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"Como decíamos ayer", en la búsqueda pragmática de lo cosmopolita en la actualidad y en Costa Rica, tomamos como modelo a Arnoldo Mora. Eso fue en la crónica penúltima. La propuesta, era seguir en la confrontación de criterios y valores: ¡ahora va!. Más allá de barreras ideológicas, genéricas y otras, no es tan difícil encontrar nombres que calcen dentro del prototipo que propugno aquí: pienso en Oscar Arias, Carmen Naranjo, Rodolfo Cerdas,... Que los que no estén nombrados no se sienten excluidos, porque la idea es ser ilustrativo más que exhaustivo. Del último mencionado me interesó, por ejemplo en reciente crónica suya, el concepto de la mirada dilatada, porque por allí vamos. En todo caso, en el hilo de mi razonamiento, a esos felices pocos se les puede aplicar las características de lo cosmopolita que ya fui
deshilvanando.
Sigamos tejiendo. Procedamos primero por la vía negativa: el asunto no tiene nada que ver con raza, porque la misma idea esa es contraria al humanismo integral, más allá de colorcitos, que aquí se defiende. No me vengan aquí con ciertas asociaciones dizque progresistas a defender la "igualdad real" y la "discriminación positiva" porque solo mencioné a una dama, frente a dos varones. El asunto no anda por el lado de definiciones o preferencias sexuales; tampoco tiene que ver con otras odiosas discriminaciones. Puede y debe haber gente cosmopolita, aquí mismo en Costa Rica, zurda, inválida, de la "tercera edad" o cualquier categoría que se esconde detrás de cuanto eufemismo vayan a inventar para referirse a ellos. No me atrevo a dictaminar cuántas almas cosmopolitas podría haber en el medio, entre ticos e incorporados (los nicas, muchos ilegales, los residentes como uno, vengan de donde vengan, excepto de algún lugar extraterrestre). Y lo siento por el
bestseller ese, que proclama que los hombres vienen de Marte y las mujeres de Venus. Lo que interesa aquí es la condición humana como tal, del séptimo planeta. Pero para lo nuestro, tampoco basta haber nacido (para eso ni le piden permiso a uno). Todos empezamos como humanos en miniatura; varios, en puro darwinismo al revés, remontan fácilmente hacia ciertas bestias; la mayoría no pasa del montón; solo unos pocos se transforman en cosmopolitas.
No es tampoco cuestión de números ni de proporciones. Por cierto, las estadísticas no son mi instrumento predilecto para convencer. Señalaba mi profesor de matemática que son como los sostenes (esconden más que lo que muestran). Pero una miradita de este lado (digo: del lado de las estadísticas...) puede ser ilustrativa, de todos modos y la aplico en el tiempo. De la centuria pasada (sobre todo lo que los cultos llaman la "época finisecular"), no cuesta citar, al vuelo, media docena de cosmopolitas. Se me vienen inmediatamente a la mente Ricardo Jiménez Oreamuno y Pío Víquez, quizá porque hace poco disfruté la lectura del
Año del laberinto, de Tatiana Lobo, respecto de la antigua ciudad de San José. Para Heredia, nada cuesta, después de hojear que sea
La ciudad de los monos de Iván Molina, asociar la condición de cosmopolita con el "hidalgo" Roberto Brenes Mesén, personaje principal en ese drama de aldea. También hacen fila, educaditos como son, Omar Dengo y Joaquín García Monge, dignos sucesores del Maestro en la condición de directores de la Escuela Normal. Al igual que el Liceo de Costa Rica en la capital, este fue un semillero de ciudadanía nacional e universal. No me tilden de machista: siempre según las estadísticas, había entonces un porcentaje mucho menor de hembras en las bancas escolares,
ergo,... Al respecto, pienso también en Adela Acuña: esa mujer, especie de hija adoptiva de Manuel María Peralta en Bélgica y por tanto atenta a los movimientos tipo
suffragette, en Europa, desde luego también tenía los ojos abiertos al mundo y volvió a su tierra natal con las mismas pupilas dilatadas.
En el tránsito del siglo Costa Rica contaba con 300.000 almas. Con soltura se me ocurrió citar a media docena, con vocación cosmopolita. Si ahora hay por lo menos diez veces más población, hasta por lógica de lego matemático como soy, debería haber más gente cosmopolita. Se observa una curiosa y solo aparente contradicción. Veo detrás de ello un peligroso síntoma: no es porque los habitantes ahora son más alfabetizados y gozan de mayor educación, hasta con título (dudoso antecedente: ver la crónica pasada...) que necesariamente estén mejor preparados para las lides mundiales. Importa no confundir enseñanza y culturización. Todo el mundo, o casi, en este país de Dios, "lee, escribe y firma" (como rezaban las antiguas cédulas y, todavía, mi documento de residencia); pero eso es lo de menos. Es apenas una destreza manual; para el caso, lo cosmopolita más bien tiene que ver con lo cerebral, sin confundirse con el coeficiente de inteligencia...). Lo cual tampoco sugiere que esa actitud que defiendo implique desprecio por lo manual y terrestre: recuérdese, en lo literal y en lo figurado, el lema de Voltaire: "hay que cultivar su jardín" (habrá que volver sobre el caso de ese Señor, así, con mayúscula).
El problema radica entonces en el tipo de educación que se da. Basada todavía en el modelo de la Niña Pochita (una niña bien intencionadita, pero limitadita), se conforma con el estudio de la "cartilla histórica", de grata memoria como tal, pero tan nacionalista, con esas anteojeras como de los caballos de antes. Pobres, no podían ver para el lado, para evitar la distracción; pero a los seres humanos conviene dis-traerlos, en el sentido original del término: sacarlos de su modorra, la vista acostumbrada a lo de siempre. Justamente es vital confrontarlos con lo ajeno, empezando con el vecino (de barrio, de región y de país, en círculos concéntricos); cabe sacarlo literalmente de sus casillas... mentales. Acabo de hacer el análisis de la educación por el lado de la materia de historia, pero se aplica a muchas otras: desintoxiquemos de tanta memorización, fuera todavía de grandes cantidades (como en nuestra educación europea), pero es de cuatro docenas de hojas fotocopiadas, evaluadas para que todo el mundo pase y el docente se vuelve cómplice del adormecimiento chauvinista. No es entonces solamente asunto de educación, ni de grados y escalafones.
Pero veámoslo ahora por el lado amable. El cosmopolitismo implica un proceso cultural; la actitud es fundamental. Se trata de un espíritu de apertura, como los grandes, Bolívar, Martí y Carpentier que estudiamos brevemente, hace un tiempo, con la guía de Arnoldo Mora, en su libro y en su misma personalidad. Todos ellos guardaban los pies bien firmes sobre su respectiva tierra, pero los ojos los tenían en órbita mundial. Me refiero también a la costumbre de aprender en diacronía, de (nos-)otros, eso sí, con mente prospectiva: "el pasado es solo el prólogo" señala en letra de molde el edificio de Archivos, en Washington (sin ánimo proctológico, aquí transformaron parte de ese patrimonio en papel "para el baño"...). Dios mío, como a San Francisco, deme fortaleza,... pero a diferencia de él, para de todos modos mantener una actitud de cambiar mentalidades...
La actitud no es un título que se consigue (aguantándose un par de años en las bancas o aunque sea pagando). Es una virtud interior que no se puede colgar en un papel o diploma para la sala. Le queda a uno por toda la vida. Tiene que ver con una definición que me gusta repetir: "cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo". Entonces lo que permanece son los hábitos, la manera de ser, de ver y de actuar. Por eso, más allá de los honores y de las funciones, a manera de ir ampliando la lista de potenciales y reales cosmopolitas en el medio, se me ocurre señalar un ejemplo negativo y otro positivo:
Si me refiero a un presidente de esta república que, con cartón universitario y todo, conseguido afuera, se caracterizó por lo polo, quizá costará ubicarlo. Pero si menciono que se ganó "el bretecillo" (¡es que así habla él!) por ser hijo de papi, a puro "mae" y palmadita en la espalda de sus compatriotas, haciendo el payaso en bicicleta y hasta en paracaídas....y de vez en cuando mostrándose serio con una portátil delante de sí... ¿me entendés, Méndez? En cambio, tengo ante mí la imagen mental de otro mandatario local, también casualmente con alto grado universitario conseguido en "los Estados" (pero en una de las grandes y buenas universidades), hombre que (más allá de que simpaticemos con sus ideas), siempre habla, se viste y se comporta con corrección... ¡este, de seguro, tiene más atributos que el primero, para ser promovido (¿"meritis causa"?) como cosmopolita.
Es que, sin que yo sea necesariamente el mejor jurado para tales calificaciones, entre otros atributos, asocio un tanto ese comportamiento que busco definir aquí y que propugno como modelo vital, con aquella de un "caballero" (y me viene directamente a la mente el ex-Presidente Trejos) o el "gentleman" (yes
Sir, a la inglesa, como el citado don Oscar): es el equivalente del "hidalgo" al que me refería antes. Lamentablemente esos términos, por muy correctos en apreciación de un concepto y un estilo de vida, van connotados por cierto machismo en el lenguaje: ¿no será urgente y necesario que se perciba la caballerosidad también en ciertas damas?
Hasta aquí, el presente capítulo en esta telenovela teórica. Ya que estamos con esa categoría y en la defensa de las mujeres, a pesar del machista idioma: a como se verá que "Betty la fea" (el personaje, me refiero) es muy bonita por dentro (y hasta por fuera, si se arregla de otro modo), igual va el término que estoy armando aquí del cosmopolitismo: no es cosa de cosmética, externa, artificial y pasajera. Todo lo contrario, se trata de un rasgo interno, esencial y permanente. Al igual que no conviene confundir la gordura con la hinchazón, la
cosmetología y lo cosmopolita, tienen hasta el prefijo de origen común (el griego "cosmos"), pero en el primer caso se refiere a la pura apariencia; en el segundo, a nuestra condición vital de ciudadanos del mundo. Ya que estoy jugando con las palabras: antes de ser "cosmonautas" (es decir, que sepamos conducirnos dentro y fuera del cosmo), sepamos ser "cosmo-ticos": costarricenses (y residentes, ¿qué más da?), conscientes del terruño donde les tocó vivir, ¡eso sí! con la vista de águila, desde la altura y más allá de Valle intermontano llamado Meseta Central ... (pero a veces hasta éste lo reducimos a las cuatro cuadras entre la casa y la superpulpería, digo, el
mall...).
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