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La "nueva ciudad"
Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com
Quincena 2, Octubre del 2001

     Para construir lo nuevo es prudente recurrir a las bases, en lo lingüístico lo mismo que en la construcción de la paz. La metrópoli tan dolorosamente golpeada el 11 de setiembre del 2001, debe su nombre al puerto inglés de York, importante desde tiempo de los romanos. Ya en el contexto americano, la nueva ciudad de York (en inglés obviamente: New York), después de una reducida colonización holandesa, precisamente en torno a la isla de Manhattan, recibió su nombre definitivo en 1660. Es en sí un crisol de culturas y alberga entre otros las Naciones Unidas. ¿Quién no conoce la canción de Frank Sinatra, himno a esa "ciudad que nunca duerme"? Eso, ahora se volvió la puritica verdad, pero de insomnio y de angustia. Correcto, quien pretende vivir sin un mínimo de incertidumbre, simplemente no crece; pero después del espantoso derrumbe de las torres gemelas y la psicosis del carbunco (nuevamente fuerza es hablar en inglés para que nos entendamos: el "ántrax"), en vez de un sueño reparador, resulta una pesadilla. Por cierto, aparte de esos dos polos informativos, pareciera que -por lo menos según la CNN- no pasa nada en el resto del mundo.

     En función del cosmopolitismo, aquí deseo plasmar con carácter de urgencia -"breaking news" le llaman los del norte- unos cuantos párrafos en torno a esta ciudad-mártir del pasado reciente, eso sí, como ciudad-símbolo para el futuro. Desde este púlpito digital proclamo la necesidad de diseñarla, entre todos, a escala mundial (etimológicamente: "cosmopolitismo"). Hagamos un esfuerzo conceptual, aunque sea de soñar, con esa "polis", como convivencia a nivel planetario. Primero, desde luego, con un pesar muy sincero, aquí va una com-pasión (es decir, también según las raíces de la palabra una pasión con...). Así como un acongojado John Kennedy proclamó su solidaridad con los habitantes de Berlín, golpeados con ese muro de ignominia, al asegurar que él se sentía habitante de allí, gritemos al unísono que nosotros también nos sentimos neoyorquinos. Esta columna es un grito de asombro y por la paz.

     Una vez presentadas, sinceramente, estas condolencias, entre nosotros los intelectuales, más allá de las fotos espectaculares (ver el "Time, Special Issue" del 24 de setiembre), debe surgir la interrogación, abstracta. Detrás de tanta imagen, ¿qué significa este magnicidio (y mega-suicidio)? y sobre todo, para dónde vas, mundo. Es la pregunta que ya los latinos formulaban: quo vadis? Me limitaré aquí desde luego, no a predicar certezas (porque seguimos esperando las pruebas de que aquello lo tramó Osama bin Laden), aunque no cabe duda que su causa se beneficia con ese golpe. Una cosa queda clara ya: esta guerra no se pelea entre las estrellas (otra vez en inglés, lo casi cinematográfico de los "Star Wars"); el enemigo está en el planeta tierra: por dentro y por fuera de los Estados Unidos. No olvidemos lo primero (los enemigos internos): sus partidarios eran el profeta ese de las "Puertas del cielo", después aquel ingeniero vuelto loco, y, hace poco, Timothy Mc Veigh. Respecto de los segundos, los oponentes fuera de Estados Unidos, sus agentes son la asimetría absoluta de la cacareada globalización homogenizante, la miseria espantosa entre pueblos enteros, entre los cuales pulula la más execrable ostentación de muy pocos. Es la injusticia histórica de unos pueblos nada predestinados a la miseria (porque algunos tienen hasta petróleo), sino echados a ella por intereses creados; entre las causas también hay errores de bulto: crear un Estado de Israel, olvidando que allí ya moraban otros..

     Por favor, intelectuales, educadores, científicos, hombres de buena voluntad en todo el orbe: ¡uníos! Construyamos una ciudadanía universal (con un calco del francés: una con-ciudadanía) de nuevo cuño. No me refiero a esos signos externos usados y abusados, como las banderas (¡qué negociazo de "stars and stripes", después del fatídico 11 de setiembre), de himnos y de pasaportes. Tampoco interesa si las Naciones Unidas agilizarán la entrega de un documento de esos, como para cierta clase de refugiados. ¡No! Me refiero a una actitud, un sentimiento, un estado de ánimo: todas esas cosas que muy mal se dejan filmar porque se llevan adentro; no son "fotogénicas" ni espectaculares, ni siquiera dignas de un par de imágenes...

     Que me perdone don Oscar Arias, si me apropio de su lema de campaña (y no me lo interpreten como una adhesión): "la paz construye", o lo mismo en términos del gran José Martí (sobre el que, por fuerza habrá que volver): "trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras" (ver su ensayo Nuestra América, de 1891). ¿Cómo?, ¿los poetas y los intelectuales (una clase más etérea que otra, adivine cuál) pueden contribuir a la paz mundial? Sí, señor, por lo menos respecto de la segunda categoría, aquí (y en La Nación del lunes 8 de octubre) va mi aporte; respecto de los poetas, siempre quedará la duda sobre quién ganó la batalla de la paz, contra Somoza y por América Central, si los aportes beligerantes de los sandinistas, los esfuerzos políticos de la Unión Europea, de Carter y de Carazo o también otro poco la guitarra de los Mejía y los versos de cierto poeta turrialbeño, de nombre Jorge Debravo recitados por el después Premio Nóbel, Oscar Arias, en Naciones Unidas, allá en Nueva York (¡qué bonito lucían esas torres gemelas, entonces, en la "skyline" de la ciudad que dormía, mal que mal, un poco todavía, entonces!).

     Fue por cierto en Nueva York también, pero en 1915, cuando Rubén Darío, ya muy enfermo y engañado por mequetrefes mercantiles (la paz es un buen business, para algunos) se dio a la tarea de poetizar, en función de la Pax (así, en latín universal), una perenne oda contra la guerra:

Matribus detestata. Madre negra

A quien el ronco ruido alegra

De los leones; Palas,

Odiosa a las dulces mejillas

Puesto que de las flechas y las balas,

Abominada seas

Por los corrientes siglos y fugaces edades...

     ¡Por cierto, si uno lee con atención ese monumental panegírico a un mundo mejor, descubre también una referencia a la Torre de Babel, cuya versión nueva eran las famosas "twins" neoyorquinas! Por eso, en espíritu constructivo de la paz, en vez de dar una respuesta, tipo receta a memorizar, en público me hago aquí las siguientes dos preguntas. La primera: ¿desde mi posición de educador, cómo contribuyo yo a una ciudadanía de una "Nueva Ciudad" (si todavía me siguen con el símbolo planteado)? La segunda: ¿cómo es eso, que valores supuestamente religiosos y humanísticos fomentan el odio e incomprensión, todo lo contrario del pacifismo universal que subyace al cosmopolitismo?

     Paso al papel de la educación: esta ya no puede ser la misma después del 11 de setiembre del 2001. A mi, el que más me impacta es Mohamed Atta, el segundo piloto en encrustarse en las torres. De familia acomodada, arquitecto formado en Egipto, con postgrado en Hamburgo, políglota (árabe, inglés, alemán), con alta formación religiosa. Un hombre muy preparado. ¿Cómo es posible, primero que haya redactado un testamento (ver El País, el 4 de octubre del 2001) donde solicita alejar mujeres de su cadáver, lavarle los testículos y envolverlo en sábanas especiales? Segundo, si bien igual los kamikaze japoneses, en Pearl Harbor, visualizaron que nosotros en Occidente no tenemos el mismo concepto que ellos respecto de patriotismo, lealtad al emperador y sentido de vida y muerte, entendiendo todo eso, la diferencia aquí estuvo en que Atta arrastró consigo en la muerte a tal cantidad de inocentes pasajeros civiles. ¿Entonces para qué enseñar? ¿Cómo educar a mi nieta?

     La astucia malévola de esos fundamentalistas fue la de utilizar la misma tecnología, el mismo progreso en comunicación e información, la misma educación de sus profesores, en contra de ellos. Este momento, para los norteamericanos significa el fin de su creencia en la inmunidad y, al contrario, les tiene que incitar a pensar. Tantas veces ya, alumnos de ellos se volvieron en su contra (el "backlash" de Noriega, Montecinos, bin Laden etc....). Recuerdo dolorosamente las imágenes de la "tormenta del desierto". Pocos en Occidente recuerdan que detrás de esta pirotecnia guerrera hubo 130.000 civiles y todavía centenares siguen muriendo, por las secuelas. Los misiles asesinos se llamaban "patriot", como si el dolor tuviera patria. ¡Es universal! La vida humana tiene el mismo peso, a nivel planetario, donde sea. Desde la perspectiva de los "alumnos" esos, significa simplemente el fin de la ingenuidad, bastante socrática, de saber para ser virtuoso, de una vez. Señores talibanes, basta ya de pedagogía sanguinaria (la expresión es de Savater): esos términos son contradictorios entre sí. Pero también, señores del conglomerado industrial-bélico: piensen que igual existe algo que se llama terrorismo de estado, con ribetes económicos y ecológicos. ¡Ustedes que predican el valor de la educación tampoco tienen las manos limpias!

     Sigo con el papel de la religión: la mayoría de los grandes crímenes contra la humanidad utilizaron un dios como bandera. Somos muy sensibles a los abusos del "otro", en nombre de la religión, pero por esta lado de la barrera pareciera que igual prevalece una religión de estado, desde su mención en verdes billetes de banco (más vale confiar, trust, en otros valores que esos), la invocación constante de que Dios los bendecirá (por favor, Dios, bless the whole world), se recurre a citas bíblicas ("se está conmigo o contra mí") y constantemente se juega sobre "el mal" como diabólico (the Evil con connotación de pecado). ¿Lo que para nosotros es religiosidad, visto en la vereda de en frente es fanatismo?

     En definitiva, los autores citados defienden un cosmopolitismo humanista, plural, pacifista. En el presente ejercicio constructivo me adhiero además a la reflexión de Jacques Attali : "históricamente, cada vez que triunfa un imperio se encuentra prácticamente solo frente a los asuntos mundiales, focaliza contra sí todos los odios (...). Hay que ser solidario con los Estados Unidos, pero al mismo tiempo conviene empujarlos a poner en práctica sus propios valores." De verdad, "nos duele Nueva York", pero contribuyamos también a esa "ciudadanía nueva", universal, de todos los habitantes del planeta, sobre base de tolerancia, con justicia que es sinónimo de paz. ¿O es que simplemente nos tocó vivir, más allá de un simple internacionalismo de conveniencia, la globalización de la imagen, a todo color, pero sobre dicotomías simplificadas, en puro blanco y negro? Veamos más allá, al igual por cierto que Romain Rolland, Premio Nóbel de la Paz, precisamente por su trabajo "Más allá de banderío", de 1915 (¿prever re-edición para el 2015?). Lo cierto es que el cosmopolitismo, el de verdad, es un humanismo, un pacifismo, profundo.

 
 
 
 
 
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Credenciales del Autor:
 

Víctor Valembois

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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