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Es un problema universal, porque detrás de un título existe el reconocimiento de una preparación, pero igualmente un ascenso social y una remuneración superior. Esconde todo un problema de semántica. En efecto, detrás de ese pedazo de cartulina existe una definición de un "campo", un "(pos-)grado", una "especialidad". Todo eso se formaliza en reconocimientos cuya etimología explica cierta capacidad: tengo "licencia" para tal profesión, soy un "maestro" o hasta docto(r) en ella. Esos términos se entrecruzan porque ciertas carreras ofrecen títulos académicos versus profesionales (con o sin tesis). En todas partes es una cuestión de delimitación, vale decir de frontera: ese sí sirve, el otro no. Por lo demás, resulta muy ingenuo pensar que el idioma está para aclarar los conceptos, primero porque lengua, pensamiento y visión de mundo van intrínsecamente juntos; segundo porque más bien el léxico también puede servir para encubrir... Así, pese a que para Estados Unidos y Venezuela por ejemplo, "traductor" e "interprete" se consideran jurídicamente sinónimos, conviene distinguir dos habilidades muy distintas. Luego está el reconocimiento de esas terminologías en otro idioma.
Pasando a lo de acá, perdón por presentar un caso personal, pero es de antología. Revela "falta de ignorancia", como solía señalar Cantinflas: mi licenciatura belga en "Filología románica" (el estudio de las lenguas que provienen de Roma, es decir el latín), aquí con curiosa generosidad se validó en la misma
Gaceta como de "filosofía romántica". Es cierto, me confieso más de una vez en las nubes platónicas... y agradezco que aquí por lo menos me hayan reconocido mis afanes sentimentales... Pero el problema es general. Como se evidenció en reciente concurso en la Universidad de Costa Rica, se complica al comprobar que, en realidad, aparte de las valoraciones académicas estipuladas en el plano internacional, intervienen elementos que van desde el amiguismo al grosero pago de favores, desde la teoría del pobrecito al reinado de simpatía. La "titulitis", vivida bajo el trópico tiene entonces sus bemoles y notas particulares, con clara mostración de polada... A ver si observamos más de cerca ese berenjenal...
Seguramente por falta títulos de nobleza…aquí inventamos otros blasones y clasificaciones. Repite que en todas partes cuecen habas, pero de los cuatro países donde por años me ha tocado vivir y ser docente, jamás había visto igual culto al título. Nuevamente, con la confrontación de culturas (santo remedio contra la "poladitis" a su vez, bálsamo de auténtico cosmopolitismo), se palpa la diferencia. Al llegar a este bendito país, en 1974, por suerte rápidamente se me asignó una oficinita. A los pocos días, una diligente secretaria pasó por cada uno de los "cubículos" y me preguntó si yo era doctor o licenciado... (seguro para la plaquitis en la puerta), a lo que contesté "me llamo Víctor". Esa práctica de la nomenclatura vive tanto en lo oral como en lo escrito.
Pero lo grotesco abusivo se denota sobre todo en esa curiosa veneración a ciertos papeles rectangulares, generalmente blancos, a su vez, puerta de entrada hacia otros papeles de la misma forma, pero más pequeños y verdes. Esos últimos, los dólares, no vale fotocopiarlos; ¡los otros, sí! Suelen llevar cuatro letras y varias firmas y se usan para empapelar cuanta oficina de servicios o consultorio profesional haya por allá. Hay cartulinas de esas de todo tipo (la de egresado, de bachiller, de...), como también certificados de asistencia a congresos (no sería raro comprobar que más de uno se fue allá nada más por la cañita al aire...). Lucen sellos y otros signos exteriores de prestigio. Con razón, por ejemplo en San Pedro, florece tanto negocio de marcos y molduras. Parte de su oficio está en esa prestidigitación visual. Por doquier prevalece una
diplomitis aguditis.
El asunto está haciendo crisis porque revela abiertas contradicciones: por un lado, en lo cuantitativo, campa la inflación de títulos por doquier. La Universidad de Costa Rica extiende 234 diferentes; otras tres universidades estatales y unas cincuenta (¿sin cuenta?) privadas entregan otro carretillo de esos "iguales de diferentes". Hasta se comprueba auténtica venta de "cartones" en garajes. (Por cierto, resulta peligrosa la dicotomía de ver detrás de las instituciones públicas, necesariamente, las buenas y al revés.) A esa inflación de "muestras de competencia", en realidad simple legitimación de roles
(remember: ser no es lo mismo que aparecer), se opone una real escasez de puestos, la rivalidad interna en el país y la globalización que amenaza con una buena barrida competitiva... Por otro lado, ya más en lo cualitativo, se agudiza la necesidad de destacar en el montón, frente a esa perniciosa polada cual es el igualitarismo (que merecerá una crónica en sí), en que se aplica la democracia del serrucho.
Es folklórico todo eso, porque también se vive lo contrario. Ejemplo: la costumbre de tratar al funcionario con su nombre de pila. ¿Está Alvaro? me pregunta un abusivo estudiante, refiriéndose a un licenciado con apellido, o a un don fulano, en elemental muestra de respeto y jerarquía por su profesor. Así pasa hasta con el señor Presidente. Con frecuencia hasta en el periódico más serio de acá, citado con el apellido, sin más: "Rodríguez señaló que..." o peor, aunque nace por la imposición del sano compañerismo en el kinder, con el nombre: "Miguel Ángel determinó que...". Contradictoriamente entonces, la sociedad contemporánea se caracteriza al mismo tiempo por una sobrevaloración de títulos y otras barreras, pero abusa al mismo tiempo por devaluar convenientes distancias protocolarias: todos nacemos igual, pero solo algunos llegan a profesores o dignatarios. Respetemos al Sr. Presidente por su investidura, tenga título o no... lo demás es pachuquismo de la peor calaña. Por eso, en las exposiciones universitarias, orales y escritas, prefiero que citen a las personas por su apellido y, fuera de la bibliografía, con su título. ¿Por qué esa manía "titulológica" de parte del suscrito? Lógicamente porque en ningún momento he insinuado que los títulos no valen; al contrario, en este caso sirven como argumento de autoridad.
Muy peligrosa, en cambio, esa mentalidad, verdadera ideología, de la "necesaria" promoción masiva. Citemos a l muy costarricense y muy cosmopolita Omar Dengo: "las universidades, cuando son universidades, no son populares; cuando son populares, no son universidades": lo "polo" es confundir lo popular del acceso (en términos financieros) con la exigencia y hasta excelencia (en términos académicos). Pero por parte de los estudiantes, como que basta haber estado sentado en las bancas durante algún tiempo. "¡Diay, profe!, tengo derecho". Han sido amaestrados -sí, tenía usted razón, don Pepe, domesticados- no para el "aprendizaje" que culmina en un título, sino para esta como escalera para la acumulación monetaria y la mostración del "éxito". Por eso tanto
show familiar en ropa, fotógrafo y hasta campo en el periódico en el momento de la graduación. Después viene el
status, incluyendo el tipo de carro, de barrio (y hasta de cónyuge..., muchas veces la mujer como otro mueble más). Tengo títulos, luego soy (pero detrás de ese ropaje de Ph.D, en realidad a veces se esconde un vulgar Hdp: ya ven, el orden de los factores puede alterar el producto). La norma y lo normal no son la superación individual ni el servicio en retribución.
Por eso, como callampas surgen las carreras light, cortas, rápidas que reconocen materias previo pago. Preferencia se da a los posgrados y, en medio del descontrol existente, el abaratamiento titular adquirió carácter endémico. Se sabe de una universidad privada donde el primer graduado fue el dueño: ahora luce una tarjeta con un "master".¡Síganme los buenos! Toda esa mercantilización va disfrazada dentro de un discurso de meritocracia, de progreso y de la educación como remedio absoluto a todos los males. ¿El requisito del trabajo final? Cuestión de quince días...: ya por doquier traficantes anuncian que "se hace tesis". ¡Algunas "investigaciones" argentinas, con módicas modificaciones y por una suma no tan módica, prueban que hasta eso está globalizado! Ya en esas, para mayor pleitesía al consumidor (recordar: "el cliente es rey"), ¿por qué no ofrecer de una vez que "se hacen títulos"? En este espíritu de servicio, se podría pensar, igual que las pizzerías y las ventas de pollo, en una entrega rápida, a domicilio. Del concepto de
fast food al de fast grade, es un brinco. Se puede engañar la mente y el estómago igual. El problema es complejo porque no habría vendedores si no hubiera compradores, y no hay trabajo de fin de año o de graduación sin título. Algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca.
La "polometría" florece en el campo de los títulos. Camino a Aserri se observa un gran letrero "Lic. San Rafael". ¡Suerte! Yo que ocupaba un profesional; compruebo que no se anuncia la presencia de un santo licenciado, ni un tinterillo casi refugiado en la montaña, harto de merodear cerca de los Tribunales de Justicia, sino una simple licorera... Otra muestra (pa´que no falte) del el mismo botón: en el medio, el currículo se suele redactar de manera ampulosa, para impresionar. Como si a mayor extensión y mejor empaste, superior también el individuo portador de tal legajo. ¿No es cierto que si es "master" el individuo en cuestión, seguro que tiene un título de bachiller y que pasó por la primaria y la secundaria? ¿Por qué en Estados Unidos y en Europa suelen exigir una presentación en unas dos páginas, ordenada según ciertos rubros y con una exposición desde la actualidad hacia atrás? En el plano nacional, la estrategia no parece de convencer, sino de vencer al otro,... con astucia o trampa (pero en el mundo abierto, cosmopolita que nos espera, nos guste o no, el primer engañado es el interesado).
En resumen, aprender debería vivirse ( y así es, para muchos, a cualquier edad) como disfrute, de profesor y alumno, en ósmosis, en creación y búsqueda conjunta. No todo el mundo "tiene que" ir a la universidad, menos como requisito de MMC ("mientras me case") y lógicamente ha de ser relativamente fácil "entrar" pero difícil "salir", lo primero en términos socio-económicos, lo segundo por exigencia académica. El título no lo es todo, sino la actitud y el desempeño que suponen detrás: por eso propongo un auténtico examen de grado, ojalá en un tribunal, tanto oral como escrito. Jovellanos, iluminado español y por eso también hombre universal, resumió de este modo su filosofía: 'la posteridad no me juzgará por mis títulos, sino por mis obras'. (El polo se quedará sin lo uno y sin lo otro).
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