Usted está en: Columnas > Cosmo-Polita > Memorias de un Cosmopolita II

Banco de Costa Rica

Visite a nuestros patrocinadores!

 

Memorias de un Cosmopolita II: En la cúspide, el factor “H” (de “hábitos”)
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 2, Abril del 2002

     La vida no se hace en borrador, lo que indudablemente le da su trascendencia pero no impide, dolorosamente, reparar nuestras equivocaciones y abandonos.                      Ernesto Sábato, La resistencia.

 

A: Ingerman Montenegro, centroamericano, ejemplo de superación.

  1. Entrada en materia

Existe desde luego una opción muy personal, nada respetable, pero tristemente real y frecuente: la de simplemente dejarse (sobre-)vivir, como pueda, en las ondas del momento, mecido por la publicidad omnipresente en el paraíso consumista. Eso lo considero una forma de alienación, consciente o no. Con o sin definición religiosa, postulo que nosotros los universitarios, sector de por sí privilegiado en cualquier sociedad, por eso mismo tenemos también mínimo la obligación del ejemplo. Con algún atrevimiento (por las referencias a mi caso), en otro escrito, titulado “andadura de (mi) vida”[1], he plasmado una serie de aspectos que considero esenciales para recorrer con sentido el camino de la vida. El primer aporte se centraba en una jerarquía de valores, cualquiera que sea, pero determinada, asumida, en la cual la herencia combinada del molde familiar y de la educación (formal y no formal) recibidos, aunque sea por la vía del rechazo, encarrillan hacia un compromiso personal con una vida que lo llegó a uno, “echado al mundo”.[2]

En este segundo aporte, complementario, agruparé una serie elementos adicionales. Que se me disculpe que, un tanto involuntario, vuelvan ciertos ribetes autobiográficos. Mi vida no resulta materia potencial para una novela ejemplar, pero fiel a aquella sabiduría popular según la cual uno sabe más por viejo que por diablo, aquí va otra carga de reflexiones propias (y si a otros les sirven, tanto mejor). De ningún modo redacto bajo la forma de latosos “consejos” que se permite el profesor, en la tercera edad (en el entendido que hay una cuarta y una quinta...). Declaro de entrada, además, que este aprendiz de literato se dejó cautivar en más de un aspecto por la “literatura” norteamericana tan abundante del “self help”. Me refiero, por ejemplo a casetes “didácticos” de Wyan Dyer[3], Gianpolski[4] y otros adictos a los recetarios de vida. En esos, por un indudable factor de moda, últimamente suele figurar algo sobre “inteligencia”: anzuelo publicitario, ¡como no!, si a nadie le gusta que lo consideren tonto ni fracasado.. Se usa y abusa de esa materia prima, en un entorno que también mucho tiene que ver con una guerra de semantización al gusto del escritor. Este vocablo constituye también palabra clave, mágica, en los trabajos recientes de Goleman y de Gardner. Del primero, he leído y re-pensado con ávido interés su ensayo Inteligencia emocional, por concordar en mucho con sus tesis, además porque enmarca de manera sumamente creadora esa capacidad (¿la llamaré hábito también?) dentro de un conjunto social, la ciudadanía, lo cual me sirvió mucho en un andamio crítico al respecto[5]. Del segundo, desde luego, en el presente contexto no podía faltar huella de su trabajo Inteligencias múltiples que, aunque sea para discrepar en varios aspectos, recomiendo por sugerente. Mi desarrollo apunta la posibilidad de una teoría complementaria a esas inteligencias, valorando en última instancia el aspecto de los hábitos. 

  1. El no tan nuevo, pero confuso factor “conocimiento”

Abunda la bibliografía sobre la creciente importancia que conviene dar a la adquisición de conocimiento. Es el factor clave de poder, en lo individual, más allá de la fuerza bruta del machista; en lo colectivo, nacional o más allá, es lo que determina, ya no la extensión territorial, ni la cantidad de habitantes, ni los recursos naturales. Tambalea la misma terminología dicotómica de desarrollo versus subdesarrollo. No es que nos olvidemos de la geografía, que sigue siendo un elemento geopolítico importante, pero existe un cuarto mundo en el “norte” supuestamente desarrollado, como hay gente en el “sur”, eufemísticamente llamado “en vías de desarrollo”, viviendo a escala de primer mundo. Una cosa es ver, respecto de los Estados Unidos de Norteamérica, la clásica imagen publicitaria de Marilyn Monroe con la faldita levantada por el aire de una boca de metro, y otra, muy distinta es, ¡lo habré visto con mis propios ojos, homeless people durmiendo sobre esas parillas en pleno invierno nórdico, para calentar un tanto los huesos. Y en la pobre capital de Costa Rica, ver los complejos como Intel, Forum y otros, tipo Sillicon Valley, hace comprender que también se encuentra la más alta tecnología de punta. 

Por la globalización se debilitan las fronteras: basta ya de esconderse detrás de cortinas nacionalistas de “identidad”. Tanto en el plano individual como colectivo, hay personas y países “inforricos” versus “infopobres”[6], mucho más allá de la esquelética alfabetización que recogen las estadísticas. Pero respecto de este omnímodo factor “K” (de “knowledge” o conocimiento) corren muchos equívocos. Cuando uno lee El ser digital del gurú Negroponte, es triste ver cómo él, en el fondo confunde “bits” con conocimiento, cantidad con calidad[7]. Por lo demás, en el aspecto que nos ocupa aquí, el libro resulta también sugerente, especialmente en la parte “donde vive la inteligencia” (p. 19), que concuerda con ese “potencial biopsicológico”, como lo define Gardner y  que en última instancia subraya lo que yo defino como la capacidad de “leer”, es decir, etimológicamente, seleccionar signos y códigos, verbales o no.

Como argumenté en mi otro escrito, constituye otro colosal error, con fuerte vivencia local, la ideología de la educación como progreso en sí, además de suponer que saber el bien es actuar en el mismo sentido. Todo eso redunda en una verdadera plaga nacional: la “titulitis”. Lo mismo que el hábito, el título no hace al universitario, pero en el sector público, cada papel de esos genera un aumento salarial y el Servicio Civil no establece diferencias entre una maestría obtenida en Yale University o en una "universidad de garaje" como abundan en el mercado local[8]. El problema se vuelve crítico, para no decir simplemente inmoral al comprobar, que en Costa Rica se ofrecen casi 250 maestrías (académicas y profesionales), cosa que en sí es exorbitante, pero además, un centenar se imparten sin control. Se va imponiendo el cartón, rápido, a como dé lugar, mediante pago y hasta “le hacemos tesis” como rezan rótulos comerciales. ¡Ojo!, más vale no confundir título con conocimiento ni con inteligencia. Con razón, para los patronos el punto medular lo constituye la experiencia, que constituye una forma de conocimiento profundo.

 En definitiva, el factor “K” (o “C”, en español) a nivel individual y en el plano colectivo, se vuelve cada vez más importante: a la vieja sabiduría de “los tontos, ni Dios los quiere”, históricamente se fue imponiendo la perspectiva científica, renacentista, ilustrada, positivista, en etapas sucesivas, siempre bajo el lema, todavía muy válido, como el anterior, de que: “la conjetura del sabio es más sólida que la certeza del ignorante”. Pero en nuestros días, por pura manipulación bien orquestada, vía la publicidad y los mismos “informativos”, la duda cartesiana parece ceder ante “la opinión pública”. En términos más agresivos y globales sigue válido también aquello de “conocer es competir con ventaja”; otra cosa es que sea único y cúspide de la pirámide, como veremos.

  1. El factor “T”: verdad y mito

No se puede obviar: desde la Revolución industrial, el progreso (y el poder destructivo) de la tecnología (con “T”) ha aumentado de manera geométrica. Cuando uno cuenta a sus alumnos que es hijo de la generación de los Beatles, de la guerra de Vietnam y de “mayo 68”, en otros términos que no es un dinosaurio salido del parque jurásico, les cuesta siquiera imaginar el salto que se ha dado tan solo en tecnología educativa: recuerdo tajantemente que mis padres compraron televisor (b/n, de perillas, por supuesto sin control remoto), en coincidencia con el primer paso del hombre en la luna: causó un impacto colosal en nosotros[9].  En los años setenta de mi doctorado, no había lo que para todo estudiante actual llegó hasta a sustituir la idea libro: la fotocopia. La computadora lleva casi dos décadas cambiando mis hábitos de escritura y de tomar notas, pero el mismo vocablo cubre un mundo de diferencia respecto de lo que hoy se entiende por ello. Los años noventa han visto la avalancha del mundo digital, con el correo electrónico, el celular e internet, todos con inmensas repercusiones en las costumbres del estudiantado.

Respecto de esos progresos tecno-educativos vertiginosos, se detectan en cantidad de colegas serios problemas de desfase: uno que defiende con orgullo ancestral su escritura caligráfica de puño y letra, otro, con miedo patológico frente a una hoja de cálculo, sigue calculando porcentajes con su calculadora (invento muy “reciente” por lo demás); este, afortunado dicta o escribe sus mensajes a la secretaria, para que ella los vuelva a digitar; otro montón se escuda detrás del problema del costo, esperando que el rector les regale su machete de trabajo...  No: no es que yo sea partidario de la clase en “powerpoint” porque sí o de tener en cada aula un televisor, o de preferir “ver” esa novela por la versión cinematográfica... con el debido y absoluto respeto por la tecnología que me fascina (¡y me cuesta, en términos de esfuerzo y de plata!, pero es cuestión de establecer prioridades, que a la larga agilizan sobremanera el trabajo), en muchos casos vale tanto o más una buena clase “ex catedra” o la comunicación personal y directa con el alumno.

En cambio en los educandos suelen prevalecer reacciones diametralmente opuestas: no darse cuenta de lo fácil que se vuelve ahora escribir “en limpio”, a partir de borradores, cambiar todo tipo de elementos formales, ordenar listas, poner notas a pie de página, etc. La idea “ortografía” se esfuma, por exceso de confianza en el corrector automático, lo formal en refuerzo del contenido coherente se confunde con toda clase de cambios (de tipo de letra, de tamaño, de colores) sin respetar un idea de código inherente, destrozando la sintaxis y confundiendo cada vez más registros del habla (lo escrito frente a lo oral, estilos internos, distancias protocolarias, etc. Por último, todo adquiere supuestamente el mismo valor: la fuente periodística, plagada de “opinionitis” y “encuestitis”, frente a la investigación pausada del experto. Luego, la plaga del plagio... De acuerdo, Mister Negroponte, las leyes del copyright reflejan la era de Gutenberg, pero aparte del inherente robo que ni se siente como tal, no basta con “bajar” información, sino que también hay que subirla al cerebro: sopesando, jerarquizando su valor, sabiéndola citar o utilizar.

En definitiva, entre un luddismo de nuevo cuño y una nueva actitud de fe religiosa, dogmática, en la tecnología, en el caso particular, valoro al máximo la importancia del factor T. Estoy a favor del uso generalizado de la tecnología, pero contra el fetichismo: he visto poner y sacar televisores en todas las aulas; ahora estas y hasta las oficinas de los profesores están conectadas con fibra óptica pero los colegas, por miedo, por excusas diversas, no saben sacarle real provecho selectivo. Le tengo un profundo respeto-miedo que seguramente se debe a que uno era de los últimos hijos en casa: “¡Dios guarde poner un disco, usted, en el Telefunken, cuidado con la aguja! Deje eso a su hermano mayor...” Valoro lo que es un carro, pero más todavía ahora que puedo ir a pie o en bus a todas partes; veo muy poco televisión, casi exclusivamente por cable, por higiene mental; mi computadora es mi machete y mi libreta de apuntes; no busco mucho por internet, pero soy fanático de las enciclopedias digitales. Tengo celular y quisiera comprar cámara digital, pero no me volverán esclavo.

La tecnología sola no es nada ni tiene la “culpa” de nada. Para Costa Rica, gracias a su relativa “ventaja comparativa”, en el plano tecnológico regional, el factor “T” es una mina por descubrir, ya encontrada por cantidad de empresarios inescrupulosos, llevando a la “batistización” del país. Sí, la tecnología también es una mina que puede minar...  No me asusta el modelo high-tech potencial para el país. Quizá gracias al inmenso potencial “IT” (tecnología informativa) generará muchos empleos (y otro tanto de desempleo) pero es ya un herramienta que permitirá poner el diminuto país en el mapa.  Ojalá los jóvenes aprovechen al máximo las inmensas posibilidades del outsourcing en el sector de servicios. Eso implicará también prepararse, en serio, saliendo del embelesamiento del gadget que prevalece en muchos. No me interesa la CNN-ización totalitarista digna del mejor Orwell. ¡Cuidado con la ciberamérica cocacolonizada que nos ofrecen en bandeja, en cómodos plazos! Asusta el lenguaje profético, místico y redentor que invade Internet: ¿una nueva religión digital de escapismo? Esa buena nueva de las ciudades virtuales en internet, ya tiene sus herejías, la creencia del 'progreso' a ojos ciegos. Para mis hijos y este mi país de adopción, prefiero la elaboración voluntarista de la ciudad del hombre, el ser humano integral, conectado a nivel cosmopolita y más allá... eso sí, empezando por el vecino a quien le doy un fuerte abrazo real y le hablo de viva voz en una lengua común, construcción heredada pero que enriquecemos día a día...

  1. El creciente interés por el factor “D”

Mi padre nos recalcaba frecuentemente que “más vale tener varios cuerdas en su arco”: por ejemplo “sufrí” tres años de conservatorio tocando violonchelo, simplemente porque él había descubierto que su primogénito había empezado a tocar intuitivamente guitarra, escuchando a Jacques Brel y otros cantautores. “Ergo”, para mi vástago era evidente que todos, tuviéramos o no vocación musical, supiéramos de música. Crear en mi algún talento musical sería como cultivar trigo en un pedregal, pero guardo de ello no solo cierta comprensión del pentagrama, pero un interés (que tan pronto sea pensionado quizá se transforme en uno de mis pasatiempos) por la música medieval y renacentista, quizá porque los conjuntos de esa época tenían una sencillez anterior a las sinfonías de instrumentos múltiples, aparte de una contagiosa alegría de vivir...  Esa “filosofía vital” de mis padres, ahora la comprendo dentro del contexto de destrezas que conviene cultivar, por “hobby”, pero también porque quién sabe... eso puede servir, un día. Lo cual implicó, en realidad su granito de puro machismo, aplicado a las mujeres: obligaron a mis hermanas a sacar también una carrera universitaria (y que esa sea “bien femenina” como enfermería o microbiología), como seguro de vida, por si llegara a faltar el marido como proveedor.... Por eso también es que mi hermana mayor sabe dactilografía y le dieron clases de piano, destrezas envidiables por cierto.

Todo eso me pareció un tanto impositivo, pero valoro ahora el espíritu detrás: el título, universitario si es posible, no lo es todo y conviene cultivar intereses y habilidades diferentes por si acaso, un acaso que, por lo demás, no tarda en llegar y no lo encuentra a uno desamparado, con todo y formación superior.  Rescato esa idea en función de ciudadanos mejor preparados frente a la competencia feroz que la globalización genera: sí, papá, más vale tener varias cuerdas en el arco, porque puede que en una, justamente la que se confiaba sería la más importante, simplemente no hay forma de conseguir empleo, porque surgió una limitación física u otro obstáculo que dificulta el desempeño en este sentido. Cada vez más uno ve casos de gente valiosa que en realidad tiene tal o cual formación, digamos formal, pero en realidad, por circunstancias diversas, entre otros una habilidad que cultivaron en su juventud, llegó a combinar esa con su profesión. Incluso esa destreza si no sustituye, puede que complemente en forma interesante el empleo o redondea el sueldillo siempre escaso. Pienso en ese biólogo marino, por puritica vocación, que ahora se gana la vida gracias a su capacidad en computación, combinada justamente con un aspecto aunque sea marginal de la biología marina. Cada vez que veo esos hermosos programas tipo Animal Planet o de reconstrucciones históricas, envidio al fotógrafo detrás de todo eso, “visiblemente” alguien que combina un ojo clínico para la ciencia en cuestión, con un manejo envidiable (¡y envidiado!) de la cámara.

Mi padre, no sé si prolongaba o empezaba su desempeño como ginecólogo en la cría de canarios y faisanes... y que nadie se escandalice: vale el mismo amor por la vida, por el “motorcito de la Madre Naturaleza”. Es la pasión por algo, que no consta en el currículo vitae, pero que puede resultar determinante a la hora de ser un profesional realizado. Lo contrario es el autómata con título, amargado porque “si hubiera sabido” o “si hubiera hecho...”, como abundan. Es lo que ahora auscultan más que lo seco del papel con su resumen vital, en la entrevista a la hora de entrevistar con miras a una posible contratación: ¿es un hombre acartonado, parapetado detrás de una formación por muy superior que sea?, ¿o será, lo que en realidad buscamos, un individuo con un espíritu de búsqueda, con flexibilidad y apertura, que ocupamos en nuestro equipo de profesionales en salud? “Eso”, que puede ir desde habilidades para escribir a máquina, aparte de cierto don de redacción, pasando por una pasión por cierto deporte o un hobby aparentemente inocente, es lo que se esconde muchas veces detrás de las habilidades o las destrezas (de allí, el factor “D”), que los gringos, gente competitiva y organizada, valoran como “skills”. Por cierto, más vale distinguir con claridad habilidades y hábitos, pero lo primero felizmente puede llevar a lo segundo.

No puedo dejar este punto sin subrayar la diferencia enorme, el valor colosal de otro idioma: cada lengua no solo constituye una ventana diferente, desde un punto de vista filológico y antropológico, sino que, como dirían los anglosajones, it´s a plus en su currículo y este, ojalá sea polifacético como ese famoso arco comentado... Está claro, lo señalan los encargados de recursos humanos: "los idiomas están abriendo más oportunidades laborales que las mismas maestrías"[10]. Desde luego, nuevamente y que me perdonen lo prepotente, entiendo eso desde mi infancia: como europeo originario de un país minúsculo en el mapa, rodeado de otros idiomas y habiendo sido educado, en casa y en la escuela, no en una lengua, sino en cuatro, valoro, como no, la “ventaja comparativa” del políglota. ¡Ah, y otra cosa, queridos latinoamericanos: ser bilingüe no es necesariamente sinónimo de saber inglés, por si acaso, siendo esa lengua solo una de las posibilidades, tampoco necesariamente la más importante. El espectro idiomático del factor “D”, para muchos, lamentablemente, es tan ancho como ajeno...

  1. El factor subyacente: “H” (hábitos)

Entre las frases favoritas de mi padre, recuerdo también aquella de “eso no come pan”, refiriéndose a que convenía guardar de todo, porque puede hacer falta después. También mi madre, víctima de las dos guerras mundiales, nos acostumbró a limpiar bien el plato, con pancito, a juntar las migas, para los pájaros, especialmente en invierno y a guardar las cáscaras de huevo: es abono... Eso puede parecer francamente ridículo el día de hoy en América Latina, empapada por el consumo no el gringa de verdad, sino de las películas. Insoportable puede parecer para más de un “desarrollado” del sur, acostumbrado malamente a tirar todo, no por la clásica ventana, sino hasta por la calle. Soy de tipo “cachurero” como se dice en buen chileno, cacharero, en colombiano: puedo asegurar que me cuesta menos que a otros vivir, momentáneamente que sea, la estrechez. Esa “pobreza” hasta agudiza la imaginación, como comprobamos por ejemplo, después del golpe militar, llegando a Costa Rica “con una mano adelante y otra atrás” y como experimenté después de dejar el “dulce hogar” para empezar prácticamente en cero frente a años de dificultades, esencialmente culturales, simplemente irreconciliables. La abundancia no está en seguir un modelo consumista sino precisamente en el hábito de ahorrar, de cuidar las cosas, ajenas o propias, empezando por leer el manual (lástima que no hay manual para la vida, lo señala Sábato). Dicen en mi tierra que “quien no honra lo pequeño, no merece lo grande”. De allí también la costumbre de separar tipos de basura, en correcta mentalidad ecológica, como precisamente se obliga, por ley en los países del norte: de no plegarse usted a esas normas de poner la basura en su lugar y de separar lo biodegradable de lo otro, le esperan multas de miles de dólares. Mis padres no eran ecologistas: esta visión vital apenas se está generalizando desde hace dos décadas. Pero sí, ellos me inculcaron un hábito que sirve todavía, como no.

Es también importante entonces el factor “H” que aquí propongo por “hábitos”. En la mayoría de las lenguas occidentales[11]  se observa la relación original entre el “habitus” latino, por traje o vestimenta, y las costumbres. La expresión, aludida arriba, respecto del “hábito que no hace al monje” se origina en la Europa feudal, una sociedad sin naciones todavía, donde la gente se distinguía por su ropa, la cual significaba un comportamiento usual, como hombre o mujer, escudero o caballero, laico o religioso. Surge simultáneamente en varias regiones, de modo que no deja de implicar corta vista cuando se utiliza aquí con una frecuente colita “como decimos nosotros”. Tanto en la lengua de Shakespeare, como en la de Molière y la de Cervantes, se refiere a uso “positivo”, de buena costumbre o de ley, como a su opuesto, tipo vicio o práctica nefasta[12].

Por esa etimología, su tipología es también muy vasta, al abarcar todo tipo de gente y prácticas socialmente legitimadas. El uso específico en el vestir iba tradicionalmente asociado con una manera de comportarse en la mesa, no solo en posturas sino en tipología de alimento; implicaba además una distinción clasista en el uso de la lengua, los colores y en todas las maneras de ser, hasta tal punto que entonces sí, el aparecer equivalía al ser: si uno se comporta como burgués en una docena de dimensiones, de seguro tiene que serlo[13]. Quiero recalcar todavía un ámbito vital al respecto. ¿Verdad que la higiene, en todos sus aspectos distingue individual y colectivamente? En Colombia, con tino, señalan que “en el baño y en la cocina se conoce la cultura de la familia”. Contrasta al respecto la misma arquitectura y ubicación de la cocina: en todo hogar chileno, literalmente el living, como dirían los ingleses, es por excelencia el lugar de encuentro y de estar; en cambio, en América Central, con frecuencia representa el lugar más oscuro, pequeño y pegado a los olores del garaje, destinado a “la de adentro”, empleada o “reina de la casa” según el eufemismo de la canción.  Pero ¡fantástico! prevalece un uso (hasta abuso, a grifo abierto) del agua para el aseo personal, en contraste con lo que hispanos (pese a la proverbial limpieza islámica impuesta secularmente) y franceses (por eso, inventores del perfume) históricamente estilan, cosa que por lo demás se presta a peligrosos estereotipos. A mi, como europeo, siempre me ha llamado la atención el sustrato indígena -a mucha honra- al respecto, tanto en el norte como en el sur americano.

Confío en explicitar el valor de los (buenos) hábitos al observar, siempre desde una perspectiva lingüística comparativa, cómo en varias lenguas y otras tantas culturas se subraya la importancia de la perseverancia: me gusta, al respecto, en sonoro italiano, “piano, piano, si va lontano”, por cierto también título, recuerdo, de un manual de francés que utilizábamos. Es el pasito a pasito,  no navideño, sino simple y llanamente humano, desde aquel constante probar y mejorar en tantas prácticas sencillas, hasta el programa espacial norteamericano “Endurance” y cómo no, la tremenda carrera espacial que marcó nuestra juventud, primero con las hazañas de Laica, y Valentina Terechkova, entre otros, hasta el tremendo desafío de Neil Armstrong: “es un pequeño paso para el hombre, pero un paso gigantesco para la humanidad”. Casi masoquista suena ese refrán, tan francés, de que “no es necesario esperar para emprender, ni tener garantía de éxito par perseverar”[14]. ¿Y será casualidad que en el Camino de Monseñor Escrivá Balaguer, de las 999 citas, casi un 10 % se refiera a esa misma perseverancia? Tiene colosal importancia ese factor “P”, de perseverancia, pero en sí, es un hábito.

Resulta perentorio desembocar en un diagnóstico, al respecto, en Costa Rica. Para mí, casi treinta años de docencia universitaria fueron una fuente de rejuvenecimiento y de “eterna” juventud: el aula es como el mar, cada vez vienen nuevas olas de jóvenes, más bellos y más espontáneos. Pero también, doloroso en extremo resulta constatarlo, permea cada vez más una doble ideología, la del “tengo derecho” (mi opinión vale, porque sí, sin lecturas) y una fatal confusión entre una incontestable alfabetización (ejemplar en el contexto ístmico), pero que el ejercito de maestros ha inculcado como equivalente de culturización. En nombre de una manera de ser que se proclama postmoderna han decaído los más elementales hábitos. Preocupa ver a tanto estudiante llegar, sin desayuno siquiera, llenarse a lo largo del día a puros carbohidratos, en una abierta alienación de cantidad como equivalente de calidad. Angustia la afirmación de un colega según la cual los alumnos nacieron cansados, lo que no solo se comprueba en el sainete de los doscientos días que ni resultan de cinco horas; también se observa ya en posturas corporales: muchos parecieran venir al mundo, ya sin cordales, perfecto, pero además sin columna vertebral, cosa que se vuelve patente al ver los modales (o la falta de ellos) al sentarse, al estar de pie, al estudiar, al tirarse hasta de cuerpo entero en las gradas y en los pasillos, con el “bulto” de almohada. Un falso concepto de democracia como sinónimo de igualitarismo a muchos les ha hecho borrar todo hábito de diferencia y deferencia.

Un escalpelo crítico (atrevimiento y hasta audacia en el contexto local) revela un portentoso déficit, cada vez mayor en los mismos hábitos aquí tomados bajo la lupa. Adriana Torres y otros, en un libro monográfico sobre el tema, identifican una serie de “hábitos de estudio”. El volumen refiere a cantidad de elementos externos respecto del estudio, como el lugar, el horario, el entorno acústico etc, pero con base en Gardner me permito insistir en factores que esos colegas apuntan, más bien de tipo interno, como la técnica de leer, de tomar apuntes, de redactar, el mismo hábito de pensar, de sintetizar, de memorizar, etc. En otras partes, con más detalle he establecido los síntomas de una verdadera “cultura del más o menos”, con ingredientes no solo de falta de hábito en cuanto a precisión en tiempo y espacio, sino además en la riqueza léxica, y el hábito de leer, desde el periódico, en sentido original de seleccionar, incluyendo “leer” la TV y “leer” amistades[15].  Estamos por suerte llegando al punto más bajo de ese “relajo” de hábitos, hacia la sociedad global y exigente de la que formará parte dignamente mi nieta.

  1. El factor “H” en la cúspide

Contrariamente a los tipos de “inteligencia”, que desarrolla Gardner, que se puede estimular, pero con los que uno nace, los hábitos a que me refiero son netamente culturales. Se aprenden en la primera infancia, con ejemplo-osmosis de los padres, no tanto por educación formal, menos con imposición. He probado además la existencia de una jerarquía en los factores estudiados: desde luego, el “C” (conocimiento) es básico, pero se enriquece gracias entre otros a la “T” de tecnología; aparte de este binomio, adquiere cada vez más importancia el factor “D”, pero en realidad, los elementos mencionados suponen el factor “H” de hábitos.

 Defiendo entonces una tesis complementaria, casi opuesta a la de Gardner: nada se saca con una plétora de inteligencias, si por pereza individual o la misma educación las reprime, como es con frecuencia el caso en Costa Rica,.  En lo particular y en lo colectivo importa el estímulo de los hábitos, entre otros la mente investigativa, el hábito de buscar y encontrar información... Si ahora hay información en todas partes, literalmente al alcance del dedo, conviene fomentar y canalizar esa capacidad no biológica para buscar y encontrarla. Postulo entonces que conviene sopesar la existencia socialmente legitimada de una especie de inteligencia de tipo “H”, más allá de simplemente “K” o “D”, etc: en definitiva, K+T+D = H. Sobre este factor H se puede aplicar entonces lo de San Pablo en relación con la caridad o el amor (depende cómo se traduzca[16]): “pero si no lo tengo, no tengo nada”. 

  1. Bibliografía

Escriba de Balaguer, Josemaría, Camino, Ediciones Promesa, San José, Costa Rica, 2001, con un capítulo especial (del n° 983 al 999) sobre perseverancia.

Gardner, Howard, Inteligencias múltiples, Ed. Paidos, Colección Transiciones, Barcelona, 1995.

Goleman, Daniel, Emotional Intelligence, Bantam Books, 1999. (Existe edición en español)

Negroponte, Nicholas: Being digital, Vintage Books, New York, 1995. (Existe edición en español)

Torres Ponce, Adriana: Manual de hábitos y técnicas de estudio, dos partes, Editorial UNED, sétima reimpresión, 1998.

Valembois, Víctor: “Andadura de (mi) vida”, texto ofrecido a la Revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Cartago (ITCR), Costa Rica, 2002.


[1] “Andadura de (mi) vida”, texto ofrecido igualmente a la Revista Comunicación, del ITCR, Cartago.

[2] Me pican los dedos por plasmar esa visión existencial y hasta existencialista con el alemán “Geworfenheit”. Aquí va una confesión grave: un día le escribí a mi padre, eso... que yo no había pedido la vida, cosa que ahora comprendo, le debe haber causado un dolor inmenso.

[3] Abundan en libros y casetes sus libros tipo “Tus zonas erróneas”.

[4] Se trata de un siquiatra menos conocido, que ofrece también casetes, entre otros en torno al esencial binomio amor (la fuerza natural en cada uno) versus miedo (una fuerza inculcada socialmente).

[5] Ver: “La integración como ciudadanos universales (desde las palabras al concepto)”, en Documentos Lingüísticos y Literarios, nº 23, año 2000, Universidad Austral, Valdivia, Chile, pp. 58-66.

[6] La sugestiva nomenclatura es de un costarricense, y de hace años: Julio Corvetti, en un vibrante artículo en La Nación.

[7] Ver por ejemplo, p. 12, su apología al “global movement of wightless bits at the speed of light”, y p. 75 en adelante, su euforia sobre el “bit business”.

[8] Ver un interesante reportaje periodístico al respecto, de parte de Emilia Mora: “Maestrías pierden su encanto”, en La Nación, 10.03.2002

[9] Por el desfase en horas correspondía con la fiesta nacional de mi país: todo Bélgica quedó en pie, viendo en los escasos televisores, aunque sea donde el vecino... Frente a este intruso en la casa y su inherente amenaza para el estudio, nos ponían horario estrictos y mi padre hasta buscó cómo ponerle candado al televisor... En Costa Rica José Figueres pronosticó con justa razón que el uso comercial de ese aparato, fuera de las manos del Estado, llevaría a un cambio frontal de valores y hasta a un bar en cada casa.

[10] Ver el mismo artículo señalado de La Nación.

[11] Así como en inglés tenemos el equivalente “habit” (vestimenta) = “custom” (costumbre), igual en francés tenemos  los términos relacionados de “habit” (para lo primero) y “habitude” (para lo segundo). De allí en esos idiomas, igual que en español, paralelos para “dejar los hábitos” y “el hábito no hace al monje”.

[12] Casualmente el periódico La Nación de hoy domingo 31 de marzo del 2002, bajo el título de “Malos hábitos enferman a ticos”, ataca el sedentarismo y la mala dieta.

[13] He sacado provechosa lectura del Otoño de la Edad Media, al respecto, el clásico de Johan Huizinga. La comparación con los hábitos contemporáneos, la cual no necesariamente desemboca en contraste, es muy aleccionadora al respecto.

[14] “Point n´est besoin d´espérer pour entreprendre, ni de réussir pour persévérer.” Frase atribuida a Guillaume d´Orange.

[15] Respecto de lo causal, mi percepción se relaciona mucho con la “cultura del pobrecitico” que, bajo ese título, denunció el colega Pierre Thomas. Respecto de aspectos parciales, refiero a artículos diversos en la p. 15 del matutino La Nación y a colaboraciones regulares en Tiquicia.com bajo un columna fija llamada “Cosmo-politismo”.

[16] Ver la Epístola a los Romanos. En la tradición anglosajona se prefiere la versión de “si no tengo caridad (charity), no tengo nada”; en la hispanohablante, prima el texto de “si no tengo amor, no tengo nada”.

 
 
 
 
 
Recomendaciones del Autor
El Autor 
Columnas Anteriores de este autor:
   
Lectura "cosmopolita" de un clásico universal, quincena 1, agosto del 2002
Servicio y molestadera al inicio de siglo, quincena 2, junio del 2002
¿Todos los caminos llevan a Roma?, quincena 2, mayo del 2002
Memorias de un Cosmopolita II: En la cúspide, el factor “H” (de “hábitos”), quincena 2, abril del 2002
Memorias de un Cosmopolita I, Andadura de (mi) vida, quincena 1, abril del 2002
“Opinionitis infinitis”, quincena 1, febrero del 2002
Cosmopolitismo: “Roma es amor”, quincena 1, enero del 2002
Mendiguitis, regalitis y otros parasitismos, quincena 1, diciembre del 2001
¿Más policía o más ciudadanía?, quincena 2, noviembre del 2001
La cultura del “maomeno”, quincena 1, noviembre del 2001
La "nueva ciudad", quincena 2, octubre del 2001
De tratitis y tratados, quincena 1, octubre del 2001
Cosmopolitismo: ¿nudo gordiano permanente?, quincena 1, Setiembre del 2001
Cosmopoladas.com, quincena 2, Agosto del 2001
"Cosmo-ticos" (no cosméticos), quincena 1, Agosto del 2001
Títulos al mejor postor, quincena 2, Julio del 2001
Un tico cosmopolita, quincena 1, Julio del 2001
Placas y "plaquitis": un síntoma, quincena 2, Junio del 2001
Lo cosmopolita y lo local, ¿antagónicos?, quincena 1, Junio del 2001
¿Cosmo-poladas?, quincena 2, Mayo del 2001
Entre una modesta columna y un proyecto vital, quincena 1, Mayo del 2001

Arriba

Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

Arriba


Este texto es propiedad de Tiquicia.COM S.A. Se prohibe su reproducción total o parcial; en caso de tomarse datos de él, debe indicarse la fuente. De lo contrario se procederá con las acciones legales pertinentes.

  
   Presione el logo de Tiquicia o Enter para Buscar

[ Tiquicia.COM ] [ Sobre Tiquicia ] [ Comentarios ] [ Agregue su página ] [ Anuncios ]

Info@tiquicia.co.cr
®1999-2008 Tiquicia.COM S.A.
Derechos Reservados

Tiquicia.COM, S.A.

 

Tiquicia.COM, S.A. es mejor vista usando Microsoft Internet Explorer