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Cosmopolitismo: ¿nudo gordiano permanente?
Víctor Valembois
valembois@tiquicia.com
Quincena 1, Setiembre del
2001
Es hora de definir conceptos, para lo cual, a modo de antecedentes y bases,
(Remember: "the past is only the prologue"). En busca entonces del significado profundo de un término, no basta, por lo general recurrir a una simple definición, supuestamente idéntica o por lo menos paralela a la realidad, en el diccionario. Esa visión ingenua de la lengua como un directorio, un montón de nombres en simple orden (o desorden, como quieran verlo) alfabético, ha llevado a grandes trampitas para los traductores y para la correcta comprensión de valores esenciales. Por ejemplo, ¿es válida la traducción del griego "paidea" como "humanismo"? Para evitar una ingenua aproximación cosmética al cosmopolitismo, conviene entonces escarbar un poquito más profundo que lo que hacen los pollitos...
El primer gran movimiento de índole realmente "cosmopolita" se ubica unos trescientos años antes de Cristo. Resultó del confluir de dos poderosos factores: el ideológico, en la figura de Aristóteles (384-322 antes de Cristo) y el militar en la personalidad de Alejandro Magno o "el Grande" (356-323 de la misma época). Los dos eran del mismo pueblo,... pero no eran precisamente aldeanos: diferencia esencial que quisiera subrayar aquí. El primero nació en Stagira, en la actual Macedonia (parte de la que fue Yugoslavia hasta hace poco) y de allí que se conoce también como "el Estagirita", como quien dice, el de Alajuela... (el pueblo alejado); el segundo, nació en Pella, la antigua capital de esa misma región. Ahora bien, por idioma entonces, como también por ser ambos hijos de buena familia, el primero, médico de la familia real y el segundo, nada menos que heredero del trono, se entendían naturalmente.
Aristóteles fue nombrado tutor del joven Alejandro y deben haber dado más de un paseíto juntos, porque su método consistía en... pasear. En efecto, eso es lo que significa lo "peripatético", la caminata-conversada que aplicaba el astuto profesor con su prometedor discípulo. Temas en el currículo de esa universidad privada: retórica (el arte de hablar), literatura (las letras, aunque estuvieran sin escribir...), la ciencia (entre otros la medicina de papá) y sobre todo eso, naturalmente, la filosofía, entendida entonces como la super-materia que coronaba todo. ¿Sinónimo de ese redondear? Ahora diríamos englobar (como en un globo); en el siglo XVIII señalaban la "enciclopedia" (la educación en un círculo completo). Habrá que volver sobre eso.
Nos decimos del Siglo XXI, pero resulta imposible ignorar que, en gran escala, todavía somos hijos mentales de Aristóteles: en nuestro disco duro mental, llevamos mucho todavía, y a buena hora, del casete sobre el que ese teacher sin igual tenía la patente. Con muchos entuertos, que se fueron enderezando a través de los siglos, nadie, en ninguna parte civilizada, puede negar el sello inmenso que dejó el estagirita. Con cambios, a veces livianos, otras, fundamentales, por encima de la Edad Media y el Renacimiento, más allá de idiomas y culturas, en todo el mundo occidental y por ende en gran parte en todo el globo (aunque "occidente" y "universal" no son sinónimos), seguimos manejando valores y conceptos sobre el hombre y su entorno, creados por él.
Pero, se me está olvidando el discípulo: no aportó mayor cosa en el plano de las ideas y estructuras, pero sí, divulgó ampliamente las enseñanzas del "profe". El internet de entonces no era precisamente digital, suave y casero: las ideas se defendían y se divulgaban, a capa y a espada, literalmente muchas veces, a base de dura conquista territorial. Pero es absurdo ponernos a juzgar el pasado, como bueno o malo, justo o injusto, con base en el credo y la sensibilidad del ahora. Propugno aquí simplemente aprovecharse del pasado, en lo que mantiene de válido, entre otros esa herencia del cosmopolitismo. El hecho es que el famoso Alejandro, hijo de tigre, salió excelente militar. En pocos años (murió a los 33, como Cristo...) conquistó prácticamente todo el mundo conocido de entonces, que era aquel que Aristóteles le había contado y que éste conocía, en parte por estudios, pero también por tener vínculos en Asia Menor. Lo cierto es que, a caballo y a fuerza de voluntad y estrategia, Alejandro no se robó el apodo.
Sí, era "Magno" como se acostumbre apodarse en castellano. Construyó un imperio desde la Macedonia de papá, para el norte, llegando hasta el Danubio en la Austria actual; después hacia el sur: Grecia, incorporando su lengua y cultura. De allí siguió más hacia el sur, con Egipto, hacia el oeste (gran parte de la cuenca del Mediterráneo) y hacia el este: Babilonia y el imperio persa. En tres años conquistó además tierras hasta el Mar Caspio, en lo que conocemos como Afganistán, Turkistán, es decir el Asia Central. Con miras a tener bajo su puño el antiguo imperio persa llegó incluso hasta el borde de la India, pero sus soldados no quisieron seguirlo más allá: vale la pena recordarlo: entonces la gente no creía que el mundo era un globo, sino un disco y que, llegado al borde, uno podía caerse del platillo...
Es aquí donde el discípulo aventaja al maestro: Alejandro sacó de Aristóteles la idea de una sola comunidad humana. La llevó a la práctica por su administración imperial. Acarició el grandioso plan de unir el Este y el Oeste en un gobierno mundial, una nueva "iluminada fraternidad mundial de todos los hombres" (cito por la enciclopedia Encarta). Para lograr esta meta, a falta de armas ideológicas tipo CNN etc., las armas de verdad favorecían la divulgación de las ideas: ejercitó a miles de jóvenes persas en tácticas de Macedonia. Adoptó él mismo una serie de modales de Persia y transformó Babilonia en su capital, eso sí dando en todas partes énfasis a la lengua y la cultura de su viejo profesor. Otro recurso de esa época era la creación de ciudades. Conocemos quizá la más famosa: Alejandría, impresionante entre otros por su faro (de allí el vocablo, en varios idiomas) y por su biblioteca (otro término, ahora universal, de esa época). El primero, sobre la isla de "Faros", se consideraba una de las maravillas del mundo; pero para mí que el medio millón de volúmenes que contenía la ciudad resulta un portento mayor: allí se guardó el pensamiento de Aristóteles, hasta que, vía el árabe, volvió a Occidente con Tomás de Aquino. Entonces y allí, en esa "polis" anterior a Cristo se asistió a un verdadero crisol de culturas, rasgo esencial del cosmopolitismo.
Dos anécdotas todavía en cuanto a Alejandro, relevantes en el contexto que nos ocupa. La primera es su encuentro con Diógenes: este último (representante de una teoría filosófica sobre la que tendremos que volver), era un filósofo un tanto excéntrico: vivía poco menos que en harapos y en un tonel. Con motivo de un famoso encuentro, el gran Alejandro, le preguntó en qué le podía ayudar, a lo cual el primero simplemente le pidió "no se me ponga delante del sol". Saco a relucir este episodio histórico porque el cosmopolita que se pretendía el emperador, impresionado por el dominio de sí mismo y de la modestia de su interlocutor, exclamó: "si yo no hubiera sido Alejandro, habría sido Diógenes": en otras palabras, las circunstancias lo moldean a uno. Nos toca ahora inspirarnos tanto de la grandeza del uno como del otro, en dimensiones diferentes, en ambos casos, de riqueza interior, vía la educación, nada material ni territorial. El otro cuento es que pasando por Frigia, por donde ahora pondríamos Siria, el conquistador se encontró con un nudo -"gordiano", le decían por su creador-: un enredo de mecates extremamente complejo. Se contaba que quien lo podría deshacer tendría la llave de Asia: ni lerdo ni perezoso, Alejandro le dio un hachazo con su espada. El cosmopolita ha de ser decidido y, lejos de darse por vencido frente a cualquier dificultad, en la búsqueda de su ideal, tiene que ver más allá de reparos y obstáculos momentáneos.
Por encima de esas historias (que no por muy contadas algo guardan de historietas), me interesa subrayar, por un lado, la dimensión "mundial" de ese imperio "alejandrino": en lo material contemplaba la parte "conocida" (aunque sea de oídas) del mundo. Es la bisagra eurasiática: en realidad, los términos "Europa" y "Asia" esconden una sola masa geográfica y el vocablo "Europa", fuera de la diosa mitológica griega, quizá es de origen fenicio: la tierra del anochecer, "occidente". El "mundo" era esa masa continental alrededor del Mar Mediterráneo, hasta lo que ahora llamamos el "Medio Oriente" y Asia Central, pero esa era también una realidad mental. Ese mundo implicaba una "visión de mundo" universal. El resto era "terra incognita" o "barbariae pars", como señalaban los mapas. Por otro lado, a ese universo había que conocerlo y ordenarlo: es la idea original, griega, del vocablo "cosmos". Este es el primer componente del término cosmopolita, un mundo ordenado, entre otros por nombrarlo, siendo el segundo la "polis", el concepto de organización de ciudad-estado que desde entonces debemos a los griegos ya que entre ellos nació una peculiar "democracia".
Ahora bien, no se podrá negar que con el tandem Aristóteles-Alejandro se puso en marcha, en esa lengua griega ahora "muerta", una realidad "cosmopolita". Se refleja por de pronto en el uso, todavía y aunque sea muy matizado, de esos últimos tres términos
(cosmos, polis y democracia) en cantidad de idiomas modernos. Habría que añadir otros, como los nombres y topónimos todavía actuales y universales de (H)elena, Alejandro (ahora con variantes en todas partes, masculinas y femeninas, hasta el "Sacho" ruso). Provienen de ese tronco, junto con toda la mitología y las figuras relevantes de la cultura griega empezando con Homero, pasando por Platón y Sócrates hasta, pongamos, Aristófanes. También ahora son patrimonio universal conceptos como "cinismo", "ostracismo", "comedia y tragedia", "catarsis", "lacónico", "areté" y otros más, visiones centrales de varias ciencias como "filosofía", "antropología" y "política". Y piénsese en la "paidea" del principio, con sus derivados de "pedagogía" en cualquier universidad que se respeta...
Señalaba Fenelon que "entre los griegos, todo dependía del pueblo y el pueblo dependía de la palabra". Eso todavía es grandemente válido, pese al impacto de tanta imagen. Todo un importantísimo bagaje verbal y mental nuestro proviene de una misma cuna muy local, muy de una época: el imperio de Alejandro Magno y la ideología aristotélica que le subyace fueron sus propulsores. Ahora forman parte del patrimonio conceptual, cultural, de toda la humanidad. Nadie actualmente, en búsqueda de lo cosmopolita renovado y reinterpretado, puede alejarse del sol de la sabiduría y todos tenemos que arreglárnoslo para romper nuestro moderno nudo gordiano: ¿cómo re-interpretar, en vivencias y términos contemporáneos, adaptados al lugar donde nos toca vivir, esa visión cosmopolita que tuvo su primera cúspide hace ya 2300 años? He allí la cuestión.
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