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¿Cosmo-poladas?

Víctor Valembois

valembois@tiquicia.com

 Quincena 2, Mayo del 2001

 

     En mi artículo anterior, con algún atrevimiento autobiográfico, postulaba la necesidad de una apertura al mundo, eso sí, con los pies bien firmes en la tierra donde a uno le toca vivir. Pero también anuncié un subversivo guión en el título de mi columna (la de Tiquicia.COM, no la que sostiene mi espalda). Desde luego, flaco favor les hago a mis maestros universitarios al proponer aquí mismo una dudosa relación entre la "polis", la del cosmopolita y ... lo "polo". ¡qué vaina! tanto hablar de contaminación ambiental, cuando ni en Kyoto se dieron cuenta que a diario, en todas partes, se producen toneladas de basura mental, con un efecto invernadero hasta en el trópico. La mediocridad y estrechez de mente, aquello también de confundir lo popular con lo vulgar bastante tiene de virus universal. En Costa Rica, la gente tan caracterizada por la falta de vocabulario, curiosamente inventó un término para eso, que ahora figura por doquier: lo polo. Prevalece... ¿cómo llamarlo?... cierta politis a no confundir con la poliomielitis. Esta felizmente ya pasó a mejor vida, pero la otra no; incluso corren por allí, por Internet y otros medios, listas para que uno averigüe qué tan polo es: con permiso de la misma CID-Gallup, eso se llama polometría.

     Desde luego, en aras de la tensión evocada en el espacio anterior, tampoco cabe considerar esos elementos, lo "cosmo" y esa vivencia tan peculiar de vivir lo local como excluyentes. Conviene no verlos como dicotómicos sino complementarios. Unamuno, hace un siglo, era enormemente español, pero por serlo más allá de puro signo exterior, también resulta vigente ahora y adquiere rango de escritor universal. Lo mismo se podría aplicar a su amigo epistolar: Joaquín García Monge un desamparadeño (y Desamparados era entonces apenas un suburbio de San José) que supo poner a Costa Rica en el mapa intelectual. De manera que la "polada" no depende del lugar: de seguro se encuentran individuos que practican esa actitud en el mero centro cosmopolita de París, así como existen cosmopolitas a pesar del pueblucho del que surgen. Ese "polo" parisino lo llamarán con una docena de calificativos poco cariñosos. ¡Ah! está también el ejemplo de un tal William Shakespeare, ese de Stratford-on-Avon, entonces una aldea cualquiera al lado de Londres... y espero que a nadie se le ocurre llamar "cockney" y otros términos londinenses para referirse a gente de baja calaña...

     Discrepo entonces de Miguel Ángel Quesada quien en su "Nuevo diccionario de costarriqueñismos" relaciona el término con "rustiquez". Es como con las fisgonas... bonito el recurso teatral de Rovinski de encarnar "eso" en unas viejas de Paso Ancho, pero la verdad es que no cuesta encontrar a chismosos en la academia, en San Pedro (bueno, bueno dirá el otro: depende cómo entender aquello de "mirar el huerto del vecino" que nos recomendaba Rodrigo Facio...). Por eso, en aplicación, se puede vivir en Los Yoses y ser un polo de primera. Pero, como veremos más adelante, en la mayoría de los idiomas occidentales existe la tendencia a confundir al "otro" (por supuesto el malo, el inferior y aquí: el polo) con el de fuera de la comunidad o ciudad de uno. De allí que Magón y asociados también identificaban al "polo" de su tiempo como maicero, concho y proveniente del área rural. Pero ahora que todo el mundo, o casi, vive en la ciudad, ¿habrá muerto la conchería (la polada que diríamos ahora sin que sean exactamente equivalentes) de muerte natural o por inanición? Desde luego que no, el "poloncho", esa mezcla de polo y de concho, está más vivo que nunca. Pero el término no resulta tan viejo ya que Carlos Gagini, en su poco más que centenario Diccionario de Costarriqueñismos, todavía no lo incorpora.

     Es curioso, al respecto, ver cómo conviven, se relacionan y se connotan entre sí, en un solo sistema, los vocablos de polo y pachuco. Díganme, si no, cómo es que ambos se encuentran en boca del criollo, históricamente hablando o el citadino actual, quienes se quieren diferenciar frente a "la chusma" de los otros. El "polo", en este sentido, confirmo, parece relacionarse más con el viejo concho, por su visión ingenua, humilde, campesina, esencialmente sana, no tan viciosa, siendo que hasta profesa un cristianismo bonachón. Es un marginado por todo eso, además de tímido. No es gratuito aquí señalar que "salvaje" (igual en francés, inglés, etc.) proviene de "selvático", es decir: que vive en la selva, no en la ciudad. El concho es un "mal amansado", alguien que no se comporta dentro de la norma (y por ende lo normal) del que se considera centro y juez. Pero pese a que esta voz implica distanciamiento y un tono algo despectivo, sigue siendo un "buen salvaje". En cambio, el pachuco vive en la jungla urbana y merece esa etiqueta por el mismo grupo que se autoproclama con derecho a calificar. Se trata de un tipo igualmente ignorante, pero además profundamente prepotente, extrovertido y hasta agresivo. Ambos se caracterizan, en el uso verbal, supuestamente por su falta de cultura, pero más allá de folclóricos matices de pronunciación que puedan mostrar, sería interesante compararlos en su jerga (o "verba"): lo más probable es que quién sabe... pero de seguro que el supuesto inculto hombre de campo mostraría una floreciente riqueza expresiva y un vocabulario como para darle envidia a más de un colegial. ¿Y ahora, quién me va a defender? diría este último.

     En mis columnas quiero entonces alternativamente contrastar los dos polos (ahora sí, en el sentido de extremos...) de lo "cosmopolita" con lo "polo", contribuyendo a contrarrestar el impacto del último: eso se comprobará en la vivencia y las actitudes de personas residentes en el medio de todo tipo de pelambre, edad, sexo y profesión. Es que aquello de lo "politica" (sin acento, a pesar de que mi corrector se empeña...) se encuentra hasta en las mejores familias. Involuntariamente, se me ocurre pensar en el caso de tanto "padre de la patria"... con un desmadre de léxico y un comportamiento digno de figurar en una futura polo-galería en la misma Asamblea; con tristeza pienso también en un ingeniero con título obtenido afuera, que hasta llegó a ser presidente, pero en todo su comportamiento abundaba en méritos para figurar en la misma sala. Curioso, recuerdo su padre, en 1974, haciendo propaganda para Daniel Oduber, con un estilo popular, la pronunciación campesina (que recuerda al mejor Don Ricardo), pero además con una envidiable riqueza expresiva y metafórica tan a flor de labio. Allí está el detalle, como señalaba Cantinflas: se puede ser popular sin ser populachero, del pueblo sin ser plebeyo. En latín, etimológicamente, lo primero refiere a hablar como el "vulgo"; por clasismo se llegó a confundir aquello, ahora, con lo "vulgar". Para terminar este punto de ajedrez léxico, hay entonces constancia poli-tica hasta en la política... 

     No escondo mi preferencia por el cosmopolita: aquel expresándose según su peculiar estilo (sencillo o complejo, según su preferencia), siempre demostrará cultura, riqueza de matices, comprensión coherente del mundo en que le tocó vivir. Lo hará tanto en su apreciación grandes estructuras que rigen lo global, como hasta y al mismo tiempo, en su sensibilidad por lo pequeño; esto último, vivido en contraste o en aplicación a lo anterior a escala de la vecindad donde también le toca vivir. De allí la conveniencia del neologismo de lo "glocal". Por eso me gusta terminar con una cita de Emilia Prieto, quien detecta cierta hipocresía verbal:

...produciéndose una curiosa e inexplicable dualidad a que se llama despectivamente "concho" en vez de malcriado, brusco o rudo también se le dice con dulzura "labriego sencillo". Y éste, según acuerdo general al parecer después de haber conquistado "eterno prestigio, estima y honor" debe quedarse quieto para siempre y sin desarrollar, como un santo de palo, dentro del nicho sagrado de la estrofa patriótica, único lugar donde se dignifica".

     Esa mujer, que reflexionó por su arte y sus ensayos, contribuyó mucho a la búsqueda de identidad del costarricense y era al mismo tiempo popular y cosmopolita. Era sensible a lo del pueblo, pero al mismo tiempo vivía atenta, en su tiempo a los grandes movimientos sociales de su época, a escala universal (comunismo se llamaba eso, antes de la caída del muro de Berlín).

     En la huella de esa gran mujer, dentro y a rato a pesar de un pequeño pueblo, esta vez desde trinchera esencialmente filológica, quiero fomentar el cosmopolitismo bien entendido, lo cual implica entonces también contribuir a desenmascarar la omnipresente ignorancia de "domingo siete". Recordemos la lección de José Martí:

     Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente.

     ¡Cuidado entonces!, en cualquier parte (léase en este caso: en Europa, en Costa Rica, etc.) la mediocridad es contagiosa. La ironía, en el caso del que escribe, no apuntará contra nadie en particular y menos contra el país que me ha acogido tan generosamente. Entender lo contrario, confundir categorías y tomar todo en lo personal o con la consabida cantinela chauvinista y xenófoba sería justamente demostración de uno de los rasgos tipo "polo".

 
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Perfil del Autor

El académico y filólogo Víctor Valembois nació en Bélgica, donde cursó su Licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina. En 1976 obtuvo un Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su vida ha viajado por numerosos países de Europa y Latinoamérica, habiendo residido en Chile durante los años 72 y 73. Actualmente reside en Costa Rica, donde se desempeñó por largos años como Agregado de Cultura y Prensa de la Embajada de Bélgica. Se ha destacado como profesor universitario, impartiendo clases en la Universidad de Costa Rica, de la cual es Catedrático, actividad que ha desarrollado en otros centros de educación superior. Es autor de numerosos artículos y columnas que se han publicado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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