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En esta columna, cada mes vuelve el péndulo hacia lo serio, lo pausado, lo teórico, ¡qué pereza! oigo por allí. Resulta que, para sensibilizar respecto de lo malo de cantidad de actitudes tipo "polo" (aunque sea a nivel "cosmo"...) he escogido el tono cómico, hasta burlesco, pero como una especie de otra cara de la moneda, sin endoctrinar, hace falta una pauta, un medidor desde el cual valorar.
Del cosmopolita hay cantidad de ejemplos en el pasado, en ciclos que florecen como la primavera, lo veremos más adelante. Pero quiero aclarar mis ideas (primero para mi mismo y si a usted le sirve, diay, ¿qué más quiere uno?) respecto de la aplicación de ese bicho raro. Acaba de publicarse un pequeño libro, orientador acerca del tema. Se trata de La identidad de nuestra América, de Arnoldo Mora Rodríguez, (Cuadernos Prometeo N° 22, Universidad Nacional, 2001, 115 páginas). El autor reflexiona sobre Bolívar, Martí y Carpentier, casualmente en cuanto a puntos que interesan para nuestro objeto de estudio. Aquí no me dedicaré a una reseña, como tal; veré en qué sentido las características apuntadas pueden servir de pauta para ser aplicadas al mismo autor, respecto del tópico sobre el tapete: ¿es cosmopolita Arnoldo Mora? Vamos primero con las líneas centrales que él destaca en cada uno de esas figuras.
Hasta un niño de primer grado sabe que Bolívar fue el Libertador de América, la figura de proa de la independencia contra el colonialismo español. Un hombre nacionalista, latinoamericanista de primera línea. Muy bien, pero lo que me llamó la atención es lo cosmopolita: lo subrayo porque, como queda dicha ya en otras partes, esos atributos no son contradictorios, sino complementarios si se entienden bien. Del prócer, Mora recalca fuertemente la "sólida formación intelectual, humanística desde su infancia" (p. 37) y hasta utiliza la palabra clave: la "cultura cosmopolita" (p. 38) que poseía. Al superar en formación a los clásicos gobernantes aldeanos, fijados en lo momentáneo y lo local, don Simón se transformó en el estadista, tan ansiado como incomprendido, la mira puesta en lo permanente y lo más amplio, hasta universal. Su profesor Manuel Rodríguez sabía que los hombres de temple no se improvisan y a través de los estudios (sobre todo del pensamiento ilustrado francés) y por medio de los viajes (entre otros a Italia y España), su pupilo adquiriría un aprendizaje más allá de la improvisación, con todo y cultivo de idiomas, desde los clásicos a los modernos. De allí la conocida definición de identidad latinoamericana, según Bolívar: "no somos europeos, no somos indios, sino una especia media entre los aborígenes y los españoles" (p. 53). ¡Qué diferencia con la torpe educación que demasiado se palpa aquí y ahora: "opinionitis" por doquier, en vez de reflexión teórica y ojos enseñados a comparar con lo de afuera...
Habrá que volver sobre José Martí en otro contexto, pero a partir del libro de Mora, van ya unas preciosas enseñanzas cosmopolitas. Destacan, igual, su esmerada educación y sus andanzas por varios países, para aprender a valorar lo propio a partir del contraste con lo ajeno. Respecto de lo primero, don Arnoldo insiste en que Martí "prolonga las influencias ilustradas" (p. 45), refiriéndose sobre todo al mismo impacto de Rousseau en el cubano; respecto de lo segundo, conocida es la frase martiana que se retoma: "viví en el monstruo y le conozco las entrañas" (p. 41): residió en Estados Unidos varios años, por cierto no precisamente en el cubanísimo Miami, sino en el frío neoyorquino, empapándose de la manera de ser, pensar y expresarse de allá. Don José manejaba al dedillo el inglés, como también el francés. De allí, no precisamente de la nada como ocurre demasiadas veces aquí y ahora, surge su insistencia en la de originalidad: después de haberse insertado en lo de fuera, asimilando lo que conviene (por ejemplo, Martí hace el elogio de los gringos Emerson y Whitman, p. 47), entonces recién puede siquiera soñar a crear lo propio, inspirándose también críticamente en lo que ve y observa en su terruño. ¡Así hacen los grandes cosmopolitas en todas partes!
El tercer polo de estudio que interesa aquí, del libro de Mora, es su reflexión sobre Alejo Carpentier. Significativamente, vuelven los mismos ingredientes, probados en eficacia: la "enciclopédica cultura" (p. 70), y el contraste con lo que se piensa y se produce por otras latitudes. Se trata de Francia en este caso, por el exilio del novelista (aparte de Venezuela, Haití,...): nuevamente la idea del viaje enriquecedor, pero tampoco como turista por un ratito, sino la inmersión por largos años. Mora recalca dos veces la idea del cosmopolitismo, una primera implícitamente, al analizar el latinoamericanismo: "este compromiso no lo encierra en el estrecho marco de un nacionalismo chauvinista, ni siquiera en una visión aislada y mezquina de "Nuestra América" (en referencia evidente al ensayo de Martí); por el contrario, lo catapulta hacia la humanidad entera (p. 69). Luego viene la mención explícita de su "evidente espíritu cosmopolita" (p. 71). En lo estético también, la teoría de lo real maravilloso no surge en endogamia empobrecida, sino primero empapándose su creador de las corrientes europeas, particularmente el surrealismo francés, para luego efectuar una "toma de distancia" (p. 79). En confirmación de lo anterior, Carpentier define la cultura como: "el acopio de conocimientos que permiten a un hombre establecer relaciones, por encima del tiempo y del espacio, entre realidades semejantes o análogas..." (p. 76). ¡Tomen nota, educadores y estudiantes: crear algo nuevo implica primero conocer, sopesar en diversas partes, no ignorarlas!
Como lo hace Mora, no resisto la tentación de trazar paralelos, internamente, entre esas figuras proteicas para la construcción de identidad latinoamericana. Él lo subraya en términos de ascendencia y aprendizaje: "al igual que Bolívar y Martí, Carpentier es descendiente directo de familias europeas y recibe una exquisita educación" (p. 65); yo subrayo además la visión diacrónica de esos grandes: don Simón compara el destino de Panamá "como el de Corinto para los griegos" (p. 53), don José confronta "nuestra Grecia ...y la de los Arcontes" (ver: "Nuestra América") y ahora don Alejo: "...explicando una (realidad) en función de sus similitudes con otra que puede haberse producido muchos siglos atrás" (p. 76) ¡Cosa más grande, chico, frente al presentismo, casi inmediatismo que prevalece hasta en la universidad.....
Ahora viene el salto: aplicaré los ejes cosmopolitas, vistos por Mora en tres grandes latinoamericanos, esta vez a él mismo. Equipararlo con esas cúspides latinoamericanistas e universales sería propósito descomunal que él mismo descalificaría de primero. Sin embargo, ver en él huellas trazadas por esas figuras colosales es tarea útil. ¡Conste!, no hago aquí la apología de una persona conocida por ser colega, amigo, ni siquiera como compañero en más de una lucha, sino porque es un teórico que se ha hecho respetar a fuerza de solidez y es un práctico que, con todo y errores, construye sus ideales en sentido costarricense, latinoamericano y universal. En honor a la verdad, prefiero al hombre crítico, al pensador, encima de su desempeño como administrativo (director, decano y ministro).
Veamos la atrevida comparación. Mora podía haber sido un chico del montón, con dos apellidos más que corrientes, nacido en un pueblito cualquiera de la geografía local. Pero un tanto más aplicado que los demás, llamó la atención a sus superiores y pronto tiene oportunidad de estudiar en el Seminario, bueno por riguroso, pero sobre todo también porque en su planta docente hay gente de fuera: para ellos, el contacto con lo local refuerza su agudeza; para sus afortunados alumnos, son superiores. simplemente, no por ser alemanes en este caso, sino porque en contraste con los educadores locales y localistas, el choque de culturas, a veces doloroso, agresivo, les abre la mente.
En seguida, en el caso de don Arnoldo, la provechosa posibilidad del eclectismo intelectual proviene de una formación profunda en sí, hasta con esos idiomas "muertos" que sin necesidad de resucitar, conviene conocer aunque sea un poquito. Los libros del profesor siempre denotan una sólida percepción de estructuras y ejes, lo transversal-diacrónico junto con lo horizontal-geográfico. Sus comentarios parten o aterrizan siempre en lo local, funcional del momento. Pero evidencian siempre una manejo de la historia y de comparación con lo que está pasando en otras latitudes. ¡Nada de aldeanismo autosuficiente que la educación circundante vende por kilos! Mora muestra a diario no solo que se ha empapado de lecturas universales, de los grandes latinoamericanos señalados... sino además del periódico de hoy, más allá de la página de sucesos o la de deportes.
A esa siempre enriquecedora lectura del mundo contribuyó sin duda su formación eminentemente europea (concretamente en Lovaina). Al igual que en el caso de Martí y Carpentier, por ejemplo, no en un paseo por un par de semanas, sino por todo un lustro: la inmersión total, en la cultura y la incultura de otro medio, con otro idioma, costumbres distintas. ¡Nada de regresar a casa en fin de semana ni llamar por teléfono a los padres...! En otra parte he tenido el privilegio de describir la vivencia de un grupo de costarricenses en esa universidad (un estudio sobre la "Maison Saint Jean" y los ticos: otro puente cosmopolita, a publicar en la Revista de Filosofía de la UCR) y lo recalco aquí porque estoy convencido que nuestros centros universitarios deberían ser mucho más selectivos en promociones y, en vez de producir títulos a granel, debería enviar afuera un puñado de hombres y mujeres valiosos: ese roce con otra cultura no se enseña en los libros, menos los locales y deja una visión de mundo diferente, de por vida. Como se señala tan plásticamente en francés: "del choque de ideas nace la luz": quien vive y piensa siempre con los de su charco, aprende algo, pero solo de su charco. Como visualicé eso con el ejemplo concreto de Arnoldo Mora, el cosmopolita es otra cosa; en otra oportunidad se ampliará a otras figuras destacadas en el medio.
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