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Memorias de un Cosmopolita I
Andadura de (mi) vida
Víctor Valembois
valembois@tiquicia.com
Quincena 1, Abril del 2002

 

     I made my choices/ very early in life, in Literature as well as in Art, / and -throughout the years- / have these choices revised,/ finding very little to modify.                             Helena Ospina, Andadura de vida[1]

Para Jorge Mario Cabrera: por nuestra comunión, en docencia, investigación, aprecio por el arte y cantidad de valores.

  1. ¿“Caminante no hay camino”?

Me gusta este vocablo “andadura”, del título: según mi diccionario Casares, se usa más en plural y se refiere al “modo de andar de las personas”. Interesante, pero de repente sería útil recordar aquí, en términos del gran Ibsen, que “la belleza es la combinación armoniosa de una forma con un fondo”, en el sentido de que esa manera de caminar también tiene un propósito. Se me viene a la mente además aquel “anduvo, anduvo, anduvo” de Caupolicán, en el verso inmortal de Darío. Como sea, en el vate nicaragüense, como en la poetisa colombiana del epígrafe, prevalece la idea, bellamente expresada de un andar dando sentido a la existencia, con rebeldía indígena, en el primer caso, con sentido teleológico hacia lo divino, en el segundo.

Diversos factores hicieron que ese andar lo aplicara también a la reflexión sobre mi propio recorrido, con un origen hace más de medio siglo y un destino que se acerca, inexorablemente. No siempre ha sido un “sendero luminoso”, siendo un tanto connotada la expresión. Viene al caso también el verso de Machado, inmortalizado por Serrat, solo que, como figura en el título: le puse signos de interrogación, por incrédulo. Aquí estoy, con un recorrido de treinta años de enseñanza, casi todos en este hermoso país tropical. En dos ensayos independientes, pero a la larga estrechamente vinculados, pensaré en voz alta, a partir de mi propia experiencia vital. En ésta primera parte, pondré en duda aquello del azar, para desembocar en una apología de ciertos valores que orgullosamente heredé de mis padres, en lo que Ospina llamaría la particular escogencia de cada uno. En una segunda parte[2] propondré una serie de reflexiones acerca de una serie de hábitos que a mi modesto entender fueron determinantes en mi “andadura” y posiblemente lo sean para muchos. 

  1. “Lo esencial es invisible para los ojos”

Cuando me hicieron una serie de pruebas para la vocación profesional, por texto y contexto salió como “evidente” que me dedicara a alguna ciencia médica. Las notas daban, para eso, además de la “circunstancia” de provenir de una familia con todos los tíos paternos odontólogos y mi padre, ginecólogo, allí en campos de Flandes. Pero este Señor médico, así, con mayúscula, respetando mi decisión (¿?) de emprender estudios filológicos, vio con escepticismo que yo, el benjamín de cinco varones, me desviaba de la senda “científica”.

Mi progenitor era un galeno de esos de antaño. Junto con el notario y el cura, destacaba en ese, mi pueblo chico. Grande era su corazón de educador, porque en realidad, detrás del acto técnico profesional, en este caso entre otros el tacto vaginal, para él lo más importante era lograr que la paciente sea algo más que un caso, una persona. No era comerciante, mi progenitor. “Adicto al trabajo”, era sobre todo un misionero dedicado a mejorar el mundo. Sí, daba “clases”, de parto sin dolor, pero su mayor anhelo era que la gente, los esposos amaran la vida y su Creador, que tuvieran una estructura de valores frente a la existencia y hasta frente a la muerte. De manera que lo que prevaleció, más allá de la relación pastor-oveja negra, es una vocación común, la docencia de este otro Víctor Valembois, prolongada en su hijo. Señalo con orgullo que aprendí a conducir bajo su guía, llevándolo a centros universitarios cercanos porque él quería mantenerse al día en los constantes adelantos de su profesión. Ese gusanillo del perfeccionamiento, hasta el perfeccionismo, resultó contagioso.

En todo su desempeño como médico lo asistió enormemente mi madre. Fue una gran mujer, aunque en términos tradicionales solo estaba en “oficios domésticos”, lo cual incluyó nueve partos y criar cinco varones y tres mujeres (yo “sustituyo” al hijo Víctor que murió prematuramente). Nacida en 1907, a los siete años, por aquello de que a los alemanes les pareció fácil atacar Francia vía Bélgica, mamá resultó ser una refugiada más. Aprendió otra lengua, pero no tuvo ni la primaria en forma regular. A pesar de eso, con el tiempo, fue el brazo derecho de su esposo, como enfermera, secretaria, microbióloga: donna a tutto fare, incluida la educación también de tres mujeres. Ella me enseñó a hacer exámenes clínicos. Flamenca recta, correcta y recia, no era de mucho cariño explícito, simplemente porque el tiempo siempre apremiaba. Pero le agradezco su mirada, a veces tierna, otras severa. Con eso uno sabía  a qué atenerse, se veía recompensado y simplemente amado; doy las gracias hasta por sus pantuflazos: no la voy a acusar al patronato, al contrario. La única manera de “sacar adelante” como dicen en Costa Rica a tantos vástagos, es como en la película “Tuve cinco hijos”, con férrea disciplina, oración y don de mando. Por lo demás, mi progenitora era discípula de Monseñor Cardijn y de su movimiento de la “JOC” (la famosa Juventud Obrera Católica): toda una academia de vida.

De manera que, en mi caso, se confirmó aquella hermosa aseveración del Principito: conviene aprender a ver con los ojos del corazón. Los valores suelen ser invisibles, no son fotogénicos y por eso muchos los pasan por alto. Aprendí de mi madre que no todo es cosa de derecho, sino de deberes, porque la primera palabra es un invento muy reciente. Ahora tengo la visión clara de haber heredado la vocación docente de mi padre. El médico ve sobre todo el cuerpo del paciente y el docente principalmente su mente. Pero en el fondo, los dos se acercan al comprobar que el ser humano constituye una realidad sicosomática única, donde más vale estimular y cuidar simultáneamente ambos polos de esa realidad humana. En más de un aspecto, el profesor, más que alguien que entrega “materias”, es un médico del alma, un orientador silencioso.

Aparte de eso, en  mi caso, se dio el hecho ¿fortuito? de que mis progenitores provenían de lenguas y culturas diferentes en un pequeño Estado europeo compuesto, de hecho, por dos regiones federadas. De manera que, en rigor, puedo vanagloriarme de tener un idioma materno, el neerlandés, por mi madre, junto con un idioma “paterno”, el francés, por ser hijo de un francófono. Esta capacidad “ambidiestra”, en términos lingüísticos, casualmente se refleja además en mis respectivos apellidos. Eso de manejar prácticamente desde la cuna, sendos idiomas, cada uno de un grupo lingüístico diferente, constituyó para mí y desde entonces, una ventaja comparativa.

Todo eso no se hizo entre algodones; al contrario, con cierta firmeza que nada tiene que ver con una imposición militar, pero que parte del convencimiento, con el que comulgo, de que a la larga resulta contraproducente tanto paternalismo o maternalismo. La vida es, ni más ni menos, un trauma que más vale asumir. Desde la palmadita en el trasero, al nacer, para ayudar a que los pulmones se llenen de aire, agradezco profundamente ese estilo que aquí y ahora se catalogaría de dureza y falta de sentimiento. Felizmente, tanto en la familia como en la educación, se ha superado el castigo físico. Todavía me duele ese tipo de reprimenda de mi maestro de cuarto grado: simplemente era un sádico infeliz. Pero con el tiempo y la distancia, uno entiende y valora también hasta ciertas tensiones. Aquel “¿y con eso vas a ganar suficiente?”  paterno, ante mi declarada opción por la filología y no la medicina, años me costó verlo no como un interés material o financiero, sino como una legitima inquietud porque me encaminaba por un trillo menos seguro.

Agradezco entonces ser producto del baby boom de la segunda posguerra, haber sido enseñado con firmeza, como en aquella película “El muro” o esa otra “La sociedad de los poetas muertos”. Lo mismo, valoro profundamente esa educación que me dio la época, la de los años cincuenta y sesenta: en lo profesional o a nivel de valores, el ejemplo, sigue siendo determinante[3]. Los Beatles y la lucha contra la guerra de Vietnam fueron producto de nosotros, los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial. Tengo la misma edad de Bill Clinton, pero nunca aspiré a la presidencia ni conocí ninguna Mónica... Agradezco por cierto también esa dureza en la rebeldía, cosa que a la larga prefiero a lo blandengue “a lo tico”: deja a la presente generación bien desamparada frente a la globalización[4]. En definitiva, mucho en uno se origina, por ósmosis con los padres y en la generación anterior, por una dialéctica de acción, reacción y síntesis. Ahora, en el otoño de mi vida, sé apreciar en su justo peso esa educación-vocación de valores que he heredado.

  1. La senda internacional, a pesar de  (¿o por?) la circunstancia

Otro enigma o hasta incongruencia, en mi andadura, respecto de la de mi entorno, es que salí tremendamente marcado por un sello internacional. Decir eso, por ejemplo de Carlos Fuentes, no sería sino una evidencia, una consecuencia lógica de un vástago en una familia diplomática. Pero en mi caso, aun con mi entronque de dos culturas, mis progenitores no eran precisamente viajeros y mis hermanos, la mayoría, viven a pocos kilómetros unos de otros, alrededor de Bruselas. Mi padre nunca viajó en avión, le tenía pavor y las pocas vacaciones que tomó las pasó en su tierra, yendo en su carro. En cambio su hijo... 

Al “volver la vista atrás...”, en términos del citado binomio Machado-Serrat,  nuevamente veo que es cuestión de atar cabos: frente a una aparente dispersión de lugares, en realidad, se pone de manifiesto que ese resultado eminentemente andariego (“pata caliente” se le llama en Costa Rica, “patiperro” le dicen los chilenos), obedece a un curioso confluir de circunstancias, transformándose, a no dudarlo, en un nuevo valor. Siete factores, nada menos, en diferentes “estaciones” (pero no precisamente de un calvario) confluyen hacia una vivencia con fuerte sello más allá de lo local:

  • Tardé años en reconocer una huella que sin duda fue impactante: desde la primaria pertenecí a varios coros, primero como alto, después como bajo, cosa que no raras veces, sobre todo en mi tierra, significa que a uno le toquen partituras en idiomas muy diversos. Testigo vocal para mí lo es esa “antología” que ando todavía, también de mis años de boy scout, donde figuran canciones en mi idioma  materno, en alemán, en francés, inglés, afrikáans, etc.
  • En la secundaria y en los primeros años universitarios, he participado en cantidad de campamentos de una organización católica (“Oostpriesterhulp”, después “Bouworde”), la cual organizaba sus estadías de duro trabajo voluntario en Bélgica, pero siempre con muchos asistentes foráneos, como también en Alemania y hasta en la antigua Yugoslavia. Esos ambientes de obligada convivencia internacional me fueron muy útiles, por lo intercultural y lo inter-idiomático.
  • Parece mentira, pero me consta por un viejo álbum de fotos: aquel profesor de francés que, por gusto, nos anotó en la pizarra unas frases de García Lorca, de seguro, si vive todavía, ignora que me marcó con hierro candente. Esas “Canciones” y otros títulos que nos puso, no solo contribuyeron a mi vocación docente, además prendieron el fuego para una influencia “española” que nunca más me dejaría, desde ese penúltimo año de secundaria.
  • Ya en la universidad, había que estudiar y estudiar. Recién desde hace un par de años veo claramente que la amistad con un compañero de entonces resultó también determinante para el fuego internacional: con él fui por primera vez a Salamanca, a un curso de verano y él me “politizó” hablándome, en el restauran universitario, de la Guerra de los seis días y de la crisis en el Medio Oriente: era a fines de los años sesenta, los años también del Yellow Submarine ...
  • Originario de una ciudad de provincia, palpé y cultivé desde temprano el ambiente ecuménico de la Universidad de Lovaina. Recuerdo con agrado un amigo, negro, de Ruanda. Además también, yo era miembro del Círculo Europeo, elementos todos de apertura frente a un medio familiar más bien reservado en aquello de los contactos internacionales. Desgraciadamente, nunca visité entonces la “Maison Saint Jean”, donde estudiaron tantos costarricenses y extranjeros en general[5].
  • Ahora tengo claro que ese ambiente de contactos regionales, por muy disperso y diverso, contribuyó claramente a una vocación internacional: después de la licenciatura, en Bélgica, sin esperar la entrega del título, una beca me facilitó el camino nuevamente hacia España. Dos años alojé en un “Colegio Mayor” (una residencia estudiantil) con españoles únicamente, excepto un guatemalteco y un japonés. Por cierto el régimen de Franco[6], más allá del signo ideológico adverso al régimen de Tito, en Yugoslavia, definitivamente marcó para mí la opción del antimilitarismo, confeso y profeso: constituye también  un baluarte costarricense, lo descubriría después, pero era entonces mi forma de pacifismo internacionalista.
  • Durante los cursos monográficos del doctorado, en la Complutense, el piropo de un profesor a una linda chilena me abrió más todavía los ojos... Nuevamente surgió una alternativa de enriquecimiento, esta vez en el Tercer Mundo, en América Latina. Vivimos dos años en Chile, hasta que a raíz del golpe militar nos acordamos de amigos costarricenses, compañeros de estudios en España... Debo señalar que para un europeo de mi sensibilidad, el atractivo de este trópico es grande, por el clima natural y humano, aparte de que constituye una opción de justicia y de sentirse partícipe en la construcción de un mundo mejor.

Hecha esta reconstrucción, pareciera prevalecer una irreconciliable oposición entre lo local y lo universal, entre la educación y el estilo familiar y el desempeño personal. Viéndolo con más detenimiento, se observa en realidad una prolongación, no un contraste. Se observa un cambio de horizonte geográfico y otro campo profesional, pero prevalece una proyección de valores profundos. Pienso por lo demás, que el catolicismo activo e ecuménico de mis padres, en mi caso se ha transformado en una búsqueda profunda de humanismo a nivel cosmopolita. Me llevaría demasiado lejos seguir el desarrollo de toda esa serie de antecedentes en la vida real, en Bélgica (hasta 1969), en España (de fines del 69 al inicio del 71, en Chile (enero 71 a diciembre 73) y en Costa Rica (desde enero de 1974). No tengo, además, el propósito aquí de caer en el pecado de Narciso, por lo autobiográfico, menos de escribir una novela ejemplar. 

Fue una vida entregada a la docencia (hasta en detrimento del hogar y con naufragio matrimonial) y cada vez más veo, en el fondo, detrás de la enseñanza de una materia, la necesidad de recalcar un patrón de conducta, hacia la concreción de ciertos valores humanísticos. Incluso el período donde, aparte de la cátedra, fui secretario y hasta consejero de la Embajada de Bélgica (1984-1997), realmente puede considerarse como docencia en extensión: en informes políticos, había que explicar, para compatriotas, las realidades políticas y socio-económicas de la región centroamericana y, a la inversa, administrar un extenso programa de becas para centroamericanos. De la biblioteca de mi padre traje para acá el clásico de Jacques Monod[7]. Mi vida, desde Bélgica desembocando en Costa Rica, hecha de casualidades, obra de la Providencia o de escogencia intuitiva, circunstancia orteguiana o como sea, veo además en ella una aplicación del libro del biólogo francés: fue producto del azar y de la necesidad.

  1. Aprender a leer valores, permanentemente

En su “testamento espiritual”, ese respetable anciano que es Ernesto Sábato señala que “únicamente los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana” (p. 13.). La carta segunda se centra incluso en forma explícita sobre “los antiguos valores”, pero en realidad todo el libro se refiere a ello. Aunque “nadie aprende en cabeza ajena”, a continuación propongo cinco observaciones, con otras tantas conductas inherentes, que en su andadura quizá inspiren a otros. Se trata siempre de centrar el aprendizaje y la práctica en torno a valores, no precisamente los de la bolsa.

·        “Alfabetización” vivencial desde la casa

Me asiste la idea de que para los de mi generación, la cuestión de los valores, era más fácil: nos encontrábamos además protegidos en el armazón de la casa y los centros educativos, teníamos más control, sobre todo externo. Teníamos menos dinero en la bolsa; las preocupaciones pecuniarias, con eso del cajero y la tarjeta de crédito son diametralmente otras. En el mundo de la guerra fría las opciones eran mucho más restringidas. En el mundo global, las tentaciones por el consumo son enormes. Bajo énfasis de una democracia predicada como igualitarismo solo hay “derechos”[8]. Me alegro mucho del cambio: los estudiantes son mucho menos hipócritas. Antes, la inteligencia era un coeficiente, cuantificable, ahora, detrás de este término hay un abanico de posibilidades[9]. Pero sigue la pregunta clave,  jóvenes y menos jóvenes: ¿somos capaces también de “leer” (es decir, etimológicamente de “escoger”) además los valores que nos convienen?

·        Rigor ético

Antes había más sentido de jerarquía, entre otros con un código “católico”, inherente a la civilización occidental; en “mis tiempos” hasta prevalecía el freno por el “pecado”, el miedo al otro o ... al comunista. Pero por supuesto para nada creo en aquello de Manrique “que todo tiempo pasado fue mejor”. Más aguda prevalece ahora la necesidad perentoria, ineludible de definir. Por eso me gusta mucho la frase: “quien no sabe dónde va, llega donde no quiere”. Ahora bien, así como no existe neutralidad ideológica, tampoco hay neutralidad ética: en cambio allí sí, me temo que ahora la definición de lo corrupto, por ejemplo, resulta más endeble: así como no hay honor a medias ni virginidad más o menos, no existe el pequeño desliz... Estoy de acuerdo, la escala de valores puede y debe evolucionar, con el tiempo, pero nunca puede faltar el hábito, la jerarquía de valores[10].

·        La educación, no es necesariamente una panacea

Desde tiempos inmemorables, cunde una fe ciega en la capacidad transformadora de la educación. Ciertamente como docente no afirmo lo contrario. Pero pongo en duda, cada vez más, ese automatismo, esa identidad que muchos suelen encontrar entre el saber y el actuar bien. Ya el mismo Sócrates había llamado la atención sobre la contradicción interna y lo intrínsecamente perverso de personas con formación que a sabiendas infringen su código moral: veamos el caso del muy ingeniero Vladimir Montecinos[11] . Además, uno observa una degradación en el mismo cuerpo docente, por lo que el poder transformador de la educación como tal está en entredicho. Mi diagnóstico es cruel: muchos, entre los propios educadores, tienen la conciencia anestesiada, por exceso de trabajo, inestabilidad laboral y desidia generalizada. Como existe un espantoso horror al vacío, su conciencia la llenan de ruido y otros distractores[12].

·        La mala praxis cunde desde antes de ser profesional y no se limita a lo médico

La praxis mala o “malpraxis” como se le llama... malamente, con énfasis unilateral en el campo médico, desde luego resulta detestable: echa por la borda la idea misma del servicio y del mejoramiento del mundo, vía la profesión. Así se destruye desde la raíz el aprendizaje continuo, el perfeccionamiento constante y la preocupación central por lo que Rodrigo Facio, con rigor, definía como “la profesión de hombre”. Pero existen formas diversas, generalizadas a todas las profesiones, desde aquel barrendero que no limpió bien la pista, y eso contribuyó al accidente del avión Concorde, hace unos años, pasando desde luego por el chofer ebrio de Lady Di, hasta aquel que confundió nitrógeno con oxigeno: esto último resulta espectacular, pero más mortífero un educador que no se prepara: asesina a toda una generación.

·        Profesión y proyección; el papel de los medios

“Profesión” etimológicamente se refiere al “que habla delante”, vocablo referido desde luego por excelencia al profesor y al “catedrático”, el que dicta cátedra... En realidad, viéndolo bien, todo profesional es un comunicador, además de hacerlo no solo por la vía verbal sino por la imagen[13] de conducta que proyecta, ahora más cierto que nunca porque estamos en civilización de imagen. El problema real nace a partir de la incidencia de los medios de comunicación en aquello: nunca son neutros, siempre se insertan dentro de una estructura de intereses y una codificación superior que todo lo rige. En el caso más “inocente” eso se presta a la presencia-necesidad de la publicidad, ideologizada como información y servicio; etapa ya más grave la constituye la propaganda subliminal, de progresiva inculcación de “valores” y necesidades, de proyecciones respecto de qué es ser joven, emprendedor, exitoso, etc.  La culminación, muchas veces combinando esos elementos anteriores, es de abierta manipulación[14].

Partiendo de todo lo anterior, he recurrido a diversos episodios de mi propia biografía, no necesariamente modelo, para demostrar primero que, según la expresión consagrada, “los caminos del Señor” son insondables (“Lo esencial es invisible para los ojos”), segundo, que la famosa circunstancia orteguiana no es una línea recta (“La senda internacional...) y, tercero, que también aquello de “estar alfabetizado” tiene sus bemoles (“Aprender a leer valores, permanentemente”). Manifiesto una tremenda necesidad espiritual que no necesariamente concuerda con agrupaciones o prácticas religiosas o humanísticas establecidas; más bien implica, con absoluto respeto, prudente reserva respecto de estructuras establecidas. Resulta válida finalmente la aseveración del poeta, en el sentido de que “se hace camino al andar”, aunque preocupa la perspectiva un tanto automática y hasta fatalista que conlleva la expresión. En la línea de los otros autores citados en el presente contexto, prefiero de lejos la verdadera búsqueda continua, la asunción personal del destino y la forja interiorizada de una jerarquía de valores: de allí también la validez permanente del epígrafe.

Pugno además porque todo gravite en torno a lo que Gardner insinúa como una posible “inteligencia moral” (p. 61). El científico social señala que esa dimensión depende de lo cultural, en cada comunidad, cosa en la que concuerdo, respecto de concreción inmediata, no sin sostener que en la misma esencia natural y biológica del hombre, casi como una realidad platónica, debe haber un núcleo común al respecto. Al mismo autor norteamericano, al final del primer ensayo en su libro, se le escapa un voto piadoso al que me asocio, igual, para terminar:

Tal vez, si podemos movilizar todas las inteligencias humanas y aliarlas a un sentido ético, podamos ayudar a incrementar la posibilidad de supervivencia en este planeta, e incluso quizá contribuir a nuestro bienestar. (p. 30).

Ha llegado este tiempo; es la hora del cosmopolitismo real. Este debe comprender un sentido de la vida junto con un instinto de conservación, cualquiera que sea su concreción, una diferencia entre bien y mal, un sentido de amor, de altruismo y de superación o mejoramiento de la especie: sobre esa base en común, durante siglos se han creado cantidad de culturas esporádicas o milenarias, en zonas vastas o diminutas, pero ahora, gracias a la tecnología resurge, esta vez realmente a escala planetaria, un potente empuje en función de un armazón jurídico de defensa en esta dirección.

  1. Bibliografía

Gardner, Howard, Inteligencias múltiples, Ed. Paidos, Colección Transiciones, Barcelona, 1995.

Ospina, Helena: Andadura de vida, poemario, Ed. Promesa, Costa Rica, 2000).

Sábato, Ernesto: Hombres y engranajes, Emecé Editores, Buenos Aires, 1951.

Sábato, Ernesto: La Resistencia, Seix Barral, Biblioteca Breve, España, 2000.

Savater, Fernando: “Motivación e indiferencia”, en El País, España, 19 de marzo del 2002.

Valembois Víctor: “En la cúspide, el factor H” (de “hábitos”), texto ofrecido a la Revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Cartago (ITCR), Costa Rica, 2002.


[1] Esta reflexión escrita nace de una charla en el Centro Universitario Miravalles, San José, Costa Rica, el 12 de marzo 2002. Su título y estructura le deben bastante al citado poemario de Helena Ospina (Ed. Promesa, Costa Rica, 2000), donde en la p. 85 aparece el poema en cuestión.

[2] Ver lo que llamé “En la cúspide, el factor H” (de “hábitos”), texto ofrecido a la Revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Cartago (ITCR), Costa Rica.

[3] Pienso involuntariamente en este peso de la familia al leer en estos días el periódico La Extra, 12 de marzo del 2002, en grandes titulares: “Padre e hijo, jefes asaltabancos”. Menudo ejemplo...

[4] Ver en ese mismo sentido una estupenda columna sobre “a lo tico” en La Nación, 15 de marzo del 2002:  Julio Rodríguez, su autor, si bien no goza de la simpatía de todo el mundo, tiene menos probabilidad de ser considerado antipatriota que yo.

[5] Ver mi trabajo: “La Maison Saint Jean” y otra generación de estudiosos costarricenses en Bélgica”, ofrecido a la Revista de Filosofía, UCR, 2002.

[6] Todavía me acuerdo de la frase que nosotros, los estudiantes, teníamos que poner en cualquier solicitud de trámite administrativo: “Es gracia que espero merecer. Dios guarde a Usted muchos años”.

[7] “Le hasard et la nécessité” (ed. Seuil, París, 1970),  con el subtítulo : “Essai sur la philosophie naturelle de la biologie moderne”. Estoy seguro, ahora, que partiendo del sello cristiano-científico de Mon. Mercier, mi padre no le tenía miedo a la lectura de libros “subversivos”.

[8] Noticia en grandes titulares en el mismo periódico sensasionalista, el 19 de marzo del 2002: “se ahorcó porque no la dejaron escuchar unos CD´s”. En efecto, una niño de once años se quitó la vida porque, por instrucciones de la madre, su hermana mayor no la dejó escuchar esa música.

[9] Ver los mismos títulos de Goleman (Inteligencia emocional) y de Gardner (Inteligencia múltiple), además de la valoración que hago de esos aportes en mi otro ensayo anunciado.

[10] Un tanto en paralelo a esa idea, señala Sábato: “Lo esencial de la vida es la fidelidad a lo que uno cree su destino, que se revela en esos momentos decisivos, esos cruces de caminos que son difíciles de soportar pero que nos abren a las grandes opciones. Son momentos muy graves porque la elección nos sobrepasa, uno no ve hacia delante ni hacia atrás, como si nos cubriese una niebla en la hora crucial, o como si uno tuviera que elegir la carta decisiva de la existencia con los ojos cerrados.”  (La resistencia, p. 114).  

[11] Igual, en Costa Rica podría poner los casos de Ricardo Alem (un economista) y el de Leonel Villalobos, un abogado, ambos formados en la prestigiosa Universidad de Costa Rica: ambos fueron cogidos con la mano en la masa... de la droga, el primero en calidad de Director de un banco centroamericano, el segundo como diputado: no es que no crea en la recuperación de los indiciados, pero su pronta liberación condicional incita a la preocupación.

[12] No soy el único, pareciera, en poner en duda la educación actual como panacea: “...ha cundido de tal manera el nihilismo que se hace imposible la transmisión a las nuevas generaciones”, señala Sábato, en su libro, p. 88, y Fernando Savater declara: “es imposible educar sin valorar, pero nadie se arriesga a valorar de verdad (ni siquiera a dejar claro que existen diferentes grados en lo estimable y no sólo privilegios o prejuicios) y por tanto es improbable que nadie se comprometa demasiado a educar”, en “Motivación e indiferencia”, en El País, 19 de marzo del 2002.

[13] De allí la importancia vital de la entrevista para solicitar un empleo: uno solo demora 30 segundos en proyectar una primera imagen; pero puede durar toda la vida en (querer, pero quizá ni siquiera lograr) corregir esa primera impresión. En inglés: “there is only one chance to make the first impression.”

[14] Por ejemplo, no pasa semana sin que uno, en un periódico tan serio y consolidado como La Nación se encuentra con un artículo sobre Gloria Trevi: es la prédica sutil de un “ejemplo”: hoy más vale que hablen de uno, aunque sea mal, antes que el desconocimiento. Queda una confusión de intereses: entre la información de una “estrella” (¿en cuál firmamento?) y el resultado. A la larga se inculca una idea: atrévase a ser inmoral y maquiavélico. Es el estilo Goebbels (“miente, miente y algo quedará”), pero redivivo: (a-)parezca, (a-)parezca en los medios, siempre algo quedará.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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