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Cosmopolitismo: “Roma es amor”
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 1, Enero del 2002

     Con esa frasecita uno no puede caer mal, menos frente a un romano, aunque la diga en español. Y si la profesa a una romana (¡no la de medir pesos, hombre!), echando una monedita a la Fuente de Trevi, por fuerza volverá allí, un día (no se asegura que ella también...). Lo cierto es que parte del atractivo de la declaración que puse en el título es que constituye un palíndromo. Con todo y raíces griegas, mi diccionario lo define así: “palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha o en sentido inverso”. Pues bien, ya en serio y en tono cosmopolita, argumentaré aquí sobre muchas razones por las que debemos estar agradecidos con cierta herencia que nos dejó el imperio romano en este sentido.

     Ya en la crónica “en serio" anterior entablé el asunto, al recordar que términos como “civil”, “ciudadano”, “ciudadanía” etc. provienen del latín “civitas” que no es sino la traducción de la “polis” griega. El Imperio romano adaptó un tanto la idea a su nuevo contexto, pero lo cierto es que difícil sería para nosotros imaginar siquiera el siglo XXI, en Kandahar, Afganistán o en Puerto Viejo de Costa Rica, con base en ciertos criterios, que pueden diferir, pero que contienen un germen de “civilización”, siempre con la misma raíz romana. ¿Cuántas veces no anhelamos de nuestro vecino (porque olvidamos mirar en el espejo) que se comporte “como la gente”, es decir que sea más “civilizado”: nos demos cuenta o no, estamos invocando a esos viejos de antes de Cristo que, ya antes que nosotros, se habían puesto a pensar cómo organizar la comunidad para que no sea, a lo menos, arbitraria, a lo más, simplemente bestial.

     Roma retomó además aquella idea griega del kosmou politès la ciudadanía universal o el cosmopolitismo que había propagado Alejandro Magno. Otro término del que se aprovecharon los romanos y que nos interesa aquí es el de la ecúmene: el vocablo no tenía nada todavía de la carga cristiana con la que la Iglesia Católica lo utiliza (dentro de un cosmopolitismo muy peculiar y sobre el que volveremos un día) . En vez de ese “peculiar”, en la frase anterior, estuve tentado de utilizar sui generis con lo que tendría otra expresión universal que, en muchas lenguas occidentales, heredamos de los latinos. En el mundo clásico que nos ocupa, el término “ecuménico” recordaba más su etimología (con “oikos”): la casa en común que ocupamos todos los humanos. Estamos todos en el mismo bote: a cuidarnos todos en la travesía.

      No es mi intención transformar este espacio en un estudio monográfico sobre todo lo que nos dejó el imperio romano, pero sí, con la mira puesta en un cosmopolitismo bien entendido, recalco que este debe aprovechar de cualquier cultura, por remota o distante que sea, sus componentes en cuanto a dignificación de la especie humana con la consecuente solidaridad por encima de cualquier frontera (acabo de dar una especie de definición funcional del bicho): importa subrayar 1) lo selectivo (adoptar, ¿sí o no?) y 2) lo integrador del asunto (adaptar si acaso, ¿pero cómo?). A continuación van, sin embargo, unos cuantos elementos que interesa vitalmente rescatar de, simplifiquemos, hace dos mil años, para construir un siglo XXI un tanto más a altura cosmopolita que como empezó tristemente.

     Pensemos un momento, a nivel occidental, en la maravillosa herramienta de dos docenas de letras o poco más (26, en inglés; depende de la lengua) que significa el alfabeto: la palabra es griega, pero ellos a su vez, inteligentemente aprovecharon el avance de los fenicios, al respecto (estos son los inventores de la vieja “arroba”; por cierto, como no, un día también habrá que retomar ese y otros factores tecnológicos en la construcción del cosmopolitismo). Dejándonos ya de digresiones, por los romanos y después desde luego por la vía hispánica nos llegó ese instrumento tan fantástico de comunicación, en su versión escrita: todo el que lee esta columna está alfabetizado. Constituye eso un requisito para ser civilizado y esto, a su vez, se vuelve imprescindible para la cosmovisión que defiendo. Sin embargo, el mero alfabeto es un juguete que no aprovechamos suficientemente: vea que con tres filitas de teclas en mi computadora, con todo y signos de puntuación, me puedo expresar de mil, digo de millones de maneras. ¿El mundo será uno, no el día que haya un solo idioma (y menos una versión horrible de spanglish-con-chino), sino cuando, entre otros con la tecnología bien empleada, hagamos el esfuerzo por entender al otro, en sus connotaciones. Para el cosmopolita, no puede existir ¡jamás! una sola lengua cocacolonizada ni CNN-izada; en cambio ¡sí!, divulguemos las maravillas de la alfabetización (y por allí entonces el rosario de civilización y espíritu cosmopolita). ¡Pero cuidado, que los occidentales (y en América Latina somos como el extremo occidente de Occidente...), demasiado fácilmente, pensamos que nuestro modelo de alfabeto, el romano, por muy divulgado que sea, constituye el único.

      Simplificando un tanto, podríamos afirmar que ahora nos expresamos en un latín mal hablado, (degenerado, si me aguantan el término): concepción negativa que no conviene retener, porque las lenguas, bien entendidas, evolucionan, son parte del devenir del hombre. Pero al mismo tiempo, esas guardan como una especie de ADN cultural: la marca con que los antepasados miraban el mundo. Eso es lo que aquí y ahora interesa recalcar. Nadie tiene por qué perder el sueño por no saber que cuando habla de un palacio (el de deportes, el de la ex soda Palace o el de mi casa, aunque sea una choza), nos estamos expresando inconscientemente a partir de la imagen de una vivienda fabulosa que se construyó el emperador Adriano en el Palatino, de allí el nombre. Del substrato etrusco del latín recojo ahora también términos como mecenas, césar, circo, persona, urbs (que da nuestra “urbanidad”), entre otros, que nos pueden hacer falta si queremos ser viajeros universales. También están las dos palabritas claves del título: “Roma” y “amor” (queda pendiente la visita, allá; cuidemos mientras tanto aquel sentimiento, en todas sus facetas).

     De esos romanos, que en paz descansen, conviene, ¡cómo no!, rescatar la idea original de la república (“palabra gastada”, la llamaría el viejo Figueres), otro invento de por allá. Originario de un país monárquico como soy, no apunto a tal o cual organización estatal, con tal de que sea democrática, sino a lo más bonito y más profundo que tiene: la res publica (traducido literalmente “la cosa pública”) tampoco se refiere a un periódico, sino que en esencia orienta hacia un espíritu, una conciencia-entre-todos de que estamos viviendo juntos, a nivel de Estado, nacional, local, lo mismo que en el plano mundial o cosmopolita. Lástima grande, que la vivencia más bien se comprueba cada vez más hacia un exacerbado egoísmo: como si el gobierno, el país, fuera algo para los políticos nada más; demasiado prevalece el “portami” frente a ese bien común. Hace falta predicar con el ejemplo. Dicen en mi tierra que si cada uno limpia su propia acera, toda la calle estará limpia (y si hacen lo mismo en el otro barrio... en el cantón y en el mundo, entre todos, ¡ya está!). Como aquella publicidad para unas pastas: ¡quiero más de eso! Para ser cosmopolitas, ¡viva el partido republicano!, como decían antes.

     A la hora global, echemos una miradita por el retrovisor del carro (¡palabrita latina, por si acaso!) que se llama “historia mundial”, a ver qué nos sirve. Del imperio romano, también un montón de elementos simplemente no nos sirven en la construcción de un cosmopolitismo. Para muestra, tres botones: primero, era una sociedad esclavista que por supuesto no interesa ya, bajo ningún tipo; segundo, los romanos eran terriblemente “derechistas”, no en el sentido político sino que ser zurdo era... siniestro (y el juego de palabras queda corto); tercero, para la Roma republicana e imperial, de cándido “blanco” tenía una connotación especial: quien vestía ese color se identificaba como “candidato”. Felizmente ya todo eso quedó para el álbum (palabra latina)... de los recuerdos, para nunca más volver.

     Sigamos, en cambio, por la vía del rescate lexicográfico romano, a ver si pescamos algo de un espíritu de mundo-uno que anhelamos. Por supuesto, en la construcción de la democracia -conditio sine qua non (¡zas! otro latinismo)- a escala local como cosmopolita, más vale que nos acordemos del tatatarata... abuelo romano, aquel que inventó palabras tan útiles en este contexto como referendo y veto; claro, que ojalá en el pleno de la Asamblea, que constituye un foro, haya orden, lo cual en este caso también implica agenda (que usted puede notar en su vademecum, como memorando....) Puse una cantidad de vocablos en cursiva para dar cuenta de su origen: es puro latín, en castellano (¡cuidado!, no le vaya a pasar como aquel personaje de Molière, que de repente se dio cuenta que habla en más culto de lo que se había imaginado...) En realidad, la influencia del latín en el español es tan grande que va mucho más de esas palabritas, en lo mismo que escribí, desde el nacimiento de cada uno, hasta su testamento (y subrayo esos términos de pura sepa latina) usted habla el mero lenguaje nada menos que de Cicerón). A lo cual pongo yo un gran “etc.” (et cetera), es decir, seguimos en lo mismo, expresándonos en latín sin darnos cuenta.

     Hasta aquí, en una jornada de marcha hacia la explicación y la ejemplificación de un modo de pensar y vivir que deseo propagar, para mis hijos, para mi nieta, ticos todos, ojalá con la ventana abierta. La idea mía detrás de esos párrafos no fue dar una clase de esa lengua supuestamente muerta, menos gratis (dale, otro latinismo). Más bien me animó rastrear unas cuantas características de una época pasada para ver, por un lado, cómo esa época “global” del imperio quizá nos puede inspirar (y en colaboración posterior ilustraré con ejemplos concretos de romanos cosmopolitas); por otro lado, más allá del afán de figurar, demostraré cuan fuerte estamos empapados, literalmente imbuidos lingüísticamente, de la lengua y por ende de la visión de mundo de esos antepasados culturales: aprovechemos esa herencia con sus valores inherentes, no debajo de la almohada, sino en la creación de un mundo que me atrevo a soñar cosmopolita. De veras, “Roma es amor”.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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