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Mendiguitis, regalitis y otros parasitismos
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 1, Diciembre del 2001

     El himno nacional de Costa Rica proclama con orgullo “vivan siempre el trabajo y la paz”; muy bien, excelente. Desde la tribuna cosmopolita que ocupo (un speaker´s corner digital, un tanto más desolado que el verdadero, en Londres), aplaudo ambos aspectos: he insistido ya en más de una oportunidad en el componente necesario del pacifismo, dentro de la visión de mundo que profeso; ahora, en tono menor (viendo la “polada” y su sembradío local), reflexiono públicamente sobre el otro: el trabajo. ¡Qué pereza!, oigo ya desde alguna galería, pero no importa, ese berreo, ese pataleo; está bien; mejor todavía sería un artículo argumentando en contra de lo que yo escribo.

     No se puede ir a la feria sin que cinco o seis personas, hasta muy jóvenes, generosamente le ponen delante la mano. Algunos andan una justificación institucional, vestidos del Ejército de Salvación y con la cajita metálica bien identificada. Tanto interés en recoger el óbolo ajeno suena sospechoso: no son precisamente voluntarios, sino que constituye un curioso trabajo asalariado, asegurado y demás. La Cruz Roja también tiene todo un... ejercito de empleados (asalariados y asegurados, espero para ellos) que le colectan fondos en cantidad de esquinas. Eso es diferente; pero otros muchos individuos están entendiendo de modo peculiar aquello de que la caridad empieza por casa. A la salida de la feria (donde por cierto algún “selocuido” se ofreció y ¡ay de usted! si se niega), de nuevo, otro ejército, con una “e” muy minúscula, toda clase de gavilanes y aprovechados. A esos me refiero.

     En una nueva versión vernacular de la frase histórica de Goebbels (“mienta, mienta, que algo quedará”), pareciera que en todas las instancias se impone el “mendigue, mendiga, que algo quedará”. Está incorporado, a nivel verbal, cuando el cliente, en el negocio de la esquina (¡no, en el American Mall, no!), pide que “regáleme un cuarto de manteca y ah, también regáleme un paquete de tortillas”. Con perdón de aquello que se llama “idiosincrasia” (así con “s”, sí señor) (y que algún genio un tanto racista decodificó como “indio sin gracia”) el pulpero o mesero en cuestión debería adaptar aquel letrero de “hoy no se fía, mañana sí” a la nueva versión, más apropiada al parque jurásico local: “hoy no se regala, mañana sí”. Pero... ¡ahí está la cuestión! si esa actitud se detecta a nivel individual y privado, como sospechosa práctica de parasitismo socialmente aceptado, peor es exactamente lo mismo, en plano “macro” y oficial: para muestra, un puente, no cualquiera sino ese sobre el Río Tempisque... Con justa razón un periodista avispado -si muy tico, además con dignidad- propuso que ese portento se llamara el “puente de la vergüenza”.

     No por favor, que no se me entienda eso como insensibilidad social: no he leído el último “Estado de la Nación”, pero sí, interpretaciones al respecto; tampoco niego el problema grande de la economía informal. No se puede discutir una creciente pauperización de ciertos sectores, en cambio ¡a otros muchos les ha ido bien o mejor, pese a tanta “crisis” que se proclama por doquier)! El asunto es que esa forma de buscar una “chambita” en cualquier parte, a costa del prójimo, no es la manera más recomendable de superación personal ni la del país. Pero el mal es endémico: la pobreza constituye un problema estructural, al cual el proyecto original del viejo Figueres con el “Instituto Mixto de Ayuda Social” (IMAS) buscaba remediar. ¿Qué ha pasado en pocas décadas? Que en esta bendita institución la casi totalidad del presupuesto se encuentra al servicio del propio personal, quedando las migajas para el objetivo principal: la colaboración con el necesitado, para que le pongo el hombre él mismo (recuérdese también la filosofía de “regáleme un pez... versus enséñeme a pescar). Pues bien, además de la calamidad anterior, tengo entendido que los señores de ese instituto mixto (¿mixto en qué: en género, en propósitos, en resultados,...?) no contentos con el magnífico ejemplo patriótico que dieron en el ICE (“diay, envidioso, usted, ¡una modesta salita para los directivos en el penthouse!), también están buscando cómo acomodar mejor a su humilde junta directiva en una mansión a todo lujo en la vecindad. ¿Y los pobres? Bien, gracias.

     En este país la mendicidad se encuentra socialmente legitimada. En El Salvador, y no precisamente solo por la Avenida Masferrer (como quien dice el Paseo Colón, por acá), en Santiago de Chile y Caracas, Venezuela (no precisamente con pasajes a costa del erario público, otra regalitis de cuchara grande, sino en trabajos profesionales), he comprobado personalmente miseria por doquier, chinamos con ventas de todo, que crecen como callampas después de días lluviosos. Pero no se ve, no se practica, ni menos se “justifica” de igual modo, la costumbre de extender la mano. En cambio, en Costa Pobre, el país del pobreci-tico (¡sic!), tanto individuos como instituciones parecen fomentar la mendigadera. Se vuelve socialmente bien visto, hasta tal punto que, el otro día, un colegial con impecable uniforme, sin siquiera inventar una excusa que le robaron “los pases”, o lo que sea, para esconder su fechoría, se puso a pedir en pleno San Pedro: él hace lo que ve hacer y lo que la comunidad tolera, ¿o en realidad fomenta? Yo que pensaba, como todo buen vecino, que el futuro está en la juventud...

     Muchas personas consideran que los mendigos cerca de un cruce son parte del paisaje, tipical you know, como las macetas en el corredor. Algunos, esforzándose en mérito, hacen malabarismos y ofrecen lavar el parabrisas o venden cuanta cosa inútil exista. Otros, simplemente se presentan mal vestidos y peor lavados... pero aprovechan si no el lactante de la vecina, un vaso grande de un restaurante de comida rápida para no extender la mano. ¡Diay, como hay fast food, debe haber también fast billete... ! Varios conductores les alcanzan monedas y billetes y, de seguro, se sienten muy generosos y ejemplares. Es el tipo de caridad “cristiana” que en realidad no hace sino repetir el círculo vicioso. Como en la canción de Jacques Brel, muchos se sienten dignos de imitación y sobre todo de admiración: son “les patronesses” que tejen de un color para que el domingo vean a sus pobres vestidos en misa mayor... En otras palabras, menos mal que hay mendigos, para que nosotros los fariseos podamos figurar...

     Muy preocupante resulta la mendicidad fomentada por instancias oficiales. Así, en diciembre del 2000, la Municipalidad de San José equipó a los limpiabotas de sentaderas apropiadas: visión sui generis de dudosa perspectiva. ¿No cabría también vestir de uniforme a las p. respetuosas (no las de Jean Paul Sartre, sino las que deambulan cerca del Mercado Borbón)? En la misma lógica conviene dar alguna ropita a las niñas tan tiernas de piernas (“¡juventud divino tesoro!” como proclamaba Darío) cerca del Morazán, todo para completar la batistización de la capital. Pero el “ejemplo” bien pensante viene desde arriba. En esos aciagos días aludidos, el mismo Sr. Presidente, por eso de abrir su billetera cerca de la Plaza de Cultura sucumbió a la necesidad de subir en el ranking de su popularidad... pero no aumentó precisamente el culto a la producción (gracias, Sr. periodista, por ponerme en primera plana, pensó Don Miguel Ángel)

     Mucha tinta podría gastar a otro tipo de regalitis, en un sentido ligeramente diferente, pero en realidad muestra de una misma actitud de parasitismo: es la compraditis de lo que sea, en días de navidad: como decían los latinos: “do ut des”, aquí, compro para que tu me compres, lo que sea, algo inútil, de mala calidad y de peor gusto, pero cumplo con el “rito” social. Este ya no guarda nada del espíritu de los obsequios esmerados hechos, se supone, por los Reyes Magos. Es la manía comercial del amigo invisible (creo que estoy citando hasta una marca registrada de una cadena de tiendas). Claro, existe también una costumbre inveterada, un deporte nacional: ¡el roperazo!, eso sí cuidado guardo en ese armario un chunche horrible que me regaló la vecina esa, chismosa, pa’que no digan y se lo enchufo de nuevo, en otro papel con una cinta más bonita... al otro año. Todo eso desemboca en un frenesí que hace circular la plata (para eso se inventó), pero estila falsedad. Refleja consumismo socialmente fomentado por los medios y desemboca en lo que ya tenemos: la horrible equiparación, comentada, de ser=tener, acoplado ese binomio a otro, parecer=aparecer... El círculo vicioso es total, integral y perfecto, por lo menos para el bolsillo del comerciante. Pero con todo respeto para la estructura capitalista (siempre y cuando no sea equivalente nacional o internacional de salvajismo como tiende a ser), el hombre es algo más que producto vendible y comprable.

     Pero vuelvo a la regalitis en el otro sentido: aquel de esperar todo del otro, empezando por el próximo gobierno o el de turno... : los bonos de toda forma y pelambre. De una medida de compensación social han desembocado en una corrupción galopante y revelan una mentalidad malsana de esperar todo de “Godot” (no por nada Ionesco, en su genial título improvisó una palabreja que se parece a un “dios”, pero ya se sabe: en esa creación teatral, como en la vida: nadie llega a resolverle los problemas a uno: manos a la obra uno mismo, ¡pongámosle el hombro, digo, todo el cuerpo, con ganas a la superación personal, a cuidar el trabajo que uno tiene, por modesto que sea. ¡Tampoco esperemos chance... con la lotería, ni tiempo regalado con los tiempos. Todo eso es perdedera de plata e ilusión por raudales. Comentan por allí que el finado Carlos Manuel Castillo, en una de tantas campañas como candidato, ofreció trabajo para todos... y precisamente por eso perdió; la astucia de los demás que se creen presidenciables (unos 4.000.000 de ticos) es prometer bonos, de todo, de casa, de vacaciones, de triple aguinaldo, de ... ¡sí, también eso!

     De seguir esa práctica política, esa costumbre “cultural”, ese “gancho” comercial, se puede augurar una sociedad, tipo mendigos@com, por lo generalizado además de institucionalizado (¡mendigos del mundo, uníos!). El otro lado de la medalla es que se ha legitimado un bálsamo de conciencia. Yo pido, tu das. Parece muy cristiano, a primera vista, pero cuidado no vaya a provenir de otra herencia solapada: setecientos años de dominio islámico sobre españoles que después conquistaron América. El Islam establece la limosna obligatoria (zakat) como uno de sus principios básicos. Hipótesis a comprobar: ese zakat, en Costa Rica crece como el zacate. ¿Seremos fundamentalistas sin saberlo? Ojalá (y esa palabra es puritico árabe...) no sea cierto.

     ¿A qué voy? a que busquemos cada uno, en la construcción de un mundo-uno, el hábitat natural del cosmopolita, un trabajo honesto, desde la histórica esquina de Monumental a Taiwán, pero sin esa endémica lacra del parasitismo. "A trabajar se ha dicho!" y por qué no gratis, si es para una buena causa. Nada de depender de la buena (o mala) voluntad del otro.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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