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Memorias de un Cosmopolita I
Andadura de (mi) vida
Víctor Valembois
valembois@tiquicia.com
Quincena 1, Abril del 2002
I made my choices/ very early in life, in Literature as well as in
Art, / and -throughout the years- / have these choices revised,/ finding
very little to modify. Helena
Ospina, Andadura de vida
Para Jorge Mario Cabrera: por nuestra comunión, en
docencia, investigación, aprecio por el arte y cantidad de valores.
-
¿“Caminante no hay camino”?
Me gusta este vocablo “andadura”, del título: según mi
diccionario Casares, se usa más en plural y se refiere al “modo de andar
de las personas”. Interesante, pero de repente sería útil recordar aquí,
en términos del gran Ibsen, que “la belleza es la combinación armoniosa
de una forma con un fondo”, en el sentido de que esa manera de caminar
también tiene un propósito. Se me viene a la mente además aquel “anduvo,
anduvo, anduvo” de Caupolicán, en el verso inmortal de Darío. Como sea,
en el vate nicaragüense, como en la poetisa colombiana del epígrafe,
prevalece la idea, bellamente expresada de un andar dando sentido a la
existencia, con rebeldía indígena, en el primer caso, con sentido
teleológico hacia lo divino, en el segundo.
Diversos factores hicieron que ese andar lo aplicara también a la
reflexión sobre mi propio recorrido, con un origen hace más de medio
siglo y un destino que se acerca, inexorablemente. No siempre ha sido un
“sendero luminoso”, siendo un tanto connotada la expresión.
Viene al caso también el verso de Machado, inmortalizado
por Serrat, solo que, como figura en el título: le puse signos de
interrogación, por incrédulo. Aquí estoy, con un recorrido de treinta
años de enseñanza, casi todos en este hermoso país tropical. En
dos ensayos independientes, pero a la larga estrechamente vinculados,
pensaré en voz alta, a partir de mi propia experiencia vital. En ésta
primera parte, pondré en duda aquello del azar, para desembocar en una
apología de ciertos valores que orgullosamente heredé de mis padres, en
lo que Ospina llamaría la particular escogencia de cada uno.
En una segunda parte
propondré una serie de reflexiones acerca de una serie de hábitos que a
mi modesto entender fueron determinantes en mi “andadura” y posiblemente
lo sean para muchos.
- “Lo
esencial es invisible para los ojos”
Cuando me hicieron una serie de pruebas para
la vocación profesional, por texto y contexto salió como “evidente” que
me dedicara a alguna ciencia médica. Las notas daban, para eso, además
de la “circunstancia” de provenir de una familia con todos los tíos
paternos odontólogos y mi padre, ginecólogo, allí en campos de Flandes.
Pero este Señor médico, así, con mayúscula, respetando mi decisión (¿?)
de emprender estudios filológicos, vio con escepticismo que yo, el
benjamín de cinco varones, me desviaba de la senda “científica”.
Mi progenitor era un galeno de esos de antaño. Junto con
el notario y el cura, destacaba en ese, mi pueblo chico. Grande era su
corazón de educador, porque en realidad, detrás del acto técnico
profesional, en este caso entre otros el tacto vaginal, para él lo más
importante era lograr que la paciente sea algo más que un caso, una
persona. No era comerciante, mi progenitor. “Adicto al trabajo”, era
sobre todo un misionero dedicado a mejorar el mundo. Sí, daba “clases”,
de parto sin dolor, pero su mayor anhelo era que la gente, los esposos
amaran la vida y su Creador, que tuvieran una estructura de valores
frente a la existencia y hasta frente a la muerte. De manera que lo que
prevaleció, más allá de la relación pastor-oveja negra, es una vocación
común, la docencia de este otro Víctor Valembois, prolongada en su hijo.
Señalo con orgullo que aprendí a conducir bajo su guía, llevándolo a
centros universitarios cercanos porque él quería mantenerse al día en
los constantes adelantos de su profesión. Ese gusanillo del
perfeccionamiento, hasta el perfeccionismo, resultó contagioso.
En todo su desempeño como médico lo asistió enormemente
mi madre. Fue una gran mujer, aunque en términos tradicionales solo
estaba en “oficios domésticos”, lo cual incluyó nueve partos y criar
cinco varones y tres mujeres (yo “sustituyo” al hijo Víctor que murió
prematuramente). Nacida en 1907, a los siete años, por aquello de que a
los alemanes les pareció fácil atacar Francia vía Bélgica, mamá resultó
ser una refugiada más. Aprendió otra lengua, pero no tuvo ni la primaria
en forma regular. A pesar de eso, con el tiempo, fue el brazo derecho de
su esposo, como enfermera, secretaria, microbióloga: donna a tutto
fare, incluida la educación también de tres mujeres. Ella me enseñó
a hacer exámenes clínicos. Flamenca recta, correcta y recia, no era de
mucho cariño explícito, simplemente porque el tiempo siempre apremiaba.
Pero le agradezco su mirada, a veces tierna, otras severa. Con eso uno
sabía a qué atenerse, se veía recompensado y simplemente amado; doy las
gracias hasta por sus pantuflazos: no la voy a acusar al patronato, al
contrario. La única manera de “sacar adelante” como dicen en Costa Rica
a tantos vástagos, es como en la película “Tuve cinco hijos”, con férrea
disciplina, oración y don de mando. Por lo demás, mi progenitora era
discípula de Monseñor Cardijn y de su movimiento de la “JOC” (la famosa
Juventud Obrera Católica): toda una academia de vida.
De manera que, en mi caso, se confirmó aquella hermosa
aseveración del Principito: conviene aprender a ver con los ojos
del corazón. Los valores suelen ser invisibles, no son fotogénicos y por
eso muchos los pasan por alto. Aprendí de mi madre que no todo es cosa
de derecho, sino de deberes, porque la primera palabra es un invento muy
reciente. Ahora tengo la visión clara de haber heredado la vocación
docente de mi padre. El médico ve sobre todo el cuerpo del paciente y el
docente principalmente su mente. Pero en el fondo, los dos se acercan al
comprobar que el ser humano constituye una realidad sicosomática única,
donde más vale estimular y cuidar simultáneamente ambos polos de esa
realidad humana. En más de un aspecto, el profesor, más que alguien que
entrega “materias”, es un médico del alma, un orientador silencioso.
Aparte de eso, en mi caso, se dio el hecho ¿fortuito?
de que mis progenitores provenían de lenguas y culturas diferentes en un
pequeño Estado europeo compuesto, de hecho, por dos regiones federadas.
De manera que, en rigor, puedo vanagloriarme de tener un idioma materno,
el neerlandés, por mi madre, junto con un idioma “paterno”, el francés,
por ser hijo de un francófono. Esta capacidad “ambidiestra”, en términos
lingüísticos, casualmente se refleja además en mis respectivos
apellidos. Eso de manejar prácticamente desde la cuna, sendos idiomas,
cada uno de un grupo lingüístico diferente, constituyó para mí y desde
entonces, una ventaja comparativa.
Todo eso no se hizo entre algodones; al contrario, con
cierta firmeza que nada tiene que ver con una imposición militar, pero
que parte del convencimiento, con el que comulgo, de que a la larga
resulta contraproducente tanto paternalismo o maternalismo. La vida es,
ni más ni menos, un trauma que más vale asumir. Desde la palmadita en el
trasero, al nacer, para ayudar a que los pulmones se llenen de aire,
agradezco profundamente ese estilo que aquí y ahora se catalogaría de
dureza y falta de sentimiento. Felizmente, tanto en la familia como en
la educación, se ha superado el castigo físico. Todavía me duele ese
tipo de reprimenda de mi maestro de cuarto grado: simplemente era un
sádico infeliz. Pero con el tiempo y la distancia, uno entiende y valora
también hasta ciertas tensiones. Aquel “¿y con eso vas a ganar
suficiente?” paterno, ante mi declarada opción por la filología y no la
medicina, años me costó verlo no como un interés material o financiero,
sino como una legitima inquietud porque me encaminaba por un trillo
menos seguro.
Agradezco entonces ser producto del baby boom de
la segunda posguerra, haber sido enseñado con firmeza, como en aquella
película “El muro” o esa otra “La sociedad de los poetas muertos”. Lo
mismo, valoro profundamente esa educación que me dio la época, la de los
años cincuenta y sesenta: en lo profesional o a nivel de valores, el
ejemplo, sigue siendo determinante.
Los Beatles y la lucha contra la guerra de Vietnam fueron
producto de nosotros, los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial.
Tengo la misma edad de Bill Clinton, pero nunca aspiré a la presidencia
ni conocí ninguna Mónica... Agradezco por cierto también esa dureza en
la rebeldía, cosa que a la larga prefiero a lo blandengue “a lo tico”:
deja a la presente generación bien desamparada frente a la globalización.
En definitiva, mucho en uno se origina, por ósmosis con los padres y en
la generación anterior, por una dialéctica de acción, reacción y
síntesis. Ahora, en el otoño de mi vida, sé apreciar en su justo peso
esa educación-vocación de valores que he heredado.
- La
senda internacional, a pesar de (¿o por?) la circunstancia
Otro enigma o hasta incongruencia, en mi andadura,
respecto de la de mi entorno, es que salí tremendamente marcado por un
sello internacional. Decir eso, por ejemplo de Carlos Fuentes, no sería
sino una evidencia, una consecuencia lógica de un vástago en una familia
diplomática. Pero en mi caso, aun con mi entronque de dos culturas, mis
progenitores no eran precisamente viajeros y mis hermanos, la mayoría,
viven a pocos kilómetros unos de otros, alrededor de Bruselas. Mi padre
nunca viajó en avión, le tenía pavor y las pocas vacaciones que tomó las
pasó en su tierra, yendo en su carro. En cambio su hijo...
Al “volver la vista atrás...”, en términos del citado
binomio Machado-Serrat, nuevamente veo que es cuestión de atar cabos:
frente a una aparente dispersión de lugares, en realidad, se pone de
manifiesto que ese resultado eminentemente andariego (“pata caliente” se
le llama en Costa Rica, “patiperro” le dicen los chilenos), obedece a un
curioso confluir de circunstancias, transformándose, a no dudarlo, en un
nuevo valor. Siete factores, nada menos, en diferentes “estaciones”
(pero no precisamente de un calvario) confluyen hacia una vivencia con
fuerte sello más allá de lo local:
-
Tardé años en reconocer una huella que sin duda fue impactante: desde
la primaria pertenecí a varios coros, primero como alto, después como
bajo, cosa que no raras veces, sobre todo en mi tierra, significa que
a uno le toquen partituras en idiomas muy diversos. Testigo vocal para
mí lo es esa “antología” que ando todavía, también de mis años de boy
scout, donde figuran canciones en mi idioma materno, en alemán, en
francés, inglés, afrikáans, etc.
- En
la secundaria y en los primeros años universitarios, he participado en
cantidad de campamentos de una organización católica
(“Oostpriesterhulp”, después “Bouworde”), la cual organizaba sus
estadías de duro trabajo voluntario en Bélgica, pero siempre con
muchos asistentes foráneos, como también en Alemania y hasta en la
antigua Yugoslavia. Esos ambientes de obligada convivencia
internacional me fueron muy útiles, por lo intercultural y lo
inter-idiomático.
-
Parece mentira, pero me consta por un viejo álbum de fotos: aquel
profesor de francés que, por gusto, nos anotó en la pizarra unas
frases de García Lorca, de seguro, si vive todavía, ignora que me
marcó con hierro candente. Esas “Canciones” y otros títulos que nos
puso, no solo contribuyeron a mi vocación docente, además prendieron
el fuego para una influencia “española” que nunca más me dejaría,
desde ese penúltimo año de secundaria.
- Ya
en la universidad, había que estudiar y estudiar. Recién desde hace un
par de años veo claramente que la amistad con un compañero de entonces
resultó también determinante para el fuego internacional: con él fui
por primera vez a Salamanca, a un curso de verano y él me “politizó”
hablándome, en el restauran universitario, de la Guerra de los seis
días y de la crisis en el Medio Oriente: era a fines de los años
sesenta, los años también del Yellow Submarine ...
-
Originario de una ciudad de provincia, palpé y cultivé desde temprano
el ambiente ecuménico de la Universidad de Lovaina. Recuerdo con
agrado un amigo, negro, de Ruanda. Además también, yo era miembro del
Círculo Europeo, elementos todos de apertura frente a un medio
familiar más bien reservado en aquello de los contactos
internacionales. Desgraciadamente, nunca visité entonces la “Maison
Saint Jean”, donde estudiaron tantos costarricenses y extranjeros en
general.
-
Ahora tengo claro que ese ambiente de contactos regionales, por muy
disperso y diverso, contribuyó claramente a una vocación
internacional: después de la licenciatura, en Bélgica, sin esperar la
entrega del título, una beca me facilitó el camino nuevamente hacia
España. Dos años alojé en un “Colegio Mayor” (una residencia
estudiantil) con españoles únicamente, excepto un guatemalteco y un
japonés. Por cierto el régimen de Franco,
más allá del signo ideológico adverso al régimen de Tito, en
Yugoslavia, definitivamente marcó para mí la opción del
antimilitarismo, confeso y profeso: constituye también un baluarte
costarricense, lo descubriría después, pero era entonces mi forma de
pacifismo internacionalista.
-
Durante los cursos monográficos del doctorado, en la Complutense, el
piropo de un profesor a una linda chilena me abrió más todavía los
ojos... Nuevamente surgió una alternativa de enriquecimiento, esta vez
en el Tercer Mundo, en América Latina. Vivimos dos años en Chile,
hasta que a raíz del golpe militar nos acordamos de amigos
costarricenses, compañeros de estudios en España... Debo señalar que
para un europeo de mi sensibilidad, el atractivo de este trópico es
grande, por el clima natural y humano, aparte de que constituye una
opción de justicia y de sentirse partícipe en la construcción de un
mundo mejor.
Hecha esta reconstrucción, pareciera prevalecer una
irreconciliable oposición entre lo local y lo universal, entre la
educación y el estilo familiar y el desempeño personal. Viéndolo con más
detenimiento, se observa en realidad una prolongación, no un contraste.
Se observa un cambio de horizonte geográfico y otro campo profesional,
pero prevalece una proyección de valores profundos. Pienso por lo demás,
que el catolicismo activo e ecuménico de mis padres, en mi caso se ha
transformado en una búsqueda profunda de humanismo a nivel cosmopolita.
Me llevaría demasiado lejos seguir el desarrollo de toda esa serie de
antecedentes en la vida real, en Bélgica (hasta 1969), en España (de
fines del 69 al inicio del 71, en Chile (enero 71 a diciembre 73) y en
Costa Rica (desde enero de 1974). No tengo, además, el propósito aquí de
caer en el pecado de Narciso, por lo autobiográfico, menos de escribir
una novela ejemplar.
Fue una vida entregada a la docencia (hasta en
detrimento del hogar y con naufragio matrimonial) y cada vez más veo, en
el fondo, detrás de la enseñanza de una materia, la necesidad de
recalcar un patrón de conducta, hacia la concreción de ciertos valores
humanísticos. Incluso el período donde, aparte de la cátedra, fui
secretario y hasta consejero de la Embajada de Bélgica (1984-1997),
realmente puede considerarse como docencia en extensión: en informes
políticos, había que explicar, para compatriotas, las realidades
políticas y socio-económicas de la región centroamericana y, a la
inversa, administrar un extenso programa de becas para centroamericanos.
De la biblioteca de mi padre traje para acá el clásico de Jacques Monod.
Mi vida, desde Bélgica desembocando en Costa Rica, hecha de
casualidades, obra de la Providencia o de escogencia intuitiva,
circunstancia orteguiana o como sea, veo además en ella una aplicación
del libro del biólogo francés: fue producto del azar y de la necesidad.
-
Aprender a leer valores,
permanentemente
En su “testamento espiritual”, ese respetable anciano
que es Ernesto Sábato señala que “únicamente los valores del espíritu
nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana” (p.
13.). La carta segunda se centra incluso en forma explícita sobre “los
antiguos valores”, pero en realidad todo el libro se refiere a ello.
Aunque “nadie aprende en cabeza ajena”, a continuación propongo cinco
observaciones, con otras tantas conductas inherentes, que en su andadura
quizá inspiren a otros. Se trata siempre de centrar el aprendizaje y la
práctica en torno a valores, no precisamente los de la bolsa.
·
“Alfabetización” vivencial desde la
casa
Me asiste la idea de que para los de mi generación, la
cuestión de los valores, era más fácil: nos encontrábamos además
protegidos en el armazón de la casa y los centros educativos, teníamos
más control, sobre todo externo. Teníamos menos dinero en la bolsa; las
preocupaciones pecuniarias, con eso del cajero y la tarjeta de crédito
son diametralmente otras. En el mundo de la guerra fría las opciones
eran mucho más restringidas. En el mundo global, las tentaciones por el
consumo son enormes. Bajo énfasis de una democracia predicada como
igualitarismo solo hay “derechos”.
Me alegro mucho del cambio: los estudiantes son mucho menos hipócritas.
Antes, la inteligencia era un coeficiente, cuantificable, ahora, detrás
de este término hay un abanico de posibilidades.
Pero sigue la pregunta clave, jóvenes y menos jóvenes: ¿somos capaces
también de “leer” (es decir, etimológicamente de “escoger”) además los
valores que nos convienen?
·
Rigor ético
Antes había más sentido de jerarquía, entre otros con un
código “católico”, inherente a la civilización occidental; en “mis
tiempos” hasta prevalecía el freno por el “pecado”, el miedo al otro o
... al comunista. Pero por supuesto para nada creo en aquello de
Manrique “que todo tiempo pasado fue mejor”. Más aguda prevalece ahora
la necesidad perentoria, ineludible de definir. Por eso me gusta mucho
la frase: “quien no sabe dónde va, llega donde no quiere”. Ahora bien,
así como no existe neutralidad ideológica, tampoco hay neutralidad
ética: en cambio allí sí, me temo que ahora la definición de lo
corrupto, por ejemplo, resulta más endeble: así como no hay honor a
medias ni virginidad más o menos, no existe el pequeño desliz... Estoy
de acuerdo, la escala de valores puede y debe evolucionar, con el
tiempo, pero nunca puede faltar el hábito, la jerarquía de valores.
·
La educación, no es necesariamente una
panacea
Desde tiempos inmemorables, cunde una fe ciega en la
capacidad transformadora de la educación. Ciertamente como docente no
afirmo lo contrario. Pero pongo en duda, cada vez más, ese automatismo,
esa identidad que muchos suelen encontrar entre el saber y el actuar
bien. Ya el mismo Sócrates había llamado la atención sobre la
contradicción interna y lo intrínsecamente perverso de personas con
formación que a sabiendas infringen su código moral: veamos el caso del
muy ingeniero Vladimir Montecinos
. Además, uno observa una degradación en el mismo cuerpo docente, por lo
que el poder transformador de la educación como tal está en entredicho.
Mi diagnóstico es cruel: muchos, entre los propios educadores, tienen la
conciencia anestesiada, por exceso de trabajo, inestabilidad laboral y
desidia generalizada. Como existe un espantoso horror al vacío, su
conciencia la llenan de ruido y otros distractores.
·
La mala praxis cunde desde antes de ser
profesional y no se limita a lo médico
La praxis mala o “malpraxis” como se le llama...
malamente, con énfasis unilateral en el campo médico, desde luego
resulta detestable: echa por la borda la idea misma del servicio y del
mejoramiento del mundo, vía la profesión. Así se destruye desde la raíz
el aprendizaje continuo, el perfeccionamiento constante y la
preocupación central por lo que Rodrigo Facio, con rigor, definía como
“la profesión de hombre”. Pero existen formas diversas, generalizadas a
todas las profesiones, desde aquel barrendero que no limpió bien la
pista, y eso contribuyó al accidente del avión Concorde, hace unos años,
pasando desde luego por el chofer ebrio de Lady Di, hasta aquel que
confundió nitrógeno con oxigeno: esto último resulta espectacular, pero
más mortífero un educador que no se prepara: asesina a toda una
generación.
·
Profesión y proyección; el papel de los
medios
“Profesión” etimológicamente se refiere al “que habla
delante”, vocablo referido desde luego por excelencia al profesor y al
“catedrático”, el que dicta cátedra... En realidad, viéndolo bien, todo
profesional es un comunicador, además de hacerlo no solo por la vía
verbal sino por la imagen
de conducta que proyecta, ahora más cierto que nunca porque estamos en
civilización de imagen. El problema real nace a partir de la incidencia
de los medios de comunicación en aquello: nunca son neutros, siempre se
insertan dentro de una estructura de intereses y una codificación
superior que todo lo rige. En el caso más “inocente” eso se presta a la
presencia-necesidad de la publicidad, ideologizada como información y
servicio; etapa ya más grave la constituye la propaganda subliminal, de
progresiva inculcación de “valores” y necesidades, de proyecciones
respecto de qué es ser joven, emprendedor, exitoso, etc. La
culminación, muchas veces combinando esos elementos anteriores, es de
abierta manipulación.
Partiendo de todo lo anterior, he recurrido a diversos
episodios de mi propia biografía, no necesariamente modelo, para
demostrar primero que, según la expresión consagrada, “los caminos del
Señor” son insondables (“Lo esencial es invisible para los ojos”),
segundo, que la famosa circunstancia orteguiana no es una línea recta (“La
senda internacional...) y, tercero, que también aquello de “estar
alfabetizado” tiene sus bemoles (“Aprender a leer valores,
permanentemente”). Manifiesto una tremenda necesidad espiritual que
no necesariamente concuerda con agrupaciones o prácticas religiosas o
humanísticas establecidas; más bien implica, con absoluto respeto,
prudente reserva respecto de estructuras establecidas. Resulta válida
finalmente la aseveración del poeta, en el sentido de que “se hace
camino al andar”, aunque preocupa la perspectiva un tanto automática y
hasta fatalista que conlleva la expresión. En la línea de los otros
autores citados en el presente contexto, prefiero de lejos la verdadera
búsqueda continua, la asunción personal del destino y la forja
interiorizada de una jerarquía de valores: de allí también la validez
permanente del epígrafe.
Pugno
además porque todo gravite en torno a lo que Gardner insinúa como una
posible “inteligencia moral” (p. 61). El científico social señala que
esa dimensión depende de lo cultural, en cada comunidad, cosa en la que
concuerdo, respecto de concreción inmediata, no sin sostener que en la
misma esencia natural y biológica del hombre, casi como una realidad
platónica, debe haber un núcleo común al respecto. Al mismo autor
norteamericano, al final del primer ensayo en su libro, se le escapa un
voto piadoso al que me asocio, igual, para terminar:
Tal
vez, si podemos movilizar todas las inteligencias humanas y aliarlas a
un sentido ético, podamos ayudar a incrementar la posibilidad de
supervivencia en este planeta, e incluso quizá contribuir a nuestro
bienestar.
(p. 30).
Ha llegado este tiempo; es la
hora del cosmopolitismo real. Este debe comprender un sentido de la vida
junto con un instinto de conservación, cualquiera que sea su concreción,
una diferencia entre bien y mal, un sentido de amor, de altruismo y de
superación o mejoramiento de la especie: sobre esa base en común,
durante siglos se han creado cantidad de culturas esporádicas o
milenarias, en zonas vastas o diminutas, pero ahora, gracias a la
tecnología resurge, esta vez realmente a escala planetaria, un potente
empuje en función de un armazón jurídico de defensa en esta dirección.
-
Bibliografía
Gardner,
Howard, Inteligencias múltiples, Ed. Paidos, Colección
Transiciones, Barcelona, 1995.
Ospina,
Helena: Andadura de vida, poemario, Ed. Promesa, Costa Rica,
2000).
Sábato,
Ernesto: Hombres y engranajes, Emecé Editores, Buenos Aires,
1951.
Sábato,
Ernesto: La Resistencia, Seix Barral, Biblioteca Breve, España,
2000.
Savater,
Fernando: “Motivación e indiferencia”, en El País, España, 19 de
marzo del 2002.
Valembois
Víctor: “En la cúspide, el factor H” (de “hábitos”), texto ofrecido a la
Revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Cartago
(ITCR), Costa Rica, 2002.
Esta reflexión escrita nace de una charla en el Centro Universitario
Miravalles, San José, Costa Rica, el 12 de marzo 2002. Su título y
estructura le deben bastante al citado poemario de Helena Ospina
(Ed. Promesa, Costa Rica, 2000), donde en la p. 85 aparece el poema
en cuestión.
Pienso involuntariamente en este peso de la familia al leer en estos
días el periódico La Extra, 12 de marzo del 2002, en grandes
titulares: “Padre e hijo, jefes asaltabancos”. Menudo ejemplo...
No soy el único, pareciera, en poner en duda la educación actual
como panacea: “...ha cundido de tal manera el nihilismo que se hace
imposible la transmisión a las nuevas generaciones”, señala Sábato,
en su libro, p. 88, y Fernando Savater declara: “es imposible educar
sin valorar, pero nadie se arriesga a valorar de verdad (ni siquiera
a dejar claro que existen diferentes grados en lo estimable y no
sólo privilegios o prejuicios) y por tanto es improbable que nadie
se comprometa demasiado a educar”, en “Motivación e indiferencia”,
en El País, 19 de marzo del 2002.
Por ejemplo, no pasa semana sin que uno, en un periódico tan serio y
consolidado como La Nación se encuentra con un artículo sobre
Gloria Trevi: es la prédica sutil de un “ejemplo”: hoy más vale que
hablen de uno, aunque sea mal, antes que el desconocimiento. Queda
una confusión de intereses: entre la información de una “estrella”
(¿en cuál firmamento?) y el resultado. A la larga se inculca una
idea: atrévase a ser inmoral y maquiavélico. Es el estilo Goebbels
(“miente, miente y algo quedará”), pero redivivo: (a-)parezca,
(a-)parezca en los medios, siempre algo quedará.
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