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“Opinionitis infinitis”
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 1, Febrero del 2002

     Consciente, aquí, de mis columnas anteriores en la construcción didáctica de esta estructura ideológica del cosmopolitismo (no en el sentido estrecho, partidista, sino “político”, el con-vivir en comunidad), iré de frente contra lo que también podríamos llamar la “opinadera universalis”. Para el virus, versión médica y en la computadora, existen sendos remedios, contra esa habladera porque sí, no lo hay. Aquello de creer que cada opinión vale, por abrir la boca, es una auténtica “polada”; constituye un atentado subrepticio contra el espíritu del cosmopolitismo. ¡Cuidado! ataca no solo el disco duro y toda su guía de direcciones en su equipo, sino además la misma estructura cerebral de su dueño.

     Desde luego, ¡por favor! no vaya a pensar que me estoy pronunciando en contra de ese don diferenciador de la especie humana, la lengua. Sería el colmo para un filólogo (literalmente: un amante de la palabra). En apoyo a ese amor, sugiero la lectura urgente, sí ahora en plena civilización de la imagen, de la novela El hablador de Vargas Llosa; refiere justamente a tesis contradictorias, conservar o no, ese patrimonio identitario de los pueblos primitivos bajo la forma de lo oral. Lo abordado aquí va por el lado de cierto exceso, en aparente contradicción denuncio el hablar, pero en un “lleno de vacío”. Por de pronto tampoco surgió ayer en la tarde: tanto en la civilización anglosajona, con aquel desesperado “words, words, words” en el Hamlet de Shakespeare, como en Los dos habladores, de Cervantes (casualmente dos dramaturgos y ambos del siglo XVII) se denuncia públicamente aquella lacra, verdadera peste para la salud pública. Pensemos también en aquella burlesca observación del capitán con un ojo y una pata “digo yo, dices tú y no dices nada”, creado por Stevenson, en La isla del tesoro.

     Eso de que supuestamente en cualquier momento, en cualquier lugar y a raíz de lo que de sea, todo vale como “expresión” o, peor, que todas “valen” o valen igual es históricamente algo muy nuevo. Ahora estamos en el reino de la opinadera o peor. Falta poco para llegar a lo siguiente: las mentes grandes discuten ideas, las mentes medianas discuten eventos, las mentes pequeñas (que son mayoría) discuten gente. Destaquemos por de pronto la gran incidencia del factor tecnológico, también en esa evolución. Algunos ejemplos: una cosa son los programas de entrevistas de opinión, con entendidos en la materia, y otra, las conversas sin fondo, la mejenga verbal, a hora de gran audiencia. Hoy Internet multiplica y disemina el poder de información, antes sinónimo o casi, de sabiduría, desde luego, reservado... a una elite, aliada a los sabios. Toda persona con acceso a la red no solo puede informarse sobre cualquier tema, sino, además, expresar su opinión sin censura alguna. ¿No quiere usted opinar en mi espacio “purapaja.com”? El teléfono celular es una maravilla, pero por esos abusos, cosa de impresionar, en algunas partes se le llama “debilófono”. También el fantástico correo electrónico se presta: Bill Gates no podía prever que en su Outlook, aparte de una bandeja de entrada y salida de mensajes, por aquí haría falta también un “chatterbox” o “bandeja de chismografía”, por la cantidad de usuarios y el uso potencial de la comunicadera.

     A como no todo lo que brilla es oro, no toda cantidad representa calidad. No está mal que todo el mundo se cree con derecho a opinar, claro que no. Pero eso no garantiza mejor información. Lo mismo: no es porque tengo veinte metros lineales en libros y una montaña de discos compactos en enciclopedias que seré más culto. Resultaré seguramente más presumido. Todo el mundo se puso a parafrasear a Oscar Wilde: "puedo negarme a mí mismo el placer de hablar, pero no a los demás el placer de escuchar". Es que, perdonen la tesis reaccionaria, se perdió toda jerarquía social y epistemológica. Ahora todo el mundo se cree entrenador de fútbol, cada compatriota se cree presidenciable. Marineros en tierra, les llaman en Chile. Pero, por favor, se preguntaba ya Larra: “¿verdades serán cuando todo el mundo las dice?” Si fuera así, todavía la mayoría dudaría que es la tierra la que da vueltas alrededor del sol y no al revés. Claro que todo el mundo tiene derecho, hasta a decir estupideces. “Tener una opinión” se encuentra socialmente legitimado. Está de moda la preguntadera-y-votadera, a diestra y a siniestra. No solo en Costa Rica, también por ejemplo con el Quick vote” (ahora sobre cualquier cosa en CNN). En realidad son medidores de audiencia: el rating, el reino de los números. Las encuestas, pero las de verdad, son cosa seria.

     Esa confusión no lleva precisamente hacia el progreso, sino cristaliza un falso concepto de democracia. “Por hablar no se cobra factura”, señalaba el viejo Figueres, hace tiempo y, más recientemente Carlos Cortés criticaba aquello de “una bandera de palabras” (menos peligrosa que en el techo, pero...). En términos gringos, últimamente tenemos el caso de la lucha contra el terrorismo (tranquilo: no voy a defender a esos criminales que destrozaron el WTC secuestrando aviones civiles). Pero, dígame, de repente todo “otro” (sobre todo si sale del moldecito “normal” UASP) es una peligro para la seguridad interna, mientras el común balbucea babosadas sobre la galleta con la que se atragantó Bush... ¡pero no sobre la falta de una vieja costra de pan, que sea, para el pueblo afgano que no pudo sembrar bajo las bombas! Todo eso tiene repercusión cosmopolita, porque mentiras que hay personas... menos personas por un lado del planeta. Lo peor: todo aquello se presenta como democracia directa; usted sabe, aquella cantinela de que “el pueblo opina”.

     Ya lo señaló Wyne Dyne, la gente opina como veleta, cambiando según la reacción del otro, aparte de que son precisamente los medios (es decir: sus dueños) los que manipulan la opinión en un sentido u otro. Se le induce al receptor, hasta con recursos subliminales, a que opina lo que ellos le insinuaron que opinaran. Señala Fernando Savater que donde muchas veces se lee “yo opino”, conviene interpretar “yo repito”. Todo bajo el manto de una mayor democracia. ¿Sabía usted que la red “Firstgov” de Estados Unidos no está tanto diseñada para recibir información del ciudadano, sino para hacerle llegar toda de clase de información? ¡Siga con nosotros! Ahora va un comercial literario: volvamos a leer Granja de Animales, una novela de George Orwell de hace muuuucho tiempo, sobre el totalitarismo (entonces los malos eran los rusos), pero leámosla en clave actual, por favor. ¿Cómo se llama el malo ahora?) Un viaje a Pocosol para todos nuestros consumidores que contestaron correctamente.

     Desde luego, no se trata aquí ni de demacrar la democracia, prístino invento de los griegos clásicos, lo vimos. Pero entre ellos mismos la política fue el arte de impedir a inoportunos a opinar sobre todo, es decir nada. Con ojos de ahora, claro que marginaron grupos de “bárbaros”, foráneos y mujeres (cuenta Aristófanes que, astutamente, esas inventaron la huelga de sexo..., una forma un tanto tajante de opinar). Desde entonces, largo ha sido el camino. La libertad de opinión quedó consagrada, constitucionalmente. Especiales son los casos del censo y del referendo: en ambos, a través del dato cuantificable, lo menos posible contaminado de “opinionitis”, se ubica y se construye la realidad nacional. La opinión fundamentada, respetada, pasó por un momento peligroso con Hitler, Mussolini, Degrelle,... Este último (siempre la misma versión, pero en belga). acuñó el concepto del “parlamiento” (sic) porque, según él “allí se parla mucho y se miente más todavía”. El fascismo no ha muerto. Además, ahora y cada vez más, la política dizque directa, en vez de respaldar la representativa, en manos de poderosos intereses se convirtió en el arte de obligar a la gente a opinar sobre lo que no entiende (la frase es de Paul Valery, pero parece anticiparse al siglo XXI), en nombre de la “imagen” (¿serán “telefóbicas” o “fotohigiénicas” las ideas?)

     Interviene además un factor sicológico en todo ello: sobre todo por acá, la opinión fuerte, argumentada, se considera como antisocial, intransigente, crítica personalizada y mejor váyase a otra parte. Confiesa el editorial de La Nación, hace poco: “hemos sustituido las reformas por los debates”. Pero el show debe seguir. En el fondo, tras esa lengüitis aguditis se esconde un profundo miedo al cambio. Deep down, como dicen los gringos, esa actitud revela entonces un terror de salir del statu quo, junto con la desconfianza contra el mando, la verticalidad operativa: tengo derecho... a entorpecer, a serruchar el piso, a ocupar el tiempo de producción de otros. Es una forma peligrosísima de anarquismo. “Ingobernabilidad” la llamó el hijo Figueres.

     Habrá que volver sobre una causa profunda detrás de eso: un sistema educativo que capituló consigo mismo. ¡Lejos están las enseñanzas de esos maestros de 365 días, Omar Dengo, Brenes Mesén, García Monge y el “viejo” Láscaris! Lástima grande el abuso y mal uso de los medios, que desde luego no tienen la culpa en sí. Pero de veras, a como vamos, ¿estaremos resucitando los “habladores de nada” que Montesquieu ridiculizó? En la búsqueda constructiva de un verdadero cosmopolitismo de valores (y no me refiero ni a dólares ni a euros, tampoco a la bolsa... de mi bolsillo), ¡viva la tecnología, por supuesto; viva la democracia política también, renovada por esos recursos. Pero aquello debe ir siempre al servicio del hombre íntegro, donde sea que se encuentre en este planeta único. En ese asunto, de verdad que hablen, opinen y discuten Pedro, Juan y Diego (como también Juana, Chana y Mengana), pero de paso aprendamos a medir el tiempo y a separar el grano de la paja. Andamos tan mal en eso que, casi en forma de hipótesis se podría postular una relación inversa entre mayor cantidad de recursos para opinar y, desde luego en general, salvo excepciones, peor calidad de lo opinado. Volveremos sobre el punto.

     Ah, de paso lo siguiente: algún subversivo me espetará que con qué licencia me pongo yo a pontificar sobre la opinión. Invoco primero que en mi hoja de vida (el ridículum vitae, que algunos le llaman), constan dos títulos, no precisamente de la universidad de garaje de la esquina, segundo, que el diablo sabe por viejo y por práctica, en este caso en docencia, en investigación sobre el tema y hasta, eso, en un periódico, en una “página de opinión” donde no sirve ser amigo del director sino saber leer y escribir con cierta clase. Tercero, que si aparecen tantos nombres y citas en este artículo, es que todas mis ideas no los saco de la manga, sino de bibliografía (leyendo como los pollitos: levantando a cada rato la cabeza,... para pensar). ¡Cosmo-polos del mundo! cuidado con ese opinador: seguro que él no lo sabe, pero pensar puede producir dolor de cabeza.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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