|
¿Qué es el cosmopolitismo?, ¿con qué se come? He allí la pregunta. Como ocurre tantas veces, en busca de una definición de "eso", recorramos primero la vía negativa. Al respecto, en cualquier parte se cometen errores. Como en las páginas de la red ("web", que se llama hasta en Pocosol para dentro) podríamos inventar una categoría, ya no de "preguntas frecuentemente formuladas" -FAQ por sus siglas en inglés- sino EFC: errores frecuentemente cometidos. Dudosas en procedimiento y deficientes en resultado son las identidades (en este caso la cosmopolita), basadas en simplificaciones. Es lo que ocurre en cada uno de los casos siguientes, simple muestra, cuya lista se puede alargar:
-
Aferrarse únicamente en el pasado (el que sea, que estaría allí, estático);
-
Creer que los otros no tienen identidad (y por eso, desde los griegos se les trata de bárbaros);
-
Considerarla únicamente a nivel individual, con la cédula de identidad, el permiso de conducir y veinte tarjetas de crédito; y su contrario:
-
Postular que las culturas se defienden y realizan únicamente a escala nacional, con fundiendo límites políticos con zonas culturales... El otro es el extraño-extranjero, metoiko; y como consecuencia frecuente:
-
Confundir identidad únicamente con signos exteriores, el himno, la bandera, etc.
-
Creer que la identidad se presentan en frasquitos químicamente puros, inmaculados, postura platónica-idílica, pero a la larga hitleriana, de la pureza cultural;
-
etc., etc.
En realidad, esas perspectivas, a fuerza de tan usuales, comunes, se vuelven corrientes, hasta legítimas. Se vuelven normales y hacen norma. Por aquello de que en todas partes se cuecen habas (espero que no con la misma receta), han florecido en diversos momentos y en dispersas partes: en el siglo XIX como en el que vivimos, en Europa y en este "cinturón de América" (la imagen es de Neruda).
Ahora bien, como tales, esas vivencias todas encuentran fácil ejemplificación en el caso de Costa Rica y en la no tan palpitante actualidad. Se me ocurre pensar en aplicaciones de chauvinismo, con la consabida agitadera de banderas que nos espera en las próximas elecciones; pienso en el lamento (por tres días, según la fórmula, ya clásica, de Don Ricardo) respecto del Mesón quemado. Puntualicemos. Respecto de lo primero: conviene tener elecciones previas, desde luego, pero no confundamos la gordura con la hinchazón, la eleccionitis con la democracia al cuadrado; respecto de la casona guanacasteca, urge reconstruirla, como no, pero la identidad patria no está solo en eso, ni siquiera principalmente en eso, sino además en una serie de vivencias y actitudes, en un proyecto de vida colectiva. Eso, desgraciadamente no está siquiera "en construcción" como señalan las aludidas páginas web, sino que está con una página en blanco...
Comento todo eso a la luz también de los exámenes que a uno le toca corregir, periódicamente, verdadero castigo de Tántalo, para el docente. Allí, no es raro encontrar ideas como ésta: (cito) "en este momento hay perdida de valores, costumbres y tradiciones indígenas, producto de la globalización; como consecuencia se están adoptando valores de otros países..." Comento: como si lo indígena fuera sinónimo de lo autóctono; como si todo de adentro fueran valores, como si todo lo de afuera tuviera el sello de lo diabólico. Este fundamentalismo, que se refuerza en una vivencia religiosa superficial y dogmática (lamentablemente tristes pruebas abundan y han sacudido la opinión pública recientemente), lo propaga sobre todo también un sistema educativo que, en aras de lo sencillo y memorístico fabrica dicotomías absurdas, con el sonado caso de lo nacional versus lo foráneo, en blanquito y negro, donde con perdón de los negritos tan lejos en Limón, por supuesto lo primero es lo mejor.
A la hora de la globalización, hecho inevitable por lo demás, conviene dejar esas categorizaciones de recetario dogmático. A como conviene guardar factores de lo propio, urge eliminar otros muchos; a la inversa, conviene evitar cantidad de veces lo ajeno, pero otros factores pululan que conviene incorporar. La dialéctica de identidad, aquí vista en una dimensión no cerrada sino universal y cosmopolita, conlleva una especie de eclectismo donde se separa el grano de la paja: se purifica lo propio y se enriquece con aportes de afuera apropiados. La metodología implica entonces tres etapas: una visión crítica de lo propio, la observación aguda de lo otro y su eventual re-creación o adaptación (jamás una simple adopción) en el medio. El criterio de esa "lectura selectiva" es lo útil, lo cómodo, el interés; no lo impuesto, menos por las armas. En inglés se referirían a una identidad "inner-directed", orientada por un proyecto interno, no manipulada por afuera, llámese publicidad o el qué dirán.
Apliquemos eso, primero respecto de lo propio, revalorado. Desde la valoración de este entorno en que me ha tocado vivir, propongo mantener una serie de factores propios (o locales, autóctonos, vernáculos y no sé cuántos sinónimos para el caso) porque en confrontación espacial y temporal, se deduce que todavía sirven y constituyen una especie de "ventaja comparativa": veo como elementos positivos de Costa Rica cantidad de elementos, como la envolvente naturaleza con un clima privilegiado, tan rica en fauna y flora; participo en una democracia no siempre perfecta (como si eso existiera) pero sobre todo, desarmada (obra de Don Pepe, el grande en varias cosas, el mediocre, en otras pocas); soy usuario de un seguro social que, a pesar de tantos problemas, existe, y eso ya es mucho; apunto también un carácter rural-abierto de la gente, un interés por el otro, aunque sea al borde del chisme y la intromisión, en fin, que "el otro" sabe que no pasa desapercibido. A la inversa, no todo lo propio conviene guardarlo: ¿qué hacemos con la cultura del guaro, con el machismo, el caciquismo y las serruchadas de piso, que son también "propios"? Esas lacras, más vale eliminarlas y pronto.
Apliquemos, lo mismo, respecto de lo de afuera: si todo lo exterior fuera malo, simplemente por eso, tendríamos que renunciar al español y hasta a la democracia. Pero felizmente, con o sin permiso de Garabito y Presbere, ya la hemos importado, es más, sobre todo con Don Fernando Soto Harrison, creador del Tribunal Supremo de Elecciones, en Costa Rica se ha mejorado la receta de los tres poderes según Montesquieu. Que esa mejora en realidad sigue, con importación de otros elementos, se prueba por ejemplo con el hecho de tener ahora también una defensoría de los habitantes, sobre el modelo apropiado del Ombudsman. Igual, en vez de importar, sobre todo vía la "civilización" de la imagen, tanta gringada nefasta, como la visión sexual tipo Hollywood, el consumismo de Beverly Hills, la violencia racista de Los Ángeles y el excesivo stress del "workaholic", ¿por qué no importamos del norte el sentido del ahorro, cierta, más eficaz, organización del trabajo, o un estado que funciona? Desgraciadamente, por un maldito malinchismo prevalece un embelesamiento indiscriminado frente al macho del norte, el tipo de "belleza" que de allí se propaga, una incapacidad de crear tecnología pero una esclavitud frente al gadget resultante y un consumismo desenfrenado donde ser = (a)parecer. Asumimos la globalización como únicamente norteamericana, mayoritariamente comercial, a lo que, con perdón de la franqueza opongo un cortés pero tajante "muchas gracias" pero no...
Busquemos entonces, en conclusión, una identidad o cultura que aquí identifico con una postura cosmopolita, la cual tendrá tres ingredientes:
-
como le llama Ortega y Gasset, será gerundio un proceso, una utopía un llegar a ser, todo enfatizando el eje temporal;
-
en seguida, será abierto, extrovertido, atento al mundo externo, todo lo contrario de lo replegado sobre si mismo. Es una dimensión más bien espacial; y
-
por último, implicará una búsqueda en complementariedad dialéctica entre las personas y los grupos, en enriquecimiento y aspiración a la perfección, jamás en qué dirán paralizado o activo serruchazo de piso.
¡Que conste!, todo eso implicará tensión, entre lo local y lo universal, entre lo inmediato y lo perenne, pero como con el colesterol, lo hay del bueno y del malo. Conviene en todo eso tener una cierta dosis de stress, una tensión agónica en el sentido original de la palabra: es la lucha por una meta, un ideal, no la angustia por el fin. En términos del ex-Presidente Carazo, un día en el Consejo de ministros: "¡Usted no se preocupe, ocúpese!". De manera que lo cosmopolita y lo local, bien entendidos, no resultan antagónicos, ni mucho menos, sino complementarios.
Sobre esa identidad cosmopolita, vuelta a configurar más allá de la receta memorizada de la Niña Pochita (hasta en versiones universitarias). En función de esta recién expuesta tridimensionalidad, vale la pena vivir aquí y ahora, ¡sí, hombre!, Como no. Obsérvese que en este caso postulo prácticamente como sinónimos identidad y cosmopolitismo. En próxima contribución visualizaré eso a través de un ejemplo de un tico cosmopolita. Que los hay, los hay, pero también, desgraciadamente abundan los polos. Que no debería haberlos, no debería haberlos. De todo tiene que haber en la huerta del Señor, pero de algunos, con muy poquitos, ¡basta! (y hasta aquí, porque basta de predicar: ¡a obrar se ha dicho!).
|