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B.-TRANSGRESIONES ETICAS
B-i El verdadero político será siempre bueno
Antes de entrar propiamente en el tema de las transgresiones es necesario hacer una precisión sobre la naturaleza de la política. Normalmente se le ha definido como la actividad dirigida a influir o ejercer el poder y al político como el que influye o ejerce el poder. Desde el punto de vista filosófico la política sería el estudio del poder.
Tal definición como base para reflexionar sobre la ética es confusa. El poder del que trata la política no es la propiedad natural del que lo influye o lo ejerce. Ese poder se lo entrega la Patria al político: ya sea por medio de Dios como alegaban los monarcas, por destino inevitable del self como lo han justificado los dictadores o por los ciudadanos como ocurre en la democracia.
El poder que interesa al verdadero político es una herramienta que la patria presta al que lo ejerce. Todo ente inteligente desea su propio bien. Las patrias que existen han superado los obstáculos de la historia debido a la inteligencia colectiva de la comunidad que le ha dado existencia. La Patria desea su propio bien y utilizará todos las herramientas de que dispone para lograrlo. Cuando cede cualquier herramienta como el poder es para que se ejerza por su bien.
Quien aspira al poder que pertenece a la Patria aspira a hacerse de una herramienta cuyo única naturaleza es engrandecer a un tercero -la Patria- y no al aspirante. La Patria no entregaría herramientas que no sean utilizadas para engrandecerla.
Por lo tanto, el deseo de tener ese poder paradigmáticamente es un deseo por engrandecer la Patria y la política por definición debería ser entonces la actividad encaminada a influir en o a comandar el, engrandecimiento de la Patria.
No se debería buscar un instrumento hecho para engrandecer la patria con el fin de hacer otra cosa, del mismo modo que no se debería buscar una casa para algo más que no sea para vivir. Puede ser que una construcción diseñada para ser casa se busque para bodega, centro de reunión o escondite. Pero entonces en esos casos no se estaba buscando una casa sino una bodega, un centro de reuniones o un escondite.
El verdadero político busca el poder propiedad de la Patria por lo que inexorablemente busca engrandecerla. Si una persona busca el poder para tener prestigio, ganar un salario, derrotar al otro, o para derivar otros poderes ante la sociedad (como el de hacer negocios), entonces no es un político. Esa persona es un actor, un empresario o un megalómano, pero no un político, así como la edificación diseñada como casa pero empleada como bodega no es una casa sino una bodega.
El verdadero político entonces no debe calificarse utilizando adjetivos de naturaleza moral porque es inherentemente bueno, moralmente hablando. Esto porque quien trabaja para el engrandecimiento de la Patria no podría ser malo desde el punto de vista moral. Puede ser que algunos de sus actos dañen a la Patria porque su juicio falló. En ese caso el adjetivo negativo que se utilice para describirle no estará referido a sus características éticas sino a su juicio (no se podrá utilizar el adjetivo mal para referirse a la calidad moral de la persona sino a su juicio).
Este punto de vista nos permite enunciar que no existen políticos verdaderos que sean inmorales. Por definición el político es moralmente bueno, tal y como lo concebía Aristóteles en Etica . Por otra parte, nos obliga a hacer una breve reflexión sobre el conocido enunciado de Lord Acton "el poder corrompe y el poder total corrompe totalmente".
El poder que entrega la Patria no puede corromper pues no puede ser corrupta la actividad de servirle a ella. Sin embargo, es factible utilizar el poder de la Patria para derivar otros como el poder para hacer negocios. Serían poderes que se derivarían del poder inherente a la actividad política y serían ejercidos por personas que buscaban esos poderes y no el directamente entregado por la Patria, por lo que aquellos pervertidos por el poder no pueden clasificarse como políticos.
Bertrand Russell, interpretando a Lord Acton en el sentido que este dio a la palabra poder, sostiene más bien que la actitud de los ciudadanos determina si el poder corrompe . Los ciudadanos no permitirían nunca que se les perjudicara, por lo que nunca sería posible que el poder de la Patria se utilice corruptamente. De ese modo aunque no como definición, si no derivado de la lógica de Russell sobre la práctica del Poder, se reivindican los conceptos arriba elaborados.
B-ii Lo moral y lo legal
En relación con la ética en tanto estudio de la moral y de la moral en tanto actitud ante el bien y el mal , no existen definiciones únicas. Esto impide hacer un listado final sobre las transgresiones de naturaleza axiológica de las personas que están relacionadas con el poder. La normativa constitucional, legal y reglamentaria establece, para los funcionarios públicos, el marco de lo permitido de acuerdo al principio de legalidad presente en todos nuestros países.
Sin embargo, la normativa relevante en sede jurisdiccional, por más desarrollada que se encuentre, jamás tendrá respuestas para todas las circunstancias. Si así fuese no tendríamos nada más que hacer leyes, imponer sanciones y aplicarlas con rigor. La atención históricamente prestada a la ética en relación con la política y, especialmente, con los legisladores, resulta de la discreción con que por definición cuentan aquellos cuyas facultades prácticamente no tienen más límites que los impuestos por convenios internacionales, los balances del pluralismo y especialmente su propia moral.
Para el que diseña las reglas existen pocas reglas. Estas no pueden ser fijas por que en lugar de facilitar la convivencia, la obstaculizarían. Si las reglas fuesen inmutables no se necesitarían legisladores sino únicamente administradores y jueces. Esas circunstancias exigen de los legisladores calidades éticas especiales.
Platón (Sócrates) en Gorgias afirma que no existen muchos hombres que teniendo poder sean honestos . Platón propone como solución que los gobernantes se hagan filósofos o que los filósofos se hagan gobernantes. Pero tal camino elimina la democracia de un plumazo, al suponer que existen superhombres que han sido creados para encarnar la voluntad (the will) de la comunidad. En la práctica ha servido de justificación pseudo científica a no pocos dictadores (o aspirantes de dictador) comenzando por Hitler.
Afortunadamente, el pesimismo de Platón (afectado por el proceso seguido a Sócrates y que terminó con su ejecución) sobre la naturaleza humana, no es ratificado por la historia. A lo largo de los siglos han existido numerosos hombres y mujeres con poder, que han actuado correctamente desde el punto de vista ético. Esa es la experiencia diaria en nuestro parlamentos. Por lo que es razonable esperar que las soluciones se encuentren dentro de la democracia.
Sin embargo, no debe pasarse por alto el problema de la discrecionalidad y las deficiencias de la normativa legal para enfrentar los retos planteados por las aspiraciones de naturaleza ética.
El marco legal no alcanza para definir el marco de lo ético. No todo lo que es ilegal es inmoral y no todo lo inmoral es ilegal. Por ejemplo, si un ministro de transportes gasta recursos en repuestos para un tractor, los cuales habían sido destinados en la ley de presupuesto para construir un puente, estaría violando la ley, pero desde el punto de vista ético no necesariamente habría incurrido en una transgresión. Por otra parte, si las empresas de uno de nuestros países interesadas en el negocio de los casinos invitan a un diputado a Las Vegas con todos los gastos pagos, el diputado no estaría violando la ley pero si estaría incurriendo en acto inmoral (sobre todo si en la corriente legislativa de su país se encuentra un proyecto de ley que definirá las limitaciones que tendrán los casinos para operar).
Precisamente las dificultades conceptuales sobre la ética parlamentaria y política surgen porque no existen fórmulas capaces de atender ex-ante, todos los casos posibles. Aún en los países en que existen códigos o manuales éticos, la única herramienta comprensivamente previsora es la conciencia.
Pocas dudas existen en relación con aquellas transgresiones éticas que están tipificadas como delito en el ordenamiento legal. Este es el caso de lo que podríamos llamar la corrupción ortodoxa, tal y como la apropiación de fondos públicos, la venta de decisiones o de algunos tipos de conflictos de interés, entre otros. Es posible, valga la pena apuntar, que este tipo de corrupción se haya reducido dramáticamente.
Sin embargo, existe un conjunto de transgresiones éticas, algunas de las cuales se pueden manifestar únicamente al amparo de la democracia y que explican la pérdida de prestigio del poder legislativo. En ellas concentraremos nuestra atención presentando el modelo ideal de comportamiento y haciendo referencia a las principales patologías.
B-iii El buen legislador ama al la Patria
El buen legislador sufre ferozmente por los males de la Patria y actúa para corregirlos. Esto no significa que se sacrifica a sí mismo, porque entregarle todo a ella no es un sacrificio sino una obligación. El buen legislador es como la madre pobre: esta no calificaría como sacrificio el hambre que experimenta cuando entrega a su hijo el escaso alimento disponible. La Patria crece mejor si un porcentaje significativo de sus habitantes se sacrifican por ella (por los bienes públicos, por los intereses nacionales, por su progreso). Para el buen legislador ese crecimiento es el fin, por lo que aquello que otros sufren como sacrificio él disfruta como logro, lo que para otros sería derrota para él es éxito. Su razón de ser en tanto legislador es la Patria.
En la experiencia cotidiana surgen múltiples oportunidades de probar si la lealtad de un diputado es con la Patria, con su partido o consigo mismo. Por ejemplo, quien desea ser presidente de una comisión importante de la Asamblea Legislativa y para lograr el apoyo de sus compañeros sacrifica convicciones, tolera la corrupción y el abuso con los recursos públicos y defiende o calla ante las transgresiones éticas de su partido, no es un político sino un oportunista, y se ama a sí mismo sirviéndose y no sirviéndole a la Patria.
El que durante la campaña electoral anuncia su disposición a defender una determinada concepción sobre el desarrollo o a luchar contra el abuso de los recursos públicos y cuando ostenta el poder actúa diferente, tampoco ama a la Patria por encima de todo. Este es un simple comerciante de palabras por votos, un comprador de votos a costa de todo, incluso de la verdad.
El que adopta una posición particular, verbigracia sobre el modelo de desarrollo, con el fin de ser aceptado por la prensa, ama más a la prensa que a sus principios y convicciones sobre lo que le sirve al país. Se convierte en servil de la prensa y no de la Patria.
El que califica como correcto lo que si practicado por el partido opuesto califica como malo, es servil de su partido y no de la Patria. Por ejemplo, el que critica los gastos en propaganda gubernamental o la repartición de los recursos destinados a la asistencia social con criterio partidista, cuando este tipo de acciones son llevadas a cabo por el otro partido y lo tolera, disimula y hasta practica, cuando su partido está en el poder, no tiene Patria sino partido.
El que prefiere destinar tiempo y otros recursos a jornadas de autopromoción en las comunidades, en lugar de estudiar expedientes y cumplir eficientemente con las obligaciones que asumió con el juramento constitucional, ama más a su futuro político que a la Patria.
B-iv La verdadera victoria del legislador
El verdadero político vence cuando usa el poder para engrandecer la Patria, no antes. Su única victoria es aquella sobre los problemas nacionales. El diputado que define la obtención del poder como victoria es tan mal patriota como el carpintero que define como éxito la obtención del martillo. El carpintero triunfa como tal cuando supo usar el martillo para construir la casa no antes. Definir como victoria el triunfo electoral reduce la estatura del diputado a la de aquel deportista cuyo único objetivo es vencer al otro, quedar de primero. El político, no se ufana con el poder sino que lo usa, no lo busca como fin sino como herramienta, no se convierte en el final de sus esfuerzos, sino en el principio de su trabajo por la Patria.
¿Cuál pescador consideraría que la extracción de cebo de carnada constituye el fin de su trabajo? Ninguno convertiría el medio en fin. El buen pescador considera que la pesca inicia cuando usa el cebo y la caña de pescar para alcanzar su gran objetivo. Antes de eso no encuentra logro y menos victoria. Dicho de otra manera, ¿qué pensaríamos del pescador que convierte la carnada en fin y se la come?. No pensaríamos nada, porque ni siquiera lo denominaríamos como pescador. Así mismo, el diputado que trata la obtención de un puesto como victoria, no le apasiona la oportunidad de servirle a la Patria sino el poder, lo cual le impedirá desempeñar bien sus funciones.
El buen legislador es un buen político. Por lo tanto su objetivo es engrandecer la Patria y su herramienta es el poder. Las luchas dirigidas a poner en práctica los conceptos del legislador sobre lo que le conviene a la Patria, no deben estar condicionadas por las posibilidades de éxito.
Para el patriota morir en la trinchera no es una derrota sino una victoria. Esto por la simple razón de que quien está dispuesto a morir, está dispuesto a dar el máximo de sí mismo. Un batallón caracterizado por ese tipo de actitud se convierte en una unidad militar temible y, por lo tanto, mucho más efectiva en comparación a aquel donde prevalecen soldados que ponen límites a su sacrificio por la Patria.
La entrega abnegada y la disposición a perder puestos, prestigio o amistades, en la defensa de los principios y convicciones que el legislador considera más convenientes para la Patria, no solo mejora la información que demanda la democracia, sino que obliga a más cuidado, más estudio y más rigor, a quienes piensan diferente. De este proceso el país gana. Cuando las convicciones se defienden de acuerdo a las posibilidades de éxito o, peor aún, cuando se sacrifican a cambio de prebendas (expresadas en votos, lealtades o en retribuciones materiales) la Patria pierde y ganan los mercaderes de la política.
Muchos entienden la actividad legislativa precisamente como el arte de transar o mercadear propuestas, principios y convicciones por puestos, lealtades personales, apoyo de la prensa y otro tipo de prebendas . Tal concepción quitaría la calidad de buen político al legislador. La característica principal de la política no debe ser la de transar sino la de luchar para poner en práctica principios y convicciones. Por esto cuando no se tienen ideas, en relación con al menos los aspectos más importantes de la Patria, no se puede ser político. La búsqueda del poder en ese caso, tiene relación con oportunismo, vanidad o negocio, pero no con política. El legislador debe amar a su Patria por sobre todo, está convencido de que sus ideas la benefician y busca la curul porque esta es indispensable para ponerlas en práctica.
La política no debe fundarse en las posibilidades, sino en las convicciones. La única derrota para el buen político ocurre cuando se ve obligado a cambiarlas. Si lo hace porque presiones externas de países poderosos las convierten en obstáculo para la prosperidad de su Patria, debe tener la sabiduría para discernir tal circunstancia y actuar siempre de acuerdo a los intereses de la Patria. En ese caso su derrota personal es el triunfo de la Patria, pero como para el verdadero político ésta es más importante que él mismo, su sacrificio de principios y convicciones no le causa ningún dolor porque ella ha ganado.
Si, por otra parte, un diputado cambia sus principios y convicciones por cálculo o conveniencia personal, ha cometido el peor crimen del político: relegar la Patria a un segundo plano, al convertir sus circunstancias personales en fin, ascendiéndolas de su papel de simple medio al servicio de ella.
El único triunfo para el buen diputado consiste en ayudar a la prosperidad material y espiritual de su Patria: hacerla más soberana, más fuerte, más respetada a nivel internacional, hacer a sus habitantes más orgullosos de ser sus hijos, enseñarles a quererla y trabajar por ella, a comprender que el honrado éxito de cada uno es también el éxito de la Patria y que este aumenta el bienestar de sus partes.
B-v La verdad para el buen legislador es absoluta
En la política la verdad debe ser absoluta. En campos como el de la economía la verdad es relativa. La riqueza y la pobreza, lo caro y lo barato, la escasez y la abundancia; son todos conceptos cuyo significado comprensible surge de la comparación. Para el buen diputado las prácticas condenables del otro partido lo son igualmente si las practica su partido, el compromiso de campaña se convierte automáticamente en obligación absoluta cuando se ejerce el poder, las ideas consideradas como buenas lo son también si las propone el opositor y las malas serán siempre malas.
Sin duda, las valoraciones sobre lo que es correcto o sobre la calidad de una idea, pueden estar equivocadas. Después de todo el legislador, aún el bueno, es un ser humano. Pero la relativización de valores y posiciones, en fin, de la verdad, por parte de quienes el destino ha encomendado representar y conducir, aún cuando no se haga por cálculos y oportunismos, causa confusión y debilita la democracia.
Cuando se miente en la función pública se miente a la Patria, o sea, a todos los otros. Recordemos que la Patria es el Todo en los objetivos del buen legislador, lo demás son medios; incluido él mismo, las partes nacionales y los otros países y sus
partes.
Así mismo, el legislador debe ser honesto en relación con los bienes públicos y no abusar de ellos. Esa honestidad es absoluta, no calificada o parcial. Además, se siente responsable por esos bienes.
Los cuida con tal diligencia, esmero y afición, que aquellos subalternos o colegas, débiles en este respecto, encuentran difícil materializar sus abusos o sus corruptas ambiciones. Más aún, el liderazgo ejercido con esa actitud, motiva a los liderados a encontrar sus innatas virtudes morales y los convierte en adalides del cuidado de lo público y de la verdad en la política. Por otra parte, el liderazgo identificado con vicios como la politización de lo técnico, la mentira, el cálculo, el negocio, el abuso con los recursos públicos o el disimulo partidista; no solo carece de autoridad para actuar contra esos mismos comportamientos en sus seguidores, sino que les incita a mostrar las debilidades morales inherentes a la naturaleza humana.
Por otra parte la moral es un hábito del buen político que se retroalimenta así misma. De ese modo el liderazgo ejercido con transparencia y rectitud se reproduce en un fortalecimiento de estas virtudes en el político que las practica y se manifiesta positivamente en la sociedad.
Las altas responsabilidades del buen legislador y estos efectos multiplicadores en la sociedad, le hacen absolutamente leal con sus convicciones, en relación con lo que considera bueno para el progreso de su Patria.
B-vi El buen legislador no usa el poder para alcanzar más poder
La actividad política se lleva a cabo en estadios de diferente rango, definidos por la magnitud del poder que se ostenta. Sin embargo, cualquiera que sea el estadio en que a un político le corresponde servirle a la Patria, su fuente de inspiración, para definir su forma de ejercer el poder, debe ser los principios y convicciones que considera más apropiadas para el bien de la Patria. No existen niveles de poder más oportunos que otros para actuar de esa manera. La Patria necesita que en cada nivel el poder se ejerza enteramente por su bien. Los equilibrios de la Patria democrática excluyen la posibilidad de posposiciones o de establecer relaciones de dependencia o de endogenización de un nivel de poder ante otro. Actuar de manera diferente volvería redundante la lógica que ha inducido la estructura del Estado. Puede ser que ésta esté mal diseñada pero tal convicción particular no puede ser razón para actuar de manera que cada nivel de poder no se ejerza con la autonomía que le corresponde, pues a un mal se le agregaría otro.
Algunos políticos violentan sus principios y convicciones cuando ejercen un determinado puesto, si este no es el más alto, argumentando que cuando tengan el nivel de poder superior, sí actuarán de acuerdo con su visión. Esta actitud causa enormes daños, pues significa desacreditar el puesto que se tiene, al considerar que no merece utilizarse al máximo de sus posibilidades para actuar en favor de la Patria. La suma de esas actitudes conduce a una posposición permanente y masiva de decisiones buenas. Como la mayoría de las personas nunca ascenderán a estadios superiores de poder, entonces, de asumir esa actitud, los que ostentan puestos políticos nunca actuarán de acuerdo a lo que consideran bueno para la Patria.
Por otra parte, tal argumento para no actuar correctamente conlleva una traición, excepto que a la hora de solicitar apoyo, por ejemplo, para ser diputado, se le aclarara al electorado que como ese puesto no es el de más poder, no se actuará de acuerdo con lo que se considere mejor para la Patria.
En una Asamblea Legislativa puede utilizarse el poder de diputado para ser seleccionado como Presidente de la Asamblea, a costa de disimular el despilfarro, la charlatanería, y las transgresiones éticas de los otros diputados que eligen al Presidente. Si esas debilidades éticas no son compatibles con los principios y convicciones que el diputado percibe como convenientes para la Patria, la habría traicionado en aras de un estadio superior de poder .
El poder debe instrumentalizarse para ponerlo al servicio de los principios y convicciones que estimamos convenientes para el progreso de la Patria, pero no para ponerlo al servicio de estadios superiores de poder personal. Fue más patriótico, o sea mejor político quien aplicó estos conceptos en el ejercicio del poder y su servicio público se limitó al puesto con menos poder dentro de la estructura del Estado, que aquel que logró el estadio con más poder convirtiendo estadios previos en escalón para obtenerlo. En fin, la Patria requiere que sus políticos se comporten como soldados dispuestos a darlo todo para servirle desde cada puesto que les corresponde ejercer.
Podría sugerirse que la forma de servir puede estar errada si, por ejemplo, los principios y convicciones del legislador no son lo mejor para la Patria. Esta reflexión conduce a dos posibilidades. La primera surge cuando el diputado busca el poder en la democracia proponiendo durante la campaña sin ambigüedades su pensamiento a los electores y trata de persuadirlos de su conveniencia para la Patria. Al ser electo, se le entrega una herramienta -el poder- para que promueva las medidas derivadas de su pensamiento. Desde el punto de vista de la democracia, este procedimiento no solo atribuye la categoría de correcto a su pensamiento sino que lo obliga a ponerlo en práctica.
Lamentablemente existe también una segunda posibilidad: que el candidato no informe claramente a los electores durante la campaña sobre sus principios y convicciones. Pero, aún en este caso -a todas luces una opción inconveniente-, el diputado debe ejercer el puesto apegado a sus principios y convicciones. De ese modo no sólo es honesto ante la Patria, sino que en el caso de aspirar a otros puestos en el futuro, los electores conocerán su pensamiento y decidirán a partir de esa información si lo eligen.
Estas reflexiones indican que se hace un daño a la Patria con el cálculo, el oportunismo y la real o falsa posposición de creencias. Lo mismo ocurre con la descalificación de puestos dentro de la estructura de poder, irrespetando el puesto actual, bajo el argumento de que existen estadios de mayor poder en los cuales si se actuaría de acuerdo a los principios y convicciones que se tienen.
B-vii Etica y disciplina de Partido
En el ámbito legislativo frecuentemente se trae a colación términos como línea de partido, o voto de fracción para requerir que todos los congresistas de un partido voten en una dirección determinada. Tal práctica no necesariamente es coherente con los principios éticos que deben prevalecer en el parlamento, pues podría contradecir su misma naturaleza.
Se supone que en ese órgano están representados los diversos sectores y culturas y las múltiples aspiraciones de la sociedad, lo cual debe manifestarse en los debates y las votaciones. Desde esta perspectiva es difícil encontrar la argumentación conceptual que conduzca a la defensa de la línea de partido. Por otra parte, si todos los miembros de cada partido deben votar de una sola manera, no sería necesario tener tantos diputados en nuestras Asambleas Legislativas. En ese caso sería más apropiado tener únicamente un diputado por partido y contabilizar su voto en cada caso de acuerdo al porcentaje de electores que apoyó su partido en las votaciones para elegir la Asamblea Legislativa. Con ese modelo se respetarían los deseos electorales de la ciudadanía, se garantizaría una línea de partido perfecta y, además, se economizarían recursos públicos.
A pesar de esta apología de la disensión, no hay duda que el nivel de gobernabilidad y la eficiencia de las instituciones de la Democracia se benefician cuando los diputados de cada partido representado en el parlamento votan en bloque. Sin embargo, la conveniencia de materializar esas ventajas depende de las circunstancias en las cuales se originan los contenidos sobre los cuales se demanda la línea de partido.
Para comprender esta aseveración, supongamos que: i) un partido político tiene carta de principios y convicciones, ii) el programa de gobierno presentado en campaña se basa en esa carta y iii) durante la gestión legislativa el partido respeta el programa presentado durante la campaña. En estas circunstancias, la demanda de respeto a las líneas de partido por parte de los líderes, sería, de acatamiento obligatorio, pues estas son fijadas en el proceso electoral. Más aun, el diputado que se separe de ellas estaría traicionando a los votantes que escogieron a ese partido -con su carta de principios y su programa de campaña- para que gobernara.
Lamentablemente, es parte de la realidad diaria de nuestra política que los ocupantes de puestos políticos se desdigan repetidamente y sin ningún pudor o explicación a los ciudadanos. En algunos casos los programas de gobierno son simplemente un acto electorero más, dirigido a persuadir al votante de la supuesta rigurosidad conceptual y la elevada preparación del candidato o del partido. Los aspirantes a las curules legislativas defienden el programa y se declaran abanderados de cada una de sus propuestas durante la campaña. Pero en ocasiones, aún sin excusas o explicaciones votan determinado proyecto de ley aunque contradiga las propuestas de sus campañas.
Es razonable proponer que en condiciones normales la transparencia moral obliga a los congresistas a separarse de su grupo parlamentario cada vez que este se separe de la plataforma de campaña. En este caso la deslealtad con su partido es necesaria para ser leal a su Patria y, por lo tanto, para cumplir con el juramento constitucional que se demanda con la aceptación del puesto.
B-viii Criterios de Exito
Al final de su vida el buen político recordará con satisfacción el esfuerzo más tesonero para hacer realidad sus ideas sobre lo que le servía a la Patria. El mal político sentirá especial satisfacción al relatar la maniobra más astuta para alcanzar un puesto.
El buen político solemnemente contará a sus hijos y nietos las veces que no ascendió a puestos políticos debido a la inclaudicable defensa de sus principios y convicciones. El oportunista transmitirá a sus descendientes que el arte de la política se refiere a la habilidad para transar y modificar posiciones y se sentirá orgulloso de su "olfato" para discernir lo que la gente quería escuchar.
Si antes de morir se preguntara al buen político por el logro más importante de su vida contestará refiriéndose a aquella parte de sus principios y convicciones sobre lo que es bueno para su Patria que logró poner en práctica. El oportunista contestará refiriéndose al puesto más importante alcanzado en su vida pública.
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