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La cultura del “maomeno”
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 1, Noviembree del 2001

     En línea con mi colaboración anterior, voy a ahondar en el papel de la misma lengua como detector e instaurador de una visión de mundo: es que, aparte de tanto virus de todo pelaje que corroe nuestros discos duros, aparecen de repente, en el plano individual como en la colectividad, expresiones que oxidan nuestra materia gris. Esta vez abordaré el omnipresente “más o menos” que está contagiando a todo el mundo, entre los estudiantes a un promedio de un uso por minuto… Después de examinar esa dolencia por medio de una especie de TAC, ya no radiográfico sino lingüístico, para examinar su gravedad y sus facetas, ampliaré el rayo del examen clínico hacia otras modalidades, ya no verbales, siempre con la misma patología. Un estudio causal revelará múltiples ingredientes, de manera que, en paralelo, para irradicar el cáncer se necesitará o el Arcángel Miguel o también un enfoque múltiple. Finalmente, en crónica anunciada, confirmaré que, desde luego, ese tipo de “clic” verbal y postura mental no convienen si uno se toma el cosmopolitismo en serio.

     La lengua es el origen de la civilización y esta se expresa y es conservada en cada una de ellas. No pretendo aquí dar clase, ni teórica ni exhaustiva sobre la materia, pero para confirmar las pistas dadas en mi comentario sobre la anterior “polada”, sintetizo aquí lo que, por ejemplo, Heinz Schulte ha demostrado a través de numerosos ensayos: la relación intrínseca entre una lengua determinada y una sociedad específica, de manera tal que es posible relacionar un campo con otro y corroborar un aspecto mediante el otro. Eso mismo hicimos ya con la “tratitis” que prevalece, mostrando cómo crecen (cual mala hierba) diversas expresiones con un común denominador: un propósito, pero nada más. ¿Un florido botón? Me suena todavía en la oreja la observación de un colega en el sentido en que “estamos tratando de intentar...”. Uno decodifica simplemente o que no se ha hecho nada o que toda queda de momento en puras elucubraciones, nada palpable. Demorar y buscar es perfectamente humano, igual que cometer errores. Por eso, no preocupa mayormente si ese recurso se utiliza una vez, pero ya a la tercera considera al individuo en cuestión como un perfecto irresponsable. Lo mismo en el plano colectivo, porque esas muletillas, como la gripe, andan en el aire: Schulte, que es (¿era?) alemán aterrizado en Santiago de Chile, de paso por Costa Rica, de seguro traspasaría su campo profesional de filólogo, para lanzar la hipótesis de gente inconstante e incumplido, refugiándose en el shampoo idiomático.

     Pero, ¡juzgue usted!, nos invade ese monstruo de cien cabezas: es el “más o menos”, a cada rato, como una plaga. Se sirve como tal o en versiones variopintas. “Más que todo, lo que quiere decir el autor es…”, o “algo así”, “para tener una idea”. “Yo les voy a hablar un poco sobre…” Dentro de la misma vaguedad prolifera también aquel “bastante” que no expresa nada, además la consabida expresión “y todo eso”.. Como hasta en la escasez léxica tiene que haber variedad, porque en ella está el gusto, se disemina también por doquier el “básicamente” en vez del “aproximadamente” (que nadie utiliza, curioso). “El margen de error es de más o menos cinco por ciento ...” señala un culto, con tono científico, ignorando por lo visto que la simple palabreja “margen” implica ya esa idea del bendito “más o menos”. Total, cantidad de relleno, no en las calles, sino en nuestras mentes. Conforman una impresión de “intercambio” donde abunda la paja (en todos los sentidos) frente al grano. Esta inflación en el hablar pasó del aula a los medios (¿o fue al revés?), como en aquella pregunta -auténtica y en vivos colores- al titular de Hacienda: “Sr. Ministro, ¿podría explicar más o menos de qué se trata?”

     En todas partes cuecen habas y el reduccionismo en el habla es natural. Pero ahora, a la pregunta ¿cómo le va? Le suelen contestar con un “maso”. Claro, también puede ser un buen escondite frente al qué dirán y tanta preguntadera chismosa. ¿Quizá la patología del más o menos se generó por el creciente monopolio de cierto supermercado donde le venden más (¿qué cosa?) por menos (¿qué cosa?)? Por parte del emisor, allí está la confesión abierta de “qué pereza, ¿pa´qué voy a esforzarme en buscar términos precisos?, de por si ya sabe de qué estoy hablando”; y por parte del receptor, equivale a una captatio benevolentiae.. “suave, maje, hábleme en sencillo y si hace falta me lo repite, porfa, un toque, a ver si diay, o sea entiendo maso…”

     Mac Luhan pronosticó para la aldea global que el mensaje se transformaría en masaje. En la versión tica de esta apocalíptica profecía, por influencia del medio, donde todos deberíamos estar amasando la masa, nos amasamos el cerebro (el coco, dirán en otro registro), pensando que nos estamos comunicando. Con la cultura del “maso” consumimos palabras, pero no informamos nada. Cuidado, que también la mediocridad en la expresión resulta altamente contagiosa.

     Vuelvo a lo individual: nadie está sugiriendo siquiera que por decreto “queda prohibida la expresión “más o menos” bajo pena de ....” No raras veces, es prudente; en más de una ocasión la imprecisión y el cálculo convienen. Por favor, tampoco se trata de oponerse, ni mucho menos, a la existencia de muletillas; hacen falta en el hablar suelto y forman parte del arsenal de la comunicación fática. (Por cierto, podría caer en aquello de explicar “más o menos” el término, para que “más o menos” me entienden...). Tampoco puede uno ignorar que el menor esfuerzo constituye una ley universal de la lingüística evolutiva. Por último, nadie ignora que la lengua, por definición, nunca podrá expresar exactamente nuestros pensamientos o traducir nuestros actos. PERO el asunto es la exageración indiscriminada. ¿O nos volvemos todos chusma amorfa, sin columna vertebral, renunciando a humanizar el mundo?

     ¿Y qué pasa cuando el maso se masifica? El acabóse. La cultura del maomeno. Si en otras latitudes han inventado el WWW, aquí hace rato estrenamos la perspectiva al revés, el MMM (masaje mental del “maso”). Repito: sin determinismo absoluto, se puede afirmar que la manera de hablar refleja el ser y al revés. Total que en Costa Rica prevalecen el mazo y el maso (sic). Tanta repetición individual del “maso” refleja en el fondo una cultura del “maso” o del “maomeno”. Pobre Figueres (padre): vivimos bajo un nuevo mazo. No me refiero al martillo pesado (felizmente sin hoz) de lo militar, sino parecido en su efecto: el mazo pesado que aplasta la crítica y la autocrítica, para sustituirlas por el estereotipo y las generalidades. Al inclinar definitivamente la balanza entre maestros y soldados, hace medio siglo, don Pepe supo utilizar muy bien la teatralidad inherente a lo político, aquel día en que mandó socavar ligeramente el muro aquel que recibiría el histórico mazazo con el que se aboliría el ejercito. Años más tarde y lúcido como pocos, el caudillo entrevió que a su gente (de por sí ya domesticada hasta confundir pacifismo con lo pasivo) la avasallaría más la educación de nuestro ejercito de maestros y maestras. También pronosticó el acabóse con un recurso tan poderoso como la televisión, en manos de intereses particulares. Todo terminaría por confirmar -y conformar- cierta modorra ambiental. Dicen las malas lenguas que en aquí no hace falta la tropa, porque ya tenemos los medios de comunicación… (y claro que hay que preferir ésta a la bota militar…).

     La televisión desde luego es la que se impone, no la academia, menos la de la lengua. ¿La educación es parte de la solución? No, tampoco en este caso, al contrario. El Chavo ya llegó a la universidad. A fin de año académico, las exposiciones orales de los alumnos suelen estar plagadas de “masomanía”: “más que todo (o a veces más que nada), el autor lo quiere desarrollar es…” o “la idea más o menos es...”, “podríamos decir, no sé, ¿me entendés?” Ya por dejadez y desidia del mismo profesorado, se escribe con el mismo estilo (o la falta de ello). La ortografía, la puntuación, la redacción por párrafos, ¡carajadas! Para qué perder tiempo con eso, si de por sí, “osea, me explico más o menos?”

     El círculo es completo y el frío está en la cobija de TODO el tejido social, en la misma cultura, casi en la genética: el mal está extendido y a como se empeña con este docente o aquel alumno, se observa en todo lugar, a cualquier hora. En el reino del maso, aquel funcionario trabaja un par de horillas por allí, llegando “a la hora tica” (para que no digan que falta el auto-análisis) y jalando a la hora inglesa, poco menos. Y cuando de manejar se trata, …bueno “quitesen que aquí voy yo”, me pongo más o menos en el carril, entendiéndose que esa franja a la derecha de la carretera es otro, un poco estrecho para adelantar, pero diay…; eso de línea amarilla, simple o doble, es más o menos como esas rayas que en mi pueblo manda pintar el cura para la semana santa. En el parqueo, no importan las líneas delimitando espacios, no pero doncito, no se me enoje, si hay campo para todos, ya me le quito, faltaba más. Es que, como en mi pueblo, también el bus, como el camión de antes, se paraba en media calle, oiga no, yo no soy de Heredia.... Bueno, y eso que no hemos levantado el velo sobre el masomenos en la fidelidad (con matices hasta de género), sobre tanto trabajo acabado igual (en carrera, para salir del apuro), sobre tanta respuesta evasiva (“si, no, profesor, es que ...).

     Hemos comprobado una invasión maometística (¡por Mahomet, ahorita me acusan de propagar el Islam!). Por favor, “a medias, nada, ni las medias” como proclamaba la abuelita, a lo que ahora, cabe añadir quizá el medio ambiente (¡cuidémoslo entero!). Ahora viene, de nuevo, la pregunta para el premio mayor: ¿qué tiene que ver todo eso con el cosmopolitismo? Primero que esas “poladas” expresivas y conductuales no implican precisamente refinamiento educativo, condición imprescindible para alguien que aspira a llamarse cosmopolita. Segundo que esa apertura al mundo-uno, por lo humanístico, nada tiene que ver con el igualitarismo de la coca-colonización que nos invade. Como si hablo más pior que el otro, de por si todo el mundo me entiende y me voy a sentir más mejor...., “osea, más o menos igual que el otro...”. Nada de eso, tampoco es más democrático el país porque todos vestimos y comportamos “más o menos” igual. El cosmopolitismo no es el reino del pachuco universal, sino sobre la base del reconocimiento de la misma condición humana, de un palestino como de un israelí, de un varón como de una mujer, activar las diferencias, que son los matices, es decir, lo esencial. Que Dios nos coja (más o menos) confesados.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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