Usted está en: Artículos y Reportajes > Cultura > De cuando un flamenco era Jefe de Estado en Costa Rica

Copias R & D

Visite a nuestros patrocinadores!

 
 

De cuando un flamenco era Jefe de Estado en Costa Rica…

Víctor Valembois 
valembois@tiquicia.com
Martes 12 de Marzo del 2002 

Corrían tiempos fantásticos, para no decir fantasmagóricos. Pizarro, el que después tumbaría el reino de los incas, fue el verdugo de Balboa, descubridor del Océano Pacífico. Fue decapitado por orden de Pedrarias, su suegro. Este, que Bartolomé Las Casas bautizó como “Ira de Dios” por sus andanzas “a cristazos” entre Panamá y Nicaragua, de sentadera utilizaba su propia ataúd traído de España; Bernal Díaz, el cronista, viejito pero primero del Nuevo Mundo (aparte de Colón por supuesto), utilizaba un tambor de escritorio. Y poco después Hernán Cortés, vislumbrando obtener México, mandaba quemar sus once naves. Eran los conquistadores. En su poema del mismo nombre, Manuel Machado los describe como:

Capitanes de ensueño y de quimera (…)
Persiguieron al sol en su carrera.

Iban en busca de su Lejano Oeste (far west, en inglés), a ver si se topaban con tesoros y El Dorado. Tiene razón García Márquez, no hay que inventar nada, basta observar esa realidad maravillosa que nos rodea todavía.

También sorprendente, pero verídico, era el choque cultural entre esos gobernados y su gobernante. En efecto, esos intrépidos debían obediencia a un forastero, alguien de Flandes (ahora en Bélgica), llegado a España en 1517, para coronarse Rey. Eran colosalmente diferentes. Por un lado, ese mozalbete imberbe nacido hace ahora algo más que quinientos años en Gante (el 24 de febrero), humanista formado por el viejo Erasmo en función de las ideas de una “milicia” cristiana universal y el pacifismo. Por otro lado estaban esos barbudos y rudos… para no decir analfabetos, la mayoría. Un punto unía esos figurantes en la historia: todos estaban en el cruce entre la Edad Media y el Renacimiento, entre un mundo europeo y una perspectiva de universo redondo que poco después probaría Magallanes. Tenían conciencia de una misión civilizadora, sinónimo entonces de “cristianizadora”. Esa era la tarea imperiosa frente al resto del mundo, “la parte bárbara” como en sus mapas lo señalaba Mercator, otro flamenco contemporáneo. Los unía la Utopía de Tomás Moro, ésta última, por cierto germinada una noche de verano, frente a los muelles del puerto de Amberes, Bélgica. Si la obsesión de Cortés era el no retorno, ¡adelante!, el lema de Carlos V era “plus oultre”, ¡más allá!

Lo cierto es que ese encuentro del Viejo Continente con el Nuevo Mundo, de lo culto y lo bestia tuvo en la figura del citado Carlos su coincidencia genealógica y su razón de estado. Por pura chiripa, como diríamos aquí y ahora, llegó de repente a ser heredero de un imperio “donde no se ponía el sol”, según su propia expresión, con vastos territorios en los antiguos “Países Bajos” (otra cosa cubre ese nombre ahora), así como partes de la actual Italia, España, Alemania … y toda la América española. En sus Memorias del fuego, Galeano señala que “el monarca devoraba hombres y los hombres cagaban monedas de oro en el Jardín de las Delicias del Bosco”. Se trata del mismo pintor flamenco que le fascinaba a Felipe II, el hijo y heredero de la parte hispana de ese inmenso reino. La corona imperial, que el Papa impuso a nuestro personaje, después quedó a Fernando, su otro hijo. En el vértice europeo de esa primera parte del Siglo XVI estaban Bruselas y Madrid, y Carlos V, sin asiento fijo de gobierno, cantidad de veces se fue de un lado para otro con su corte. Costa Rica ya tenía nombre pero no existía todavía como tal; era un pañuelito entre episodios de conquista panameña y nicaragüense del temible Pedrarias Dávila. Lo cierto es que, “aunque usted no lo crea”, este terruño suyo y el mío, la actual Bélgica, entre 1517 y 1550 se encontraban unidos bajo un mismo Jefe de Estado.

Hombre discutido, no cabe duda. Basta leer nuestro Repertorio Americano, para enterarse de cómo lo odiaba Miguel de Unamuno, porque, centralista como lo fue, mandó al baúl de los recuerdos los fueros de las ciudades, tanto en su España adoptiva, como en su Flandes natal. Si Bélgica ahora lo recuerda como cierto precursor de la unión europea, crea sin embargo anticuerpos en otros países. Para los “holandeses” no fue sino un monarca despiadado que, en la lucha contra el protestantismo recién desencadenado, no vaciló en reprimir a sangre y a fuego. Desde entonces la frontera entre los actuales “Países Bajos” y Bélgica resultó de carácter religioso: como Costa Rica, mi país, es mayoritariamente católico. La contrarreforma fue obra difícil: una “pica en Flandes”, que le dicen los españoles de pura cepa.

En Costa Rica quedan también huellas, felizmente menos crueles, de esa época turbulenta y definitiva para ambas naciones. Al vuelo paso a ubicar unos cuatro. Hay realmente casualidades en la vida, como esos nexos belgas en el Marqués de Peralta, el que durante más de cincuenta años fue Ministro Plenipotenciario de Costa Rica y por cuyo intermedio allí se compró la Escuela Metálica, el zócalo del Monumento Nacional y tantos otros elementos que todavía hoy figuran en nuestro panorama urbanístico. Pues bien, aparte de estar felizmente casado con la Juana belga que canta Darío, su título nobiliario remonta nada menos que a 1524 y se debe … a Carlos V. Es también el acucioso don Manuel, en su labor de defensa literal de Costa Rica, entre otros a partir de investigaciones en el Instituto Geográfico de la capital de Bélgica, quien hizo gran parte de recopilación sobre el valor histórico del primer asentamiento español en territorio costarricense, mucho antes de Cartago y de Esparza. En homenaje precisamente al mismo Emperador, fue la “Villa de Bruselas”. Solo duró contados años desde 1524, porque el citado Pedrarias la mandó despoblar. Dicen algunos que en esa primera comunidad organizada en tierra local, en época colonial, con un cabildo democráticamente elegido, nació también la democracia que caracteriza este país.

Es así además como varios gobernadores, Sandoval, por ejemplo, primero sirvieron en los tremendos “tercios” de Flandes antes de ser promovidos acá, trayendo de allá experiencias nuevas.

Pero la consecuencia más curiosa del nexo provocado por el flamenco Carlos V con Costa Rica es que aquí también hay flamencos… ¡de todo tipo y pelaje! Los hay flacos, como el ave acuática de patas largas, y el término repercute ahora incluso en cierta moda. Pero aquí quiero terminar brevemente con la posible relación entre “flamencos, naturales de Flandes” y una expresión artística, típica del sur de España. Resulta que el famoso Carlos llegó a Madrid con su séquito de flamencos de por allá, quienes, aparte de ser extranjeros, por lo visto tenían "sangre de lúpulo" en las venas (ver: Camino de Santiago, la novelita de Carpentier). Por esas características, además de cobrar alegremente impuestos, se hicieron indeseables. El gentilicio flamenco llegó a significar entonces también eso, gente del buen vivir, o …mal vivir, depende de la perspectiva. Coincidió además la época en cuestión con la llegada a la península de cantidad de gitanos, otros foráneos de dudosa reputación, también distintos en idioma, aspecto y costumbres. Finalmente en una nueva resbaladera semántica, el término “flamenco” se empezó a aplicar a la expresión musical de esa última gente. A saber, a mi me consta que el Carlos en cuestión era políglota como pocos, tampoco me cabe la menor duda que le gustaba su buena cervecita, pero no que tocara guitarra ni fuera diestro en el cante jondo…

Enlaces Relacionados
                                                                  
  
   Presione el logo de Tiquicia o Enter para Buscar

[ Tiquicia.COM ] [ Sobre Tiquicia ] [ Comentarios ] [ Agregue su página ] [ Anuncios ]

Info@tiquicia.co.cr
®1999-2008 Tiquicia.COM S.A.
Derechos Reservados

Tiquicia.COM, S.A.

 

Tiquicia.COM, S.A. es mejor vista usando Microsoft Internet Explorer