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¿Más policía o más ciudadanía?
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 2, Noviembree del 2001

     Decíamos ayer: ciertas palabras, en uso universal, como “política”, “policía”, etc., nos vienen en herencia desde hace por lo menos 2300 años, concretamente desde la “globalización” de Alejandro Magno: la tesis desarrollada aquí es que, en aras de un cosmopolitismo bien entendido, conviene rescatar esa idea original de la “polis”, creada por los griegos y absorbida por los romanos, hasta ser producto de la civilización no solo occidental sino universal. Ahora bien, el título de esta crónica también contiene una trampita, ya veremos por qué.

     Desde siempre las personas se encuentran incorporadas socialmente en una unidad mayor a la suma de los componentes: llámese tribu o clan o país o nación. La idea de asociación que Alejandro Magno contribuyó a propagar es la polis de sus maestros, el ya lejano Perícles y Aristóteles, su mentor inmediato. Resultado es la impresionante riqueza léxica que existía en torno a esa idea. El derivado politès o ciudadano insiste en la solidaridad con el vecino; la politeia era el derecho y el deber de participar en el destino de esa comunidad, en un acto permanente. La idea de lo político, para los griegos equivalía entonces prácticamente a lo público, en contraste con lo personal, privado. La visión de mundo inherente a esas etiquetas dejó una huella increíble y resulta rescatable, utópica en el mejor sentido de la palabra: como realidad que todavía conviene empeñarse en alcanzar.

     A los veinticinco siglos todavía, en las principales lenguas occidentales ese ramillete de términos subsiste. En francés, inglés, alemán, español... fácilmente se encuentran términos relacionados con los que he mencionado, partiendo del griego clásico. En sí, constituye un argumento para demostrar una colosal “globalización” mental anterior a la última ola. Desgraciadamente ya no se siente lo político como vinculante en una colectividad. Entre otros por aquello de la democracia representativa, ahora con mayor razón con el reino de lo digital, la política delega en manos de profesionales y últimamente, la mayoría de las veces, conlleva una franca connotación de politiquería… con lo que del “animal político” de Aristóteles, en más de un caso, más allá de geografía, solo nos quedamos con el sustantivo...

     Curiosamente todas las lenguas apuntadas conservaron también una acepción segunda en el sentido represivo: la policía como encargada de la polis, pero de manera coercitiva. En inglés, cantidad de expresiones recuerdan la original idea de polis: desde lo politically correct (lo que corresponde, en beneficio de la comunidad) hasta el policy paper (con líneas de gobierno).

     Los romanos, como buenos conquistadores, a su vez se dejaron conquistar por ideas útiles: con la civitas, salvando distancias, incorporaron la polis griega al derecho romano. De nuevo eso provocó una lluvia de términos paralelos en diversas lenguas occidentales: en la de Cervantes, por ejemplo, todavía se utiliza la expresión de “carta de ciudadanía”, que (aparte de un documento legal), refiere a la integración con derechos y deberes en una comunidad. Muy noble, esa idea romana de la res publica, literalmente, la cosa pública, es decir, de todos nosotros. ¡Qué raro! ahora se entiende esa, casi despectivamente como “asunto de los demás”. ¿La república? algo para los políticos y si acaso también un periódico. Por lo demás, si te vi no me acuerdo….

     Después la idea de ciudad, ciudadano, civilismo y civilización (todo con la misma raíz) simplemente se pierde. Se retoma cada vez más el léxico (latino también) de “urbs”. Los usos modernos que derivan de aquel vocablo suelen referir a lo material del asunto, como en urbano, urbanismo y urbanizar, de la jerga de arquitectos e ingenieros, aunque también queda la idea original en aquello de “urbanidad” en el sentido de buenos modales, de respeto por los demás. Durante siglos la vieja idea de la con-vivencia en la civitas quedó en el aire, si acaso en los papeles.

     Conviene, ahora más que nunca, en Costa Rica, en el Medio Oriente, en Afganistán como en los suburbios de Chicago, construir en círculos concéntricos, desde lo íntimo hasta llegar al mundo. Al mismo tiempo urge retomar las lecciones de polis, de vivir juntos, sintiéndose responsables “todos a una”, como fue el grito en Fuenteovejuna. Hablando la lengua o la jerga que nos enseñaron o que nos conviene (¡viva la Torre de Babel!), tenemos que recuperar el concepto de un “idioma universal” en el sentido figurado de una serie de valores simplemente humanos, mejor: humanísticos, como la paz y solidaridad. “Política” y “civilización” constituyen entonces términos con un impresionante historial desde su cuna, los griegos, y desde el “mundo” como se entendía en la época del gran Alejandro. La importancia renovada de la sociedad civil, en teoría y en práctica, coincide con este postulado.

     En sinfonía con variantes, varios autores muy contemporáneos retoman la misma melodía. Conviene recuperarla, como en el concepto de patria-tierra o de “patriotismo planetario” planteado por Edgar Morin, francés de nacimiento, europeo convencido y ciudadano del mundo por vocación. Piénsese también en el “conciudadano” (calcado de “compatriota”), término en realidad bastante tautológico, si uno se fija en la etimología. En “Reforzar la ciudadanía”, Fernando Savater (La Nación, Costa Rica, 11 de abril 2000), refuerza la misma tesis al postular la siguiente definición: “entiendo por ciudadano el miembro consciente y activo de una sociedad democrática: aquel que conoce sus derechos individuales y sus deberes públicos, por lo que no (...) delega automáticamente todas las obligaciones que ésta impone en manos de los “especialistas en dirigir”. En el contexto norteamericano, tan influyente en Costa Rica, allí tenemos la “inteligencia emocional” de Goleman, donde también aborda el punto, desde el principio, al invocar al Estagirita y al terminar, con una llamada hacia “las artes de la democracia”. Cito aquí además el hermoso título de Hillary Rodham (“de Clinton”, como dirían por acá): “it takes a village” un libro suyo con ideas sobre educación, subrayando el papel no solo de la familia, sino de toda la comunidad, desde los vecinos del barrio, al cantón y a todo el “pueblo”, llámese Aguantafilo o Nueva York.

     En el discurso político, evidentemente recordemos (nosotros los casi ciudadanos de oro, a nuestro héroe) el Kennedy de “no pregunte lo que América puede hacer por ustedes, sino lo que ustedes pueden hacer por América”. Referencias a la ciudadanía, así, no solo de los derechos (entre otros el voto y después hasta luego como demasiado se estila entre otros por acá), los encontramos también en la toma de posesión del Presidente Bush, en enero de 2001, junto con un claro señalamiento de deberes: “las tareas más importantes en una democracia las hacen todos. Viviré y lideraré con base en estos principios, para fortalecer mis convicciones con civilidad (...) les pido buscar el bien común más allá de su comodidad, (...) les pido ser ciudadanos no espectadores. Ciudadanos, no súbditos. (...) Cuando falta el espíritu ciudadano no hay programa gubernamental que pueda reemplazarlo. Cuando está presente este espíritu, no hay mal que sobreviva.” Con todo y absoluto respeto por el gran pueblo norteamericano (que conozco de múltiples estadías placenteras; donde tengo un hermano de sangre y otros muchos de ideales), lástima grande que, a los meses apenas, esa idea del “mal” se entendió solo en “el otro”, de fuera, el que no piensa igual y las armas para destruir ese “pecado” (“the evil” tienen la doble connotación) sean lo militar. Un gran pueblo “still first” debe dar el ejemplo también de ciudadanía, en el sentido apuntado, a nivel mundial.

     Entendámonos: aquel lema comercial del “pensar globalmente y actuar localmente” lo puede hacer suyo también el cosmopolitismo. Nada justifica la idea de “village” en el sentido pobre, “aldeano” y chismoso del término, pero tampoco en el sentido del gamonal prepotente y armado del “aquí mando yo”. Si hubiera que recurrir a las armas -como cabe hacerlo, tristemente, no seamos ingenuos- que sea en el concierto civil y civilista de instituciones como las Naciones Unidas (que necesitan cirugía mayor, eso sí), como el Tribunal de la Haya, etc. Nada de impunidad; nada de volver a la tribu, menos a lo tribal, en versión high tech, como lo que vemos.

     Por eso, ahora retomo lo implícito desde el título: ¿necesitamos más policía? Planteada la pregunta sin contexto, de inmediato muchos se apurarían en contestar que sí: desgraciadamente la inseguridad cunde de nuevo por doquier. Algunos autores, como Berdiaev, Minc y Eco coinciden en señalar que este y varios otros signos (la pérdida de nacionalismo en función del regionalismo; el retorno a lo religioso fundamentalista, en el Este como en el Oeste), apuntan hacia lo que ellos llaman “una nueva Edad Media”. Ahora bien, si por policía se sugiere el aparato represivo hasta en lo militar, desgraciadamente se induce la necesidad de la protección, la defensa, en términos orwelianos actuales “homeland security”. Pero si se entiende “policía” a partir del contexto dado en este aporte sobre cosmopolitismo, como preocupación por la polis, la ciudad (que ahora es el mundo), éste término, de connotación negativa, retoma su sinonimia con el de ciudadanía. El título resultó entonces ambiguo, no con la intención de engañar, sino con la idea de subrayar finalmente la intrínseca tautología original entre sus componentes. Eso, sí, no más armas, sino más justicia eliminando las causas profundas de rencores y de ataques, es lo que el ciudadano-en-el-mundo requiere.

     El recorrido semántico hecho sobre el concepto de “polis” ahora a nivel “cosmo”, no fue exhaustivo, pero a la hora de la aldea global, confío que no habrá sido un simple ejercicio académico: por eso agradezco esta enseñanza en extensión, por la vía digital.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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