canalizar
esa capacidad no biológica para buscar y encontrarla. Postulo entonces
que conviene sopesar la existencia socialmente legitimada de una especie
de
inteligencia de tipo “H”, más allá de simplemente “K” o “D”, etc: en
definitiva, K+T+D = H. Sobre este factor H se puede aplicar entonces lo
de San Pablo en relación con la caridad o el amor (depende cómo se
traduzca):
“pero si no lo tengo, no tengo nada”.
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Bibliografía
Escriba
de Balaguer, Josemaría, Camino, Ediciones Promesa, San José,
Costa Rica, 2001, con un capítulo especial (del n° 983 al 999) sobre
perseverancia.
Gardner,
Howard, Inteligencias múltiples, Ed. Paidos, Colección
Transiciones, Barcelona, 1995.
Goleman, Daniel,
Emotional Intelligence, Bantam Books,
1999. (Existe edición en
español)
Negroponte, Nicholas:
Being digital, Vintage Books, New York, 1995.
(Existe edición en español)
Torres
Ponce, Adriana: Manual de hábitos y técnicas de estudio, dos
partes, Editorial UNED, sétima reimpresión, 1998.
Valembois,
Víctor: “Andadura de (mi) vida”, texto ofrecido a la Revista
Comunicación, del Instituto Tecnológico de Cartago (ITCR), Costa
Rica, 2002.
“Point n´est besoin d´espérer pour entreprendre, ni de réussir pour
persévérer.”
Frase atribuida a Guillaume d´Orange.
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