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REFLEXIÓN FINAL
El escritor inglés Johnson afirmó que el buen político debía ser tanto capaz como honesto, pues el honesto pero incapaz era inútil y el capaz pero deshonesto era peligroso. Nuestros países tienen derecho a ser conducidos por hombres y mujeres que satisfagan esos criterios. No hay duda que la responsabilidad última en la toma de decisiones encaminadas a corregir el rumbo recae en los políticos y sobre todo en los legisladores pues son los escogidos para representar a los ciudadanos y sus intereses.
Afortunadamente en todas los Poderes Legislativos de nuestros países existen numerosos diputados comprometidos en la lucha contra la corrupción.
Sin embargo, sería sorprendente que los problemas de la ética se resolvieran al mismo nivel en que han sido generados. El acompañamiento que puedan dar a estos esfuerzos aislados instancias extraparlamentarias, podría generar la dinámica requerida para vencer ese enemigo tan temible del progreso. Los medios de comunicación, las universidades, las organizaciones de la sociedad civil y la ciudadanía, tienen herramientas para catalizar un proceso de reingeniería ética en aquellos encargados de conducir las instituciones de la democracia.
A fin de cuentas la democracia es el gobierno del, por y para el pueblo. Entonces la lucha contra las transgresiones éticas de los políticos es responsabilidad del pueblo y debe ser librada por el pueblo pues es para su beneficio.
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